La Tetera Roja #3
—Más vale no confiar en alguien que toma su café de esa manera, tiene el alma negra y amarga —pensó Melissa, mientras se alejaba hacia la cafetera para preparar el café, y resoplaba debido al disgusto.
Pocas cosas le resultaban tan insoportables como el sentirse invisible después de haber lanzado palabras al aire y verlas desvanecerse sin respuesta.
Le llevó el café, deslizando la taza con cuidado para ocultar su nerviosismo, y después lo dejó en paz. Melissa había aprendido a leer a los clientes, especialmente a quienes no les gustaba la plática.
De vez en cuando, él volteaba a verla. Entre párrafo y párrafo de su libro, le lanzaba una mirada discreta, quizás esperando que ella no lo percibiera.
Sin embargo al trabajar en un lugar donde todo el tiempo hay personas, Melissa estaba acostumbrada a observar con cuidado los movimientos de todos.
Le llamó la atención el arreglo, la pulcritud y el perfeccionismo de aquel joven.
Había algo en él que la intrigaba, tal vez el color de sus ojos tan peculiar y tan claro, o su actitud mordaz.
En la mesa cuatro se encontraba don Horacio, un señor de avanzada edad que todos los días se presentaba en la cafetería a las diez en punto, se acomodaba en el mismo rincón, una esquina junto a la ventana por donde entraban los intensos rayos del sol y pasaba largas horas ahí.
Tras él había un gran estante de madera de cerezo repleto de libros que habían sido donados por distintos clientes.
Melissa había traído algunos de su casa también.
Don Horacio se sentaba en el sillón gris a resolver crucigramas, leer el periódico, tomarse un capuchino y sentir como el sol le calentaba las manos envejecidas.
Don Horacio le había platicado a Melissa su historia, había sido un fotógrafo importante en su época.
El señor se casó con una joven modelo rusa que poseía una belleza asombrosa, llamada Masha, descrita por él como la más hermosa de todas las modelos del mundo, y vaya que a lo largo de su carrera había conocido a varias de ellas.
Vivieron algún tiempo en Nueva York, la cuna de la moda, rodeados de riquezas y personajes afamados, mientras Don Horacio fotografiaba modelos y artistas para una revista.
Esos fueron los años más felices de su vida.
Don Horacio llevaba el cabello rizado a los hombros y la espesa barba le cubría el mentón.
Después de tantos años aún conservaba el mismo estilo que en su juventud, solo que ahora estaba cubierto de canas.
Desde hace veinte años, regresaron al sur de la Ciudad de México, lugar que don Horacio amaba profundamente.
No había otro sitio donde él preferiría pasar sus últimos días que Coyoacán.
Aunque miraba atrás y recordaba Nueva York con nostalgia, México siempre había sido su casa.
Masha agradecía esa decisión pues amaba el clima cálido, y sus articulaciones también, aunque en el fondo también extrañaba su tierra, pero don Horacio era su gran amor y ella se hubiera ido junto con él así fuera al mismo infierno.
Mientras le servía a don Horacio un bigotín de chocolate recién horneado, Melissa advirtió que el joven del café sin azúcar la seguía con los ojos brillantes por todo el lugar y Don Horacio que no se perdía ningún detalle de lo ocurrido en la cafetería le comentó:
—Aquel joven parece mirarla mucho. ¡Y qué curiosos ojos tiene, se parecen a los de Gatsby, mi gato!
Sería interesante tomarle fotografías, apuesto que con distintos reflectores sus ojos deben cambiar de color.
La clave está en cómo se comporte la luz, eso da los matices —le dijo mientras se saboreaba el pan y tiraba migajas por toda la mesa.
—¡Veo que la fotografía la lleva en el alma! —le dijo Melissa pasando un trapo para levantar las migajas.
—Siempre, mijita, uno lleva consigo lo que más ama, más con la edad —le dijo pensativo.
Melissa se encaminó después a la mesa del muchacho dejando a don Horacio con una sonrisa.
A pesar de la actitud algo incisiva del joven, Melissa sabía que debía mostrarse cordial.
Era más fácil convivir con algunos clientes, como Don Horacio, que estaba dispuesto a platicar acerca de su vida.
A Melissa le fascinaban las historias de las personas pero entendía que con algunos clientes lo mejor era enfocarse en su trabajo sin distracciones.
—¿Otro café? —le ofreció al joven armándose de paciencia y un poco de valor.
Él la miró mientras guardaba con cuidado su libro en el maletín de piel.
—Con gusto lo tomaría, pero por ahora se me hace tarde, tengo asuntos importantes que atender el día de hoy. Regresaré mañana —respondió con profunda voz.
—Muy bien, aquí está su cuenta —Melissa deslizó la nota boca abajo sobre la mesa.
—Gracias por...
El joven dejó el pago del café más la propina sobre la mesa, sin ver si siquiera la hoja de la cuenta, y tomó su maletín con un movimiento ágil. En un instante salió de la cafetería dejando una fragancia fresca en el aire.
—...venir, vuelva pronto —suspiró Melissa, dándose cuenta de que una vez más se había quedado hablando sola.