Profecía #2
Después de todo, sería casi imposible que a través de los cientos de butacas que había en el recinto, el músico advirtiera su presencia, pero no para ella.
Sin embargo, él la veía fijamente, excepto durante algunos segundos en los que volteaba hacia el violín y otros en los que cerraba los ojos negros para hacer profundas respiraciones.
La pieza transcurría y Melissa sentía que sus manos estaban humedecidas debido a los nervios.
Observó que durante una pequeña pausa, el lado derecho de la boca de Leandro dibujó una ligera mueca en su cara.
¿Sería posible que le estuviera sonriendo?
Melissa volteó a los lados para confirmar si era a ella a quién el músico veía.
Las luces se atenuaron aún más mientras un haz de luz los transportaba a otro sitio y, acto seguido, en aquella sala solo quedaron los dos.
Sin poder cerrar los ojos, como hipnotizada, Melissa sentía que la música la elevaba, llevándola en espiral y dejando una estela iluminada a su paso. Apenas podía respirar mientras escuchaba a Leandro.
¿Por qué le gustaba tanto la música? ¿Cómo era que se perdía en estas sensaciones?
Sentía que la armonía impregnaba cada una de sus células.
Recordó que la música la había acompañado desde pequeña; su madre le cantaba al oído canciones de cuna inspiradas en composiciones de Mozart.
Tal vez por eso, al escuchar instrumentos musicales se sentía completa como si la música llenara los vacíos y le brindara una sensación de plenitud.
Era su refugio, la conexión con lo más profundo de su ser.
Cuando Leandro se detuvo y comenzaron los aplausos, Nora la sacó de su ensueño. Sin que Melissa se diera cuenta, las luces ya estaban encendidas de nuevo.
—¿Hola? ¡Tierra llamando a Melissa! Estoy hablándote desde hace rato, ¿en qué piensas? —le dijo.
—Nada, nada —negó levemente con la cabeza—, me distraje, es todo. Me quedé pensando en la música de Massenet que acabamos de escuchar. ¿No te parece una obra divina?
—No te creo, ¿en qué pensabas? ¿Estabas hechizada o qué?—Insistió.
Sin tener otra opción Melissa le respondió:
—Es que tuve una inusual sensación en la que el concierto era solo para mí.
De pronto no había nadie más, era como estar en un concierto privado.
Aunque debo estar alucinando porque aquí están…
bueno, ¡todos! ¡Qué locura! Tal vez sea mi fantasía de conocer a un músico como Leandro Álvarez.
Algún día Nora… —sonrió—, voy a conocer a alguien como él.
Imagínate vivir en este mundo, rodeada de música, asistiendo a conciertos todo el tiempo. ¡Debe ser maravilloso!
Nora rio ante ese comentario disparatado y luego se encogió de hombros.
Enseguida, la mujer que estaba sentada en la butaca frente a ellas, volteó.
Tenía cabellos largos y negros, la piel muy blanca, aperlada y perfecta, el mentón prominente y tal vez era la iluminación del recinto, pero se le veían los ojos de un azul muy profundo.
Portaba un elegante vestido ajustado y blanco.
—No pude evitar escucharte, niña —dijo, mirándola a los ojos.
La mujer tenía una voz dulce y melodiosa. Hablaba con un ritmo pausado y suave; y la forma en la que movía las manos era muy delicada. Era una mujer extremadamente bella y tenía un sutil aroma a orquídea.
—Si me permites decirte algo —levantó la ceja derecha—, no le entregues tu vida a un músico, pues aman más a su instrumento que a ti.
¡Te hará sufrir! —bajó la voz repentinamente, intentando que nadie más la escuchara e inclinándose un poco más hacia ellas—.
Una vez que amas a un músico y se va, su música se queda contigo y te será imposible apartarte, le entregas tu corazón y ¡Ja!
No dan nada a cambio, son ingratos. Aléjate lo más que puedas.
Aún no es demasiado tarde —suspiró, acomodándose el cabello.
—Gracias por el consejo… —dijo Melissa, sin saber muy bien qué contestarle a aquella mujer, pensando que había alguien aún más disparatada que ella en esa sala.
Y antes de que Melissa pudiera decir alguna otra cosa, la mujer añadió:
—Ahora, si me disculpan, debo irme. —Se levantó del asiento y abandonó el recinto, dejando un ligero rastro de su perfume en el aire.
Nora y Melissa se miraron estupefactas, sin entender por qué la mujer se retiraba del concierto antes de que finalizara. Nora abrió la boca sin emitir un solo sonido, cuando escucharon la tercera campanada que indicaba que la segunda parte del concierto estaba por iniciar.
Las palabras de aquella desconocida se quedaron por algunos segundos en la mente de Melissa, hasta que los aplausos interrumpieron sus pensamientos.
De nuevo se atenuaron las luces y ahí estaba Leandro, agradeciendo la aclamación del público, con su traje impecable, la mano derecha en el pecho, y sus ojos atrevidos que por un instante se dirigieron hacia el lado derecho de la sala, después al izquierdo y finalmente se posaron en ella.
Después de un respiro, tomó el violín, lo colocó nuevamente bajo su barbilla, levantó el arco y comenzó a tocar.
Los músicos de la orquesta, el director y él con su violín de ónix creaban una atmósfera magnífica.
Se coordinaban de tal manera que parecía que danzaban al mismo ritmo.
Los demás violinistas levantaban sus arcos, los instrumentistas de viento inflaban sus pulmones de aire, y los violoncellos sonaban más roncos que nunca.
La orquesta súbitamente se detuvo y el corazón de la joven también.
La sala permaneció en silencio y una vez más Melissa sintió que se quedaban solos en ese recinto.
Leandro comenzó a tocar una pieza que ella nunca había escuchado, una melodía que a momentos se llenaba de pasión con la que parecía que él trataba de avivarla.
La música era capaz de narrar historias a través de los instrumentos, los ritmos y los silencios.
Melissa cerró los ojos para escuchar mejor y entender el mensaje del violinista.
Se encontraba inmersa en un mundo ilusorio donde la magia de la música solía desplegarse.
Al abrir los ojos, se encontró fascinada, sintiendo las notas que flotaban hacia ella y se posaban sobre su piel.
Melissa presenció el concierto sin darse cuenta de que el tiempo avanzaba con cada pieza musical, hasta que los aplausos la volvieron de nuevo a la realidad.
No estaban solos; las luces de la sala se habían encendido, y el concierto ya había terminado.
Las personas del público se levantaban de sus asientos y gritaban ¡Bravo! ¡Bravissimo, Leandro! ¡Bravissimo!