35 #3
—Había una anciana que vivía a unos kilómetros de nosotros —expliqué—.
La señora Isabella Thorn. La mayoría de los niños del pueblo la considerábamos nuestra abuela.
No sé por qué cojones esa anciana estaba sentada en el porche a las cinco de la mañana fumando pipa, pero allí estaba.
Cogió al gato y me dijo que lo mantendría a salvo.
Y eso fue todo. Me fui a casa. No volví a tener otro animal hasta que Manson cogió a Jojo y Vincent se mudó con Haribo.
Por fin volví a mirarla, esperando ver compasión o tristeza. En cambio, había furia en sus ojos.
—¿Quién demonios trata así a su hijo? —espetó—. ¿Amenazando con matar a un animal? ¿Asustándote tanto que te escapaste? ¡Qué mierda! Si no estuviera ya muerto, yo…
Se interrumpió bruscamente y abrió mucho los ojos. Pero la detuve antes de que pudiera disculparse.
—Créeme, si no estuviera muerto, volvería a matarlo.
Odiaba a mi padre. Lo odiaba con cada puto hueso de mi cuerpo.
Él hizo que lo odiara. Pensaba que mostrar emociones o encariñarse con las cosas te hacía débil, te hacía menos hombre.
Los juguetes, las mascotas, mi propia madre…
Un hombre de verdad no debía preocuparse por ninguna de esas mierdas.
—¡Eras un crío! —Estaba tan enfadada que balbuceó, asustando a algunos gatos—. ¡Los niños necesitan consuelo! ¡Los niños necesitan juguetes! Es que… No puedo imaginar… —Sacudió la cabeza—. Siento mucho que hayas pasado por eso. Es… es enfermizo.
Enfermizo… Sí, supongo que lo era.
—Supongo que, en cierto modo, tenía razón —dije. A pesar de lo mucho que detestaba a mi padre, él me crio. Había sido la mayor influencia en mi vida, después de que se llevaran a mi hermano—. Si te preocupas demasiado por algo, es mucho peor cuando lo pierdes.
—Pero vale la pena —dijo con vehemencia—. Sí, todos perdemos cosas en la vida: cosas que amamos, personas que adoramos, cosas realmente importantes. Y duele. Es horrible y, a veces, parece que el dolor nunca va a desaparecer. Pero vale la pena, incluso cuando es difícil.
Mi intención no era ponerme sentimental, pero lo estaba, lo que me confundía aún más. Algo en mi cerebro había decidido que quería ser escuchado, quería derribar el muro que me había mantenido a salvo durante tanto tiempo.
Ahora estaba rodeado por los escombros de mis defensas y no tenía ni idea de qué hacer conmigo mismo.
—Deberíamos llevarla a casa —dije de repente, señalando con la cabeza a la gatita—.
A los chicos no les importará, y ella no sobrevivirá aquí fuera.
No sola. —La acaricié suavemente, recibiendo otro bufido feroz antes de que volviera a devorar su comida—.
Joder, qué enfadada estás. Estoy intentando ayudarte, ¿sabes?
De alguna manera, mis propias palabras actuaron como un boomerang . Las lancé sin pensar, solo para que volvieran y me golpearan en la cara.
Las personas que se preocupaban por mí siempre intentaban ayudarme. Incluso cuando reaccionaba con ira, por instinto, seguían recogiéndome y cuidándome, a pesar de mis afiladas garras.
Jess puso su mano sobre la mía y mi corazón dio un vuelco.
—Te mereces mucho más de lo que te ha dado la vida, Lucas —dijo.
—No sé qué cojones me merezco, Jess —dije, mirando sus dedos perfectos sobre los míos, torcidos—. Pero no quiero estar enfadado todo el tiempo. No quiero sentir siempre que estoy luchando contra el mundo. Solo quiero vivir. Eso es todo.
—Lo sé —dijo—. No estarás enfadado para siempre. Solo a veces. Y tampoco te dolerá para siempre.
—Solo a veces —repetí, y ella asintió.
