A puerta cerrada

Las calles de Coyoacán estaban empedradas con piedras de distintos tamaños.
Algunas eran redondas, otras más cuadradas, y muchas tenían formas inusuales, alisadas por el tiempo.
Entre las grietas, la hierba y el musgo crecían sin prisa, tiñendo las aceras de verde y dándoles un aire pintoresco.
Melissa solía caminar con la vista en el suelo, no solo para evitar tropezar, sino porque le gustaba perderse en sus pensamientos mientras escuchaba música.
Esa mañana, la Novena de Beethoven resonaba en su cabeza.
El tercer movimiento, suave y melancólico, había sido su compañía desde el amanecer.
Para ella, no había mejor manera de sonorizar la mañana.
A unas cuadras de La Tetera Roja, había un pequeño parque, más parecido a un diminuto jardín.
Todos los días, Melissa veía a una mujer joven sentada en una banca de hierro.
Tenía la piel clara y el cabello rojizo, que con el viento se agitaba como rizos de fuego danzando en el aire.
Algunas hebras se le enredaban levemente, pero ella no parecía notarlo.
Melissa se preguntó qué haría ahí todos los días.
¿A quién esperaba? ¿A un viejo amor? ¿A uno que aún no llegaba?
Su mirada era apacible, su paciencia, infinita.
Fuera lo que fuera, parecía que valía la pena esperar.
Pensó en la noche anterior y en sus propias esperas. En Marcelo y sus ojos color del sol.
¿Lo vería hoy? ¿Iría al café?
Sonrió sin darse cuenta, pero se corrigió rápidamente. No quería ser esa persona que camina por la calle riendo sola. Justo entonces, tropezó con una de las piedras irregulares de Coyoacán.
Al levantar la vista, vio que alguien caminaba hacia ella. Un joven con un estuche de piel colgado en la espalda. Era alto, de cabello negro y despeinado. Sus pasos eran firmes, y sus ojos oscuros la observaban.
Los reconoció al instante.
Por un segundo, su mente aún estaba en Marcelo, en su elegancia medida, en la seguridad con la que hablaba. Pero este hombre era distinto. No tenía esa perfección impecable, se mostraba más relajado, y sin embargo, su presencia la desestabilizó más que cualquier mirada dorada.
—Oye disculpa, ¿tú eres…? —le dijo al joven con la voz en un hilo. Por suerte solo se trató de un leve desliz, pero igual se sintió avergonzada de casi caer al suelo.
El muchacho le lanzó una mirada penetrante antes de responder con una voz grave que ella no esperaba.
—El violinista —completó la frase con naturalidad. —Sí, soy yo. ¿Estás bien? —añadió una ligera sonrisa.
Melissa había imaginado que su carácter sería muy distinto.
Suponía que, de conocer alguna vez a un músico famoso, se encontraría con un hombre pedante, como suelen ser muchos artistas, no con alguien tan amable y sonriente.
Leandro actuaba de forma amigable, como si ya se conocieran de tiempo atrás.
—Sí —respondió, sintiendo cómo el color le subía al rostro mientras se acomodaba el suéter—. Recientemente fui a tu último concierto, estuvo maravilloso… —añadió, intentando desviar la atención de su tropiezo.
Leandro la miró en silencio, con los brazos cruzados pero sin dejar de sonreír.
En ese momento, Melissa comprendió que todo lo que había imaginado sobre el concierto había estado exclusivamente en su cabeza.
Un concierto solo para ella… ¡Qué locura!
¿Cómo podía pretender que, incluso días después de la función, él la hubiera visto entre el público?
Prefirió callarse. Decir algo así sería completamente ridículo.
Pensó que ese tipo de ensoñaciones solo las tenían las fanáticas de los artistas.
Suspiró.
—Tu cara me es inexplicablemente familiar —dijo Leandro, pensativo—. Escucha, tengo que irme, voy tarde a mi ensayo y no quiero hacer enojar al director, pero… quiero verte de nuevo, si tú así lo deseas.
Melissa asintió sin pensar. También ella se estaba haciendo tarde para llegar a la cafetería.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él, agitado, sin poder contener la emoción.
—Melissa.
—Tienes nombre de miel —sonrió Leandro, quien tenía cierta afinidad por las abejas—. Entonces… ¿quieres dar un paseo más tarde?
Melissa no pudo decirle que no a sus ojos negros.
Además, después de todo lo que había sentido en el concierto, ¿cómo podría hacerlo?
No era solo la invitación de un desconocido, sino la oportunidad de encontrarse cara a cara con la música que la había conmovido días atrás.
Había algo en la magia de los músicos que la cautivaba.
Se despidieron y acordaron verse al terminar sus actividades. Aprovecharía que ese día solo tenía medio turno en la cafetería. Se marchó con el corazón golpeándole el pecho, olvidando por completo a Marcelo.
Apresuró el paso hacia el café, donde Alicia ya la esperaba con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Las charolas estaban listas, el horno precalentado.
