39
Vincent
Todos estábamos muy nerviosos, a la espera de conocer los resultados de la evaluación del trabajo de Jess.
Confiaba ciegamente en ella; nuestra chica era alguien a quien no se podía subestimar, una artista, una auténtica campeona.
Con la esperanza de que le diera un poco de ánimo para afrontar el día, le envié un mensaje a primera hora de la mañana.
Tenía un nudo en el estómago, a pesar de sus recientes esfuerzos por ocultar lo nerviosa que estaba por la evaluación.
No estaba totalmente segura de sí misma, pero yo no quería que tuviera ni una sola duda.
Todo lo que había hecho hasta ahora palidecería en comparación con lo que era capaz de hacer, y quería que lo supiera.
Cuando quería a alguien —y la quería con todo mi corazón, si es que tenía uno—, quería que sintiera que podía con todo.
Que podía hacer cualquier cosa, ser cualquier cosa.
Cuando mis parejas crecían, yo también lo hacía.
Mi optimismo podía irritar a algunas personas, pero prefería que me consideraran molesto por ser tan positivo antes que arriesgarme a desanimar a alguien, sobre todo a las personas que me importaban.
Jess por fin llamó a mi móvil, unos cinco minutos después del mediodía.
—¡Jess nos está llamando! ¡Tenemos noticias, chicos! —grité tan fuerte como pude.
Por suerte, ya estaban en casa. Corrieron al salón y Manson tropezó al cruzar tan rápido la puerta que casi se cae sobre la alfombra. Todos se agruparon a mi alrededor mientras contestaba la llamada y la ponía en el altavoz.
—Hola, cariño —la saludé—. Dime que tienes buenas noticias para nosotros.
—¿Estáis todos? —preguntó.
Por más que intenté distinguir alguna emoción en su voz, se me escapaba lo que en realidad estaba sintiendo.
—Estamos todos, ángel —dijo Manson, tamborileando rápidamente con los dedos en el respaldo del sofá.
Jason se mordía nervioso el labio y Lucas fruncía el ceño.
Incluso los perros podían notar la tensión: Bo y Jojo estaban sentados cerca, con las orejas y las colas erguidas.
Lo único que había en la cabeza de Cherry era Lucas y jugar, así que estaba revolcándose detrás de Jojo, intentando en vano atrapar la cola del perro.
—¡Lo conseguí! —exclamó Jess—. ¡Me han ascendido! ¡Empiezo a trabajar en tres meses!
Nuestros vítores fueron tan fuertes que ahogaron su voz. Los perros ladraban y movían la cola. No entendían nada, pero estaban felices de participar.
—Sabíamos que lo conseguirías —dije—. Enhorabuena, Jess. Te lo mereces, joder.
—Estoy muy orgulloso de ti —dijo Manson—. Has trabajado muy duro para conseguirlo.
—Todos estamos orgullosos —añadió Jason—. Lo vas a hacer genial, Jess.
—Nueva York no sabe lo que le espera —comentó Lucas, agachándose para coger a Cherry del suelo antes de que Jojo pudiera pisarla.
La alegría de Jess era contagiosa. Parecía estar sin aliento por la emoción, y su sonrisa impregnaba cada una de sus palabras.
—Muchas gracias —dijo—. No habría podido hacerlo sin vosotros. Utilicé el dibujo de vuestra casa como parte de mi portfolio. A mi jefa le impresionó mucho. Dijo… —Hizo una pausa y pude imaginar la sonrisa en sus labios—. Dijo que se notaba que había puesto mucho amor en ese proyecto.
Cada vez que usaba esa palabra, se me hinchaba el pecho.
—Te vamos a dar una experiencia VIP completa en Tris para celebrarlo —dije. Ya lo había hablado con mi jefa; incluso si Jess no hubiera conseguido el ascenso, se merecía la mejor noche que pudiéramos ofrecerle—. Este sábado por la noche, todo el alcohol que quieras a tu disposición. ¿Qué te parece?
—Creo que está emocionada —dijo Manson, cuando el entusiasta grito de «¡Sí, sí, sí!» de Jess llegó a través de la línea.
El Club Tris estaba en un edificio alto y estrecho, situado entre una pizzería y una tienda de discos.
Tenía la fachada de ladrillo pintada de negro y las ventanas tapadas desde el interior.
La puerta principal estaba ligeramente entreabierta, lo que te permitía vislumbrar la escalera interior, iluminada con luz roja.
Sobre la puerta había un letrero de neón con la forma de dos corazones rotos entrelazados, uno rosa y otro morado.
La gente hacía cola hasta el final de la manzana esperando para entrar. Estaba lleno de energía, me sentía increíble. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había venido a Tris para divertirme en lugar de para trabajar. Este lugar era mi antiguo territorio, había sido mi sitio.
La primera vez que me colé aquí era nuevo en este mundillo. Manson y yo habíamos esperado en la cola lo que nos pareció una eternidad, con nuestros carnés falsos, nerviosos de la hostia por si nos descubrían.
Tardaron un tiempo, pero nos acabaron pillando. Aun así, fue tiempo suficiente para ganarnos la confianza de los trabajadores del club y los clientes habituales. Así que, en lugar de echarnos para siempre, nos expulsaron solo durante seis meses, hasta que cumplimos veintiún años.
