46
Jessica
Vincent, Jojo, Bo y Cherry estaban acurrucados a mi alrededor en la cama. De vez en cuando me despertaba, pero Vincent me acariciaba la espalda durante un rato y me tranquilizaba para que volviera a dormirme, asegurándome que los demás volverían pronto.
No me gustaba despertarme y no tenerlos a todos allí. Incluso con Vincent y todos los animales a mi alrededor, la cama me parecía demasiado vacía; la casa también. Como si los hubiera estado escuchando mientras dormía, me desperté al instante al oír sus pasos entrando por la puerta.
—¿Han vuelto? —murmuré, sin poder abrir los ojos todavía.
Estaba recostada contra el pecho de Vincent, todavía medio dormida. Jojo y Bo saltaron de la cama y sus uñas hicieron ruido al caminar por el pasillo para saludar a los chicos.
—Han vuelto —me aseguró Vincent, acariciándome la espalda. Sus hábiles manos me masajeaban los hombros, aliviando la tensión—. No te preocupes, cariño. Subirán enseguida.
Al oírlos entrar en el ático, por fin abrí los ojos. La habitación estaba a oscuras, salvo por la luces multicolores que rodeaban la cama de Vincent. El suave resplandor los iluminaba mientras se subían a la cama y dejaban los zapatos y las chaquetas en el suelo.
—¿Qué ha pasado? —susurré, acariciando el rostro de Lucas mientras se tumbaba junto a Vincent.
—No nos han hecho daño, nena —dijo, inclinándose para darme un beso en la mejilla.
—No pasa nada, Jess —dijo Jason, metiéndose bajo las sábanas y abrazándome—. Estamos aquí.
Me costaba mantener los ojos abiertos mientras buscaba la mano de Manson y la agarraba con fuerza mientras él se metía en la cama al lado de Lucas. Tenía las manos muy frías y el pelo revuelto.
—¿A d ónde habéis ido?
—Teníamos que mandar un mensaje, ángel —dijo, acercándose mi mano y besándome los dedos—. Siento haberte despertado.
—¿Seguro que no estáis heridos?
Odiaba no saber qué había pasado, pero sentía los párpados muy pesados y el sueño me arrastraba de nuevo a sus garras.
—No estamos heridos —dijo Manson, con la voz flotando en la oscuridad mientras yo volvía a cerrar los ojos—. No te preocupes, Jess. Estaremos aquí contigo. Vuelve a dormirte.
En cuestión de segundos, me quedé profundamente dormida.
Horas más tarde, volví a abrir los ojos. Los hombres dormían a mi alrededor, Haribo y Cherry estaban acurrucados a nuestros pies. Por mucho que odiara abandonar el calor de la cama, tenía que ir al baño. Me zafé de sus brazos y bajé rápidamente del ático al cuarto de baño.
Todavía tenía el tobillo hinchado y lleno de feos moratones, pero no me dolía tanto como antes. La pastilla que me había dado Vincent había surtido efecto; mis músculos todavía estaban como gelatina.
Jojo lloriqueaba y arañaba la puerta principal cuando salí del baño arrastrando los pies. Con un suspiro, bajé cojeando las escaleras para dejarla salir. Corrió hacia los árboles para hacer sus necesidades y yo me apoyé cansada contra el marco de la puerta, con los ojos cerrados.
Me desperté sobresaltada cuando mi cabeza se inclinó demasiado y salí al porche.
—¡Jojo! ¡Ven, chica! —la llamé.
Se oyó un crujido en lo más profundo de los árboles. Dios, ¿qué estaba haciendo allí? ¿Por qué quería explorar durante la noche?
Gruñendo, salí del porche y me dirigí al lado de la casa.
—¡Jo! ¡Ven aquí! —Me esforzaba por que se me oyera sin gritar, no quería despertar a los chicos llamando a la perra. Chasqueé los dedos para llamar su atención como pude—. ¡Jojo! ¿Quieres una golosina, chica? ¡Vamos!
