El pago (Losers 2) 39 #2
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—Sí, señor —dijo y, aunque su tono era recatado, su expresión no lo era en absoluto—. Aunque, si querías que te obedeciera, deberías haber traído una correa.

Le guiñó un ojo y juraría que pude ver cómo Manson se le escapaba toda lógica por las orejas. Llevarla a la intimidad de una cabina VIP era una de mis prioridades y cada segundo que pasaba se volvía más urgente.

—No te preocupes, cariño —dijo Lucas, acercando los dientes a su oído como si fuera a morderla—. Manson siempre cuida de sus mascotas.

Otro pequeño tramo de escaleras nos llevó a la pista de baile.

Una barra circular ocupaba el centro del espacio, con una enorme lámpara de araña colgando del techo.

Las dos plantas superiores nos miraban desde arriba, con gente bailando y restregándose contra la barandilla.

Más allá de la barra, al otro lado de la sala, un mar de gente bailaba frente al DJ en el escenario.

Como traviesas decoraciones navideñas, había jaulas doradas sobre pedestales alrededor de la sala, con los bailarines dentro vestidos solo con tangas y tirantes.

—Esto es increíble —comentó Jess mientras lo observaba todo.

Había cabinas VIP acordonadas a lo largo de las paredes, pero el salón principal estaba arriba. Ahí era a donde nos dirigiríamos después de tomarnos nuestras copas.

—¿Esperabas un sótano mugriento? —pregunté. Nos mantuvimos juntos mientras nos abríamos paso entre la multitud; el club estaba abarrotado esa noche, con gente apretujándose por todos lados—. ¿Manchas de humedad en las paredes, suelos de hormigón?

—Los fanáticos del bondage siempre actúan en sótanos —dijo Manson—. O en habitaciones rojas.

—Ni siquiera tenéis una habitación roja —dijo Jess, suspirando dramáticamente—. ¿Qué clase de dominantes sois?

—Personalmente, me gustaría una habitación arcoíris —dije—. El rojo no pega con mi tono de piel.

—No necesitamos una puñetera habitación para destruirte —dijo Lucas cuando llegamos al bar—. La primera ronda la pago yo.

El bar estaba tan lleno como la pista de baile. Aunque era pequeño, contábamos con un buen equipo de camareros. Los tres que trabajaban esa noche podían gestionar el ajetreo sin problemas y, aunque tuvimos que esperar un poco, una de ellas no tardó en acercarse a nosotros.

—Más te vale estar aquí por trabajo, Vince —dijo mientras apoyaba los codos en la barra frente a nosotros—. Estoy hasta arriba, por si no te habías dado cuenta.

—Ni hablar, hoy no estoy de servicio —dije, inclinándome sobre la barra para chocar mis nudillos con los suyos—. ¡Es mi noche libre, Keisha!

—¿Qué clase de idiota se pasa su noche libre en el trabajo?

—preguntó—. Supongo que se supone que debo atenderte a ti y a todos tus amigos en medio de un…

—De repente, dejó de burlarse cuando sus ojos se posaron en Jess.

Su mirada se iluminó y rápidamente se ajustó la pajarita—.

Oh, bueno, perdona. No me había dado cuenta de que esta vez habías traído a una chica. ¿Qué vas a tomar, cariño?

—Un cosmo, porfa —respondió Jess.

Keisha agitó la coctelera entre sus manos mientras la preparaba y se la entregó con un gesto teatral. Menuda presumida. Jess sacó primero la cereza de la bebida y se la llevó a la boca con una sonrisa.

—¿Qué hace una chica como tú con estos bichos raros? —preguntó Keisha, frotando la cáscara de naranja alrededor de un vaso para el Sazerac de Manson.

—Me ofrecieron un trato muy bueno para arreglarme el coche —dijo Jess.

—¿Ah, sí? Déjame adivinar, ¿luego empezaron a ofrecerte viajes por el pueblo mientras te arreglaban el coche? —respondió Keisha.

Jess se rio.

—Algo así. Ha habido muchos… viajes.

—Viajes cortos, viajes largos, viajes difíciles… —enumeró Manson.

—Paseos en público… —comenzó a decir Jason, y Keisha levantó las manos.

—Dios, está bien, lo entiendo, sois unos salidos —lo interrumpió, riéndose mientras nos miraba y negaba con la cabeza.

Puso nuestra selección de bebidas en la barra: Sazerac para Manson, cerveza para Lucas, vodka con bebida energética para Jason y un Sex on the beach para mí. Keisha puso cara de asco cuando di un buen trago a la bebida de color naranja fosforito y chasqueé los labios con satisfacción.

—¿No puedes ser un camarero normal y limitarte a pedir una cerveza y un chupito? —soltó—. ¿Mezcal con hielo, tal vez? ¿Dónde está tu desprecio de camarero por el azúcar, Vince?

—Perdóname porque me gusten las cosas que saben bien —le dije, pinchándola con la fresa que tenía clavada en el palillo—. Todavía no he conseguido acostumbrarme al sabor del neumático quemado.

—Vale, lárgate —dijo Keisha—. Me vas a tener aquí hablando toda la noche y estás retrasando la cola.

Nos dirigimos hacia las escaleras que nos llevarían a los reservados.

Tris no era explícitamente un club fetichista, pero la influencia de la comunidad BDSM local era obvia si sabías dónde mirar.

