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Jessica
Dos meses después
La propiedad estaba a una hora en coche de Nueva York. Pero había una estación de tren en el pueblo, algo que Vincent mencionó con orgullo varias veces, y Manson insistió en que el trayecto se hacía mucho más rápido de lo que parecía.
—Lo comprobé. Hasta en hora punta. —Pero al mencionar la hora punta, había hecho una mueca—. Bueno… No siempre es genial. A algunas horas del día es una mierda.
Me alegraba que hubieran encontrado una casa que les entusiasmara tanto.
Era nuestro segundo viaje a Nueva York en los últimos meses.
La primera vez, yo había buscado apartamentos en la ciudad mientras los chicos visitaban casas en las afueras.
Decir que los precios de los alquileres eran impactantes era quedarse corto.
Incluso con el considerable aumento que me había dado mi jefa, seguía horrorizándome el gasto.
A los chicos tampoco les resultó fácil encontrar la casa adecuada, y el tiempo se nos acababa.
Su antigua casa tenía varios interesados.
Por suerte, Reagan no había causado daños importantes, aunque el olor a gasolina permaneció en la cocina durante semanas.
Pero los titulares que generó el incidente atrajeron mucha atención positiva hacia la propiedad.
Si la casa era lo suficientemente buena como para cometer un asesinato múltiple por ella, valía la pena comprarla.
Lo más probable era que el juicio contra Reagan se prolongase meses, pero Manson era optimista al respecto.
Parecía que para él era un alivio tener, por fin, la oportunidad de asegurarse de que su padre desapareciera de su vida para siempre.
Independientemente del tiempo que Reagan pasara en la cárcel, al menos ya no sabría dónde vivíamos. Ya no podría atormentarnos.
La familia de Alex estaba dispuesta a luchar con uñas y dientes para demostrar la inocencia de su hijo, pero las imágenes de las cámaras de seguridad en las que se le veía agarrándome y sujetándome complicaban mucho las cosas.
Otro obstáculo en sus planes fue que Nate lo confesara todo, incluyendo que Reagan les había ofrecido dinero para que fueran a por Manson y Lucas en el espectáculo de coches.
Ahora intentaban llegar a un acuerdo con la fiscalía con la esperanza de que Alex evitara la cárcel.
Sin embargo, mi madre estaba dispuesta a ir a la guerra; el hecho de que la vida de su hija se viera amenazada había cambiado por completo su actitud.
No era perfecta, ni mucho menos, su desesperado deseo de controlarlo todo seguía provocando discusiones innecesarias, pero al final había aceptado que saliera con los chicos y ya no me daba problemas cuando los invitaba a casa. Era un paso en la dirección correcta.
Pero ya no pasaba mucho tiempo en casa de mis padres.
Pasaba casi todos los días con los chicos y casi todas las noches en su casa.
A decir verdad, ver apartamentos era deprimente.
Los únicos que podía permitirme eran tan pequeños que parecían un armario empotrado.
¿Cómo iba a meter a mis chicos en un apartamento diminuto cuando vinieran a visitarme?
Ashley no paraba de burlarse de mí diciendo que esos eran los «horribles» problemas con los que tenía que lidiar.
—Oh, pobrecita, ¿cómo vas a meter a todos tus chicos en tu diminuto apartamento? —me había dicho cuando salimos a tomar unas copas la noche anterior—. Dios, mataría por tener tus problemas.
Al menos tendríamos mucho espacio en la nueva casa. Jason había mencionado varias veces lo grande que era y, cuando por fin la vi, tenía razón.
La casa estaba en una pequeña parcela de tierra en un barrio tranquilo y antiguo.
Era una clásica casa victoriana, con el exterior restaurado.
Cuando aparcamos el todoterreno de alquiler junto a la acera y salimos, me enamoré al instante de la valla de hierro forjado y ladrillo que rodeaba el cuidado jardín, a la sombra de unos arces centenarios.
Unas hermosas hojas rojas y amarillas cubrían el césped y la acera donde nos esperaba la agente de la inmobiliaria.
—¡Hola! ¿Manson Reed? —Le tendió la mano cuando nos acercamos y se la estrechó con entusiasmo—. Y estas personas deben de ser sus…
—Mi familia —dijo, señalándonos al resto mientras nos presentaba.
Si la agente inmobiliaria estaba confundida, se esforzó mucho en no dejar que se le notara. Mantuvo una gran sonrisa en el rostro mientras nos acompañaba hasta la casa, entusiasmada con los detalles decorativos del porche que rodeaba la vivienda.
—Como pueden ver, el anterior propietario se tomó muy en serio la restauración —comentó—. Pero encontrarán mejoras modernas en el interior de la casa, sobre todo en la cocina.
—Joder, sí, eso es lo que me gusta oír —dijo Vincent—. Tengo que ver esa cocina.
Al entrar en el vestíbulo, me quedé sin aliento.
El interior de la casa se mantenía fiel a sus raíces estructurales, pero la decoración era moderna.
Las vidrieras de la puerta principal proyectaban patrones de colores sobre los pulidos suelos de madera y la hermosa escalera curva.
Había ventanales en todas las estancias, que llenaban la casa de luz.
