Profecía

Méditation de Thaïs - Jules Massenet
Todo comenzó con un concierto. Melissa jamás imaginó que un simple evento musical transformaría su vida para siempre, revelándole una verdad devastadora: no hay peligro más grande que un amor imposible de olvidar.
Aquel día parecía tan ordinario como cualquier otro.
Desde la ventana, Melissa observó las hojas de los árboles, que poco a poco habían perdido su color.
Cambiaron de un verde vivo a uno más oscuro, como envejecidas, y pasaron de un tono aceitunado a uno más amarillo.
Le maravillaba cómo, de forma imperceptible, los árboles dejaban de ser los mismos.
Pensó por un instante que tal vez a todos nos ocurre algo parecido.
Entonces sintió la magia de los colores y del tiempo.
Las hojas se tornaban cada vez más anaranjadas al tostarse lentamente bajo la luz de los rayos del sol.
Y, sin que pudiera percibirse de inmediato, seguían transformándose con una sutileza tal que, al deshidratarse, se convertían en pequeñas cáscaras, delgadas y frágiles que con poco esfuerzo eran llevadas por el viento, como láminas cobrizas que flotaban a través del cielo.
Al dar un paso fuera de casa, aplastó las hojas secas que tapizaban el suelo.
Se hicieron añicos en tan solo un instante.
Tomó una bocanada de aire y sintió la brisa en el rostro como finas agujas que se incrustaban en sus mejillas.
El cabello cenizo que le caía por la espalda se movía suavemente con el viento.
El aire fresco la forzaba a arroparse en el espeso suéter de lana gris que le cubría el pecho, el cual le mantenía el cuerpo caliente a pesar de tener las manos heladas.
Los grados del termómetro habían comenzado a descender pocos días antes, aunque los rayos de sol se sentían más intensos que nunca y parecían avivados por el fuego.
Melissa suspiró y emprendió el camino a la casa de Nora, su mejor amiga, cuyo cabello castaño relucía como llamas doradas.
Los ojos almendrados de Nora siempre estaban matizados con una gran dulzura y un poco de nostalgia, pero lo que hacía a Nora verdaderamente hermosa, además de su cabello, era su gran fuerza de espíritu.
Mientras caminaba, recordó aquella tarde de cuando tenía once años, en la que salió de la escuela con su amiga para pasar la tarde juntas.
Habían caminado apenas unas cuadras cuando las sorprendió un dóberman enorme que se abalanzó hacia ellas, ladrando con sus fauces llenas de saliva y coraje.
Melissa se paralizó de miedo quedando como una estatua y los latidos de su corazón se volvieron tan rápidos como los de un colibrí, mientras el perro corría cada vez más veloz hacia ellas.
—¡Ponte detrás de mí! —le gritó Nora a su amiga.
—¡Pero te va a morder, no quiero que te lastime! —Melissa exclamó aterrorizada.
En un instante, Nora se plantó enfrente de ella y comenzó a gritarle a la bestia de pelos negros.
El perro se detuvo a unos dos metros de distancia, aún más enojado, jadeando mientras le escurrían babas transparentes.
Estiró sus patas delanteras y las miró con ojos llenos de odio.
Ambas guardaron silencio, temblando de miedo, y tomadas de la mano, esperaron su final, cuando el dóberman se lanzó hacia ellas de un brinco.
Fue cuando Nora se quitó la mochila de la espalda, y decidió usarla como un escudo contra la imponente fiera.
Melissa gritó al ver que el perro comenzaba a morder la mochila en un intento de acercarse.
Nadie parecía estar cerca para ayudar a las desesperadas niñas.
Nora sostenía la mochila en un extremo y el perro mordía el otro en un arrebato, cuando una mariposa amarilla revoloteó cerca de la nariz del animal.
La bestia soltó la mochila y, de un lengüetazo, terminó con la vida de aquel insecto, así como las cosas más bellas de pronto se acaban.
Para sorpresa de las niñas, el perro dio media vuelta y se alejó totalmente distraído, balanceando las patas traseras al compás que marcaba la respiración agitada de Nora y Melissa.
Aún conservando el alma en un hilo, se abrazaron y prometieron que siempre estarían juntas.
Melissa sintió que, a partir de ese momento, había quedado en deuda con su mejor amiga para el resto de su existencia. Esa fue la primera vez que Melissa percibió a Nora tan fuerte, como un roble.
Melissa llegó a una casa de ladrillos, cubierta con una espesa hiedra que se escurría por una de las paredes, donde vivía Nora. Estiró la mano para alcanzar la cuerda que se unía a la campana de bronce de la entrada e indicó su llegada con tres timbrazos.
El viento de nuevo le dio una refrescada, ahora con fragmentos de hojas que la hicieron toser, y se sacudió un poco el polvo de cobre que se le había quedado impregnado en el suéter.
Nora apareció tras abrir la puerta de madera y cristal de su entrada, con los cabellos aún mojados, un ligero suéter azul que hacía resaltar su esbelta figura y su pequeña bolsa café.
