El pago (Losers 2) 33
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Jason

Un espeso humo blanco llenaba el aire mientras mis neumáticos chirriaban al derrapar sobre el asfalto. Giré bruscamente el Z en un círculo cerrado, pisé el embrague mientras frenaba, aceleré un poco y volé de lado por la curva.

Jess, sentada a mi lado en el asiento del copiloto, gritaba a pleno pulmón. Aún no había decidido si le encantaba o si temía por su vida.

Pero eso era lo divertido. Por muy seguro que me sintiera al volante, siempre había un riesgo.

Habíamos conducido sin rumbo fijo durante un rato después de marcharnos del gimnasio, pero yo sabía lo que me ayudaría a sentirme mejor.

Mi lugar feliz estaba al volante, sintiendo la emoción de la velocidad, experimentando la adrenalina de jugar con la muerte.

Jess me había visto derrapar, pero nunca lo había sentido, nunca había tenido la oportunidad de experimentar cómo era.

Así que fuimos a un terreno abandonado en las afueras del pueblo y me dejé llevar.

El motor ronroneaba y el turbo silbaba mientras hacía girar el volante. Los olores, los sonidos, el tirón de los neumáticos… Era una sensación increíble. Se me erizaron los pelos de la nuca.

Jessica se aferraba a las correas del arnés.

—Joder, joder, joder… —Otra vuelta, y su maldición se convirtió en un grito—. ¡Joooder!

Cuando por fin me detuve, tenía gotas de sudor en la frente y jadeaba de tanto reír. Era imposible escuchar sus reacciones y mantener la concentración, pero no me importaba.

Me gustaba enseñarle cosas así. Disfrutaba siendo alguien que podía proporcionarle nuevas experiencias. Era una felicidad sencilla en un mundo tan complejo, pero era justo lo que necesitaba hoy.

Alegrías sencillas, pequeños momentos de felicidad. El peso en mi mente era grande, pero la risa lo aligeraba.

El interior de la cabina parecía una sauna, así que me quité la camiseta y la tiré al suelo. Sentado, allí, con las ventanillas bajadas, dejando que la brisa fresca fluyera por el coche, me sentí increíble.

—¿Qué opinas? —le pregunté cuando recuperó el aliento lo suficiente como para hablar.

—¡Ha sido increíble! —jadeó—. Joder, ha sido aterrador… pero la hostia… Dios mío. ¡Vamos, otra vez!

Por supuesto que no iba a decirle que no.

No paramos hasta que se me acabó la gasolina y mi estómago empezó a rugir con fuerza, pidiendo comida.

Fuimos a nuestro sitio favorito, una pequeña cafetería familiar que tenía los mejores burritos para desayunar que había probado nunca.

Sentarnos en silencio mientras comíamos permitió que los malos pensamientos volvieran a aparecer, pero ya me lo esperaba. Esa sensación no iba a desaparecer.

Este día llegaba cada año, tan inevitable como un reloj, pero nunca se hacía más fácil. Algunos años, como este, parecía que había empeorado.

El cumpleaños de mi hermano pequeño. El hermano al que me habían prohibido ver desde que mis padres me echaron de casa.

El hermano al que le habían contado mentiras sobre mí desde que era pequeño, que probablemente ahora me odiara, que probablemente pensara que su hermano mayor lo había abandonado a propósito. Así fue como lo pintaron mis padres.

Yo había elegido esto. Había elegido marcharme, vivir en pecado. Podría haber seguido las reglas y haber superado mis deseos pecaminosos. La culpa era mía, y probablemente siempre lo sería.

La mayor parte del tiempo apenas pensaba en la familia que había perdido. Pero cada vez que se acercaba el cumpleaños de Charlie, la realidad me golpeaba como un puñetazo. Cuánto había perdido, cuánto me habían quitado en un arranque de intolerancia y rabia.

Las mismas personas que me habían criado para ser amable, que decían quererme, que me cogían de la mano y me secaban las lágrimas, eran las mismas que me habían causado tanto dolor que estuvo a punto de matarme.

Perdí el apetito. Jess se dio cuenta. Aunque intenté que pareciera que simplemente estaba lleno y distraído con el teléfono, cuando envolví mi burrito a medio comer en el papel, frunció el ceño.

—¿No has dormido mucho esta noche? —le pregunté rápidamente, con la esperanza de que hablara de sus propios problemas en lugar de los míos.

Podía lidiar con los problemas de los demás; podía encontrar formas de resolverlos, podía ofrecer consejos, podía consolar.

Mis problemas… no tenían solución. No había respuestas fáciles.

Era un proceso constante de dolor y aceptación y, año tras año, me decía a mí mismo que estaba sanando. Que estaba mejorando.

Pero a veces dudaba de si realmente estaba sanando. Quizá había estado enterrando el dolor, cada vez más adentro, hasta que se perdió en lo más recóndito de mi alma y ya no era capaz de separarlo de las partes más auténticas de mi ser.

Jess suspiró.

—Sí. Anoche me peleé con mi madre. Otra vez. —Hice una mueca de compasión mientras ella continuaba—. Vincent me dejó en casa e inmediatamente empezó a decirme que olía a marihuana y que me iba a hacer un test de drogas. Luego me dijo que no volviera a veros a ninguno y… perdí los nervios.

—Mierda… ¿Qué hiciste?

