El pago (Losers 2) Epílogo #2
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Epílogo #2

—Siento que haya tenido que ser así, Jessica —se lamentó Manson, aunque su tono de voz me decía que no lo sentía nada de nada.

Yo tampoco, me encantaba pelear contra ellos, adoraba nuestros juegos perversos—.

Pero llevas demasiado tiempo provocándonos.

Pavoneándote por el instituto con esa minifalda.

—Se acercó y yo no pude moverme, ya que Lucas y Jason me sujetaban—.

Sabes que nos vuelve locos, pero no puedes evitarlo.

Siempre quieres más atención. Más, más, más.

—Va a haber algunos cambios en la jerarquía —intervino Lucas—. La reina ya no está en la cima.

Me burlé, aunque ahora estaba sin aliento. No sonaba tan intensa como unos segundos antes.

—Como si alguno de vosotros pudiera presumir de ser mejor que yo.

—Oh, no, no, mejor no —dijo Jason—. Somos unos degenerados, Jess.

—Unos perdedores —añadió Lucas.

Manson sonrió.

—Unos frikis.

—Pero ahora que te hemos atrapado, no tenemos por qué dejarte marchar —dijo Jason, rozándome el cuello con los labios mientras hablaba, justo detrás de mi oreja—. Te vamos a retener. Te vamos a romper. Te vamos a convertir en el juguetito sexual perfecto.

Todo mi cuerpo se estremeció de deseo.

Me pregunté dónde se escondía Vincent, aún no lo había visto. Pero Manson se acercó a mí y, de repente, solo pude concentrarme en él.

—Te he deseado durante tanto tiempo… —dijo—. Pero lo único que hacías era provocarme, como si fueras la más especial. —Sus palabras eran duras, estaban empapadas del veneno más dulce—. Pero eso se acabó. Vamos a coger lo que queramos. A partir de ahora, tu único objetivo será complacer a tus amos.

—Por favor, mis… ¡¿Qué?! —Volví a resistirme, pero era una excusa para restregarme contra Jason—. ¡Aquí tú no mandas sobre mí! ¡No soy de tu propiedad!

Lucas soltó una de esas risas deliciosamente siniestras que lo caracterizaban.

—Mm, qué gracioso. Cree que no somos sus dueños, Manson.

—Menuda cosita más estúpida —comentó Jason.

Manson se limitó a sonreír.

—Bueno, es justo. Al fin y al cabo, todavía no lleva el collar.

Parpadeé rápidamente. Manson no había salido de su personaje, pero yo estaba a punto de hacerlo.

—Espera, ¿collar? ¿Has dicho collar?

Llevaba semanas mirando collares en Internet de forma obsesiva; alguno de ellos tenía que haberse dado cuenta. Había pasado tanto tiempo desde que le confesé a Jason que quería uno, que sinceramente pensé que lo habrían olvidado.

Pero si no lo habían olvidado…

—Así es, ángel. —Manson levantó la mano y trazó una línea con los dedos por mi garganta—. Creo que ponerte un collar te ayudaría a recordar cuál es tu lugar. También se lo recordaría a todos. Nadie te mirará igual cuando lleves el collar, como una dulce mascota.

Sentí una gran emoción en el pecho, pero intenté mantenerme en la escena.

Por dentro, estaba saltando de alegría, aplaudiendo y prácticamente chillando. Pero, por fuera, empecé a forcejear con todas mis fuerzas.

Sabían que no podía escapar, aunque me dejaron creer que sí. Me dejaron ir, pero Lucas me empujó contra el sofá y tropecé con él. Cuando intenté levantarme, Jason me sujetó por el hombro y me hizo tropezar con Manson.

Manson no me soltó. Me rodeó con sus brazos, apretándome como una serpiente.

—Sabía que llevarías algo sexy debajo de esta faldita —dijo con una voz peligrosamente grave mientras me aplastaba contra él y me levantaba la falda de forma lasciva—. Solo un tanga diminuto. ¡Apenas te tapa!

Jason se arrodilló a mis pies y me recorrió el muslo con la lengua. Se había hecho un piercing en la lengua el mes pasado y ahora que por fin se le había curado, quería lucirlo a todas horas.

—Es una putita —dijo, mientras su lengua recorría el borde de mi ropa interior, la bola plateada del piercing brillaba bajo la luz—. ¿De verdad llevas este tanga cuando sales al campo de fútbol? ¿O cuando caminas por los pasillos?

—Es como si lo estuvieras pidiendo —gruñó Lucas.

Me apretó las tetas a través de la camiseta, con tanta fuerza que me dolió. Se rio cuando me estremecí de dolor, lo que hizo que volviera a luchar por escapar.

Tenía sus manos por todas partes, agarrándome, pellizcándome, empujándome, tirando de mí. Me llevaron a rastras de vuelta al sótano, que ya no estaba completamente a oscuras.

Vincent estaba esperándonos.

—¡Ahí está! —exclamó, alegre. El maquillaje oscuro que llevaba en el rostro hacía que sus ojos y su sonrisa parecieran inquietantemente grandes.

Tenía una cuerda enrollada en la mano mientras se ponía en pie de un salto, inclinando la cabeza para mirarme con curiosidad—.

Pensé que podrías escapar, y eso sería una pena.

—Hizo un puchero—. Tengo muchos trucos que enseñarte.

Sus escalofriantes palabras, y la sonrisa que las acompañaba, me inspiraron a hacer otro intento frenético de escapar. No se lo veían venir y, por un breve segundo, logré escapar de los brazos de Manson.

