El Palacio de la Música Norte
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Norte



Perfume de Gardenias - Rafael Hernández Marín

Un año antes.

Leandro Álvarez no solía hablar a menudo con su familia.

La última vez que los vio fue cuando cerró la puerta de su casa detrás de sí y partió hacia el triunfo a la enorme Ciudad de México.

Esa mañana, su madre cuyos rizos rubios y esponjados le caían bajo los hombros, se despidió amorosamente de él antes de irse a trabajar.

Su padre, un hombre corpulento del cual había heredado el talle, le dio una fuerte palmada en la espalda como gesto de buena suerte.

Leandro caminó hacia la estación de autobuses, con la pesada maleta en una mano y el estuche de su violín en la otra.

El ambiente estaba como a treinta grados, era un día tan acalorado como suele serlo en el mes de septiembre.

El joven músico se arrojó a una nueva andanza mientras se marchaba de todo lo que conocía.

Las tierras áridas del norte con sus cerros y barrancas ya habían dado sus frutos para después secarse, ya era tiempo de buscar nuevos horizontes.

Abordó el autobús cuyo fresco aire acondicionado contrastaba con el calor del exterior, hundió su pesado cuerpo sobre el asiento afelpado y dejó atrás aquel pueblo que lo vio crecer.

Después de todo, el futuro se veía brillante o tal vez era el sol que iluminaba su nuevo camino.

Leandro mantenía una gran ilusión por convertirse en un mejor violinista y para eso tenía que explorar nuevas tierras.

Prefería no demostrar sus miedos, aunque los sintiera.

Solía arriesgarse hacia lo incierto, buscar caminos nuevos, tenía alma de explorador.

Al tiempo que Leandro subía los escalones del autobús, una abeja voló a su lado y tras algunos zigzagueos se acurrucó en su hombro.

A Leandro no le molestaban las abejas, lo habían acompañado desde niño y estaba habituado al sonido que producían, incluso le parecía relajante.

De vez en cuando, el insecto cambiaba de hombro zumbando un poco, despertándolo.

Leandro arrugaba la nariz, la sacudía un poco con su mano y se volvía a acomodar para conciliar el sueño otra vez, sin hacerle daño.

La abeja también estaba acostumbrada a él, sabía identificar cuando un humano mostraba respeto, por lo que evitaba picarlo, únicamente agitaba sus alitas y se posaba en una parte distinta.

A veces sobre su cabello, sobre una oreja o en algún pliegue de la ropa.

—Espero que nos vaya bien —le susurró a la abeja, sintiendo el peso de sus propias palabras —no sé qué nos espera pero si me quedo, nunca seré lo que quiero ser. Nunca seré el más grande de todos.

La abeja le zumbó al oído y Leandro lo interpretó en señal de que la abeja estaba de acuerdo.

Leandro permaneció despierto algunas partes del trayecto durante las cuales repasaba una y otra vez, en la mente, aquellas obras que formaban parte de su repertorio, las tarareaba adentro de su cabeza asegurándose que ahí permanecieran.

Las piernas se le entumecían y trataba de estirarlas dentro de su espacio.

Contemplaba por la ventana el paisaje en su mayoría desértico que se extendía a lo largo de la interminable autopista.

Le parecía curioso que entre más se acercara al sur, los dorados y amarillos del panorama se tornaban verdes.

Recordó cuando jugaba con sus primos escondiéndose entre los árboles.

Incontables veces había corrido por esos campos de manzanas.

Trepaba los cerros y respiraba el aire fresco, se raspaba las rodillas y pisaba los charcos de agua que se hacían después de una buena llovizna.

Vio con mucha melancolía toda su niñez pasar, asomado por la ventana.

Ahora aspiraba a ser un músico más experimentado y recorrería los caminos que fueran necesarios para lograrlo. Todos sus sueños dependían de esto.

Después de una veintena de horas, llegó a la Ciudad de México completamente extenuado por el viaje.

La primera en bajar del camión fue la abeja, quien después de despedirse con unos zumbidos de buena suerte, voló lejos hacia su propia aventura, dispuesta a conocer nuevos tipos de flores y dulces aromas.

La ciudad se trataba de un lugar tan diferente a lo que él conocía.

Los cerros y sembradíos de manzanas habían quedado lejos.

Ahora se encontraba rodeado de brillantes edificios altos que no le permitían ver el cielo, y decenas de automóviles que circulaban muy despacio debido al tráfico.

Las calles se cubrían de ríos de personas que caminaban aprisa en dirección a sus quehaceres.

El aire transportaba demasiados olores, a comida y al humo que emanaba de los vehículos.

Esto no era como en el norte, el tiempo marchaba a un paso distinto y todo parecía moverse mucho más a prisa.

La Ciudad de México era un lugar muy colorido pero distinto al campo que él conocía bien, ni tan desértico como cuando faltaban las lluvias en su tierra.

