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Lucas

Manson tuvo que notar un cambio en mí.

No estaba seguro de cómo lo sabía. Cuando entró en el garaje a la mañana siguiente, tenía una taza de café recién hecho en mi banco de herramientas y la gatita naranja en una gran caja de cartón cerca de mí.

Los lados eran lo suficientemente bajos como para que ella pudiera verme, pero no lo suficiente como para que intentara escapar.

Jess la había llamado Cherry y pensé que el nombre le quedaba bien.

Ninguno de los chicos se sorprendió cuando traje a casa una gatita. Ni siquiera un poco. Al parecer, estaba perdiendo mi toque, o no era tan sutil como creía.

Manson me vio entrar en la casa con Cherry anoche y lo único que dijo fue: «Ya era hora de que tuvieras un gato».

Vincent se obsesionó con ella al instante. Jason puso mala cara y dijo que lo último que necesitábamos era un gato que destrozara los muebles con sus garras, pero, aun así, lo pillé haciéndose amigo suyo y ofreciéndole trocitos de la carne de su sándwich.

—¿Cómo está la bolita de pelo? —se interesó Manson, agachándose junto a la caja para ofrecerle la mano a Cherry. Ella le hizo saber lo que pensaba de su intrusión con un fuerte bufido—. Es una gruñona, ¿eh? No me extraña que os llevéis bien.

—Es una guerrera —dije, mirando con orgullo a la pequeña y valiente gatita.

Presentársela a los perros la noche anterior había sido una de las cosas más divertidas que había visto en mucho tiempo.

Jojo, como era de esperar, le tenía miedo.

Haribo corrió en círculos a su alrededor, ladrando, mientras Cherry lo enfrentó con las garras fuera y el rabo erizado.

Ni siquiera se había atrevido a acercarse lo suficiente como para que ella pudiera arañarlo.

Se llevarían muy bien.

Pero Cherry aún era pequeña y no quería dejarla sola mientras trabajaba.

Así que allí estaba, mirando alrededor del garaje, poniéndose de pie sobre sus patas traseras para ver mejor su nuevo territorio.

Tenía la música puesta, pero no a todo volumen; la pequeña necesitaba tiempo para acostumbrarse a todas las nuevas imágenes y olores.

Manson era el que solía encender los altavoces, ya que prefería trabajar con sonido en lugar de en silencio. A mí nunca me había importado mucho, pero hoy la alegre lista de reproducción me parecía adecuada. Me mantenía en marcha, me daba energía.

Pero no era lo único que me daba energía.

«Te mereces sanar, Lucas. Te mereces ser amado».

Esas palabras se negaban a dejarme en paz. Llevaban días en mi cabeza, invadiéndome cada vez que aparecía un mensaje de Jess en mi móvil, cada vez que veía su rostro en la casa.

Al principio me enfadé, porque, ¿qué cojones significaba eso? La vida no tenía nada que ver con merecer. Te toca lo que te toca y lo aceptas. Insinuar que alguien merecía inherentemente una cosa u otra me parecía ingenuo, como el sueño de un niño.

Nadie merecía una mierda. La vida era injusta. Luchabas por sobrevivir o no lo conseguías.

Pero luego la ira se disipó. No sabía si yo merecía algo, pero sabía que los chicos merecían a alguien que no perdiera los estribos ante cualquier provocación aleatoria, alguien que no los alejara en cuanto las cosas se ponían demasiado difíciles.

Se merecían algo mejor, Jess se merecía algo mejor.

Quizás yo me merecía algo mejor de mí mismo.

La llave se me resbaló de la mano y cayó al suelo con estrépito, haciendo que Manson se sobresaltara.

—¿Estás bien?

—Sí, sí… Joder.

Me agaché para recoger la llave inglesa y me quedé quieto durante un momento. Tenía la cabeza hecha un lío, fluctuando salvajemente entre el vértigo y la desesperación.

Jess me quería, joder . Quería que mejorara.

Dios, me costaba demasiado.

No era la única que quería ver lo mejor de mí. No solo quería lo mejor de mí, sino lo mejor para mí. No era un buen hombre, nunca lo había sido, pero Jess me hacía sentir como si lo fuera, como si pudiera serlo.

Si me hubieran dejado a mi bola, me habría dejado llevar por la autocompasión.

A la mierda todo, era una basura y seguiría siéndolo.

Pero no podía seguir así, no cuando tenía a mi alrededor gente que se preocupaba tanto por mí, gente que podía aliviar mi dolor, que no me juzgaba por lo mucho que luchaba.

La confianza me aterrorizaba. La intimidad, aún más. Pero estaba aprendiendo a ser vulnerable.

Quizás así era como se sentía sanar. Era impresionante.

—Oye, Manson. —Asintió con la cabeza para indicar que me había oído—. Creo que quiero ir al psicólogo.