—Llegas tarde —Alicia soltó el comentario, sin necesidad de dramatizar más el punto.
Melissa se disculpó rápidamente y se puso a trabajar, organizando las mermeladas de durazno en el estante de la entrada.
Aún sentía el cosquilleo de la emoción en el pecho.
El encuentro con el violinista la había dejado inquieta.
Era como si de pronto el joven músico hiciera una magnífica entrada a sus pensamientos, merecedora de aplausos.
Melissa finalmente agradeció que Marcelo no se hubiera aparecido por la Tetera Roja ese día.
Sentía una revolución interna digna de ser musicalizada por Wagner.
Después de todo, había conocido al músico del momento; su emoción inundaba cada rincón de la cafetería y Marcelo, dentro de su corazón, pasaba a segundo plano.
Melissa y Leandro se vieron más tarde en las afueras del gran Palacio, en un parque aledaño.
Cuando Melissa llegó, él la esperaba sentado en una banca de hierro con sus botas color marrón claro y una espantosa chamarra de piel del mismo color.
Melissa se sentó a su lado maravillada por la vista que ofrecía el Palacio, con sus enormes muros blancos.
Sonriendo y visiblemente sorprendido le dijo:
—Pensé que no vendrías —tomándola de las manos.
Al tocarlo, Melissa sintió de nuevo esa familiaridad inusual, aunque era imposible que se conocieran. Tal vez era porque lo había visto durante el concierto.
—Tienes manos de pianista —comentó él, observándolas con atención.
Melissa tenía las manos delgadas y los dedos alargados como plumas.
Siempre había querido tocar el piano, imaginaba que sus manos presionaban las teclas de marfil de un bellísimo piano de cola, aún sin saber mover los dedos como lo hacen los profesionales.
Era su instrumento favorito y le impresionaba ver a los pianistas al interpretar piezas, le parecía que los dedos de los músicos en ocasiones se les movían solos, como si tuvieran voluntad propia.
De niña, le encantaba escuchar la música clásica que su madre ponía por las tardes.
Pasaban horas juntas oyendo a Schubert, que con el tiempo se convirtió en el músico favorito de su madre.
Ahora, cada vez que Melissa lo escuchaba, ella le venía a la mente, dejándole un sabor de boca tan dulce como la música de aquel compositor.
Leandro siguió inspeccionando sus manos y subió con la mirada por el brazo derecho donde los finos vellos dorados le formaban una M que él recorrió con su dedo.
—Una M de Melissa —le dijo con voz suave.
Parecía que se fijaba en todos y cada uno de los detalles.
—¿Te gusta la música? —le preguntó cambiando drásticamente el tema, para evitar incomodarla, mientras la soltaba de la mano.
—Me encanta la música clásica. Cuando pinto, siempre pongo algo de fondo para inspirarme —dijo, mientras dibujaba figuras en el aire con un dedo, como si estuviera siguiendo el ritmo de una melodía invisible—. Me hace soñar e imaginar lo que voy a pintar.
—¿Es un pincel o una batuta? —le dijo imitándola con el dedo.
—Ambos —le respondió y se rieron.
Las manos de Leandro eran de canela y muy fuertes, las yemas de los dedos de su mano izquierda tenían la piel endurecida. A Melissa le costaba trabajo pensar que con esas manos que parecen tan pesadas podía tocar las más delicadas melodías en su violín.
—Tienes manos como de leñador, grandes y fuertes —Melissa bromeó.
—Bueno, no estaría mal ser leñador —dijo él con una sonrisa—. Amo el campo, la tierra… y sobre todo, amo a las abejas porque nos mantienen vivos.
Melissa lo miró con curiosidad.
—¿Las abejas?
—Sí, de donde vengo son muy importantes. De joven fui apicultor, trabajé con mi tío una temporada. Es un trabajo maravilloso, arduo, pero gratificante. Las abejas aprenden a conocerte y tú aprendes de sus vuelos y sus danzas. Son generosas… su miel es nutritiva y dorada.
—Y qué bien sabe —dijo Melissa con entusiasmo, sin mencionar que, aunque la miel le fascinaba, las abejas siempre le habían dado miedo.
Qué bien le sabía también la conversación.
—¿Cómo empezaste a tocar el violín? —preguntó con curiosidad.
Leandro le explicó.
—Mi abuelo tenía un violín en la vitrina de la sala, un objeto que se nos prohibía tocar.
Desde el principio, sentí una extraña conexión con él, aunque no pudiera tomarlo para jugar.
Cada tarde que visitaba a mis abuelos, lo miraba tras el vidrio.
Era inanimado, pero de alguna forma irradiaba vida.
Cuando tenía diez años, un día en que todos estaban en la cocina, aproveché el descuido y me escabullí a la sala.
Con cautela, abrí la puerta de la vitrina y, conteniendo la respiración, pasé un dedo sobre una de sus cuerdas.
El violín emitió un sonido breve, desafinado y metálico.
Entonces, escuché un tosido a mis espaldas. Me quedé paralizado.
Era mi abuelo.