35 #2
—No empieces a ponerte nerviosa —le pedí, dándole un beso en el dorso de la mano antes de sostenerla sobre mi regazo—.
Confía en mí, no les va a importar si llevas maquillaje, cómo tienes el pelo o qué llevas puesto…
Aunque me gusta lo que llevas puesto. —Me encantaba verla con falda.
Me daban ganas de subírsela por los muslos y hundir la cara en ella.
La falda era de cuadros amarillos y la camiseta que llevaba era blanca, ceñida sobre su pecho como un corsé—. Estás la hostia de sexy .
Me incliné y la besé, y ella gritó que íbamos a tener un accidente, pero yo no estaba preocupado. Odiaba este sitio, pero conocía sus carreteras como la palma de mi mano; incluso las viejas y llenas de baches que atravesaban las zonas más desagradables de Wickeston.
—Tú vivías allí, ¿verdad? —preguntó, señalando Montgomery Park al pasar por delante.
El parque de caravanas solía ser bonito, allá por los años setenta, cuando estaba lleno sobre todo de jubilados.
Pero mucha gente había ido y venido a lo largo de los años, deteriorando el lugar.
La pintura se había descascarillado del viejo cartel que había delante y las manchas de agua se filtraban a través de la madera.
—Sí. Hogar, dulce hogar —dije.
El parque de caravanas daba a una zanja de drenaje, donde la gente llevaba años tirando la basura. Colchones viejos, muebles rotos, botellas de vidrio y otros desechos estaban esparcidos por toda la zona.
Giré por el estrecho camino de tierra que bordeaba la zanja, aparqué y apagué el motor. Tras varios segundos de silencio, unas caritas curiosas asomaron por debajo de la basura.
—¿Es esto? —preguntó Jess.
Asintiendo con la cabeza, me llevé el dedo a los labios.
—Son un poco tímidos, así que intenta hablar en voz baja.
Parecía confundida, pero salió del coche detrás de mí. Algunas caritas se escondieron rápidamente cuando me acerqué a la parte trasera y saqué los suministros que había traído.
—Lucas… ¿Por qué tienes toda esta comida para gatos? —preguntó Jess mientras me veía abrir una caja de Friskies .
—Para mis amigos —respondí, manteniendo la voz baja mientras le indicaba que me siguiera.
Había varias bandejas de horno que había escondido a la sombra de los árboles más cercanos, y abrí una bolsa de comida para verterla en las bandejas. Chasqueé la lengua para animarlos a salir, me alejé un momento y esperé.
Un montón de gatos salieron corriendo de sus escondites.
Jess se quedó boquiabierta mientras corrían a nuestro alrededor, con el rabo en alto y maullando, muy ruidosos, para pedir comida.
Algunos eran lo suficientemente valientes como para restregarse contra mis piernas, pero otros mantuvieron las distancias, demasiado recelosos como para acercarse.
—Ay, Dios, ¿son todos callejeros? —preguntó.
Hablaba en voz baja, pero se notaba que le apetecía mucho agacharse y acariciarlos. Los gatos empezaron a comer, incluso antes de que añadiera varias latas de comida húmeda encima del pienso.
—Son callejeros —respondí—. La mayoría son salvajes y han vivido aquí toda su vida.
Esta colonia lleva aquí años. —Di un paso atrás para que los gatos más asustadizos pudieran comer—.
Solía venir aquí a fumar para que mi padre no me echara la bronca.
Así es como los descubrí. Tenían hambre y nadie les daba de comer, así que empecé a traerles comida.
Y les he estado dando de comer desde entonces.
Intento venir una vez a la semana. Pero si hace mal tiempo, vengo más a menudo para ver cómo están.
Solía tener refugios aquí para ellos, pero la gente no deja de romper cosas.
La gente era muy cruel, sobre todo con los gatos. Cuando descubrí que unos adolescentes idiotas traían petardos e intentaban atraparlos, casi me volví loco. Pero desde que me encontraron un día esperándolos, no han vuelto a aparecer.
—He conseguido atrapar a la mayoría y llevarlos al veterinario —dije—. El refugio local tiene un programa para esterilizar y castrar a los gatos callejeros de forma gratuita. Pero hay algunos que nunca he podido atrapar, así que…
Señalé a una gatita naranja que salió tambaleándose de entre la maleza. Jess chilló de alegría y se tapó rápidamente la boca para amortiguar el sonido.
—¡Es muy pequeña! —exclamó, observando cómo la gatita se metía en la comida.
Sospechaba que había nacido otra camada hacía poco, pero como solo apareció una gatita y no había ninguna madre cerca, tuve el mal presentimiento de que no habían sobrevivido.
La vida era dura ahí fuera y no podía salvarlos a todos.
Moviéndome despacio, saqué a la gatita del montón.
Inmediatamente se puso agresiva, retorciéndose en mis manos y lanzándome un bufido feroz.
Levantó sus patitas y sacó las garras. Cabía en la palma de mi mano, y la sostuve cerca de mi pecho, formando un capullo con las manos para que se escondiera mientras Jess le acariciaba el lomo con suavidad.