—¿Acaso estás loca? ¿De verdad no tienes frío? Ese suéter no abriga nada —le dijo Melissa con cierto reclamo, mientras se abrazaba a sí misma tiritando.
Melissa quería saldar la deuda que sentía hacia Nora con cuidados y preocupaciones, demostrándole su amor como amiga.
—Vámonos, se nos hace tarde. ¡Ya va a empezar el concierto! —dijo, sonriendo, mientras tomaba a Melissa del brazo para apresurarla.
Nora nunca estaba lista a tiempo, pero una vez que tomaba una dirección era difícil hacerla cambiar de rumbo. Emprendieron el camino hacia el Palacio, la sala de conciertos más importante y hermosa de la Ciudad de México.
Las imponentes paredes exteriores de mármol blanco de estilo modernista del monumental edificio siempre habían fascinado a Melissa.
No cabía duda de que el sobrenombre con el que se le conocía, El Gran Palacio, lo tenía bien ganado.
Alzó su rostro con asombro y se sintió diminuta frente a semejante esplendor.
Las blancas columnas de piedra de la entrada sostenían toda aquella inmensidad.
No tuvo demasiado tiempo para observarlo con detenimiento, ya que el concierto estaba por comenzar, así que se prometió a sí misma admirar cada uno de los detalles más tarde, tan pronto como tuviera la oportunidad de volverlo a ver.
A pesar de la prisa llegaron a sus asientos justo a tiempo. Una vez que entraron, el Palacio cerró sus puertas.
—No sé qué hubiera hecho si me pierdo el primer concierto de la temporada —dijo Melissa mientras se acomodaba en la butaca.
—¡Conociéndote, seguro te pones a llorar! —se rio Nora—. En serio, no conozco a nadie más fanática de la música clásica que tú.
Uno de los momentos que provocaba en Melissa una sensación de curiosidad y nervios, y que con el tiempo se había convertido en uno de sus preferidos, era cuando se levantaba el telón, entraban los músicos a la sala, y todos guardaban silencio.
Entonces, aparecía el primer violín para afinar a toda la orquesta en el tono de la .
Lo había presenciado cientos de veces y siempre se emocionaba de la misma manera cuando el espectáculo estaba por comenzar.
El público estaba expectante y deseoso de que la música al fin comenzara. Se escuchó a alguien toser, el rechinar de una butaca y el sonido de la envoltura de un chicle rompiendo el silencio.
Los focos se atenuaron. Primero los del público y después los que alumbraban a la orquesta; hasta que el escenario se quedó a media luz, haciendo parecer al concierto iluminado por velas.
Los tonos rojos destacaban en las cortinas de terciopelo que se encontraban a los costados.
Un gran reflector desde el centro se encendió cegando a los presentes.
El silencio, interrumpido por algunas toses, se intensificó; entonces apareció como lo dicta el protocolo musical, el famoso director Antoine, quien dirigía la orquesta.
Delante de él pisando firmemente caminó un misterioso hombre corpulento, con el cabello revuelto y tan negro, como el violín que sostenía en la mano izquierda.
Comenzaron los aplausos, aquellos que alimentan el alma y también el ego de los artistas. Aplausos por los que tantos de ellos llegarían a dar incluso la vida. Entre la ovación, el violinista se colocó en el centro del escenario.
El público finalmente guardó un silencio absoluto.
Con un suave movimiento de la batuta del director Antoine las arpas iniciaron la melodía. El corazón de Melissa dio un brinco al reconocer la bella pieza musical, “Meditación” de Massenet. Se acomodó en su butaca dispuesta a disfrutarla.
Leandro Álvarez, el violinista, sobresalía por encima de todos los instrumentos de la orquesta al interpretar aquella famosa pieza.
Se le veía concentrado en su violín, con la barbilla recargada y acomodando los dedos de la mano izquierda con tanto cuidado que parecía que se deslizaban solos sobre el instrumento de azabache, mientras movía el arco y la cabeza en un balance perfecto.
Las cuerdas del violín emitían un sonido placentero y dulce.
Leandro dirigió su mirada hacia Melissa, quien no podía dejar de observarlo con asombro y se dio cuenta, ya entrada en la pieza, que parecía que en la sala no había nadie más que ellos dos.
No estaba Nora, no había público; se encontraban solo ella y el violinista.
La había hechizado con una melodía tan nostálgica que la envolvía por completo en una atmósfera que nunca antes había percibido.
Leandro utilizaba cada fibra de su cuerpo para interpretar la melodía.
Sus cejas fruncidas reflejaban el dolor, y lo acompañaba la orquesta aumentando la intensidad, todos creando una gran tensión hasta que el joven artista quedó tocando solo.
Melissa sentía su mirada, mientras él continuaba emitiendo la música que parecía estar destinada solo para ella.
—¡No puede ser que me esté viendo! ¿Realmente estará tocando para mí? —Pensó la joven incrédula.