El pago (Losers 2) Epílogo
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Epílogo

Jessica

Halloween, un año después

Cuando apagué la luz del porche y cerré la puerta principal, las chuches se habían acabado y los últimos niños que venían a pedir golosinas se habían marchado.

Era una noche de Halloween fría en nuestro pequeño barrio residencial, pero la fila de niños, ansiosos por llegar a nuestra puerta, había sido casi constante durante toda la noche.

Por supuesto, nos habíamos esforzado al máximo para Halloween.

Era una fiesta especial en nuestra casa.

El jardín estaba decorado como si fuera un cementerio encantado, con lápidas y manos zombis saliendo de la tierra.

Había telarañas falsas esparcidas por todo el porche delantero, con guirnaldas de lucecitas naranjas y moradas enroscadas a lo largo de la barandilla. Incluso teníamos una máquina de humo.

Mis tacones resonaban con fuerza en la casa silenciosa mientras recorría el pasillo y entraba en la cocina. No era un disfraz muy original, iba vestida de animadora; sin embargo, a los chicos les había encantado y afirmaron que hacía realidad una fantasía que todos compartían.

Una fantasía en la que Jessica, la animadora engreída, recibía su merecido.

Habían desaparecido hacía unos treinta minutos, cuando yo estaba repartiendo los últimos caramelos.

No explicaron el motivo de su ausencia, pero tenía una idea bastante clara de lo que estaban haciendo.

Al fin y al cabo, este disfraz les había inspirado toda una fantasía.

Querían hacerla realidad antes de que acabara la noche.

Por eso no me quité los tacones. La presentación era importante y, si iba a interpretar mi antiguo y perverso yo, tenía que parecerlo.

Abrí la nevera, saqué una jarra de limonada y me serví un vaso.

Cherry entró en la cocina y se anunció con un amistoso «¡miau!

» mientras se restregaba contra mis piernas.

Nuestra gatita se había convertido en una preciosa gata naranja de ojos verde claro.

Era buena y cariñosa con todos, pero prefería la compañía de Lucas.

Probablemente Cherry no recordaba el montón de basura del que la habíamos rescatado.

Julia seguía dando de comer a la colonia de gatos callejeros, tomando el relevo de Lucas cuando nos mudamos.

Nos enviaba fotos cada dos por tres; había intentado ponerles nombre a todos los gatos, pero eran demasiados y se confundía.

Aun así, a Lucas le gustaba recibir las fotos.

Se sentía culpable por haber dejado atrás a sus viejos amigos.

Me terminé la limonada y dejé el vaso en el fregadero antes de darme la vuelta. Menos mal que lo hice, porque me llevé las manos a la boca a toda prisa, sorprendida al encontrar a Lucas en la puerta de pie y en silencio.

—¡Joder, Lucas! —exclamé—. ¡Me has asustado!

Los chicos habían elegido disfraces similares este año y me parecieron deliciosamente espeluznantes.

A Jason se le ocurrió la idea después de ver Hellraiser ; todos se parecían a los cenobitas de la película.

Lucas llevaba un traje de látex con cremallera, con el cuello lo suficientemente alto para llegarle hasta la mandíbula.

El traje estaba hecho para que pareciera que llevaba todo el cuerpo grapado, acentuado con líneas de costuras metálicas.

Tenía los ojos pintados de negro, lo que hacía que pareciera que los tenía hundidos y vacíos.

No se movió y no dijo ni una palabra. Solo me dedicó una sonrisita…

Entonces se apagaron las luces.

El tenue resplandor de la luz de la luna a través de la ventana de la cocina era mi única fuente de iluminación. La puerta estaba a oscuras, oí pasos… Y luego, silencio.

—¿Lucas?

Avancé, arrastrando los pies, con las manos extendidas para no chocarme con la mesa, pero se había ido.

Toda la casa estaba a oscuras. Tenían que haber cortado la luz. Con un suspiro dramático, seguí avanzando a tientas, saliendo de la cocina.

—Vale, vale, el cuadro eléctrico está en el sótano… Claro… En el puto sótano…

La puerta del sótano estaba en el pasillo, debajo de las escaleras.

Estaba un poco entreabierta y se veía una luz titilante en el interior.

Antes de abrir la puerta, me tomé un momento para animarme.

Sabía que solo era un juego; los chicos querían asustarme.

Pero me invadió ese tipo de miedo que da vértigo, ese en el que no sabes si tienes más ganas de reír o de gritar.

Al final, carraspeé y abrí la puerta, bajando las escaleras antes de que el miedo pudiera apoderarse de mí otra vez. Los tacones resonaban en cada escalón y las escaleras crujían bajo mi peso. La tenue luz provenía de la esquina de la parte de atrás del sótano, cerca del cuadro eléctrico.

—¿Hola?

Mi voz se escuchó demasiado alta al acercarme al final de las escaleras. Había tantas sombras que era imposible ver nada más que siluetas vagas. Debería haber cogido el móvil antes de bajar, o una linterna…

¿Pero qué había de divertido en eso?

