El Palacio de la Música La Tetera Roja
11%

La Tetera Roja



Desde que los rayos del sol iluminaron la ventana, una melodía se aferró a su mente como una estampa.

Intentaba apartarla, pero volvía cada vez con mayor fuerza, así como la marea tiende hacia la arena.

La música le parecía un recuerdo vívido de la noche anterior.

No podía borrar de su memoria al joven músico.

La forma en la que levantaba el arco con la mano derecha, los dedos de su mano izquierda que se acomodaban ágilmente sobre las cuerdas, la barbilla se apoyaba en el violín negro y cómo al ladear la cabeza dejaba entrever un fuerte cuello; el cabello negro revuelto, cada movimiento de sus muñecas y, sobre todo, esos ojos enigmáticos que la habían cautivado.

Melissa se preguntaba si aquel apuesto violinista realmente la había observado durante el concierto.

Trató de disipar sus pensamientos y salió a tomar un respiro.

—Nada más me faltaba que sea verdad lo que dijo aquella mujer —pensó, aunque luego consideró la idea como absurda puesto que ni siquiera conocía al músico en persona.

Pero entonces se preguntaba, ¿por qué la música seguía ahí?

Tal vez era el gran anhelo de conocer a alguien que albergaba en su interior, lo que la hacía adherirse a las notas que se desprendían del violín de aquel joven; o quizás era verdad que la música de las personas llega para quedarse; o simplemente se trataba de un acto de brujería, aunque ella no creía en los hechizos.

Melissa caminó a una de las plazas del centro de Coyoacán y, después de merodear un poco, se sentó en una banca de hierro frente a la fuente de los coyotes.

Las gotas brincaban a chorros, salpicando a los niños que se acercaban demasiado al agua, a la vez que soltaban gritos de emoción y algunas risitas.

Parecía como si los coyotes también estuvieran disfrutando del agua.

Cerró los ojos y una suave brisa le refrescó la cara, con pequeñísimas partículas de agua que brotaron de la fuente.

Melissa se imaginó que había muchos coyotes libres por ese lugar, vagando por las calles empedradas, acechando callejones y plazas; sus labios dibujaron una sonrisa ante la idea de cómo sería escuchar sus aullidos en las noches de luna llena.

Tal vez en otro tiempo así había sido México.

Aguzó el oído y se enfocó en la tradicional música del organillero, mientras no muy lejos caminaba el señor que vendía algodones de azúcar de colores rosa, azul y morado.

Melissa tomó su libreta y un lápiz, y comenzó a dibujar un coyote que descansaba sobre una calle bajo la luz de la luna.

¿Coyotes citadinos? ¿En qué estaba pensando?

No hizo mucho caso, lo importante era dibujar aunque no existiera una lógica detrás de ello.

En ocasiones visitaba los parques de la ciudad, para darse ideas sobre qué pintar en sus cuadros.

Era un México lleno de colores. Solo bastaba con observar la fuente, a los niños, las calles empedradas y su imaginación se encendía con rapidez.

Melissa amaba pasar tiempo dibujando al aire libre.

Un hombre de entre la multitud se acercó a la fuente y tomó a su hijo por la cintura justo a tiempo para evitar que cayera al agua verdosa.

Melissa observó la escena con cariño, recordando a su propio padre, un hombre generoso y recto.

Aunque nunca le había permitido dibujar en las paredes de la casa, era un bigotón que le había regalado montones de cartulinas y crayones para que ella pudiera al fin pintar.

Así había iniciado todo, con unos crayones de colores que al principio dibujaban rayas abstractas y que ahora dibujaban coyotes, ciudades arboladas, flores, caras y callejones.

Al llegar a casa, después de visitar a los coyotes del parque, dejó las llaves y su libreta de bocetos sobre la mesa, abrió el refrigerador y encontró media ensalada restante del día anterior, la cual no se veía muy fresca pero la engulló de todas formas.

Cualquier cosa de comer hubiera estado bien, lo que ella realmente deseaba era dirigirse a su estudio en la planta baja de la casa.

Preparar un bastidor le tomaba un tiempo considerable pero lo hacía con gusto.

Aunque a veces estuviera cansada o sus ojos se cerraran, prefería armarlos ella misma.

Comprarlos hubiera sido mucho más fácil, pero si ella los elaboraba llevaban su sello personal, un marcado esfuerzo desde el principio que hacía de su pintura un trabajo artesanal.

Melissa unía las piezas de madera de pino para formar el bastidor, centrándolas con cuidado para que quedaran uniformes y en ángulo recto; luego, preparaba la tela de lino, la tensaba sobre el marco, y la clavaba con sumo cuidado utilizando un martillo.

La tela debía permanecer sin arrugas ni pliegues; la firmeza constante al estirar la tela, era clave para tener un lienzo bien hecho.