No funcionó. Preparándome para ir a buscarla con otro profundo suspiro, fruncí el ceño ante el olor que invadió mi nariz. Ahumado y penetrante, como el mentol…
De repente, una mano me agarró de la cara por detrás, tapándome la boca y tirando de mí hacia atrás. Un brazo grueso me rodeó y me inmovilizó las manos a los costados, casi dejándome sin aire en los pulmones. Incapaz de gritar, pataleé y me retorcí para liberarme, pero fue en vano.
—¡Joder, deja de resistirte!
Reconocí esa voz. Mierda, era…
La desagradable colonia de Alex me envolvió mientras me arrastraba hacia la parte delantera de la casa.
Maldijo de dolor cuando le di una patada en la espinilla y lamenté no haberme puesto zapatos antes de salir.
Quería darle una patada tan fuerte que le rompiera los huesos.
Si me dolía darle una patada con la pierna lesionada, no lo sentí. La adrenalina me inundaba.
Cuando llegamos a la parte delantera de la casa —se lo había puesto tan difícil que estaba jadeando—, vi a otra persona en el porche. Al verlo, dejé de forcejear y me quedé paralizada por la sorpresa.
Reagan me miró con ira mientras se quedaba de pie frente a la puerta abierta. Apagó el cigarrillo en la barandilla del porche y lo dejó allí, desprendiendo un fino hilo de humo.
—¿Qué hago con ella? —preguntó Alex.
Su voz sonaba extraña, como si no pudiera respirar por la nariz. Con suerte, los chicos se la habrían roto.
—Lo que quieras —respondió Reagan—. No importa.
Se encendió otro cigarrillo antes de entrar y cerrar la puerta en silencio tras de sí. Había algo extraño en ese gesto, una abrumadora sensación de pavor. Impulsada a volver a la acción, volví a resistirme, como si mi vida dependiera de ello.
Probablemente fuera así.
No tenía ni idea de lo que Alex tenía planeado y, sinceramente, él tampoco parecía saberlo. En ese momento, lo único que podía hacer era evitar que escapara.
—¡Joder! ¡Puta zorra! —Me empujó al suelo cuando le mordí la mano, apretando los dientes con todas mis fuerzas. Me lanzó una mirada asesina mientras yo gritaba, y me agarró de nuevo antes de que pudiera levantarme del suelo—. Deja de resistirte, joder, antes de que…
Se quedó quieto. Jojo había salido trotando de entre los árboles. Nos miraba fijamente, con la cola recta y en tensión. Ladeó la cabeza y me miró con sus grandes ojos marrones.
Entonces, todo su lenguaje corporal cambió.
Ladró y se abalanzó hacia delante, convertida en una mancha gris mientras cruzaba el jardín a toda velocidad.
Alex intentó huir, pero no llegó muy lejos.
Jojo saltó sobre él y le mordió el brazo.
Gruñó, sacudiendo la cabeza de un lado a otro mientras apretaba los dientes y se negaba a soltarlo.
Eso me dio la oportunidad de escapar.
A pesar del dolor agudo, corrí hacia la casa.
La puerta se estrelló contra la pared cuando la abrí de un empujón y tropecé en la cocina, jadeando cuando mis pies descalzos tocaron algo frío y húmedo que se acumulaba en el suelo.
Reagan estaba allí, vertiendo algo sobre el suelo, salpicándolo contra las paredes.
Entonces, un olor fuerte llegó a mi nariz.
Gasolina.
—¡Reagan, para!
El viejo levantó la cabeza. Su expresión era inquietantemente inexpresiva, fría y desprovista de toda pasión.
—No lo hagas —le pedí.
Levanté la voz, pero no sabía qué coño hacer. La puerta del ático estaba cerrada, pero seguro que alguno de los chicos me había oído.