Fue Lucas quien me trajo de vuelta a rastras mientras yo pataleaba y gritaba.

—Lo siento, cariño —se disculpó—. Pero no vas a ir a ninguna parte.

Por primera vez, me fijé en las velas que habían colocado sobre la cómoda junto a la pared.

Los cajones estaban llenos de juguetes, cuerdas, lubricantes…

de todo lo que pudiéramos necesitar para una escena.

Pero, por un segundo, me distraje con lo que había encima de los cajones, en lugar de dentro de ellos.

Las velas negras estaban dispuestas en un semicírculo y algo brillaba en el centro. Era un collar de oro rosa, fino y delicado. Brillaba a la luz de las velas y no podía apartar la mirada de él.

Estaba obsesionada con el anillo que me habían regalado.

Odiaba quitármelo, incluso cuando me duchaba.

La gente me preguntaba si estaba comprometida y la mayoría de las veces me limitaba a decir que estaba casada.

El hecho de que no hubiéramos firmado documentos legales no le restaba importancia al anillo.

Pero, al ver el collar, volví a emocionarme.

—Es tuyo, nena —susurró Lucas, con una voz suave a pesar de la fuerza de su agarre.

Ahora le resultaba mucho más fácil mostrarse amable.

Sus primeros meses de terapia habían sido duros, pero, con el paso del tiempo, el cambio en él era evidente.

Volviendo a meterse en su papel, siseó—: Te lo pondremos y luego tiraremos la llave.

Manson estaba de pie junto a la mesa y me fijé en que tenía algo colgando de la mano: una pequeña llave de metal que iba atada a un cordón rojo. La levantó para que pudiera verla mejor y Vincent le dio un golpecito con el dedo, haciendo que se balanceara erráticamente en la mano de Manson.

—Parece que la reina no nos encuentra tan detestables como nos quiere hacer creer —comentó Jason—. Te gusta el collar, ¿verdad, princesa?

—Ven aquí, Jess —pidió Manson, y Lucas me soltó, dándome un suave empujón—. Arrodíllate ante mí.

Me quedé allí un momento, vacilante. No tenía ni idea de qué planeaban hacer con esto, aunque de repente me di cuenta de que habían estado dándome pequeñas pistas durante toda la semana.

Por eso Vincent había hecho tantas bromas sobre comprar collares nuevos para los perros.

Por eso Manson había hecho comentarios a todas horas sobre lo mucho que le gustaba cómo me quedaban las gargantillas.

Olvidándome casi por completo del juego, di un paso adelante. La luz de las velas bailaba en los ojos de Manson mientras me arrodillaba ante su cuerpo, manteniendo la mirada clavada en él mientras caía. Mis rodillas desnudas golpearon el suelo de hormigón y Manson sonrió.

—Dios, menudas vistas —comentó.

Vincent cogió el collar de la mesa. Se abría con una pequeña bisagra que resultaba casi invisible. Levanté un poco más la barbilla mientras me lo colocaba y temblé al sentir el contacto del metal frío. El collar era muy fino, pero tenía un peso agradable cuando caía en su sitio.

Hizo clic al cerrarse y tragué saliva.

Vincent me dio un beso en la nuca y me acarició con ternura.

Manson se acercó, sosteniendo la llave.

—Eres nuestra —dijo—. Tu seguridad y tu bienestar son nuestra responsabilidad. Has confiado en nosotros, Jess y nos tomamos esa decisión muy en serio.

—Siempre protegemos lo que es nuestro —dijo Lucas, que estaba de pie junto a Manson y, aunque su expresión era reservada, pude ver el amor en sus ojos.

Amor por mí. Por nosotros.

—No pudimos decidir quién se quedaría con la llave —dijo Jason—. Así que vamos a hacer tres más para que todos tengamos una.

Nos habíamos salido del personaje por completo, pero estaba tan feliz que me daba igual. El peso del collar alrededor de mi cuello me llenaba de orgullo. Me senté más erguida cuando Manson se inclinó sobre mí y utilizó la llave para cerrar el collar.

Se oyó un pequeño clic y sentí como si el corazón me diera un vuelco.

—Cuando dije que nunca podría dejarte marchar, lo decía en serio —dijo Manson.

Me dio un beso en la coronilla y, de repente, tuve que contener las lágrimas. Llevar el collar era sexy e insoportablemente erótico, pero también era mucho más que eso. Era un consuelo, una garantía, una promesa. Era una señal para todos los que lo veían de que estaba protegida y cuidada.

Pero seguíamos en medio de una escena. Después de recomponerme, sus expresiones volvieron a ensombrecerse.

—Ahora vamos a darle una lección al angelito sobre cómo respetar a sus amos —dijo Manson, guardándose la llave en el bolsillo.

Me ataron a una de las gruesas columnas de madera del sótano. La cuerda de Vincent se enroscó alrededor de mis tetas, apretándomelas mientras me ataban a la columna. Me levantó una pierna y la ató, de modo que me quedé en equilibrio sobre un solo pie.

—Pobrecita —comentó con voz burlona—. Parece que estás metida en un pequeño lío.

Se rio de su propio chiste y Lucas resopló ante el juego de palabras.

—No os saldréis con la vuestra, frikis —solté.

Me costaba mucho fingir con ellos después de que me hubieran puesto el collar. El peso de la pieza me hacía desear ser una buena chica, inclinar la cabeza y obedecer.