—Grité. Mucho. —Cruzó los brazos y miró con ira su burrito, como si ya no le interesara—. Le dije que iba a pagar alquiler hasta que me mudara, lo que espero que sea pronto.

Una punzada de preocupación que no esperaba me atravesó el pecho. Hasta que se mudara… Pronto. La incertidumbre de eso hacía que mi cerebro diera vueltas y vueltas.

—¿Cómo vas con eso? —pregunté, intentando parecer tranquilo y despreocupado—. ¿Has estado buscando apartamentos?

—Sí. Bueno… Más o menos. A veces. —Frunció el ceño y dio un sorbo a su zumo de naranja—. Es complicado. Estaba muy segura de lo que buscaba, pero ahora…

—¿Ahora?

Me miró desde el otro lado de la mesa, como si sus pulmones se hubieran congelado y solo yo pudiera hacerla respirar de nuevo.

—Ahora es más complicado —dijo—. Nunca tuve nada en Wickeston por lo que quisiera quedarme, pero…

—Wickeston sigue sin merecer la pena —dije con firmeza.

Sí, las cosas eran complicadas y no tenía ni puta idea de lo que íbamos a hacer.

Pero de lo único que estaba seguro era de que Jessica Martin no tenía por qué cuestionarse ninguno de sus sueños por nuestro bien—.

Llevas mucho tiempo queriendo ir a Nueva York y lo conseguirás.

Una sonrisa se dibujó en su rostro, disipando la preocupación.

—Gracias, Jason. Supongo que me siento abrumada por todo. El trabajo y mi madre, el problema con Reagan, Alex y Nate.

—Las cosas mejorarán —le dije, aunque, nada más pronunciar esas palabras, no me gustó lo falsas que sonaban.

«Las cosas mejorarán» era solo otra frase que la gente solía decir cuando no sabía cómo diablos arreglar algo. ¡Las cosas mejorarán! ¡Espera y verás! ¡Solo aguanta el dolor y deja que el tiempo lo entierre por ti!

Joder, hoy me sentía como un idiota.

Pero Jess asintió y, cuando volvió a sonreír, supe que era tan falsa como mis palabras.

—Tienes razón. Mejorará.

—Pero eso no ayuda con lo que está pasando ahora mismo —dije—. Siento que te esté haciendo pasar por un mal trago, Jess. No te lo mereces.

—Oh, estoy acostumbrada —dijo, con un optimismo exagerado que hacía que su voz sonara más aguda—.

Mi madre es así, ¿sabes? Siempre lo ha sido.

Le dije que me perdería… —Su expresión optimista se congeló.

Su labio inferior tembló por un momento—.

Probablemente no le importe. Ya no encajo en su pequeño mundo perfecto.

Se aclaró la garganta y se bebió el resto del zumo. Odiaba ver cómo lo ocultaba: reprimiendo el dolor, haciendo como que no le importaba, con una máscara de sonrisas.

—Vamos —le dije, levantándome de mi asiento y cogiendo lo que quedaba de mi comida—. Vamos a dar una vuelta en coche.

Jess eligió la música, algo alegre con un bajo potente, y condujimos por Wickeston sin ningún destino concreto en mente.

Pero, al final, sin siquiera quererlo, acabé conduciendo por las calles familiares de un barrio residencial. Era un lugar tranquilo, con casas antiguas en parcelas pequeñas, a diferencia de las nuevas urbanizaciones con casas idénticas.

Después de un rato, me detuve y aparqué.

La calle estaba bordeada de árboles y el canto de los pájaros llenaba el aire.

Delante de nosotros, al final de la calle, había una casa familiar de dos pisos.

Había un coche en la entrada, un SUV Toyota que mi madre había conducido sin descanso durante años.

Solo podía suponer que papá estaba en el trabajo, como de costumbre.

Charlie probablemente estaría en el colegio.

Nos quedamos allí sentados en silencio durante un rato.

Jess quería preguntar algo; no dejaba de moverse ligeramente en su asiento, respirando hondo como si se preparara para hablar.

Quizás pensaba que me molestaría que me lo preguntara, o quizás tenía sus propios problemas de los que preocuparse y no necesitaba que yo le contara los míos también.

—Jason… —Cuando al final habló, por muy suave que fuera su voz, me sentí como si me hubieran pinchado con algo afilado—. ¿Estás bien?

Temía esa pregunta. Siempre la había temido. La mayoría de la gente no quería una respuesta sincera cuando la hacía, querían una respuesta conveniente, algo que no les obligara a sentir nada ni a ofrecer ninguna simpatía.

Jess me lo preguntaba porque se preocupaba, lo sabía. Pero la interpretación más cínica seguía dominándome.

—No —respondí. Apagué el motor y suspiré en el silencio que siguió—. No estoy bien, Jess. Es… es el cumpleaños de mi hermano pequeño. Charlie. Hoy cumple catorce años.

¿Por qué demonios me estaba quejando? ¿Qué derecho tenía a sentarme ahí a lamentarme por eso? Mi vida era buena. Era muy afortunado con las cosas que tenía. ¿Qué derecho tenía a quejarme cuando había gente que había acabado en circunstancias mucho peores? ¿Gente que no tenía a nadie?

A veces me sentía culpable por sentir dolor.

—¿Este es tu antiguo barrio? —preguntó, sus palabras pinchándome suavemente cuando me quedé en silencio durante un rato—. ¿Hemos venido a verlo? Me… me encantaría conocerlo.