44
Manson
No quería hacer daño a nadie.
Me aferraba a ese hecho, me lo repetía a mí mismo como una especie de oración diaria.
A pesar de las cosas que me gustaban en las relaciones —y era un sádico, de eso no había duda—, no quería hacer daño.
No era como mi padre, no era como la gente que me acosaba.
El monstruo que vivía dentro de mí estaba domesticado, controlado. No era una persona violenta.
Pero cuando entré en el bar de Billy, con Jason y Lucas flanqueándome, la moral a la que me había aferrado dejó de darme indicaciones. Las líneas que me había trazado, los límites que había tratado mantener, ya no importaban una mierda.
Habían hecho daño a Jess. Alex y Nate habían puesto las manos sobre mi familia más veces de las necesarias para justificar una represalia. Siempre había creído que la violencia física solo era necesaria en defensa propia, pero esta vez estábamos atacando.
Daba igual a dónde fueran, daba igual que intentaran esconderse, daba igual quiénes fueran sus amigos o sus contactos, daba igual si tenía que hacerlo en público o en privado… Habían hecho daño a nuestra chica. Habían cruzado la línea hasta tal punto que la habían roto.
Quería hacerles daño por lo que habían hecho.
Mientras nos abríamos paso poco a poco entre la multitud, buscando a nuestros objetivos, lo único en lo que podía pensar era en lo mucho que deseaba oírlos gritar.
No era un deseo salvaje, ni estaba cargado de ira o frenesí, era tranquilizador, meditativo. Me sentía bien al pensar en su agonía.
Estaba furioso, sí, pero esa palabra no abarcaba este sentimiento. No podía transmitir la abrumadora necesidad de ver cumplida la venganza. No era tan moralista y egocéntrico como para pensar que esta era la elección correcta, ni siquiera era una buena elección.
No se trataba de lo que estaba bien o mal, iba mucho más allá de eso. Lo único que me importaba era proteger a mi gente, a mi familia.
Nada ni nadie estaba por encima de aquellos a quienes quería.
Nos abrimos paso entre la multitud, sin dejar de estar atentos.
Lucas recibió un gesto de disgusto del camarero, que pareció aún menos contento cuando nos vio al resto.
No dejaba de limpiar la misma taza una y otra vez, mirándonos, nervioso.
Él no interferiría, pero alguien más podría hacerlo si no teníamos cuidado.
—Ahí —dijo Jason, y seguí su mirada.
Nate y Alex estaban sentados en una mesa de la esquina, cerca de los baños, encorvados sobre sus vasos de cerveza. La iluminación del bar era tenue, pero era evidente que Nate tenía la cara enrojecida y los ojos inyectados en sangre.
—Parece que el grandullón se llevó la peor parte del spray pimienta —dije.
La pistola que llevaba debajo de la chaqueta pesaba mucho. Se la pasé a Jason mientras me daba la vuelta, manteniéndola baja. Se la guardó debajo de su camiseta con un movimiento rápido.
—Vaya, ¿a quién tenemos aquí? —soltó Alex con tono burlón cuando nos vio acercarnos a su mesa. Nate nos miró con el ceño fruncido, con los ojos tan hinchados y enrojecidos que me sorprendió que pudiera vernos—. Tienes muchos huevos para entrar en el bar de Billy, Reed.
Era cierto, normalmente evitábamos este sitio.
El bar de Billy no era más que un antro, un cuchitril que se llenaba hasta los topes casi todas las noches.
No era nuestro tipo de gente, y podía sentir las miradas curiosas de los que nos rodeaban.
Sabiendo que mi padre había estado pasando el rato aquí, solo podía imaginar lo que los clientes habituales habían oído sobre mí.
—Y teniendo en cuenta que has atacado a dos mujeres que no te han hecho nada, tú huevos no tienes —le devolvió Jason.
Lucas se quedó en silencio; le había advertido que se mantuviera callado. Lo último que necesitábamos era que abriera la boca y empeorara las cosas antes de tiempo.
—¿Atacar? —Alex se burló—. ¿Eso es lo que te dijo esa zorra? ¿Que yo la ataqué? Joder, qué típico. ¿Por qué cojones os creéis todo lo que ella dice?
Dio un sorbo a su cerveza, con una fea sonrisa burlona en los labios. Se sentía seguro allí, confiado. No creía que pudiéramos hacerle nada.
—Jess no es una mentirosa —dijo Lucas con voz tranquila—. Le pusiste las manos encima, McAllister. Esperaste a que estuviera sola, a que no hubiera nadie cerca para ayudarla. Eres un puto cobarde.
Alex puso los ojos en blanco y empezó a dar golpecitos con el pie en el taburete. Nate se cruzó de brazos y se dio la vuelta.
—Esto es una puta mierda.
—Tenemos que resolver esto —dije—. No más sabotajes, no más acoso. De hombre a hombre.
—No tenemos nada que resolver —dijo Alex—. Vete a la mierda.
Jason se rio, lo que hizo que Alex volviera la cabeza hacia él.
—No me extraña. Eres un tipo muy duro, Alex. Acosas a las mujeres cuando están solas, pero te acobardas en cuanto ves a alguien de tu tamaño.
Parecía que Nate quería marcharse, pero la ira de Alex podía más que él. Se levantó de un salto, golpeando la mesa y salpicando cerveza por toda la madera.
Jason sonrió cuando Alex se le encaró.
