A puerta cerrada #2
Me observaba con curiosidad, sin enojo. Yo esperaba el más grande de los castigos, pero en su lugar, tomó el violín con sus manos envejecidas, lo besó y lo puso en las mías. Mis ojos se llenaron de lágrimas. No dijo una sola palabra, pero su mirada me lo dejó claro: debía cuidarlo con mi vida.
Ese día decidí que algún día sería violinista. Y que en cada nota, llevaría la memoria de mi abuelo. Leandro hizo una pausa, dejando que la historia flotara entre ellos. Luego, con una sonrisa, la miró.
—¿Y tú? Háblame de ti. ¿A qué te dedicas? Ya me dijiste que te gusta pintar.
—Yo trabajo en un café. Me gusta convivir con las personas, se aprende mucho de ellas, pero lo que más disfruto es la pintura.
Me agrada llenar los espacios de color. Los colores dan vida, dan forma.
Creo que tenemos una responsabilidad como seres de esta tierra: cuidarla y hacerla más bella.
No soportaría vivir en un mundo gris. Prefiero una vida rodeada de plantas, cuadros coloridos, arte y música…
y un buen café. El arte es necesario, siempre lo he creído.
Leandro asintió.
—¿Me acompañas? Quiero mostrarte algo —dijo Leandro, señalando con un gesto hacia el Palacio.
Melissa sonrió y lo siguió al interior del recinto.
Había estado allí varias veces, pero nunca se había detenido a apreciar ciertos detalles.
Observó las tonalidades negras y blanquecinas del mármol, la imponencia de las escaleras que se dividían en dos para dar acceso a la segunda planta y el vitral de la bóveda, por donde se filtraban destellos de luz que iluminaban el vestíbulo.
Siempre había intentado asistir a la mayor cantidad de conciertos posibles, pero nunca había estado en aquel lugar de la mano de un músico. Eso hacía que todo se sintiera distinto.
La enorme estancia y los pisos brillantes, como un tablero de ajedrez, le daban al Palacio un aire majestuoso. Cerca de la taquilla, un cartel con la foto de Leandro anunciaba su próximo concierto. Antes de que pudiera leer el programa, él le cubrió los ojos con suavidad.
—Nada de espiar —bromeó—. Es una sorpresa.
Caminaron hacia el ala izquierda del Palacio y, tras pasar el restaurante, se dirigieron al fondo con pasos sigilosos. Frente a ellos, una puerta con un pequeño cartel de letras rojas advertía: "Solo personal autorizado."
Leandro se detuvo y la miró con sus ojos negros, con la expresión de un niño a punto de cometer una travesura.
Sin decir nada, echó un vistazo a su alrededor, asegurándose de que nadie los viera, y abrió la puerta con cautela. Luego, con una leve sonrisa, le señaló el camino.
Al entrar, se encontraron con un laberinto de pasillos.
Las paredes parecían cerrarse enredadas en caminos que solo unos pocos conocían.
Siguieron avanzando en silencio, adentrándose en los recovecos del Palacio.
Subieron escaleras, giraron a la derecha, luego a la izquierda.
Leandro caminaba con la seguridad de quien ha recorrido esos pasillos incontables veces, mientras Melissa lo seguía con asombro.
El recorrido los llevó hasta las puertas de los camerinos.
Cada una tenía una letra y estaban organizadas por jerarquía.
Los más grandes y cómodos eran reservados para los artistas principales.
En esos camerinos, los mejores y más afamados cantantes, pianistas, guitarristas y músicos de todos los instrumentos se habían preparado antes de salir al escenario.
Las paredes guardaban historias, ensayos, nervios, ovaciones. Aquel lugar tenía un encanto propio.
Entraron a una habitación cuya pared estaba tapizada de fotografías enmarcadas, como un tesoro resguardado del tiempo.
María Callas, Pavarotti, el gran maestro Karajan y otros gigantes de la música estaban allí, inmortalizados en blanco y negro y en tonos sepia.
Melissa abrió la boca de asombro y soltó un suspiro mientras recorría con la mirada las brillantes fotografías.
Siguieron el recorrido por los pasillos secretos y oscuros, y llegaron a un elevador que parecía de otro siglo.
Cerraron las rejas de forma manual y, tras asegurarlas con el gancho, Leandro apretó el botón del último piso.
Se miraron por un instante, a Melissa le brincaba el corazón como si estuviera haciendo alguna travesura en un mundo diferente y en otro tiempo.
Llegaron al último nivel, a un espacio aún más oscuro, con pisos de madera que crujían bajo sus pasos.
El aire tenía un olor inconfundible a madera vieja y polvo acumulado, la luz era tenue.
Leandro le tocó los labios con un dedo, indicándole que guardara silencio, y luego le guiñó un ojo.
Avanzaron sin decir nada, intentando que sus pies no tuvieran peso para no hacer demasiado ruido.
Del techo colgaban cables enredados y focos enormes, apagados.
