Café negro

El momento preferido de Melissa era la mañana, cuando aún no había un alma en la Tetera Roja y el día aún no terminaba de aclarar.
Amaba presentarse en el café antes que nadie y preparar las cafeteras, llenar los depósitos con agua fresca, encender los hornos para el pan dulce y acomodar todo en silencio.
Ese tiempo le daba una sensación de paz, un estado de serenidad que siempre le resultaba efímero pues la panadera, Alicia, no tardaba mucho en llegar.
Alicia había descubierto su amor por el pan desde que tenía siete años, un amor tan arraigado desde niña que ahora la piel de sus manos guardaba el aroma a vainilla y un ligero rastro a masa fermentada.
Su madre le horneaba empanadas de piña y perfumaba la casa desde temprano con el dulzón olor a pan recién hecho y a canela.
Alicia devoraba los manjares salidos del horno, aunque aún estuvieran demasiado calientes para su lengua.
Soplaba el vapor mientras engullía los panecillos y después los remojaba en chocolate con leche, llevándolos a la boca con prisa.
Jamás podía esperar para probar esas delicias que su madre le preparaba con tanto esmero y cariño.
Alicia era hija única y la consentida por todos en su familia, ella simplemente se dejaba querer.
Su padre la llamaba «ojos de cielo» porque sus ojos tenían el color de un día nublado.
A veces, le decía que con una mirada suya podría hacer llover y que cuando lloraba, eran las nubes dejando caer unas gotas a través de sus ojos.
Al cumplir quince años, Alicia comenzó a hornear sus propios postres con la firme promesa de algún día tener una panadería y aunque no lo había logrado para la edad de cuarenta y cinco, consiguió el trabajo en la Tetera Roja que la hacía sentirse plena.
Hornear siempre le había sentado bien especialmente porque era friolenta.
Le gustaba sentarse cerca del horno y observar cómo los panecillos esponjaban con el paso de los minutos, como se doraban hasta quedar crujientes.
Mientras tanto, el calor le coloreaba las mejillas y le entibiaba el cuerpo, envolviéndola en una calidez reconfortante.
Toda una vida cerca del horno había convertido a Alicia en una mujer trabajadora.
Sus brazos llevaban las marcas de antiguas quemaduras, cicatrices que hablaban de años entre charolas y fuego.
Su cuerpo ahora regordete, delataba el placer de probar cada mezcla, de asegurarse de que el azúcar, la mantequilla y la vainilla estuvieran en su justa medida.
Llevaba en el alma las recetas de su madre, que no necesitaba escribir porque las conocía de memoria. Su amor se vertía en los panes junto con la leche y la ralladura de naranja; tal vez por eso sus postres eran los más deliciosos, porque en cada bocado se podía saborear una historia.
Los clientes comenzaban a llegar al abrir el local, a las siete en punto.
Algunos pasaban apresurados por su café matutino antes de correr a la oficina, mientras que otros se tomaban las cosas con más calma y tras entrar se sentaban un rato a disfrutar de los rayos del sol que se filtraban por los ventanales de la cafetería.
El menú de pan dulce cambiaba todos los días.
Alicia dejaba todo preparado desde la noche anterior, y temprano, llenaba múltiples bandejas de panecillos y hojaldres.
La cocina se impregnaba de azúcar y a mantequilla, una mezcla que flotaba en el aire.
Minutos antes de las ocho, el aroma se esparcía por todo el salón, impacientando a los clientes.
Era la señal inconfundible de que, al fin, el pan estaba en su punto.
Entonces comenzaba el espectáculo, clientes que iban y venían, la Tetera Roja despertaba por completo y abría sus puertas a Coyoacán y al ajetreo de la mañana.
Sonó la campana de la entrada y, tras la puerta de cristal, asomaron dos zapatos picudos, recién boleados.
Un traje impecablemente planchado y una pulcritud admirable anunciaban la llegada del mismo joven de cabello castaño claro que, días atrás, había entrado al café con aires de elegancia.
Caminó con paso firme hasta la mesa que había ocupado la vez anterior y, echó un vistazo alrededor, esperando que alguien le tomara la orden.
Melissa se acercó y le preguntó:
—¿Lo mismo de la otra vez? ¿Con dos de azúcar y mucha espuma? —preguntó en un tono risueño.
—¿Acaso hay algo mejor? —respondió el joven con una sonrisa irónica, pero cortés—. Dado que el café es lo único que me ayudará a subsistir esta mañana, espero uno bien cargado.
—Haré mi mejor esfuerzo —respondió con ligereza.
En una de sus mejores tazas Melissa le trajo un excelente café absolutamente cargado y oscuro, el cual olisqueó con su nariz respingada para luego soltar un suspiro.
—Qué bien huele el café —dijo, colocando la taza sobre el pequeño plato—. Por cierto, me llamo Marcelo Draeven —le dijo a la joven tendiéndole la mano derecha.
Melissa estrechó su fuerte mano y sintió un buen apretón.
—Soy Melissa —asintió—. ¿Puedo traerte algo más?
