El Palacio de la Música Norte #2
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Norte #2

El dolor de ambos músicos, desconocido para el otro, se vertía sobre la música que interpretaban, cada uno recordando historias que hacía poco o mucho tiempo habían quedado atrás.

Ese día Leandro tocó exquisito. En ocasiones había días en los que no le podía sacar un sonido perfecto al violín, días llenos de rechinidos o rasgaduras de cuerdas, pero esta vez las notas brotaban y danzaban sin esfuerzo.

Entre pieza y pieza bebía agua, se secaba los labios y se preparaba para el siguiente movimiento de su arco.

Tan grande era su música como el aire de sencillez que lo acompañaba, que a pesar de su juventud lo hacía ver como un verdadero hombre del norte.

Exhausto, al volver al hotel, se recostó sobre la almohada y cerró los ojos para imaginarse a sí mismo frente a cientos de personas interpretando sus mejores notas.

Soñar con todas las salas de música del mundo, lo hacía respirar y dormir tranquilo.

El ilusorio sonido de los aplausos revivía su alma y hacía que tanto esfuerzo valiera la pena.

Sentía el calor de las luces del escenario, la energía del público conteniéndose antes de ovacionarlo.

En su mente cada nota era impecable, cada concierto perfecto.

Se aferraba a esa imagen con tal intensidad que parecía que, de alguna forma, podía traerla al mundo real, convertirla en su destino.

Era más que un sueño, era una certeza que solo esperaba el momento de materializarse.

Al cabo de unos días, finalmente dejó el hotel y llegó al departamento que era todo blanco y suficiente para un joven músico que subsistía en la soledad como un lobo.

Se trataba de un espacio pequeño en el segundo piso, amueblado con lo necesario, resguardado con puertas de madera clara y ventanas por las que entraba el aire de la Ciudad de México, mismas que daban hacia el patio.

Al menos daba la impresión de estar blanco y muy limpio.

El edificio de dos pisos donde estaba el departamento era azul claro, acabado en un estilo muy mexicano con ventanales enrejados que daban a la calle y cuyos marcos de madera combinaban con las macetas de geranios que los adornaban.

En medio del edificio había un patio con una fuente estilo colonial.

Aquel fontanal era lo más importante, pues con su caída de aguas cristalinas era el que recibía a los invitados y daba carácter al viejo edificio.

Para disfrutar la mañana Leandro salió a pasear por las calles de Coyoacán con la intención de llenar sus pulmones de aire, despejar su mente y buscar algo de comida, pues desde que despertó, no traía en el estómago más que un café y medio sándwich, insuficiente para alimentar al corpulento músico.

El sur de la ciudad fue lo primero que conoció y quizá por eso, o tal vez por su magia, con el tiempo se convirtió en su lugar predilecto.

Coyoacán era un despliegue de vida y color, con su infinidad de restaurantes, locales, parques y rincones que maravillaron a Leandro.

Caminó unas cuantas calles, muy cerca de los viveros hacia la calle de Malintzin donde se encontró con un mercado, que lo dejó completamente asombrado.

Flores, montones de granos en contenedores, verduras frescas apiladas, piñatas, frutas deliciosas, disfraces para niños, carnes y toda clase de artefactos podían encontrarse ahí.

Muerto de hambre, llegó al primer local de comida que encontró y pidió una gordita de chicharrón prensado, “la especialidad” de ese lugar.

Desde la primera mordida decidió que jamás había probado algo tan delicioso, suculento, con salsa y el picante sabor de la cebolla. Una maravilla de la cocina mexicana.

Al terminar dio un respiro y se percató de que había música cerca, su oído entrenado siempre lo hacía detectar de dónde provenían los sonidos.

Como si tuviera antenas caminó hacia un parque cercano donde había un grupo de viejecitos bailando al ritmo de danzón.

La música tan alegre y las caras felices de todos ellos le alegraron el día.

—¡Joven! —exclamó una señora con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Ese de verde! —y soltó una carcajada.