Estaban en la parte superior del escenario. Melissa miró hacia abajo y vio el suelo donde tantos músicos habían interpretado las piezas que la habían hecho soñar. En el centro del escenario, varias sillas estaban dispuestas en semicírculo y, en medio de ellas, un majestuoso piano de cola negra.
Entre el silencio, escucharon pasos que venían desde abajo, seguidos de voces que cuchicheaban en voz baja. Melissa observó cómo algunas personas tomaban asiento. Un hombre entró con unas partituras bajo el brazo y se dirigió al piano. Detrás de él, apareció el Director.
—¿Él dirigió tu último concierto, verdad? —susurró lo más bajo que pudo. —Sí. El director Antoine, así, en francés —respondió Leandro con una leve sonrisa—. He trabajado con él varias veces, es quien dirige a la Orquesta Sinfónica esta temporada.
Estaban a punto de presenciar un ensayo a puertas cerradas.
El director Antoine tenía toda la imagen clásica de un director de orquesta: cabello crespo y grisáceo que le cubría la parte superior de las orejas.
A pesar de que no era muy alto, inspiraba el más grande de los respetos.
Su brillantez musical y mental sobrepasaba a otros directores.
Era un melómano que había dedicado su vida a la música y era querido por músicos y estudiantes de esa profesión.
Cuando todos estuvieron sentados en su lugar, el director levantó la batuta y dio la orden de comenzar.
El espacio se llenó de música bellísima, el concierto para piano número 5 de Beethoven, el llamado Emperador .
Un concierto colmado de pizzicatos , pequeños pellizquitos sobre las cuerdas del violín.
Se trataba de una pieza dulcísima que parecía ser interpretada por ángeles.
Melissa se imaginaba que así debía sonar el cielo.
El sonido viajaba directo hacia lo alto a donde estaban.
Los dedos del pianista que interpretaba a Beethoven parecían apenas acariciar las teclas del piano, y cuando las notas se volvían apasionadas, Melissa podía sentir vibrar sus huesos.
Mientras se le llenaban los ojos de lágrimas pensó que definitivamente le hubiera encantado ser pianista e interpretar esa pieza y hacer sentir a las personas lo mismo que ella estaba experimentando en ese momento.
Qué afortunados eran los músicos, pensó, al tener la oportunidad de conmover a otros con sus instrumentos.
Secó sus ojos de forma discreta esperando que Leandro no la viera.
Los músicos repetían algunos pasajes, y el pianista tocaba con una majestuosidad capaz de erizarle la piel a cualquiera. El director hizo algunas pausas para corregir ciertos compases, trabajando con precisión hasta que finalmente interpretaron la pieza completa una vez más.
Fue como asistir a un concierto privado, envuelto en luz tenue, olor a madera, silencio, crujidos y emoción.
De pronto, todos hicieron un silencio absoluto y el director dio órdenes de finalizar el ensayo. El pianista tomó sus partituras, se dio la media vuelta y se marchó, seguido por el Director y los demás.
Los jóvenes emocionados por el concierto privado se disponían a salir cuando de pronto un tramoyista apareció de la nada y los sorprendió.
—¡Eeeh! ¿Qué hacen aquí? ¿Quién los dejó pasar? — exclamó con tono de regaño—. Este no es un lugar público, salgan ahora.
—Ya nos vamos, ya nos vamos —dijo Leandro, sonriéndole divertido y tratando de evitar un problema mayor.
Regresaron rápidamente al elevador y bajaron a la planta principal, recorriendo los pasillos de vuelta como si intentaran salir de un laberinto antes de meterse en más problemas.
Finalmente, llegaron a la planta baja del recinto, donde el acceso era libre para el público.
Pasaron frente a las taquillas y, tras unos pocos pasos, se encontraron de nuevo en la calle.
—Espero que te haya gustado —dijo Leandro, mirándola con esa intensidad habitual. Se notaba alegre, satisfecho de haberla llevado a su pequeño concierto secreto.
—Ha sido una experiencia única. Nunca podré olvidar esto —respondió Melissa con una sonrisa.
—Debo irme —dijo él—. Más tarde tengo una reunión con mi agente, tenemos algunos conciertos que planear. Me encantó conocerte.
—A mí también me encantó conocerte, Leandro —asintió, todavía emocionada por la pequeña pero inolvidable aventura—. Espero verte pronto de nuevo.
—Claro que sí.
Emprendió el camino a casa con el corazón agitado de alegría e hinchado de música de Beethoven.
Nunca había imaginado cómo era un ensayo a puerta cerrada, lo que sucedía tras los muros del majestuoso Palacio, los pasadizos ocultos y la increíble acústica en lo alto del escenario.
Había sido una tarde espectacular con música bellísima y el inconfundible olor a las maderas viejas que se había quedado impregnado en su nariz.
Nunca olvidaría este día ni la pieza que terminó de sellar a Beethoven como su compositor favorito.