35
Lucas
Aunque esa noche tuvimos que llevar a Jess a casa, dormimos todos en la misma cama. Normalmente, solíamos juntarnos en la cama de Manson; esa noche, después de dejarla en casa, subí al ático.
Vincent y Manson se estaban duchando. Jason estaba tumbado en la cama, con el pelo húmedo, vestido solo con unos pantalones de chándal, trasteando con su móvil. Me tumbé a su lado y le acaricié la cabeza con la mano.
Él dejó el móvil, despacio, y me miró con curiosidad.
—¿Qué haces?
Sonreí.
—Cuidarte después del sexo.
Riéndose con suavidad, cambió de posición para acurrucarse más cerca de mí.
—Tonto. Cuidados después del sexo, claro que sí.
Su dedo tocaba rápidamente la pantalla mientras jugaba el siguiente nivel del juego.
No sabía cómo seguía el ritmo de todas las explosiones, habilidades y gráficos brillantes.
Yo podía manejarme con juegos sencillos: ir a algún sitio, disparar a algo, recoger objetos.
Pero hasta ahí. Algunos de los juegos de Jason eran ridículamente complicados.
Estar allí tumbado con él era agradable.
Llevábamos años viviendo juntos. Era uno de mis mejores amigos.
Pero nuestra relación era algo que había descuidado, que casi daba por sentada.
Era complicado admirar a alguien tanto como yo lo admiraba a él, al tiempo que sentía esa necesidad casi irracional de protegerlo. Del mundo, de mí mismo.
Cuando lo conocí, me sentí una amenaza para él. Era como si fuera a arruinarle la vida. Supongo que, inconscientemente, eso me llevó a mantener las distancias.
Pero sentirme solo y aislado durante tanto tiempo era agotador; no quería seguir así. Que me cuidaran me daba miedo, así que alejé a las personas que más se preocupaban por mí. En un intento por no perder el amor que había encontrado, casi lo destruyo.
Sentí el dolor en su voz aquella noche cuando lo llamé después del espectáculo.
La idea de que estuviera herido, la idea de perderme, le había dejado muy alterado.
No se me daba bien eso de leer las emociones de las personas, no siempre podía distinguir los significados ocultos como lo hacían Vincent o Manson.
Pero la ira y el miedo en su voz habían sido evidentes.
Este hombre al que había intentado proteger con tanto ahínco quería protegerme a mí también.
—Sabes que te quiero, ¿verdad? —dije, enredando los dedos en el pelo de Jason.
Fue una forma horrible de expresarlo. No podía decir «te quiero» como una persona normal, nada de eso, tenía que matizarlo como si fuera una exigencia.
Jason echó la cabeza hacia atrás para mirarme.
—Por supuesto que lo sé. Y tú sabes que yo también te quiero.
Lo sabía, pero aun así me sentí muy bien al oírlo.
Odiaba evitar las confrontaciones. Al contrario, las disfrutaba. Si alguien tenía un problema conmigo, quería resolverlo. Prefería gritar, insultar, pelear, cualquier cosa antes que simplemente ignorarlo.
Con el cigarrillo colgando por la ventana, miré hacia la calle, en dirección a la casa de Jessica.
Su madre estaba fuera, con una pamela enorme, podando los rosales.
Tenía unas uñas acrílicas largas, como su hija; incluso mientras trabajaba en el jardín, iba vestida como si fuera a ir a un brunch elegante.
Probablemente había sido una chica fiestera en su juventud, una mujer que atraía irresistiblemente a la gente.
Cabello voluminoso, gran personalidad y una soberbia aún más grande.
Evitar la casa de Jess para no irritar a su madre era algo que hacía por el bien de Jess y de nadie más. Pero me ponía de los nervios. Si la señora Martin tenía algún problema conmigo, prefería que me lo dijera a la cara. Acabemos de una vez, con gritos y chillidos; nada de andar a escondidas.
Lo más seguro era que Jess se enfadase, pero yo ya había tomado una decisión. Quería verla y no quería esperar a que se escapara de casa y se inventara alguna excusa ridícula para su madre.
Jess estaba atada a nosotros. Podía hacer los planes que quisiera: mudarse al otro lado del estado, del país, del maldito mundo.
Nosotros la seguiríamos. No tenía mucho sentido, pero ni siquiera mis planes mejor trazados lo tenían.
No «pensaba las cosas detenidamente», tomaba una decisión y la llevaba a cabo.
De ninguna manera iba a perder a Jess ahora; ya había decidido que era nuestra. Así que su madre tendría que aceptar la situación.
Tiré el cigarrillo en el cenicero, salí del coche y, por una vez, tuve cuidado de no dar un portazo.
El barrio era demasiado tranquilo, y eso me incomodaba.
En el parque de caravanas siempre había ruido.
Perros ladrando, bebés llorando, música sonando…
siempre había alguien gritando. El barrio de Jess parecía una versión silenciosa de Villa Quién.
Era como si la señora Martin pudiera sentir mi llegada. Me miró cuando subí por la acera e inmediatamente se enderezó. Se volvió hacia mí, agarrando sus tijeras de podar como si fueran un arma, cuando me detuve al final de su entrada.
—Buenos días, señora.