Estaba demasiado delgada, demasiado frágil en mis brazos. Era evidente que estaba desnutrida, que era demasiado pequeña para dejar de mamar.
—Nadie más lo sabe —le dije, y ella me miró sorprendida—. No es que crea que deba ser un secreto. Es solo que siempre ha sido algo mío. Me hace sentir que estoy haciendo algo bueno. Si puedo mejorar un poco sus vidas, entonces… significa algo. Pero nunca quise presumir de ello ni hacer alarde…
De repente, no estaba seguro de por qué la había traído aquí. Ayer, cuando compré la comida, se me ocurrió la idea y no se me fue de la cabeza. Quería compartir con ella algo que nunca había compartido con nadie, que siempre había sido solo para mí. No…, necesitaba compartirlo.
Con delicadeza, cogió a la gatita en sus manos. La pequeña la miró con sus grandes ojos azules, aún lechosos. Pero no volvió a bufar cuando Jess la acarició bajo la barbilla y le habló con suavidad.
—Creo que le gustas —comenté.
—Es tan suave… —Jess mantuvo su voz en un susurro.
Abrí otra lata de comida húmeda y la dejé en la parte trasera del coche para que la gatita pudiera comer sin competir con los adultos. Tenía un apetito enorme y gruñía mientras devoraba la comida, dando los bocados más grandes que cabían en sus pequeñas fauces.
—Es una pequeña luchadora —dije.
Gruñó aún más cuando le acaricié el lomo con el dedo, con toda la cara manchada de comida. Cuando levanté la vista, Jess estaba mirándome.
—Creo que esa ha sido la sonrisa más grande que te he visto esbozar —dijo—. No tenía ni idea de que te gustaran los gatos. ¿Por qué no tienes uno en casa?
No había una respuesta fácil. No eran los perros lo que me preocupaba; Jojo era una blandengue que no haría daño ni a una mosca, y Bo podía parecer duro, pero un solo zarpazo de un gato le enseñaría a respetarlos.
—Supongo que es… Hace mucho tiempo que no tengo un gato. En realidad, nunca he tenido uno como mascota, al menos no durante mucho tiempo.
No iba a profundizar en el tema, pero Jess se estaba volviendo demasiado buena a la hora de ver más allá de mis evasivas. Me puso la mano en la mejilla y me acarició la barba incipiente con el pulgar.
—¿Quieres hablar de ello?
Sí. No. Ambas cosas.
Hablar de ello, por repugnante que fuera, me daba ganas de vomitar. No quería hacerlo, pero probablemente me sentiría mejor una vez hubiera terminado.
—No hay mucho de qué hablar —dije—. A mi padre no le gustaban los gatos, pero yo encontré uno cuando tenía nueve años.
Una gata callejera tuvo una camada debajo del porche de nuestra casa y, cuando empezaron a vagar por ahí, mi padre los ahuyentó.
Uno se quedó atrás, el más pequeño. Tenía una cara rara, un defecto de nacimiento; parecía que siempre estuviera frunciendo el ceño.
Intenté esconderlo en mi habitación, pero no se puede esconder a un gatito.
—Era como si tuviera retortijones en el estómago.
Manson lo habría llamado una respuesta al trauma, pero yo intenté ignorarlo—.
Me dijo que me deshiciera de él, que lo sacara de la casa y que le dispararía si veía al gato por la propiedad.
Jess contuvo el aliento bruscamente. Su expresión era de dolor, de horror. Era algo de lo que rara vez hablaba y no esperaba una reacción cuando lo hacía. La mayoría de las personas que conocía habían tenido una educación similar, por lo que cosas como esta no les resultaban impactantes.
Pero Jess no había experimentado nada parecido; para ella era impactante. Mi reacción instintiva fue decirle que no era tan grave. Yo había sobrevivido. Había salido bien. Pero, tal vez, su reacción era normal, y el entumecimiento y el pasotismo que yo sentía al respecto no lo eran.
Tragué saliva con la sensación de tener algo atascado en la garganta. Mi cuerpo me parecía extraño, pero mi cerebro permanecía en blanco, rechazando cualquier entrada emocional.
—No podía dejar que el pequeño se las apañara solo —dije—, así que lo cogí y me fui.
Tenía pensado huir y no volver nunca más.
No lo pensé bien; solo era un niño. Cuando cayó la noche y seguía caminando, empecé a darme cuenta de que tendría que volver a casa.
Tenía que comer. Seguí caminando toda la noche, con la cabecita del gato asomando por mi mochila, llorando a lágrima viva porque pensaba que tendría que dejarlo en algún sitio.
Ese recuerdo rompió el entumecimiento. Todavía lo sentía real: el dolor de estar tan solo, la impotencia de no poder hacer nada. Odiaba ese sentimiento con cada fibra de mi ser.
—¿Qué hiciste? —preguntó.
Se había acercado y me ayudaba el hecho de que no me mirara directamente a mí, sino al gato. Cuando me miraba, me preocupaba demasiado sobre qué aspecto tenía mi cara.