Café negro #2
Habían pasado cerca de dos años dedicada solamente a trabajar y a pintar. Durante este tiempo se había entregado a la pintura por completo, como un alma que buscaba entre los colores reconocerse a sí misma sin dejar espacio para nadie más.
Esa noche Marcelo llegó por ella en un auto negro de lujo absolutamente limpio, con un brillo que reflejaba las luces de la calle.
Melissa se sentía agotada por el trabajo del día, y al mirarse en el espejo antes de salir, no se sintió especialmente bonita.
Aún así se subió al auto con la mejor actitud posible, dispuesta a pasar una linda tarde.
La fragancia de Marcelo inundaba el auto, un aroma embriagador y refrescante que a Melissa le resultaba delicioso. Ella observó su sonrisa y sus dientes perfectamente alineados y blancos. Marcelo podía ser sumamente agradable cuando quería.
La cena transcurrió entre risas y comida italiana.
Marcelo llamó al mesero y pidió una botella de vino tinto y sirvió dos copas fijándose que ambas tuvieran exactamente la misma cantidad.
Hablaron de su trabajo como arquitecto, de su perro gris y sus paseos en las tardes.
Compartieron historias y sueños, Marcelo añoraba construir enormes edificios resplandecientes y Melissa pintar de colores lienzos de todos los tamaños.
El tiempo pasó más rápido de lo que a ella le hubiera gustado.
Disfrutaba la conversación y el vino. Marcelo tenía una voz grave, agradable, con un ritmo pausado que hacía que sus palabras estuvieran dotadas de un aire de importancia.
—Quiero saber todo sobre ti, Melissa —la miró con sus ojos brillantes mientras servía otra copa de vino.
—No sé si te guste todo de mí —murmuró, evitando su mirada.
—Quiero saberlo aún si después me arrepiento.
Ella soltó una pequeña risa, sacudiendo la cabeza.
—Supongo que lo sabrás con el tiempo. No hay prisa.
—¿Hay alguien en tu vida, Melissa?
Melissa dudó un instante.
—Eh… No hay nadie por ahora —respondió, fijando la vista en el reflejo de las luces del restaurante sobre el vino —¿Y tú, estás con alguien?
—Llevo dos años solo —su voz sonó más baja, más meditada—. Ella… se fue, y desde entonces, así ha sido mi vida: solo. Me dediqué al trabajo, a construir casas, apartamentos… —soltó una leve exhalación—. Me ha costado olvidar ciertos recuerdos, pero descuida, ya todo está en el pasado.
—¿Cómo se llama? —Melissa preguntó con interés aunque no estaba segura de si debía preguntar.
—Lydia —respondió mirando al vacío.
Hubo un silencio breve, cargado de una ausencia que no terminaba de desvanecerse. Marcelo giró lentamente la copa de vino entre los dedos.
—Vivíamos juntos. Fue mi socia durante un tiempo también…
en el estudio. Pero un día simplemente se fue.
No hubo pelea, no hubo despedida. Solo una carta sobre la mesa y el vacío en el clóset.
—Hizo una pausa, el ceño fruncido con amargura contenida—.
Después supe que ya estaba con alguien más.
Que llevaba meses viéndolo a escondidas.
—Soltó una risa breve, sin humor—. Y lo peor es que ni siquiera me dolió perderla...
me dolió no haberlo visto venir. Me sentí como un tonto.
Como si todo lo que habíamos construido no hubiera sido más que un escenario falso.
Melissa lo miró en silencio. Había algo en su voz más punzante que la tristeza: orgullo traicionado, vergüenza.
Sintió compasión por él. No solo por el abandono, sino por ese dolor que, aunque pretendía estar en el pasado, aún se le escapaba.
Ella lo entendía. No porque hubiera vivido una infidelidad.
Su historia era distinta. Pero conocía esa sensación de desgaste, de amar y no encontrar un lugar seguro en nadie.
Por eso no tenía a nadie. No por falta de deseo, sino por esa fatiga del alma que deja una mala historia.
Por primera vez en la noche, sintió que algo los unía. Como si ambos, desde lados distintos, hubieran naufragado en mares parecidos.
Y entonces él sonrió.
—Pero bueno, ¿postre? —le preguntó Marcelo, cambiando el tema de forma algo abrupta y disipando cualquier dejo de tristeza. Con esas palabras intentaba borrar de la mesa la sombra de Lydia.
