45
Alex
Me pareció que pasó una eternidad hasta que conseguí levantarme del suelo y sentarme contra la pared de ladrillos. Tenía la cara hinchada y me dolía; no podía respirar por la nariz y tenía un sabor metálico en la boca. Escupí saliva con sangre al suelo, pero eso no eliminó el desagradable sabor.
¿Cómo coño se atrevían a atacarme en público?
Habíamos tenido la oportunidad perfecta para acabar con esos capullos en el espectáculo de coches, solo teníamos que sacarlos de la carretera.
Debería haber sido fácil provocar un accidente mortal a más de ciento sesenta kilómetros por hora.
Pero se nos escaparon. Ese puto Chevrolet era increíblemente rápido.
Ahora Nate me había abandonado, menudo puto cobarde. El grandullón era todo ladrar y poco morder, pero había pensado que era mejor que eso. Reed lo había noqueado de un puñetazo antes de hacerle papilla, por si acaso.
Me saqué el móvil del bolsillo y mi dedo se posó sobre el botón de llamada de emergencia. Pero, tras unos segundos, lo aparté, furioso. No necesitaba una ambulancia, necesitaba venganza y la iba a conseguir por mis propios medios.
—A la mierda esos capullos —murmuré—. A la mierda esa zorra…
Todo eso era culpa de Jessica, esa zorra engreída.
No estaba tan mal antes de cambiar de bando y decidir convertirse en la puta de los frikis de Wickeston.
Las mujeres como ella necesitaban que las mantuvieran a raya.
Ser tan atractiva que los hombres casi babeaban por ella le había inflado muchísimo el ego, convenciéndola de que era la leche.
Pero no era nada . Solo era otra puta sin valor que pensaba que el mundo giraba en torno a su coño. Debería haberles hecho mucho más daño a ella y a su estúpida amiguita.
Alguien apareció al final del callejón. El humo del cigarrillo llegó hasta mí y aparté la cara, muy cabreado porque alguien se atreviera a venir a verme así.
—Vete a la mierda —dije mientras se acercaban los pasos.
No estaba de humor para que vinieran a ver cómo estaba.
—Me parece que alguien te ha dado una paliza.
—¡He dicho que te vayas a la mierda, viejo! —espeté.
En cuanto oí su voz, supe exactamente quién era.
Era Reagan, ese viejo que llevaba semanas pasándose todos los días por el bar de Billy.
Nos había ofrecido a Nate y a mí quinientos dólares a cada uno por ir a por Manson y Lucas en aquel espectáculo.
No nos había explicado por qué, pero en aquel momento no necesitaba una explicación.
Se acercó, dándole una larga calada a su cigarrillo. Lo miré con ira, pero no podía verle bien la cara porque tenía los ojos hinchados y cerrados por los moratones.
—No quiero tu ayuda —le dije con amargura mientras se colocaba a mi lado.
—No te he ofrecido mi puta ayuda, ¿verdad? —dijo, arrastrando a voz.
Con dolor, me puse de pie. Me dolía todo, sentía punzadas en músculos que hasta ahora ni siquiera sabía que existían.
—¿Qué coño pasa contigo, Reagan? ¿Por qué estás aquí?
—Solo soy un ciudadano preocupado. —Me ofreció un cigarrillo. No era muy fumador, pero lo acepté de todos modos—. Los hombres que te han atacado hoy causan muchos problemas en este pueblo. Solo soy un hombre que busca soluciones.
—Con que soluciones, ¿eh? —me burlé, aceptando el mechero cuando me lo ofreció.
Mientras encendía el cigarrillo, le miré más detenidamente a la cara.
La última vez que hablamos fue dentro del bar y yo estaba borracho.
Lo suficientemente borracho como para pensar que aceptar dinero para intentar matar a mis rivales era una buena idea.
Pero al examinar su rostro, me llamó la atención lo familiares que me resultaban sus rasgos.
—Eres el padre de Manson, ¿verdad? —le pregunté—. Por eso tienes problemas con esos tipos. Es tu hijo.
Exhaló despacio, y el humo pálido se desvaneció en el aire frío.
—Supongo que sí —respondió.
Su parecido con Reed era asombroso. Pero había algo diferente. Quizá fuera la mirada apagada o la expresión seria de su boca. Era difícil definir qué era, pero había una cosa que sabía seguro: cuando me miraba, este tipo me daba escalofríos.
—Quieres vengarte, ¿verdad? —preguntó—. Se merecen pagar por los problemas que te han causado.
—Sí, se lo merecen —dije, aunque sus palabras me provocaron un extraño escalofrío—. Llevan demasiado tiempo sintiéndose cómodos aquí.
Se rio, con una risa grave y áspera.
—Entonces estamos de acuerdo. Todos estaremos mucho mejor…
Se alejó de mí y yo lo miré confundido.
Sacudiendo la cabeza, di una profunda calada al cigarrillo e inmediatamente tosí. Joder, esto era mucho más fuerte que un cigarrillo electrónico…
—¿Vienes o no, chico? —El hombre me esperaba a la entrada del callejón—. ¿Vas a dejar que te pisoteen? —soltó.
La forma en que me miró me hizo sentir avergonzado, como si hubiera hecho algo vergonzoso y no tuviera ni idea de qué era.
—No… —respondí, apretando los dientes—, pero ¿qué coño quieres que haga al respecto?
Me sonrió, mostrando unos dientes amarillos y podridos.
—Quiero que me sigas y dejes de hacer preguntas estúpidas.