A diferencia de Manson y yo, Jason y Lucas nunca se habían sentido atraídos por el ambiente de los clubs.
Jason se había ido acostumbrando, pero le había llevado tiempo y, también, mi insistencia insaciable en que saliéramos a menudo.
Al principio le resultó difícil salir en público, sobre todo en pareja.
Siempre había tenido miedo, miraba por encima del hombro, estaba constantemente a la defensiva.
Pero a medida que fue ganando confianza en sí mismo, le empezó a gustar mucho más ese ambiente, lo que para mí era perfecto.
Me encantaba presumir de él. Si hubiera dependido de mí, lo habría paseado desnudo por todas partes, presumiendo de que era mío.
Ahora, caminar hacia Tris con Jason cogido de un brazo y Jess del otro, hacía que mi ego se inflara hasta alcanzar el tamaño de Júpiter. Sonreía como un puto idiota por estar acompañando a dos personas tan atractivas al mismo tiempo.
—Se van a pensar que buscas pelea —refunfuñó Lucas, dándome un golpecito en la nuca mientras caminábamos por la concurrida calle—. Deja de sonreírle a todo el mundo, joder.
Como de costumbre, la multitud enfureció a Lucas. Manson caminaba de su brazo, sonriendo mientras el otro fruncía el ceño.
—La mayoría de la gente no va a empezar una pelea por una sonrisa —dijo Manson. Lucas se estremeció cuando un coche pasó y petardeó, y Manson añadió suavemente—: Estás a salvo. No te preocupes.
Para Lucas, era más fácil decirlo que hacerlo. No había salido mucho de casa desde el incidente en el espectáculo de coches. Pero respiró hondo y con calma. Al soltar el aire, parte de la tensión de su espalda se desvaneció.
—Sí. Tienes razón —dijo, moviendo los hombros para descargarlos.
Jess se soltó de mi brazo para cogerle de la mano. Esa noche Lucas llevaba unas botas hasta las rodillas; los cordones amarillos eran el único toque de color en su conjunto, por lo demás oscuro. Manson iba de negro, salvo por la cadena de plata que llevaba sobre la camisa con botones.
Caminando a su lado, Jess estaba radiante.
Estaba hecha para ser el centro de atención: llevaba unos tacones plateados que alargaban aún más sus piernas y una falda negra ajustada que se ceñía a sus caderas y a su culo.
Su camiseta era de tela plateada drapeada, sujeta al cuello y a la espalda con dos finas cadenas. Tampoco llevaba sujetador.
Solo tardó unos minutos en distraer a Lucas mientras hablaba con él.
Fue un alivio oírlo reír por fin mientras Jess se aferraba a él, llenándolo en dulzura y afecto.
La delicadeza con la que trataba con él era increíble.
Hubo un tiempo en el que creía que solo Manson sabía cómo calmar a Lucas; Jess me había demostrado que estaba equivocado.
Conduciendo a mi grupo hasta el principio de la fila, me acerqué al portero y le estreché la mano para saludarlo.
—¿Qué tal, Robbie? —le pregunté—. ¿Está siendo una buena noche?
—Por supuesto —respondió el hombre corpulento y de voz grave mientras me colocaba una pulsera VIP amarilla en el brazo.
Saludó a los demás mientras nos colocaba las pulseras y nos indicaba que siguiéramos hacia el control que había más adelante.
Cuando llegó a Jess, soltó—: Vaya, joder.
Habéis estado muy ocupados, chicos. ¿Cómo se presenta la noche, preciosa?
Jess sonrió radiante y extendió la muñeca para que le pusieran la pulsera. Siguió agarrada a la mano de Lucas mientras Robbie nos dejaba pasar.
—¡Rachel y Mark están arriba, en el salón! —nos gritó Robbie—. ¡Seguro que les encantará saludaros ahora que estáis aquí!
—¡Los buscaremos! —le respondió Manson, con el pulgar hacia arriba.
Llegamos al rellano de la escalera y nos detuvimos allí para decidir a dónde queríamos ir.
Jason movía la cabeza al ritmo de la música, bailando al compás de los graves.
La camiseta que había elegido era de rejilla, lo que dejaba ver su musculoso físico y la cuerda que le había atado al pecho en un elaborado arnés.
La necesidad de presumir de él era irresistible. Lo abracé por detrás, le di un beso en la coronilla y él levantó la barbilla para mirarme.
—Estás guapísimo —le dije.
Su sonrisa era amplia, alegre y desenfrenada.
—Tú también —respondió, y lo volví a besar, esta vez en la boca.
Sabía a la sidra que había bebido de camino hasta allí, a mango y manzana. Demasiado dulce para resistirme, pasé la lengua por la comisura de su boca para saborearlo otra vez.
—Vamos a intentar llegar a la zona VIP antes de arrancarnos la ropa los unos a los otros, ¿vale? —dijo Manson.
—¿Voy a tener que empezar a llamarte padre Manson en lugar de papi? —pregunté, y él puso los ojos en blanco.
—Sigue caminando, cachondo cabrón —dijo, agitando el brazo para que me pusiera en marcha—.
Al menos déjame sentarme antes de que me la pongas dura.
—Cogió la mano de Jess, de modo que ella caminaba entre Lucas y él mientras nos adentrábamos en el club—.
Quédate cerca de nosotros. Estás demasiado guapa como para perderte de vista.