Hizo una pausa, se inclinó para bajar el volumen de la música y luego se volvió hacia mí con expresión atónita.

—Tú… ¿Tú qué?

Ahí estaba mi oportunidad de retractarme. Negar que había dicho nada. Callarme la boca. Pero esta vez no iba a hacerlo.

—Quiero probar ir a terapia. Por mi… Ya sabes… Por todo el trauma y esas cosas. Creo que tal vez si… si hablara con alguien, tal vez podrían decirme cómo superarlo… o algo así.

Sí. Vale. No ha estado tan mal. No me ha matado. No se ha burlado de mí.

Manson parecía eufórico.

—Bueno, sí, claro, eso está bien. Puedo darte el número de mi psicóloga…

Cerré los ojos y conté hasta diez.

Obligarme a hacer esa llamada me llevaría un tiempo.

¿Qué se supone que debía decir? «Hola, doctora, estoy bastante jodido y supongo que debería hablar con alguien sobre ello.

¿Quiere oír hablar de abusos infantiles?

Además, mi hermano era ese asesino del que hablaban todos los periódicos, así que, ¿le importa si también le cuento toda la confusión que sentí al respecto? ».

—Yo llamaré por ti —dijo Manson rápidamente—. Pediré cita. ¿Te parece bien?

Me aclaré la garganta y volví a asentir con la cabeza. Si pensaba seriamente en lo que me merecía y lo que no, sentía que no le merecía a él. No merecía ese nivel de paciencia ni de empatía. Pero quizá pensar eso era parte del problema.

Caminé hacia la entrada del garaje para encenderme un cigarrillo. Solo me temblaban un poco las manos. Podría haber sido peor.

Manson se unió a mí, en silencio, mientras fumaba.

Eso siempre se le ha dado bien, siempre estaba dispuesto a compartir la tranquilidad conmigo.

Las palabras eran difíciles, y odiaba sentir tantas cosas contradictorias a la vez sin poder darles sentido.

Pero su presencia era estable. Era una de las pocas cosas con las que siempre había contado.

—Estoy orgulloso de ti —dijo, y yo gruñí.

—¿No puedes darme un puñetazo en el vientre en vez de hacer eso? —le pregunté—. Sería mucho más fácil de soportar que… que lo que sea que estés haciendo ahora mismo.

Se rio entre dientes y negó con la cabeza cuando le ofrecí el cigarrillo.

—Sobrevivirás. Por cierto, ¿qué te hizo cambiar de opinión sobre la terapia?

—Jess dijo algo —murmuré—. Ayer dijo muchas cosas.

—¿Qué dijo?

Manson me contó cuando le confesó que la quería.

Me asustó mucho. Saber que él estaba enamorado de ella y creer que ella nunca podría amarme a mí no había sido fácil de aceptar.

El poliamor no era todo color de rosa, requería esfuerzo.

Teníamos que lidiar con esos sentimientos incómodos cuando surgían.

—Me quiere —dije. Eso me hizo sonreír como un tonto mientras levantaba mi mano temblorosa para darle otra calada al cigarrillo—.

Me dijo que merezco sanar. Pero ¿y si no puedo?

¿Qué se supone que debo hacer entonces? ¿Y si me siento en ese puto sofá y le cuento todo y ni siquiera un profesional puede ayudarme?

—Entonces te buscaremos un nuevo psicólogo —dijo—. Vas a tener que ser paciente contigo mismo. Va a doler. Pero lo conseguirás. Te conozco. Estarás bien.

Tenía los ojos tan oscuros que casi parecían negros. Fue lo primero que me llamó la atención de él: la forma en que miraba el mundo, la forma en que me miraba a mí. Me miraba como si fuera algo que valía la pena salvar, algo bueno.

Levantó la mano y me acarició los labios con el pulgar.

—Jess tiene razón, ¿sabes?

Negué con la cabeza rápidamente y de forma abrupta.

—Lo dudo.

—Quizá. Pero tú te lo crees lo suficiente como para intentarlo.

Odiaba el miedo que me oprimía los pulmones, cómo me exigía rechazar esto. Quería aislarme, desesperarme, enfadarme y asustarme. Ese miedo casi había ganado. Pero no se lo permitiría. Ni ahora ni nunca.

Me acerqué a él. Manson y yo habíamos sido vulnerables el uno con el otro antes incluso de saber lo que eso significaba.

Todas aquellas noches que habíamos pasado tumbados en el Bronco, acurrucados el uno contra el otro, con una manta fina y el calor de nuestros cuerpos como única defensa contra el frío.

Pensé en los moratones que él había besado borracho, en las promesas, en las lágrimas que nunca habíamos dejado que nadie más viera.

—No se me da bien hacer cosas por mí —dije, bajando la voz y con un nudo en la garganta por el esfuerzo—. Pero lo haré por ella. Y por ti. Por todos nosotros.