—Sé muy bien tu nombre —y, dando un vistazo hacia el mostrador, le preguntó—: ¿Qué tal una de esas orejas que huelen riquísimo?
Melissa parpadeó, algo sorprendida por su tono menos tajante. De pronto no le pareció tan pesado como la vez anterior. Definitivamente seguía siendo un tipo creído, pero al menos se mostraba más sonriente.
Marcelo era un hombre joven de ojos castaños tan claros que, bajo la luz, parecían dorados, casi como miel ámbar.
Su mirada tenía una intensidad que rara vez se atenuaba, siempre observando, siempre midiendo.
Aquellos días había llegado temprano a la cafetería para tomar un café y después irse a trabajar a una prestigiosa empresa dedicada a la construcción.
Su vida como arquitecto había sido muy fructífera a pesar de contar con tan solo veintiocho años.
Tenía un excelente gusto y sus proyectos siempre impecables denotaban su gran habilidad estética.
Diseñaba espacios, asegurándose de que cada línea, cada material y cada detalle se ajustara exactamente a lo que había imaginado.
A veces pasaba largas horas en las obras, supervisando cada detalle con una precisión inquebrantable, nada escapaba a su mirada; todo debía ejecutarse exactamente como lo había planeado.
Sin embargo, lo que él realmente disfrutaba, era el aislamiento de su despacho, donde podía entregarse por completo a sus creaciones.
Allí, entre bocetos y cálculos exactos, diseñaba edificios, bebía café negro y sin distracciones, permanecía a veces hasta altas horas de la noche. Cuando una idea se le implantaba en la cabeza, no existía nada más. Podía entregarse por completo a ella hasta ver el trabajo terminado.
En las tardes cuando tenía oportunidad sacaba a pasear a su labrador gris.
Un perro perfectamente bien entrenado que lo seguía con paso firme, como un soldado.
Además, le gustaba correr para sacar de su cuerpo las grandes presiones acumuladas a lo largo del día.
El impacto de sus pisadas contra el suelo, la respiración medida, el ritmo constante, le recordaban que mientras su cuerpo respondiera a su voluntad, nada podría salirse de su lugar.
A pesar de esa imagen dura, en el fondo Marcelo deseaba amar a alguien con devoción aunque nunca lo admitiría.
Sin embargo las mujeres que había conocido hasta ahora no le despertaban el menor interés, le parecían vacías.
Melissa, en cambio, tenía algo distinto.
Incluso cuando se le resbalaban las tazas de entre sus finas manos, con cierta torpeza, le resultaba atractiva.
No era la perfección lo que lo intrigaba, sino la naturalidad con la que existía, quizás porque ella no trataba de impresionarlo.
Cuando Melissa le trajo la oreja de pan azucarada, Marcelo se le quedó viendo algo pensativo como si evaluara algo más allá del simple postre.
—¿Puedo ofrecerte alguna otra cosa? —ahora ella rompía el silencio.
Marcelo levantó la mirada con la misma calma con la que hacía todo.
—¿Qué tal una cena? —Le preguntó dirigiéndole una sonrisa.
—Eeeh, eh… ¿Cuándo? ¿Hoy? —tartamudeó. Su propia voz sonó incrédula. No porque la idea le pareciera ridícula, sino porque nunca habría imaginado que Marcelo se lo propondría a ella.
Entreabrió los labios, sin saber qué responder. No estaba acostumbrada a que un hombre como él—tan pulcro, tan seguro, tan distinto— mostrara interés en alguien como Melissa.
—Sí —asintió él, ligero, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Más tarde, cuando salgas de trabajar.
Dudó por unos segundos. Quería ir a pintar; tenía varios cuadros esperándola, pero la invitación de Marcelo la intrigaba. No solo porque se había mostrado más agradable, sino porque, de algún modo, le parecía interesante.
Melissa nunca había salido con un hombre como él. Tan apuesto, tan seguro de sí mismo. Sus relaciones anteriores habían sido cortas e insustanciales, nadie había conseguido dejar huella en su vida. Tal vez por eso, con un ligero impulso, asintió. Quizás valía la pena conocerlo un poco más.
Marcelo sonrió.
—Regreso por ti a las ocho de la noche. Iremos a un restaurante italiano. ¿Te gusta el vino?
Melissa asintió.
—Entonces no te entretengo, iré a terminar mis asuntos para poder vernos más tarde —le dijo mientras recogía su maletín y salía del café.
Una vez que se fue, Melissa corrió a contarle a Nora lo sucedido, ahora más que nerviosa, entusiasmada. Tenía tiempo de no emocionarse por nadie.
—¡Me invitó a cenar! —le dijo a Nora con un pequeño grito de emoción.
—¿Qué te vas a poner? ¡Te quiero ver guapísima por favor! —contestó Nora feliz de ver a su amiga emocionada.
Sin embargo, una leve cautela se asomó en su mente. Marcelo no le inspiraba del todo confianza, aunque no tenía razones concretas para desconfiar. Tal vez era solo una impresión. Después de todo, apenas lo había visto un par de veces. No tenía sentido juzgarlo sin conocerlo mejor.