Si Reagan encendía los fogones o prendía una sola cerilla…
Si este lugar se incendiaba con ellos todavía en el ático…
No había salida.
Levanté las manos e intenté sonar tranquila, razonable. Como si hubiera manera de razonar con un hombre como este.
—No… Es tu hijo, Reagan…
Él se burló.
—Es una pena que te encariñado con ellos.
Una puta tragedia. Dudo que alguien quiera este lugar después de lo que está a punto de pasar.
Cinco personas muertas en un incendio. —Sacudió la cabeza, como si la idea fuera terrible, incluso mientras avanzaba hacia mí—.
Los chicos tienen suerte, ni siquiera sabrán lo que pasó.
Pero tú… tú vas a ser un puto problema, ¿verdad?
Se abalanzó sobre mí y era mucho más fuerte de lo que parecía.
El olor acre de la gasolina me quemaba la nariz mientras caíamos con fuerza contra suelo; sus dedos apretándome el cuello.
Intenté defenderme, presionándole la cara con las manos y arañándole con las uñas.
Pesaba mucho y, cuando me pegó en un lado de la cabeza, vi las estrellas.
Una parte de mi cerebro, la parte que parecía observar todo lo que sucedía desde arriba, se dio cuenta de que estaba a punto de morir. No solo me estaba estrangulando, sino que también me apretaba los lados del cuello, cortando el flujo sanguíneo a mi cerebro y…
No paraba. No le importaba. Mis forcejeos se hacían cada vez más débiles y él pesaba demasiado, era demasiado fuerte. Me zumbaban los oídos, débilmente, un tono lejano en una vasta extensión de oscuridad creciente.
Se oyó un sonido como si algo hubiera sido golpeado. En mi oscuridad privada de oxígeno, me hizo pensar en un saco de carne lanzado contra una pared de ladrillos.
Entonces, el aire volvió a entrar en mis pulmones.
Apartaron las manos de Reagan de golpe y hubo gritos…
Muchos gritos. Se me nubló la vista. Estaba tan aturdida que pensé que iba a marearme mientras jadeaba en busca de aire, colocándome boca abajo y con ganas de vomitar.
La gasolina me chorreaba del pelo; ese sabor áspero se me metió en la boca, estaba por toda mi piel.
De repente, me sostuvieron, unos brazos fuertes me rodearon, me acunaron.
—¡Respira, Jess! Vamos, cariño, tú solo respira. —La voz de Vincent sonaba como un montón de ecos a la vez.
Moví la cabeza hacia un lado y se me nubló la vista. Me apartaron el pelo empapado de la cara y pude oír los latidos del corazón de Vincent mientras descansaba contra él.
Parpadeando varias veces, intenté concentrarme a pesar del caos que me rodeaba.
El frenético alboroto, los golpes y los gritos eran una tormenta interminable.
Aunque todo estaba borroso, pude ver a Manson en el suelo, acorralado en una esquina contra los armarios de la cocina.
Tenía el brazo alrededor del cuello de Reagan, estrangulándole mientras Jason le sujetaba las piernas.
Los labios del hombre estaban hinchados y azules, y tenía los ojos en blanco.
—¡Sí, necesitamos una puta ambulancia! No… Me cago en la puta, señora, la casa está empapada en gasolina. ¿Cómo coño se supone que voy a calmarme?
Lucas… Pobre Lucas… ¿Cómo había acabado siendo él quien llamara a emergencias?
Todos los sonidos se desvanecían y volvían, como si alguien estuviera girando el dial de una radio de un lado a otro.
—Ey, cariño, vamos, abre los ojos. Mantente despierta, ¿vale? Sigue respirando, respira hondo.
La voz de Vincent sonaba tan agradable que quería que siguiera hablando. El olor a gasolina era fuerte, ineludible. Necesitaba más aire. Mis jadeos eran demasiado rápidos, no eran suficientes…