—Tienes mucho valor para hablarme así —dijo, con la rabia a flor de piel, mientras Jason parecía a punto de volver a reírse—. ¿Quieres pelear tú conmigo, marica?
—¡Eh, fuera! —gritó de repente el camarero.
Alex y Nate intercambiaron una mirada, mientras yo me dirigía a la salida de cerca de los baños y empujaba la puerta que daba al callejón de atrás.
—¿Quién es ahora el marica? —lo provocó Jason cuando Alex no lo siguió inmediatamente por la puerta, pero su burla surtió efecto.
Nate me empujó con fuerza en cuanto salió al callejón, lanzándose hacia mí con los puños en alto. El callejón era largo y estrecho, con contenedores de basura desbordados a un lado. Nate me empujó contra ellos, agarrándome con fuerza por la camiseta mientras echaba el puño hacia atrás.
Se quedó paralizado cuando sintió mi navaja contra su garganta.
—Yo que tú, me movería muy despacio —le dije. Tragó saliva y su garganta se movió, la hoja clavándose en su piel—. Las manos se me mueven mucho y no me gustaría cortarte la yugular por accidente.
Nate estaba tan distraído intentando averiguar cómo responder a una navaja en su garganta que no se dio cuenta de que yo había echado el brazo hacia atrás hasta que fue demasiado tarde.
Mi puño se estrelló contra un lado de su cabeza.
Se le pusieron los ojos en blanco y se quedó tenso, luego cayó al suelo con un fuerte golpe.
En cuanto cayó al asfalto, me abalancé sobre él.
La sangre salpicó todo cuando mi siguiente puñetazo le dio en la nariz, y seguí golpeándolo a pesar de lo flácido que estaba.
Se le partió el labio y también la ceja.
No emitía ningún sonido, salvo gruñidos, y apenas respiraba.
El mundo se cerró a mi alrededor y el único pensamiento que permaneció en mi mente fue lo mucho que podría haberme quitado.
Podría haber matado a Lucas. Lo había intentado. No le había importado una mierda. Había ayudado a hacer daño a Jessica, la había amenazado. Estaba dispuesto a utilizarla como un peón en su enfermiza y retorcida venganza contra nosotros.
La idea de perderlos… a cualquiera de los dos… Joder, me mataría. La vida merecía la pena porque tenía a mi familia, porque nos teníamos los unos a los otros. Perder a cualquiera de ellos destrozaría mi mundo en pedazos.
El rugido en mis oídos acabó por detenerse.
Me dolían los nudillos. Respiraba con dificultad.
La cabeza de Nate estaba apoyada contra el pavimento, solo se veía el blanco de sus ojos.
Me puse de pie, le escupí en la cara y luego me miré la mano.
Tenía los nudillos partidos, posiblemente por darle puñetazos en los dientes.
—Hijo de puta —dije y le di una patada en el costado, esperaba haberle roto las puñeteras costillas.
Cuando me giré, Alex parecía aturdido. Tenía los ojos muy abiertos mientras observaba a Nate retorciéndose en el suelo. Había sucedido muy rápido, en cuestión de segundos. Alex parecía estar a punto de vomitar.
—¿A dónde vas, colega? —preguntó Jason, bloqueando la puerta cuando Alex se dio la vuelta como si quisiera volver a entrar, como si fuéramos a dejar que se escapara.
—Quítate de en medio, joder… —Alex calló cuando Jason sacó la pistola.
Todos habíamos entrenado con ella. Cuando Vincent decidió que necesitábamos un arma de fuego, no tomamos esa decisión a la ligera, y llevarla con nosotros esa noche tampoco lo fue.
Era necesario.
—¡Levántate, Nate! —espetó Alex, pero su amigo gimió, probablemente incapaz de enfocar la vista el tiempo suficiente como para moverse.
—No vas a ir a ninguna parte, Alex —dije, probando el filo de mi navaja con la yema del pulgar. Había que volver a afilarla pronto, pero tendría que servir—. Vas a recibir una paliza y vas a mantenerte alejado de nosotros. Nada de fiestas, nada de carreras, nada de nada.
—Os habéis vuelto locos —dijo.
Intentaba retroceder, pero no tenía a dónde ir. Lucas le bloqueaba la salida del callejón y Jason la puerta de entrada. Los ojos de Alex se movían rápidamente como los de un animal atrapado.
—Cuando alguien a quien quiero sale herido, me vuelvo un poco loco —dije, haciendo girar la navaja entre mis dedos.
Alex no sabía qué temer más: a mí con el cuchillo, a Jason con la pistola o a Lucas crujiéndose los nudillos detrás de él.
—No vais a iros de rositas —dijo—. ¿Todo esto solo para defender a vuestra putita? ¡No es más que un pedazo de carne usada y sin valor que os pasáis de uno a otro!
Alex no sabía cuándo rendirse. Tropezó cuando me abalancé sobre él, el miedo a la navaja lo había vuelto torpe. Clavado contra la pared con mi hoja presionando peligrosamente contra su garganta, llegó a gemir.
Joder, qué patético.
Solo hacía falta un pequeño movimiento: un corte, una puñalada. Le habría rajado la garganta y no habría habido forma de salvarlo. Él también lo sabía; respiraba rápido y maldecía entre dientes.
—¿Qué pasa, amigo? —le pregunté—. ¿Me tienes miedo?