—Me alegra verte hacerlo —dijo—. Independientemente de para quién o para qué sea. Ya lo descubrirás.

—Será mejor que dejes de hablar así o vas a emocionarme —dije.

Pero ya era demasiado tarde para que se detuviera.

Me besó despacio, casi perezoso. La boca le sabía a menta, como si acabara de lavarse los dientes. Probablemente yo sabía a ceniza y a café, y me aparté de él de repente, cohibido.

Me atrajo hacia sí con fuerza. Esta vez su beso fue más profundo, autoritario, mientras me empujaba contra la pared del garaje. Me besó como si estuviera hambriento de mí y me subió la camiseta con la mano para poder pasar los dedos por mi pecho.

Encontró sus iniciales, grabadas en mi piel, y las recorrió con los dedos.

Si los cortes no dejaban cicatrices al curarse, tenía la intención de tatuarme sus iniciales en su lugar.

Él había dejado su huella en mí de mil maneras invisibles; yo quería al menos una que fuera perfectamente visible, una que nunca pudiera borrarse.

—No seas tan delicado —le dije.

Me tocaba con tanta ternura que exacerbaba las emociones contra las que luchaba. No quería pensar, solo quería sentir .

Me acarició el cuello y el hombro con la nariz, emitiendo suaves sonidos de satisfacción mientras me besaba.

—¿Que no lo sea? ¿Por qué?

Era una pregunta estúpida. Él sabía la respuesta.

—No me lo merezco —dije, porque era la forma más fácil de explicarlo.

Era lo más sencillo a lo que podía reducir mi respuesta: la delicadeza no era algo que me hubieran dado nunca y, francamente, no era algo que sintiera que me mereciera.

Era una persona enfadada y violenta. Era agresivo y peligroso y…

—Sí que te lo mereces.

Me tensé y él me agarró de las muñecas y me las inmovilizó a los costados mientras seguía besándome lenta y suavemente en el cuello.

—Creí haberte dicho que dejaras esa mierda. —Mis palabras rezumaban amargura y me odié por ello, odié lo petulante que sonaba, lo condenadamente enfadado que estaba.

—¿Desde cuándo me dices lo que tengo que hacer?

Su respuesta me hirió mucho. Mi primera reacción fue el arrepentimiento, porque, ¿qué demonios me pasaba para hablarle así? Luego apareció la furia, la rebeldía, porque nadie mandaba sobre mí y no iba a rendirme y someterme sin más.

Luego vino el miedo, porque había soltado palabras sin pensar y eso tenía consecuencias. En realidad, no le tenía miedo a Manson. No temía que me hiciera daño, aunque podía hacerlo, ya lo había hecho y lo volvería a hacer con gusto porque nos complacía a ambos.

No se trataba del miedo a ser golpeado, como había pasado con mi padre. A él le soltaba estas cosas y me preparaba para lo peor. Esperaba a que empezaran los golpes. Aprendí a bloquear el dolor, a ignorar la humillación, a hacer como que no importaba.

No tenía miedo de que Manson abusara de mí.

Tenía miedo de que se hartara y se marchara.

Me hacía sentir como un manipulador gilipollas. Él se merecía algo mejor, pero ¿cómo iba a esperar que se quedara? ¿Cómo de tóxico de mierda era eso?

—Deja de darle vueltas, cachorro.

Manson me miraba con empatía, pero con una sonrisita que suavizaba la lástima. Me puso la mano en la mejilla y yo me incliné hacia su calor.

—Por favor, no lo hagas. —Inhalé tembloroso y un patético gemido acompañó mi exhalación. Furioso conmigo mismo, apreté los puños—. No… No…

—¿Que no sea amable contigo? A la mierda con eso.

—Me miró como si fuera algo precioso, algo increíble—.

Tienes miedo, lo entiendo. Las cosas están cambiando y el cambio es difícil.

Incluso los cambios buenos son muy difíciles.

Lo sé. Pero te quieren. Te cuidan. Cada cambio que venga, lo afrontaremos juntos.

Yo seguía negando con la cabeza, en bucle.

Me apartó del lateral del garaje y me hizo retroceder mientras entrábamos.

Me mantuvo en pie cuando estuve a punto de tropezar, guiándome con una mano en la cintura y la otra todavía acariciándome la cara.

Cuando terminé por chocar contra algo, miré hacia atrás y me di cuenta de que me había empujado contra el BMW de Jess.

—Te tengo —dijo. Me quitó la camiseta y la tiró al suelo sin cuidado. Luego extendió sus manos sobre mí y yo siseé al sentir el frío del coche contra mi espalda desnuda. Pero él solo se rio por lo bajo y añadió—: Voy a sacarte esos pensamientos desagradables a base de sexo.