Leandro pidió un taxi hacia el hotel al que habría de llegar los próximos días, pues el apartamento en el que iba a vivir, se desocuparía dentro de una semana.

Una vez en el hotel, subió una a una las escaleras hasta llegar al cuarto piso.

Los últimos peldaños los avanzó casi arrastrándose debido al cansancio.

Giró a la derecha hacia la habitación cuatrocientos veintisiete, introdujo la llave en la cerradura, abrió la puerta y revisó que todo estuviera en orden.

Cuidadosamente dejó su adorado violín en la mesa que se encontraba a un costado de la lámpara de lectura.

Entonces se quitó las pesadas botas cafés, cuyas puntas estaban llenas de marcas más claras y raspones, se tiró a la cama resoplando como un toro y se quedó profundamente dormido.

Al día siguiente abrió los ojos de carbón y aunque aún se encontraba fatigado por el viaje, se levantó de la cama, lavó su fornido cuerpo y se dispuso a arreglarse los cabellos enmarañados.

A pesar de que nunca lograba domarlos del todo, los dejó lo mejor que pudo.

No estaba dentro de su interés lograr un gran peinado.

Se tomó un café bien cargado y entonces salió de la habitación con violín en mano, listo para dirigirse al ensayo que lo aguardaba.

Leandro pronto tocaría en su primer recital en la Ciudad de México después de llegar de sus tierras lejanas, bajo la batuta del famoso director Antoine.

El joven músico tocaría la parte del violín de la pieza Cantabile en r e m ayor Op .

17 de Paganini, entre otras piezas de música de cámara.

Había conseguido su papel en este recital debido a la apasionada forma en la que había interpretado esta arrebatada pero dulce obra en un concierto previo.

Además quería abrirse paso en la ciudad y esta era una gran oportunidad para darse a conocer mejor, aunque para su juventud ya se estaba haciendo de un buen nombre.

Al llegar a la sala de ensayos antes del concierto, avanzó con pasos apurados e hizo un ademán con la mano derecha para indicar su presencia, atrayendo las miradas de todos.

Leandro siempre se daba a notar, incluso en las situaciones más pequeñas.

Caminaba de forma estruendosa, y sus botas hacían un ruido que denotaba sus fuertes pasos.

Afortunadamente en los conciertos utilizaba zapatos de vestir.

Se posicionó en su lugar junto a los otros músicos y aguardó paciente el turno de tocar.

Antes de comenzar el ensayo había algunos músicos que conversaban y otros cuchicheaban, pero Leandro únicamente se limitó a tocar el violín dejando claro que él estaba ahí solo por la música.

La pieza Cantabile en re mayor de Paganini había sido elegida por el director Antoine porque le recordaba a su amada Violeta.

En innumerables veladas, él mismo la había interpretado solo para verla sonreír.

La composición musical que Leandro ahora interpretaba, había sido escrita para piano y violín.

Es hermosa la forma en la que dos instrumentos pueden acoplarse, al igual que dos amantes entrelazan sus labios, respirando al mismo compás.

El sonido del violín de Leandro brotaba como líneas que, en los recuerdos del director, dibujaban a Violeta, sus grandes ojos profundos, su nariz delgada y fina, el cabello largo y ondulante que se acomodaba detrás de unas orejas pequeñas y que parecía moverse al ritmo de la música.

Su esbelta figura se deslizaba entre las sombras de su memoria.

El piano, con su dulce acompañamiento daba suaves toquecitos como un palpitar que la mantenía viva dentro de él.

Aquellos tiempos de felicidad al lado de Violeta habían pasado ya.

Cada vez que el director Antoine dirigía aquella pieza, no podía evitar sentir un nudo en el pecho que lo conmovía hasta las lágrimas que tanto se esforzaba por ocultar.

Las emociones se filtraban en su rostro, pero dotaban a la música de un matiz tan profundo y conmovedor que nadie podía permanecer indiferente.

Mientras el director se sumergía en sus recuerdos, Leandro también se veía arrastrado por los suyos.

Pensaba en la mujer que había dejado atrás en el norte, por perseguir sus sueños de gran artista.

Una muchacha de cabello rojo, tan delgada como una espiga, frágil.

Recordaba el último momento juntos, ella en un rincón del parque, la mirada baja y los labios temblorosos.

No dijo nada cuando él se despidió, solo se quedó allí, inmóvil, mientras él se alejaba con la certeza de que no había marcha atrás.

Ahora, en medio de la música, esa imagen regresaba con la misma nitidez que el día que partió.

Leandro no dudaba de su decisión, pero se preguntaba qué habría sido de ella, si aún pensaba en él.

Le intrigaba saber si alguien más había intentado ocupar su lugar o si su ausencia había dejado de importar.