El Palacio de la Música La Tetera Roja #2
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La Tetera Roja #2

A un lado de las repisas, se encontraba una pared cubierta de frascos de mermeladas de frutos naturales, que no solo daban a la tienda un colorido cuadro, sino que también se servían con los famosos panecillos recién horneados para acompañar el aromático café.

Todo se hacía en la Tetera Roja, desde picar la fruta hasta ponerla a cocer a fuego lento con azúcar y unas gotas de limón, y luego se llenaban los frascos previamente hervidos; sellándolos con la vieja técnica de la abuela, con la que podían permanecer hasta un año a temperatura ambiente y su frescura estaba garantizada.

En el mostrador había pasteles con betún de queso crema, tortas espectaculares de todos los sabores y pastel de chocolate rojo, cuyo intenso sabor conquistaba el paladar de todo el que lo probara.

Blanco por fuera y rojo por dentro, resultaba en una rebanada del corazón.

También se ofrecían pasteles de chocolate con relleno cremoso, de tres leches, de zanahorias y calabacines, y por supuesto el favorito de Melissa: panqué de fresas naturales con ralladura de limón.

A la Tetera Roja asistían no solo quienes vivían cerca, aunque ahí era el típico cafecito de la esquina; también acudían aquellos que recorrían largas distancias porque encontraban en el lugar un espacio ideal donde pasar la mañana, ya fuera sumergidos en la lectura de un buen libro o simplemente porque se sabía que ahí se come delicioso.

Doña Adela, una de las vecinas del local, se reunía todos los días con sus amigas Maribel y doña Luz; mientras conversaban, Nora y Melissa las veían con ojos de complicidad, puesto que habían escuchado sus secretos tantas veces y asumían que de mayores serían como ellas.

Entre las señoras, se hablaban con voz fuerte, por lo que no era difícil escucharlas.

A pesar de que doña Adela apenas pasaba los setenta años, se estaba quedando medio sorda; y Maribel por poco tenía que gritar para poder contar las historias que sus amigas probablemente ya habían escuchado varias veces.

Al preparar un latte con cardamomo, una de las especialidades de la casa, Melissa se dejó llevar por sus pensamientos entre infusiones, y aromas dulces, cuando la interrumpió Nora:

—¿Estás bien? Te noto un poco perdida… el té de doña Adela debía prepararse con leche de almendras y con miel. Se te olvidó endulzarlo, Meli —la corrigió con un tono afectuoso.

—¿Te digo algo, Nora? —le dijo a su amiga con algo de pena, como si fuera a confesarle algo un poco vergonzoso.

Nora arrugó la frente como si estuviera confundida.

—Llevo demasiado tiempo con la misma melodía en la cabeza.

Se está convirtiendo en una tortura, ayer después de pintar al fin conseguí olvidarla, pero apenas he abierto los ojos esta mañana y la música seguía ahí.

Aquella del concierto que escuchamos en el Palacio, la que el violinista tocó cuando la orquesta estaba en silencio.

—¿En silencio? Pero si la orquesta tocó todo el tiempo… —Miró fijamente a su amiga.

Su respuesta desconcertó a Melissa, quien comenzó a pensar que gracias a este violinista perdería completamente la cordura. Tal vez vivió algo mágico e inexplicable.

—¿La orquesta tocó todo el tiempo? ¿Cómo? ¿Y la improvisación? ¿También la aluciné? —le preguntó a Nora.

—¿Ya terminaron de hablar? No me han servido mi té. ¿Le falta mucho? —replicó doña Luz, refunfuñando por haber tenido que interrumpir su plática.

—¿Cómo que estás alucinando cosas? —Nora estaba más confundida que nunca, acercándose más a la preocupación.

Melissa se apresuró a llevarle la bebida a la señora para no causarle un mayor disgusto.

—Aún faltan unos minutos para que suelte todo su sabor, pero aquí se lo dejo —le dijo a la señora. Le entregó el té y doña Luz le torció los ojos denotando impaciencia, aunque después pareció olvidarlo puesto que continuó en el cotilleo con sus amigas.

Melissa procedió a cambiar la música y poner los nocturnos de Chopin, mientras los clientes conversaban y leían; y pensó que Nora tenía razón, últimamente estaba bastante distraída.

La noche anterior se había acostado muy tarde, dedicándole horas a los colores.

Había dormido poco pero estaba segura que pintar valía la pena, aunque al día siguiente le costara trabajo concentrarse.

Trabajar en la Tetera Roja le encantaba, consideraba que estar con su mejor amiga, rodeada de personas tan distintas y entre tantas delicias era un lujo que hacía con gusto; sin embargo no la llenaba del todo, su sueño siempre había sido dedicarse a vender sus pinturas y vivir de ello, como una verdadera artista.

Mientras no pudiera ganarse la vida con la pintura, tendría que trabajar también en la cafetería y eso significaba tener que pintar de noche.

Al limpiar las tacitas de porcelana, sonó la campana de la puerta de la entrada.

Melissa soltó una de ellas, que cayó al suelo y se hizo pedazos.

Un joven de ojos color miel y nariz respingada entró al café, se sentó en una de las mesas que daban junto a la ventana y colocó su maletín café en una de las sillas.

Aquel joven poseía un color de ojos muy particular; era el iris más amarillo que Melissa había visto.

—Un café americano, por favor —mencionó con una voz grave, algo fuerte e impaciente, que atravesó todo el local hasta llegar a Melissa que se encontraba en la barra.

La joven se apresuró a retirar los restos de la taza con un trapo y se acercó para anotar el pedido en la libreta.

—¿Solo o con leche? —le preguntó.

El hombre contestó después de arquear una ceja, como si la pregunta no fuera lo suficientemente inteligente:

—Solo, como debe tomarse el café. Sin leche y sin azúcar, espero que sea un café de buena calidad.

—El café se toma como uno lo quiera —replicó la muchacha al tiempo que esbozaba una sonrisa forzada y algo burlona.

El joven se quitó de la frente un cabello castaño claro que se había desacomodado, ignorando a la muchacha por completo.

Extrajo un libro de su maletín de piel y se concentró al fin en su lectura, borrando cualquier rastro de alegría.

En su maletín se podía ver el distintivo que parecía ser de su lugar de trabajo: tres triángulos superpuestos negro, rojo y blanco.