Epílogo #3
—Ya nos estamos saliendo con la nuestra —contestó Lucas.
Me ponía nerviosa el no poder verlo; se mantenía fuera de mi campo de visión, caminando justo detrás de mí.
De repente, me cogió de la cara, me metió los dedos en la boca e hizo presión sobre mi lengua.
Me dieron arcadas, pero él los mantuvo allí, sin piedad—.
Cuidado con ese reflejo para contener las náuseas, nena.
No querrás vomitarme sobre la polla, ¿verdad?
—Sabes que te encantaría que lo hiciera —dijo Manson, que me miraba a los ojos mientras hablaba, volviendo a entrar en mi campo de visión con Jason justo detrás de él.
Me miraba desafiante, burlón, como si quisiera provocarme para que siguiera luchando. Funcionó.
—¡Estáis como una cabra! —solté—. ¡Sois unos raritos pervertidos! ¡Nunca os saldréis con la vuestra, le contaré a todo el mundo lo que habéis hecho!
Manson y Jason intercambiaron una mirada, con los ojos muy abiertos y una expresión de incertidumbre en el rostro. Pero cuando volvieron a mirarme, toda esa falsa incertidumbre desapareció.
—¿Que estamos como una cabra? —repitió Jason con voz inocente, acercándose a mí—. ¿Que somos unos raritos? Eso no es muy amable, Jessica.
—Creo que la señorita protesta demasiado —dijo Vincent, apareciendo a mi lado como el puto muñeco de las cajas sorpresa—.
¿Puede que esté avergonzada? ¿Quizá está un poco…
incómoda… por su reacción? —Se arrodilló a mi lado y me miró con curiosidad mientras me acariciaba la pierna—.
¿Qué tenemos aquí? ¿Esto es…? ¿Puede que sea…
? ¿Una mancha de humedad en el tanga? —Me acarició ahí y yo forcejeé, intentando apartarme de él, sin éxito—.
Vaya, tenemos a una chica traviesa, ¿no?
Veamos… —Me apartó el tanga e introdujo dos dedos en mi interior.
Ya estaba tan húmeda que se deslizó con facilidad—.
¡Oh, eres una putita! ¡Estás disfrutando, mírate!
—Se levantó a toda prisa y sacó los dedos, relucientes por mi excitación.
Luego me los metió en la boca, hasta la base de la lengua, hasta que me entraron arcadas—.
Eso es. Prueba lo que has hecho. Apuesto a que te encantaría que te folláramos este coño mojado.
Ya estás chorreando. Tienes muchas ganas de que te dejen preñada, ¿verdad?
De que te llenen de semen y quedarte embarazada.
Abrí mucho los ojos.
—Se lo tendría bien merecido esta zorra provocadora —añadió Manson—. Si la dejáramos embarazada, nunca volvería a alejarse de nosotros.
Sus palabras eran obscenas, aterradoras, pero fuera del juego, más allá de la fantasía, me llegaron al corazón, al instante. Mis ojos se movían rápido, de unos a otros, buscando, esperando, vislumbrar algo de sinceridad.
Manson hizo una pausa.
—¿Qué opinas, ángel? —preguntó, y supe que quería ver cómo reaccionaba, esperando mi aprobación—. ¿Te parecería bien convertirte en nuestra perfecta ama de casa y recibir nuestra semilla una y otra vez hasta que te dejáramos embarazada?
Asentí con rapidez. Había estado luchando contra ellos con todas mis fuerzas, pero ya no quería luchar más. Quería complacerlos, quería someterme.
Su sonrisa torcida era tan sexy …
—Entonces vamos a follarte, Jess. Todos, uno tras otro, hasta que estés tan llena de nosotros que chorrees.
De repente, Manson se alejó y volvió con su navaja. La abrió con un movimiento sorprendentemente rápido. Con cuidado, pasó la lengua por la hoja, abriéndose un pequeño corte en la lengua que enseguida se llenó de sangre.
Luego me besó, metiéndome la lengua en la boca. Cortó las cuerdas hasta que pudo tomarme en brazos y levantarme. Enrosqué las piernas a su alrededor, lo agarré del pelo con una mano y le arañé la nuca con las uñas de la otra.
—Quiero ver cómo te follan hasta que no puedas moverte —gruñó.
De repente, se inclinó hacia delante y me tumbó sobre la mesa acolchada de cuero que teníamos cerca. Vincent estaba allí, con más cuerda, y me sonrió mientras se ponía a atarme otra vez.
Me retorcí, suplicándoles sin aliento.
—Esperad, esperad, por favor, no…
Vincent se detuvo, cuando ya casi había terminado de atarme las muñecas a los tobillos.
—¿Cómo vamos? —preguntó en voz baja.
—Verde, sigue —respondí, esbozando una sonrisa rápida—. Me estoy dejando llevar por el juego. Soy una damisela muy angustiada.
Vincent resopló, bajando la cabeza por un momento.
—Cariño, vas a arruinarme el personaje.
—Oh, eh… —Volví a abrir los ojos y gemí—: Lo siento mucho, señor.
Sin dejar de reírse de mí, me agarró la cara con una mano y me apretó las mejillas.
—Mocosa descarada. Vamos a sacarte ese sarcasmo a embestidas, ¿verdad?
Terminó de atarme, sujetándome las muñecas a los tobillos.
El resultado fue que me quedé tumbada boca arriba con las piernas dobladas y abiertas.
Mis pies se flexionaron y apreté los dedos, incapaces de moverse de otra manera.
Todos me rodeaban, pero Vincent fue el primero en colocarse entre mis piernas.