Con delicadeza, recortaba los excedentes de lino blanco y luego hacía los dobleces en las esquinas.

Le ponía dos capas de la base de yeso y pegamento con la que sellaba el lienzo para crear la superficie ideal para pintar.

Después la lijaba finamente, con concentración y cuidado máximos, inflaba sus cachetes y soplaba con fuerza los restos de polvillo que resultaban, asegurándose de no dejar un solo grumo que pudiera arruinar el lugar donde ella vertería sus colores.

Todo lo hacía con cuidado desmesurado. No podía permitir que cualquier textura áspera modificara la calidad de sus preciadas pinturas.

Aún no se había ido aquella música que ahora parecía tener vida propia dentro de su cabeza.

Las notas se mezclaban entre los martilleos, las maderas y el lino, mientras Melissa esperaba el momento en que reinase un poco el silencio.

Entonces tomó sus pinceles y uno de los lienzos que ya tenía listos y lo observó detenidamente a medida que las ideas y los colores comenzaban a fluir.

Al pintar, Melissa normalmente no estaba consciente de nada, ni siquiera de sus propias sensaciones.

El hambre, el frío o el calor, incluso su propia respiración quedaban en segundo plano.

La pintura explotaba sobre el lienzo y poco a poco cobraba vida bajo sus manos expertas.

Ella vivía a través del color y del aceite.

El color negro y el azul cobalto se mezclaron, y la suave tela comenzó a impregnarse mientras Melissa, como creadora, formaba un cielo profundo con algunas pinceladas amarillas y blancas, que dotaban al cuadro luminosidad y que le recordaban a las estrellas en el manto azul nocturno.

Ella se sentía así: azul. Cada pincelada era una muestra de su admiración por la noche, cada estrella parecía brillar con luz propia.

Inmersa en esos tonos oscuros, Melissa perdió la noción del tiempo.

Cuando finalmente miró el reloj eran cerca de las dos de la madrugada, y el cielo fuera de la ventana estaba del mismo color que el cuadro, y tuvo que despedirse de él debido al inmenso cansancio que finalmente la vencía, dejándolo inconcluso.

En ocasiones tardaba varios días en hacer una pintura y dejarla a su gusto.

A veces las obras descansaban semanas, a veces lo hacían por meses.

El tiempo se desvaneció entre tonalidades y cielos negros, y aquella melodía que la había acompañado desde el concierto se difuminó entre los colores, y entonces librándose al fin de ella, Melissa se quedó dormida.

La Tetera Roja era el lugar donde Melissa trabajaba, junto con su amiga Nora.

Estaba cerca de donde ella vivía, también en Coyoacán, donde las calles empedradas tienen las paredes pintadas de múltiples colores mexicanos.

En algunas de ellas, la hiedra escurría por las paredes como una cascada de hojas trepadoras, todas del mismo tamaño.

La madre naturaleza las había acomodado cada una con el mayor cuidado y orden, imposible de equivocarse.

La hiedra verde escalaba como una guirnalda apoderándose firmemente del concreto.

Frente al local que ocupaba la Tetera Roja se extendía una gran pared blanca.

Cuando no había muchos clientes, Melissa imaginaba indecisa, los distintos murales que podrían adornarla.

Pensaba que un paisaje sería idóneo: el atardecer en la playa con una palmera y los colores vivos del sol.

Visualizaba los verdes de la palma, enfilándose para formar las hojas y un cielo abierto con gaviotas.

O tal vez iría bien un mural con una mujer mexicana, mirando al horizonte, con el cabello trenzado cubierto de bugambilias rosas que le darían un bello color al muro.

A veces imaginaba que dibujaba árboles que salían de grietas y se apoderaban de todo el muro.

En el interior de la tienda, a la derecha, se alzaban repisas repletas con latas de distintos productos como manteca de mango, almendras molidas, crema de cacahuate con miel, y aceite de coco hecho en casa.

La línea de té incluía frascos con té verde matcha , tisanas de fresas y clavo, o de diversas flores entre las que había té azul tailandés y pétalos de rosas; cada una con distintas propiedades.

Había tisanas relajantes que inundaban el lugar con sus aromas a toronjil y lavanda, adecuadas como para los días lluviosos, y otras que inducían sensaciones placenteras a quienes las bebían.

Existe una flor para cada sensación, y las mezclas entre las frutas y las hierbas, eran mágicas.

Además había también una colección de tazas antiguas y sus platos con la orilla dorada y ornamentos florales verdaderamente bellos.

Así como una inigualable cantidad de cucharas para té, azucareros, y mantelería de encaje.

Y en el centro, una tetera roja brillante que le daba nombre al café, y esa, no estaba a la venta.