Profecía #3
Melissa aplaudió hasta que sus palmas se colorearon, mientras Leandro sonreía y agradecía la merecida ovación. Después de aquel éxtasis, en medio del murmullo, la gente comenzó a levantarse de sus asientos para salir del recinto.
—¿Te gustó el concierto? —Preguntó Nora mientras miraba su reloj y se abrían paso entre el gentío al salir del Palacio.
—Sí, muchísimo. La música en vivo es maravillosa, puede disfrutarse tanto… —respondió.
Melissa volteó nuevamente para contemplar la fachada del Palacio, iluminado, blanco y majestuoso. Con la mente, se despidió de él, prometiendo regresar pronto. La noche estaba fría, las nubes dejaban ver algunas estrellas que tintineaban como lucecitas blancas en el oscuro cielo.
—¿Qué tienes? —Nora fijó su atención en Melissa—. Estás tan pensativa… ¿Acaso no te gustó el concierto?
—¿Mmm? —respondió aún medio ausente.
—Tú y los músicos, Meli —ironizó—, pierdes la cabeza.
Escucha a la mujer del intermedio, tal vez te haga entrar en razón.
Recuerda que los músicos solo causan problemas —soltó una carcajada.
Aunque sabía exactamente lo que le ocurría a Melissa, no quiso insistir en el tema.
—Nos vemos mañana, cuídate, ve derechito a casa.
—Sí. Descansa tú también —respondió Melissa, mirando hacia arriba para evitar que Nora percibiera la emoción que la inundaba. Una gota cayó y le mojó las pestañas del ojo derecho.
Melissa emprendió el regreso a su hogar, gran parte del camino soñando despierta con la música, aún flotando por lo que había sucedido.
¡Fue un concierto espectacular, único en el mundo!
Recordó a Leandro y una sonrisa iluminó su cara.
Trató de no darle demasiada importancia, no sería posible que la función hubiera sido solo para ella.
Además, las palabras de aquella desconocida mujer de ojos azulados, no la dejaban concentrarse en nada más.
No entendía por qué debía huir de los músicos, como la peste, como si no fueran maravillosos y llenos de talento; seres capaces de transmitir emociones a través de lo que ella más amaba.
Ella había volado en ese concierto, todo se había sentido tan real, que las palabras de aquella misteriosa mujer, que había desaparecido de forma tan repentina, le rompían ese mundo lleno de sonidos y la dejaban en un brutal silencio que la desconcertaba.
Al llegar a su casa de fachada colorida, situada en una de las calles empedradas del centro de Coyoacán, Melissa, acostumbrada a estar sola, entró a su habitación. Se recostó sobre la almohada y se quedó profundamente dormida.
Entre sueños, Melissa se encontró en una pradera húmeda, era de noche y la niebla envolvía los largos pastos.
En el centro del lugar, había un farol apagado y cubierto de telarañas.
Melissa caminaba descalza sobre el pasto, sintiendo el frío penetrar en sus pies mientras pisaba la hierba mojada.
Quiso acercarse a una cabaña que parecía acogedora, con humo saliendo de la chimenea, pero antes de llegar, vio surgir de la niebla el cuerpo de una mujer delgada, con el cabello largo, que danzaba y reía frente a ella.
La mujer se movía en torno al farol, dejando una estela que se desvanecía lentamente. Luego se acercó a Melissa, cubierta con un velo empapado, y comenzó a cantar de manera indescifrable mientras bailaba a su alrededor. Melissa estaba petrificada ante aquella mujer que parecía un fantasma.
Entonces, la mujer tomó la mano de Melissa y entreabrió su palma, depositando una pequeña llave plateada en ella.
Después inhaló profundamente y sopló con fuerza, congelando todo a su alcance.
La pradera se cubrió de nieve y los pastos se convirtieron en estalactitas de hielo.
Rodeada por la neblina, comenzó a alejarse de Melissa hasta desaparecer por completo.
Melissa despertó sobresaltada al sentir la llave metálica en la mano y la ráfaga helada.
Se descubrió empapada en un sudor frío, cubierta por las cobijas de la cabeza hasta los pies, excepto por la mano izquierda.
Permaneció unos segundos mirando su mano, abriéndola y cerrándola para que la circulación sanguínea se volviera a activar, antes de acurrucarse de nuevo en su cama.
Eran las tres de la madrugada. Al recordar la fría sensación en su mano, la guardó bajo las cobijas.
Tras un escalofrío encogió su cuerpo y permaneció quieta hasta que se volvió a quedar dormida.
Llegado el amanecer, la joven estaba agotada y sumamente adolorida, como si el sueño hubiera consumido su energía.
Tal vez el aire congelado de aquel sueño se había impregnado en su cuerpo.
Cada músculo se encontraba atrofiado. Trató de ignorar el dolor, levantándose de la cama con gran esfuerzo, y se encaminó a la cocina.
Tras encender la flama de la estufa para calentar agua, se preparó un té negro con leche y se dispuso a comenzar el día.
Melissa había decidido concentrarse en su propia vida, olvidar las fantasías sobre Leandro Álvarez y su música fascinante, las escenas del concierto, y las palabras de aquella mujer de cabellos negros que resonaban en su cabeza como una profecía.