Se bajó la cremallera de los pantalones de látex, tan pegados que no dejaban nada a la imaginación.
La polla le cayó hacia delante, empalmada, sobresaliendo y en mi dirección.
—Mirad este precioso agujerito —comentó, frotando la punta de su polla sobre mí—. Apuesto a que estarás muy estrecha. Qué suerte tengo, voy a ser el primero en poseerte. —Se rio con malicia—. Yo seré quien te desgarre.
Fiel a su palabra, me metió la polla y sentí como si fuera a partirme en dos. Me temblaba el cuerpo, las piernas se me movían sin control. Cada embestida era deliciosamente profunda. Llegaba hasta el fondo y luego empujaba un poco más, lo suficiente como para hacerme daño y suplicar.
—Estás muy adentro, Vince, por favor… Dios mío…
—Ay, qué dulce suenas —dijo con voz melosa—. Mira qué pucheros más sexys haces. ¿Demasiado profundo para ti, cielo?
—No, no… Ah… No es… Joder…
—Ni siquiera puede hablar —comentó Jason, riéndose de mí mientras se quedaba de pie junto a la mesa—. Creo que vas a hacer que se corra, Vincent.
—Joder, sí, mira cómo pone los ojos en blanco —señaló Lucas, de pie junto a mi cabeza mientras me miraba.
Dios, se les veía enormes, parecían gigantes, mientras que yo era un insecto diminuto.
Lucas apoyó las manos a ambos lados de mi cara y dijo—: Córrete para él, nena. Veamos lo sucia que puedes ponerte.
Grité con desenfreno mientras me corría. Estaba tan abierta y Vincent me penetraba tan adentro que me hizo chorrear. Me corrí alrededor de su polla y recibí elogios entusiastas de los hombres que había a mi alrededor.
—Me encantas, cariño —dijo Vincent, inclinándose sobre mí y castigándome con cada embestida—. Voy a follarme este coño todos los putos días, ¿me oyes?
—Sí, señor —gemí mientras su rostro se contraía de placer, penetrándome con fuerza mientras se corría.
Vince se quedó inclinado sobre mí durante casi un minuto, con los brazos apoyados en la mesa, antes de sacar la polla despacio. Podía notar cómo goteaba, pero no había nada que pudiera hacer al respecto.
Entonces Jason se colocó en posición.
—Qué húmeda estás —comentó, golpeándome con su polla ridículamente gruesa. Me dio un golpecito, luego otro, y entonces se hundió en mí y gimió—. Joder, sí, estás chorreando.
Miró hacia abajo mientras se movía, observando cómo su polla entraba y salía de mi interior.
—¡Dios mío, Jason, por favor! —Mi súplica se convirtió en un gemido desesperado cuando se inclinó sobre mí.
—¿Es demasiado, princesa? —preguntó con dulzura—. ¿Te gusta tanto que no puedes soportarlo?
Me follaba despacio, con unas embestidas largas que sentía hasta lo más profundo de mi interior mientras sus caderas hacían presión contra mi culo.
—Es increíble —murmuré y casi puse los ojos en blanco cuando aumentó la velocidad de las embestidas.
—Eso es, Jason, hazla gemir —dijo Vincent.
Sus manos descansaban sobre la mesa, a mi lado, mientras observaba, y Manson estaba de pie frente a él. Lucas todavía se cernía sobre mi cabeza, con el traje desabrochado para poder masturbarse.
Jason gimió, temblando mientras se inclinaba sobre mí y me llenaba con su semen. Siguió moviéndose incluso después de correrse, hasta que, poco a poco, se apartó. Todos se inclinaron para mirar después de eso, mientras yo yacía indefensa y abierta sobre la mesa.
—Creo que la has dejado sin sentido, J, mírale los ojos —dijo Manson.
Dios, estaba en el séptimo cielo. No podía pensar, no podía articular una frase coherente, pero gemí de deseo cuando Lucas se colocó en posición, masturbándose y pasándose la lengua por el labio inferior, despacio.
—Mirad este coño sucio —dijo, golpeándome con la punta de la polla.
Se restregó contra el semen que caía de mi interior y, sin preámbulos, se introdujo en mí con una suave embestida.
Había una satisfacción profunda y primitiva en ser penetrada con tanta brutalidad. Me folló de inmediato, con violencia. No hubo preparación, no hubo piedad.
Gemí con total desenfreno, lo más fuerte y descaradamente que quise. Ya estaba dolorida y la polla de Lucas golpeaba ese punto profundo y dolorido en mi interior.
—Grita para mí, nena —pidió, golpeándome con las caderas. Cada embestida de su polla sonaba muy húmeda—. No puedes hacer nada más que quedarte ahí tumbada y aguantar, como debe hacer un buen juguete sexual.
Se corrió con un gruñido ronco y salió de mí, soltando una serie de palabrotas mientras recuperaba el aliento.
—Tuya, Manson —dijo, riéndose por lo bajo—. A ver qué te parecen las sobras.
Lucas hundió los dedos en mi interior, resbaladizos y húmedos. Me metió su semen dentro y el sonido me hizo gemir.
Manson se colocó entre mis piernas, agarrándose la polla. Lucas retiró los dedos, se inclinó y acarició el miembro de Manson con la lengua. Mi amo se estremeció, sonriendo por el placer mientras le acariciaba la cabeza a Lucas, pasándole la palma de la mano por el cráneo.
—Mm, estás muy cachonda, ¿verdad, cariño? —murmuró Vincent—. ¿Quieres que Manson te llene con su semen?