Leandro bajó la mirada para ver su playera color aguacate. Después, volteando a ver a la señora se acercó.

—¿Me habla a mí? —se señaló a sí mismo con el dedo índice de la mano derecha.

—¡Sí, joven! —asintió sin quitar la sonrisa—. Le damos unas vueltas o ¡¿Qué pues!? —la señora se acercó moviendo las caderas.

Riéndose entre dientes él comenzó a mover los pies un poco nervioso mientras las trompetas al ritmo de Perfume de Gardenias comenzaban a sonar.

—Ahora sí que me envidian las mujeres, joven —añadió la señora dibujando un cuadro con los pies y abrazando a Leandro con más fuerza de la que él hubiera querido.

—¿Se reúnen aquí todos los días? —le inquirió Leandro entre risas e intentando zafarse de la aprehensiva señora.

Aquella señora vivaracha le contestó.

—No, solo los domingos, pero si quiere lo puedo ver aquí todos los días.

—¡Oh que la...! ¡Póngase seria! —rio Leandro tomando aquellas palabras con humor.

—No puedo joven, pero ya en serio… ¿Por qué viene tan solito? ¿No tiene una muchacha usted?

—No, no, la muchacha que tenía se quedó en mi tierra, allá en el norte. Pero ya no estamos juntos. Resopló quitándose los mechones de cabello despeinado que le tapaban sus ojos negros.

— ¡Ay! ¡Más para mí! —exclamó, pero añadió—. No se crea joven.

Y así transcurrió aquella canción, arrebatándole a Leandro un poco el corazón al traerle algunos recuerdos mientras nuevos aires le azotaban la cara.

—Le agradezco que haya bailado conmigo mi canción favorita —comentó la dama mientras dejaban de bailar al tiempo que la canción llegaba al final—. ¿Quiere casarse conmigo?

—¡Ya me voy señora! ¡No vaya a ser que me atrape! —dio unos pasos hacia atrás soltando una carcajada y alejándose poco a poco de aquel rincón de Coyoacán donde la música avivaba los corazones de aquellos viejecitos.

—¡Acuérdese de mí, joven, y pase a saludar de vez en cuando! —agitó la mano despidiéndose de él.

—Acá en el sur las mujeres están locas —pensó y emprendió de nuevo el camino para seguir descubriendo lo que la Ciudad de México tenía para él.

Perfume de Gardenias permaneció en su mente durante gran parte del día.

Esas trompetas del principio le gustaban.

Las calles del sur lucían repletas de jacarandas y el aire morado que emanaban llenaba sus pulmones.

El piso estaba tapizado de piedras, como un río seco, con sus piedras redondas encajadas en la tierra.

Las botas cafés siempre le daban un tinte de desfachatez, lo acompañaban en sus pasos cada vez más seguro.

Después del danzón, más tarde, él y el director Antoine, ofrecieron un recital de música de cámara con la pieza dedicada a Violeta como punto culminante de la noche.

Leandro rara vez se ponía nervioso, a diferencia de otros músicos que temblaban o se hiperventilaban antes de una presentación.

Para él, salir a un escenario era algo tan natural como respirar.

Mientras tocaban el director Antoine soñaba con el amor de su juventud y Leandro con el futuro que tenía por delante.

Pasó cerca de un año en la Ciudad de México, entre ensayos y conciertos, recorriendo las calles pintorescas.

Entre música clásica y los ritmos que inundaban cada rincón, llenos del alma de la ciudad.

En los cafés, en los callejones donde la música se mezcla con el murmullo de la gente, donde la música no solo pertenece a los grandes escenarios, sino que vive en cada persona, en cada instante.

Poco a poco empezó a entender que la música era más que notas en una partitura y repeticiones en ensayos, era una forma de habitar el mundo, que se complementaba con los otros sentidos, con el aroma del mercado, el color vibrante de las flores, la frescura del viento.

Entonces, Leandro estuvo listo para una vida de música.