Asentí con la cabeza, pero no me acerqué. No me extrañaría que me lanzara esas puñeteras tijeras. Se la veía tan horrorizada como esperaba, pero también enfadada. Esa era una emoción con la que podía lidiar, algo que podía apoyar.
Antes de que pudiera abrir la boca para echarme la bronca, hablé.
—Ya sé que no me quiere en su propiedad. Y no lo estoy, mire. —Señalé el suelo, donde mis botas estaban firmemente plantadas en una acera pública—. Solo he venido a recoger a Jess.
La señora Martin bufó burlona, cruzando los brazos con las tijeras colgando de una mano.
—Ah, ¿para eso has venido? ¿Crees que puedes aparecer así como así y llevarte a mi hija?
Ojalá fuera de los que saben fingir una sonrisa. En lugar de eso, me quedé allí quieto, con una mirada llena de odio, intentando parecer educado. Al menos la educación era real. Mi padre me había inculcado algunos modales básicos, pero poco más.
—Para ser sincero, señora, no creía que fuera a ser tan fácil —dije—. Pensé que primero necesitaría su bendición.
Levantó las cejas y abrió los ojos, que eran del mismo color que los de su hija. Muchos de los gestos de Jess eran un reflejo de los suyos, era un poco inquietante. De tal palo, tal astilla.
—¿Rosas Bonica? —pregunté, señalando el espeso arbusto detrás de ella—. Mi madre también tenía, le encantaban. Solía poner ramos grandes en la mesa de la cocina. Siempre me gustó su color.
—El color que tienen… Sí, por eso las elegí —dijo con recato—. Es un color precioso. —Se había sorprendido y aflojó el agarre de las tijeras, aunque su mirada no perdió intensidad—. ¿Cómo te llamas, joven?
—Lucas Bent —respondí—. Le daría la mano, pero…
Volví a señalar su entrada. Hasta que ella no me diera permiso, no iba a dar ni un puto paso más allá de los límites de su propiedad. Me quedaría allí todo el día si fuera necesario.
—Te arrestaron hace varios años —comentó con el labio inferior apretado.
—Sí, señora.
No le dije que no se presentaron cargos. Pasé unos días en un centro de menores después de golpear a Alex en la cabeza, hasta que mi padre fue a buscarme. Personalmente, hubiera preferido seguir en la cárcel.
—¿Qué hiciste?
Por la forma en que me miraba, ya lo sabía. Quizá me presionaba para ver si mentía. Le diría la verdad, aunque fuera fea y desagradable.
—Le rompí una botella de cristal en la cabeza a otro estudiante —le conté—. Le abrí la cabeza unos dos centímetros y medio. Necesitó puntos. Estaba hablando de manera irrespetuosa sobre alguien a quien yo… alguien a quien yo quería. Y perdí los estribos.
No me creería si le dijera que Alex había estado hablando de Jess; parecería que estaba exagerando.
—¿Pierdes los estribos a menudo? —me preguntó.
—No tan a menudo como antes. —Entonces esbocé algo parecido a una sonrisa, al menos eso me pareció—.
No le haría daño a su hija, señora. No soy así.
Sé que tengo un aspecto horrible y probablemente parezca ese tipo de persona, pero lo único que quiero de Jess es un poco de su tiempo y su compañía. Conmigo está a salvo.
Ella asintió despacio.
—Ya, claro. ¿No es eso lo que dicen todos?
La puerta se abrió y Jess asomó la cabeza, con una expresión de incredulidad atónita en el rostro.
—¿Lucas? ¿Qué estás…? —Entonces vio a su madre y su rostro se ensombreció—. Oh. Eh… Mamá…
—Dice que ha venido a recogerte —dijo, volviéndose hacia sus rosas, sin mirarme.
No estaba seguro, pero me pareció que había un poco menos de rencor en su voz. Siguió podando, cortando cada rama con especial entusiasmo. Busqué la mirada de Jess y señalé con la cabeza el Chevrolet El Camino aparcado junto al bordillo. Ella asintió rápidamente.
—Ahora vuelvo, solo deja que coja mi bolso.
Desapareció en el interior durante un minuto. La señora Martin siguió de espaldas, continuando con la poda sin decir palabra. Su mensaje era alto y muy claro.
—¡No puedo creerme que te hayas acercado a ella! —exclamó Jess. No estaba enfadada, sino más bien atónita e incrédula—. Tienes mucha suerte de que no haya llamado a la policía. Se va a enfadar conmigo.
—No, si se enfada contigo, llámame y pásale el teléfono —dije.
Jess se echó a reír.
—Lucas, no puedes… No conoces a mi madre. —Sacudió la cabeza—. Es aún más terca que yo, créeme, no hay forma de hacer que cambie de opinión.
—¿No? Ponme a prueba. Yo puedo cambiar hasta a un puto diamante.
Aunque parecía sobrepasada, me gustaba cómo se reía.
—¿A dónde vamos? ¿Cuál es la gran sorpresa?
—Quería enseñarte algo —dije—. Es… es difícil de explicar, pero tengo unos amigos que quiero que conozcas.
—Mierda, Lucas, ¡no llevo maquillaje! —se quejó y se puso a buscar a tientas su bolso.
Me acerqué, le agarré la mano y la acerqué a mí.