Melissa parpadeó, sorprendida por el giro abrupto de la conversación. Lo miró un segundo y sonrió de lado.
—No me gustan los pasteles —dijo con tranquilidad. Recobrando el equilibrio de la conversación y dirigiéndola hacia algo que era importante para ella.
Marcelo se quedó boquiabierto.
—¿De verdad?
—Trabajo rodeada de pasteles —explicó Melissa, divertida—. Creo que termino mis días cubierta de azúcar, con olor a mantequilla y a vainilla. Me empalago nada más de pensar en ellos, soy más de disfrutar comidas saladas. Lo mismo pasa con todos los que trabajamos en la Tetera Roja.
—Sin pasteles, ni postres, entonces. No te voy a obligar —sonrió.
Se quedaron en silencio, mirándose a los ojos. Melissa sintió el calor subirle a las mejillas y desvió la mirada un segundo tarde. Su cuerpo le pidió que apartara la mirada, pero no lo hizo de inmediato. Se sostuvo un instante más de la cuenta, como si algo en ella no quisiera soltarla tan pronto.
Marcelo sonrió. Celebraba en silencio la posibilidad de haberla hecho sonrojar.
Cuando salieron del restaurante, la noche ya había caído por completo. Marcelo la llevó a su casa, con una conversación ligera, ninguno quería romper la burbuja que se había formado entre las copas de vino y las miradas.
Estando afuera la tomó de la mano y le dijo mientras sonreía:
—Hasta pronto, señorita —dijo sonriendo con una mezcla de cortesía y algo más indescifrable.
—Hasta pronto, arquitecto —le respondió la joven, mientras bajó del auto y caminó hacia la puerta.
Sabía que él seguía ahí, observándola.
Marcelo se marchó después, sonriente, con la seguridad de quien cree haber ganado algo más que una cena. Mientras el coche se alejaba, su reflejo desapareció en los cristales de las ventanas.
Al entrar a casa Melissa emitió un pequeño suspiro y se sirvió una burbujeante agua helada para refrescarse. Puso un disco de Tchaikovsky en el tocadiscos y preparó las pinturas para otra sesión de arte.
Justo cuando iba a empezar a pintar, el teléfono sonó. Era Nora.
—¿Llegaste bien?
Melissa notó un leve tono de inquietud en su voz.
—Sí, todo bien. ¿Por qué?
—No me avisaste.
Melissa exhaló con una sonrisa.
—Nora, no necesitas preocuparte por mí.
—A veces creo que sí —respondió su amiga con sinceridad.
Hubo un breve silencio. Melissa no quería darle vueltas al tema ni alimentar sus dudas.
—Todo salió bien, en serio. Descansa.
—Tú también.
La llamada terminó. Melissa al fin podía dedicarse a pintar.
Observó el cuadro de fondo negriazul que había empezado días atrás, contempló la belleza de su obra inconclusa y esto la hizo inspirarse. Unas líneas blancas comenzaron a asomarse en su imaginación, así que tomó el pincel y comenzó a trazarlas sobre el lienzo.
Pintó la figura de una mujer blanca y esbelta, con cabellos largos, ondulados como hilos color plata.
A pesar de tener el cabello casi blanco, era joven.
El contraste de los colores plateados con la oscuridad del fondo le gustaba.
Se encontraba emocionada, la música sonaba a buen volumen y la pintura le estaba quedando como debía.
La mujer del cuadro se encontraba recostada sobre el pasto, con el cuerpo cubierto por un velo blanco, mirando fijamente al espectador.
A su lado, un lago de aguas cristalinas reflejaba las estrellas.
Apoyaba la mano izquierda sobre su cabeza, mientras que en la derecha, posada sobre una roca, sostenía una pequeña llave metálica.
Apenas había logrado los trazos principales de aquella mujer.
Lo que seguía era darle profundidad y más tonos para realzar la viveza de su tersa piel.
Resultaba todo un reto lograr con las pinturas que el velo que posaba sobre su cuerpo luciera empapado.
Imaginó la escena en su mente: la mujer emergiendo del agua, el velo pegándose a su piel húmeda, la llave oculta entre la hierba, descubierta por casualidad.
¿Qué abriría esa llave? ¿Un candado en algún lugar? ¿Una puerta hacia algo más?
Melissa aún trataba de entender qué significó el sueño de la otra noche. De alguna forma estaba relacionado con las palabras que había dicho la mujer del concierto. Se fue a la cama con esa pregunta en la mente hasta que el sueño la venció.