—Me alegro de que me hayas traído aquí. Significa mucho para mí que hayas querido compartir esto conmigo.
Joder, se me estaba haciendo un nudo en la garganta. Todo seguía pareciendo opresivo y sofocante, pero era como si por fin pudiera respirar.
—Lucas. —Me cogió las dos manos entre las suyas. Dios, era aterradoramente hermosa. Era tan tierna que me dolía y, cuando me miraba, sentía que podía romperme en mil pedazos—. Te quiero, Lucas. Te quiero, aunque tú no me quieras. Aunque aún no confíes en mí del todo. Aunque…
Le puse los dedos en los labios para que se callara. Mi corazón latía a mil por hora y mi cerebro iba igual de rápido, demasiado rápido para poder pensar en nada, excepto en una cosa.
—¿Por qué me quieres?
No eran las palabras que quería decir. No eran tiernas, ni suaves, ni las palabras que ella se merecía.
Pero necesitaba saberlo, porque, si no, me convencería a mí mismo de que todo era una mentira.
No era la persona que la gente quería. Era la persona que toleraban, la aceptaban a regañadientes.
Era detestable, desagradable, grosero y temperamental.
—Porque siempre me has dicho la verdad —dijo—. Eres honesto, pero te preocupas mucho. Sé que intentas fingir que no es así. Y eres muy fuerte. Eres valiente. Has pasado por muchas cosas y sigues siendo… sigues siendo amable.
—No lo dices en serio. —Mi voz era demasiado débil para mi gusto.
—Sí, lo digo en serio. ¡Mira lo que has hecho por unas criaturas que ni siquiera pueden hacer nada por ti a cambio!
La mayoría de estos gatos nunca te dejarán tocarlos, puede que nunca confíen en ti, pero sigues aquí, cada semana, asegurándote de que estén bien cuidados, asegurándote de que tengan una oportunidad.
Estás intentando darles lo que el mundo nunca te dio.
—Tragó saliva—. Te presentaste en mi casa y hablaste con mi madre, sabiendo que no le caías bien, sabiendo que te juzgaría.
Y me protegiste, incluso cuando yo no sabía que necesitaba protección.
Cerré los ojos, incliné la cabeza y crucé los brazos, haciendo todo lo posible por contenerme. Era demasiado. Dios, sentía que me iba a aplastar.
—Te mereces ser amado, Lucas —dijo ella. Estaba cerca y hablaba en voz baja, abrazándome como si intentara protegerme—. Te mereces ser feliz. Te mereces sanar.
—Joder.
Me froté rápidamente los ojos antes de rodearla con los brazos y apretarla contra mi pecho.
La estaba abrazando con demasiada fuerza, lo sabía, pero temía que, si aflojaba el abrazo, aunque fuera un poco, ella desaparecería y todo esto sería una mentira.
Repitiendo sus palabras una y otra vez en mi cabeza, intenté obligarme a creerlas, a dejar de cuestionarlas.
Merecía sanar…
«¿De qué coño necesitaba sanar? Solo tenía que superarlo».
Merecía ser feliz…
«¿Por qué demonios debería ser feliz?».
Merecía ser amado…
«Una persona como yo no merecía amor».
Como si pudiera esconderme allí, apreté mi cara contra su pelo. Era mucho más fácil ser sincero con ella cuando estaba enfadado, no cuando estaba llorando como un niño.
—Yo también te quiero. —Qué palabras más aterradoras.
Pero decirlas no me mató, el mundo no se derrumbó.
Así que las repetí, para estar seguro—. Te quiero mucho, Jess.
—Dios, tenía un nudo en el vientre—. Te quiero, joder.
—Cuanto más lo decía, más me costaba parar.
Las palabras eran como pesas que salían de mi boca y me hacían sentir más ligero—.
Te quiero tanto que no puedo dejarte marchar.
Asintió con la cabeza, apoyada en mí, y no necesitó decir nada más.
Me quería, y yo la creía. Pensaba que yo me merecía cosas mejores, cosas bonitas, y posiblemente, por primera vez en mi vida, yo también empezaba a pensar que me lo merecía.