Algunas personas llevaban collares de cuero, metálicos o cadenas.

Algunas vestían látex, otras cuero. Pañuelos de varios colores colgaban de los bolsillos traseros de la gente, indicando sus deseos.

Mostramos nuestras pulseras VIP para que nos dejaran subir a los reservados y algunos ya tenían cerradas sus sedosas cortinas negras por privacidad.

Nuestro reservado estaba más adelante, pero quería saludar a Rachel y Mark antes de acomodarnos.

Guiándolos hacia su reservado de siempre, asomé la cabeza por la esquina y no me sorprendió encontrar a los dos ya en una posición comprometedora.

Bueno, los tres. A Rachel y Mark les encantaba jugar con otros. Rachel tenía sus tacones de aguja apoyados en la espalda de un joven que le hacía de reposapiés. Mark estaba a punto de servirle más vino, vestido de cuero, como de costumbre.

La cara de Rachel se iluminó cuando me vio.

—¡Vincent! No sabía que estarías aquí esta noche.

—Tendría unos cuarenta y tantos años, si tuviera que adivinar, pero era difícil saberlo.

Tenía una cara que parecía joven y madura al mismo tiempo.

Llevaba su largo cabello oscuro suelto y un vestido rojo ajustado que marcaba sus voluptuosas curvas—.

¡Estáis todos aquí! Qué alegría. Parece que hace siglos que no os vemos.

—Hace siglos que no venimos —dijo Lucas mientras ella lo abrazaba.

Era una mujer alta, y lo parecía aún más por los tacones de aguja que siempre llevaba. Cuando se ponía de pie, era tan alta como yo.

—Rachel, Mark, esta es Jessica —la presentó Manson, apartándose para que Jess pudiera saludarla.

—¿Hemos añadido una nueva integrante al grupo?

—preguntó, le dio la mano a Jess y la miró de arriba abajo.

Los ojos de Rachel podían destrozarte sin necesidad de decir una sola palabra, pero Jess la hizo sonreír—.

Preciosa. Más les vale tratarte bien. —Bajó la voz como si estuviera revelando un oscuro secreto—.

Hice todo lo posible por enseñarles a ser unos caballeros, espero que haya funcionado.

La primera vez que hablamos y se dio cuenta de que algo fallaba, casi me hago pis encima.

Fue ella quien descubrió que Manson y yo éramos demasiado jóvenes para colarnos aquí, y tuvo que delatarnos.

Pero aun así nos ofreció su tiempo y su compañía; sabía que veníamos a Tris porque nos interesaba el BDSM e insistió en ser nuestra mentora.

—Debes de ser una buena profesora —dijo Jess—. Aunque todavía no he conseguido que hagan eso. —Miró al joven que estaba en el suelo, que obedientemente mantenía la mirada fija en el suelo.

La risa de Rachel era fuerte y ruidosa, y llenaba fácilmente cualquier espacio en el que se encontrara. Chasqueó los dedos y el hombre que estaba en el suelo levantó la cabeza.

—Joven, levántate. Ve a buscar otra bebida para Mark.

—Sí, ama.

Desapareció tan rápido que apenas pude verle la cara. Supuse que era uno de sus compañeros de juegos habituales. Rachel y Mark eran aventureros, pero exigentes, y no les gustaba jugar con gente sin experiencia.

—No te entretendremos mucho —dije, estrechándole la mano a Mark cuando se levantó para saludarnos—. Solo queríamos saludaros y presentaros a nuestra nueva víctima.

—Prefiero señorita juguetito sexual, gracias —dijo Jess, con una mirada de desaprobación en su rostro mientras se examinaba casualmente las uñas.

—Lo siento, lo siento —me disculpé, levantando las manos con gesto inocente—. Debería haberte presentado como es debido, señorita juguetito sexual.

Jess levantó la barbilla con orgullo.

—Así está mejor.

—Veo que os habéis hecho con una guerrera —dijo Rachel, pasando pensativamente su garra pintada de rojo por la barbilla—. Es perfecta para vosotros cuatro.

—Los mantengo a raya —dijo Jess.

Ahora asumía su papel con mucha confianza, y me encantaba ver el orgullo en su rostro. Antes de traerla aquí, me preguntaba si estar entre tanta gente en un lugar público la haría sentirse avergonzada de nuevo. Era normal, no la habría culpado. El miedo al juicio de los demás puede ser agobiante.

Pero ahora parecía más segura de sí misma que nunca.

Se comportaba como una reina, manteniendo con cuidado el equilibrio entre el respeto y el descaro cuando nos hablaba.

Personalmente, no me gustaba la sumisión incondicional.

A todos nos gustaban los retos, y Jess había encontrado el punto perfecto entre la obediencia absoluta y la rebeldía juguetona.

—Como debe ser —dijo Mark.

Rachel le dio un ligero golpe en el brazo.

—Muy travieso por tu parte fomentar la desobediencia —dijo y, aunque el hombre intentó parecer arrepentido, todo era en broma.

Rachel le agarró la mandíbula para darle un beso, y sus afiladas uñas dejaron marcas rojas en su piel—.

¿Qué te está pareciendo Tris hasta ahora, Jessica? ¿Es tu primera vez aquí?

—Sí —respondió Jess—. He estado en muchos clubs, pero nunca en uno como este. Me encanta. Me siento… Me siento libre.