—Como ven, la luz natural se ha tenido muy en cuenta en el diseño de la casa —dijo la agente inmobiliaria mientras sus tacones resonaban sobre los relucientes suelos—. Los techos tienen una altura de tres metros y medio y las habitaciones son muy amplias.
En el salón había una enorme chimenea y, mientras la agente seguía hablando de lo acogedora que sería la estancia en una noche fría, yo solo podía pensar en que había espacio más que suficiente para montar una orgía frente al fuego.
Le susurré mi idea a Jason al oído, y él me miró como si le hubiera prometido su propia tienda de golosinas.
—¿Ya te has decidido por la casa, Jess? —preguntó Vincent, que había oído mi sugerencia.
—Como si no fuera a hacerlo —respondí—. ¡Sabíais que me enamoraría de este sitio!
Vincent se encogió de hombros con inocencia.
—No teníamos ni la más mínima idea. Esta casa no tiene nada de especial.
Solo pude negar con la cabeza.
La agente inmobiliaria nos animó a echar un vistazo y explorar la casa a nuestro antojo.
Decidí ver la planta de arriba y recorrer los dormitorios del segundo piso.
Eran amplios y la mayoría tenían puertas que los conectaban directamente entre sí, en lugar de solo con el rellano, una característica común en estas casas antiguas.
Manson estaba en la habitación que había al final del pasillo de arriba. Era el dormitorio principal y tenía cuatro ventanas en arco con vistas al patio trasero. Me oyó entrar y sonrió al volverse, extendiendo el brazo para que me acurrucara debajo.
—¿Qué te parece la casa? —quiso saber.
—Es impresionante. —Lo rodeé con mis brazos—. Pero creo que ya sabías que me encantaría.
—¿Te encanta? —Se llenó de orgullo cuando asentí con la cabeza—. ¿Más que tu apartamento?
—No me lo restriegues —me quejé—. Yo viviré en una caja de zapatos, pero al menos podré venir de visita a esta casa. Si decidís comprarla, claro.
—Ya hemos hecho una oferta.
Sonreía de oreja a oreja. Yo me quedé boquiabierta, sorprendida y emocionada al pensar que ese lugar podía ser realmente suyo.
—¿De verdad? ¿Cuándo?
—Encontramos esta casa en Internet hace unas semanas —admitió, mirando el césped cubierto de hojas—. Era una ganga, así que hicimos una oferta antes de poder visitarla. Ahora que estamos aquí, me alegro de haberlo hecho.
A través de las ventanas, vi a Lucas en el jardín, echando un vistazo al garaje independiente. Después de darle un beso en la mejilla a Manson, salí al porche trasero y corrí por el césped para reunirme con él.
—¿Este va a ser el nuevo taller? —le pregunté cuando me recibió con un brazo alrededor de la cintura y una mano sobre mi culo.
—Solo será para nuestros coches —respondió mientras recorríamos el interior del garaje.
Era más pequeño que el taller que tenían ahora, pero lo suficientemente grande para sus vehículos—.
Manson y yo decidimos no tener nuestro lugar de trabajo en casa.
Dado que a los dos nos cuesta mucho tomarnos días libres tal y como están las cosas.
—Se acabó eso de trabajar los fines de semana —le recordé—. Los fines de semana son para el libertinaje.
—¿Sí? —Me empujó contra la pared del garaje cuando salimos, cubriéndome el cuello de besos y mordiscos—. Bueno, mira por dónde: hoy es sábado.
Me besó hasta que se me doblaron las rodillas y me invadió el calor. Solo le hice parar cuando la agente nos vio y se escondió con torpeza para que no la viéramos.
—Déjala que mire —gruñó—. Joder, puede unirse si quiere…
—¡No asustes a la pobre mujer! —le dije, riéndome mientras le daba un golpecito en el brazo—. Ya está bastante confundida intentando averiguar quién está con quién.
Caminamos por el jardín, con las hojas crujiendo bajo nuestros zapatos.
—Me encanta lo grandes que son estos árboles —comenté, mirando las ramas extendidas del arce que daba sombra al patio trasero—. Podríamos construir una casa en el árbol allí arriba.
—Creo que somos demasiado mayores para las casas en los árboles, Jess —dijo, pero aún había nostalgia en sus ojos, como si deseara no serlo, como si construir una casa en el árbol fuera una tentación demasiado grande.
—Bueno, aunque seas demasiado mayor para eso…
A los niños les gustaría —comenté con la mayor naturalidad posible, sonriendo y encogiéndome de hombros mientras me daba la vuelta para volver al interior—.
Voy a buscar a Jason y Vincent. ¿He oído que esta casa tiene sótano?
Si no lo convertís en una mazmorra, me voy a llevar una decepción…
Solo había dado unos pasos cuando me llamó y me volví.
—¿Niños? —preguntó, su voz denotaba terror y esperanza, ambas cosas a la vez.
—Sí, ya sabes, versiones en miniatura de ti… Manson… Jason… Vincent… —Sus ojos se agrandaban con cada palabra que pronunciaba, y no pude evitar reírme al ver su expresión—. Seguro que les gustaría tener una casa en el árbol.