Mientras me dirigía al cuadro eléctrico notaba que alguien me observaba. Había una sola vela encendida junto a él, lo que básicamente gritaba que era una trampa. Apostaría lo que fuera a que la vela había sido idea de Vincent. Le encantaba crear escenas dramáticas.

Pero yo disfrutaba interpretando el papel de víctima desventurada. Abrí el cuadro y entrecerré los ojos, intentando averiguar qué coño tenía que hacer.

Alguien apagó la puñetera vela. Oí su respiración mientras lo hacía y, por un instante —tan breve que casi pensé que lo había imaginado—, alcancé a ver su rostro entre las sombras cuando se inclinó hacia delante.

Manson.

Joder. Estaba muy cerca y yo ni siquiera me había dado cuenta.

Pero ahora, sumida en la más absoluta oscuridad, ni siquiera podía encontrar el camino de vuelta a las escaleras.

—Mierda…

Retrocedí despacio, con cuidado, con los brazos extendidos. Tener los ojos bien abiertos y solo ver oscuridad era muy desconcertante. No podía distinguir ninguna forma, pero podía oír movimientos: pasos a mi alrededor.

—¡Esto no es gracioso, capullos! —exclamé, levantando la voz—. Quienquiera que esté haciendo esto… —como si no lo supiera— será mejor que pare. Cuando mi madre se entere de que me estáis molestando, irá directa al director. Os expulsarán a todos.

Era el tipo de amenaza que habría utilizado en mi juventud. Se oyó un sonido suave, una risa. Pero estaba sorprendentemente cerca de mí, y me sobresalté, alarmada, solo para chocarme con un cuerpo duro que me bloqueaba el paso.

Luchando por zafarme de las manos que intentaban agarrarme, corrí hacia las escaleras.

Solo podía adivinar dónde estaban mientras forcejeaba en medio de la oscuridad.

Me tropecé en el primer escalón y caí, pero no tardé en ponerme a trepar a cuatro patas por las escaleras, quitándome los tacones mientras lo hacía.

Llegué al pasillo, me puse de pie y corrí hacia el salón.

En la chimenea, el fuego brillaba tenue y las llamas proyectaban sombras que danzaban en las paredes. Una luz clara entraba por la ventana abierta, pero no llegaba a la oscuridad de la puerta del pasillo ni a la puerta que daba a la cocina.

Me atacaron por ambos lados.

Lucas y Jason fueron los primeros en salir de entre las sombras.

Sus pasos eran pesados mientras avanzaban uno al lado del otro por el pasillo.

En lugar de llevar un traje de látex completo como Lucas, Jason iba sin camiseta, mostrando su pecho cubierto de coloridos tatuajes.

Tenía la cara pintada, maquillada de esqueleto, los ojos oscurecidos y las mejillas hundidas.

Llevaba pantalones ajustados de cuero, cubiertos de correas y hebillas.

Cada vez que daba un paso, las cadenas que colgaban de sus pantalones chocaban con el resto de sus accesorios de metal, lo que añadía un sonido siniestro a sus movimientos.

Entonces, desde la puerta de la cocina, apareció Manson. Era el único que había decidido no ponerse el traje de látex. Seguía vestido de negro de pies a cabeza, incluso los tirantes. Mientras entraba, se subió las mangas de la camisa hasta los codos.

Como si lo que estuviera a punto de hacer fuera a ensuciarlo todo.

—Hola, Jess. —Su voz grave no era alta, pero aun así me sobresaltó.

La casa estaba muy tranquila, salvo por el sutil crujido del suelo cuando me rodearon.

—¿Qué quieres, bicho raro? —solté, y casi sonreí cuando sus ojos se iluminaron y las comisuras de su boca se curvaron hacia arriba, una sonrisa apenas reprimida.

Jason se rio por lo bajo.

—Deberías haberlo visto venir. Todos estos años has ido por ahí con la cabeza bien alta, tratando a todo el mundo como una mierda. Ya era hora de que afrontaras las consecuencias.

—Tienes que pagar por todas las putadas que nos has hecho —añadió Lucas—. La verdad es que creo que necesitas que te bajen los humos. Te hace falta que te pongan en tu sitio.

Notaba que Lucas no quería otra cosa que seguir persiguiéndome. Tenía demasiada energía; se balanceaba sobre las puntas de los zapatos. No dejaba de lanzar miradas rápidas a Manson, esperando la señal que le permitiera darme caza.

Manson se acercó y cada paso que daba hacía que el corazón me latiera un poco más rápido. Me mantuve firme, con los puños apretados como si fuera a pelear. Pero la emoción que me recorría las venas estaba centrada en cuál sería el resultado final. Podía pelear todo lo que quisiera, pero no ganaría.

Podrían conmigo.

—¿Ponerme en mi sitio? —me burlé, intentando sonar lo más cabrona posible—. ¿Perdón? ¡Como si fuera a tocaros!

Estaba tan concentrada en Manson que no me di cuenta de que Jason se estaba acercando sigilosamente. Cuando habló, fue con un susurro áspero, justo en mi oído.

—Pronto no tendrás elección, princesa.

Jason me agarró antes de que pudiera correr. Luché, pero entonces Lucas vino a ayudarle y entre los dos me sujetaron.