El pago (Losers 2) 29 #2
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Nos pusimos manos a la obra, equipados con bolsas de basura negras. El armario me pareció la zona más accesible, así que empecé por ahí, metiendo ropa y basura en la bolsa. No miré nada demasiado tiempo. Intenté no dejarme llevar por ello.

—Oye, Manson, ¿quieres…? —Jess se interrumpió de repente y, cuando me di la vuelta, vi que Lucas había intentado impedir que preguntara. Tenía una foto en las manos y la metió rápidamente en su bolsa de basura—. No importa. No era nada.

—No pasa nada —dije.

No quería que sintieran que tenían que andar con pies de plomo a mi alrededor. Ahora sentía curiosidad, así que saqué la foto de su bolsa y le di la vuelta.

Era una fotografía de mi madre y yo. Era el único viaje familiar que recordaba haber hecho, yo tendría unos cinco años. Habíamos ido de acampada durante el fin de semana y mi padre se había pasado la mayor parte del tiempo cazando, dejándonos a mi madre y a mí solos en el campamento.

Era diferente en aquella época, muy joven, más joven de lo que yo soy ahora.

En la foto, sonreía con la mejilla pegada a mi cabeza.

Tenía el brazo extendido, ya que ella misma había sacado la foto con una cámara desechable.

Yo tenía una sonrisa enorme, sosteniendo una rana con ambas manos, con las gafas torcidas sobre la nariz.

Parecíamos normales, como una madre y un hijo felices.

Mamá no se parecía en nada a eso cuando murió. Era como si se hubiera podrido antes incluso de morir. Se le había quedado la cara chupada, había perdido muchísimo peso. Hacia el final, apenas dormía, apenas comía… Solo pastillas y alcohol, una y otra vez, hasta que su cuerpo ya no pudo más.

—Puedo deshacerme de ella —dijo Jess en voz baja cuando se la devolví—. ¿Quieres que lo haga?

Negué con la cabeza. No tenía ni idea de lo que significaba esa fotografía para mí, pero me resultaba extraño verla. No era que me disgustara, pero tampoco me hacía feliz. Era un recuerdo lleno de melancolía y una extraña sensación de nostalgia.

—La guardaré yo —dijo Jess, apretando la foto contra su pecho—. Así no tendrás que pensar en ella a menos que quieras.

—Gracias, Jess.

Había muchas cosas de mi infancia que no podía o que no quería recordar. Pero había pequeños momentos, puntos brillantes en un abismo sin fin, cosas como esa fotografía, que me recordaban la bondad y el amor, por breves que hubieran sido. Me parecía importante recordar esos sentimientos.

Al poco tiempo, Jason y Lucas sacaron el viejo colchón al contenedor de basura y, por fin, la habitación quedó vacía. Todavía había mucho polvo y suciedad acumulada en las esquinas, pero todas mis cosas viejas habían desaparecido.

De pie, en medio de la habitación vacía, me quedé mirando la pintura descolorida y las manchas de moho en las paredes.

Este sitio solía parecerme un pozo en el que estaba atrapado, luchando por encontrar una salida.

Pero ya no me parecía amenazador. Estaba apagado, como cualquier otro lugar abandonado durante años.

No quedaba nada aquí que no pudiera repararse, pintarse y dejar que descansara.

Barrimos, quitamos el polvo y limpiamos todo antes de tomarnos un descanso. Vincent preparó el almuerzo, pero yo seguía sin tener mucho apetito.

Mientras todos se sentaban en el porche a comer, yo me quedé dentro, deambulando por mi antigua habitación.

Me había llevado mucho tiempo darme cuenta de que, para la mayoría de la gente, un «hogar» representaba un lugar de comodidad y seguridad.

El hogar era un lugar al que la gente quería volver, no uno al que temieran o al que le tuvieran miedo.

Yo había tenido que construir mi propio hogar, mi propia familia.

Lo había creado de la única manera que sabía; era desordenado y extraño, pero era mío y nadie podía quitármelo.

Nadie . Ni Alex ni Nate, ni siquiera mi padre.

Me dejé caer en el suelo y me senté, con la espalda apoyada contra la pared, debajo de la ventana. De cara a la puerta abierta, sentí un vacío en el estómago. Movía los dedos con un ritmo familiar, como si estuviera abriendo y cerrando mi navaja, y cerré los ojos.

Esta sensación no era alegría; no era tristeza. Era como si por fin hubiera dejado de lado un peso que había estado cargando durante demasiado tiempo. Pero aún me dolía, como si el peso me hubiera aplastado. Incluso en su ausencia, sus efectos permanecían.

Quizá algunas heridas nunca se curaban. Necesitaban cuidado constante, un trato delicado. Era difícil aceptarlo cuando parecía una admisión de derrota. Pero, joder, incluso el vencedor podía salir herido de la batalla.

Se oyó el suave sonido de unos pies descalzos que se acercaban. Cuando levanté la vista, Jess estaba de pie en la puerta.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó.

Hoy llevaba el pelo recogido en una larga trenza y se acariciaba las puntas con los dedos.

—Pensando demasiado —respondí.

—¿Quieres estar solo?

Normalmente habría dicho que sí, aunque no fuera cierto. No quería estar solo. Pero tampoco quería confundir a nadie con mis pensamientos dispersos, preocuparlos con mis miedos.

Pero Jess había estado allí. Me había visto en mis momentos débiles, cuando estaba fuera de control, cuando tenía miedo. Ya me había visto.

Extendí mi brazo hacia ella.

—Prefiero estar contigo.

Se acercó y se sentó a mi lado, acurrucándose bajo mi brazo. Después de unos minutos de cómodo silencio, se movió para sentarse en mi regazo. Sus piernas se cruzaron sobre las mías y trazó con su dedo las líneas de la serpiente tatuada cerca de mi clavícula.

—¿Por qué una serpiente? —susurró.

No todos mis tatuajes tenían significado. Algunos solo estaban ahí porque me aburría y no tenía nada mejor que hacer. Fue una suerte que nunca se me infectara nada en los lugares sospechosos y con las personas poco fiables que dejé que me tatuaran.

Pero la serpiente era importante, ya que en realidad había dedicado un poco de tiempo a pensar en ella.

—¿Alguna vez has visto lo que pasa cuando le cortas la cabeza a una serpiente? —Puso cara de asco y arrugó la nariz—. ¿Me estás diciendo que tu padre nunca le cortó la cabeza a una serpiente cuando se coló en el jardín?

—¡No, qué asco! —se rio—. Si hubiera una serpiente, llamaríamos a control de animales y ya está.

Me alegró oír eso, por extraño que fuera. No todo el mundo actuaba como mis padres, y eso era un alivio.

—Bueno, cuando le cortas la cabeza a una serpiente, sigue abriendo y cerrando las fauces —le expliqué—. Se retuerce y se mueve en el suelo. Son solo las terminaciones nerviosas. La agonía de la muerte. En realidad, no está viva, aunque lo parezca.

Frunció el ceño y levantó la mirada de mi pecho a mi rostro.

—¿Te sientes como la serpiente? ¿Con la cabeza cortada?

—Solía sentirme así. Cuando vivía en esta casa, antes, pensaba que moriría aquí. Pensaba que algún día mi padre iría demasiado lejos, que no se detendría. Era como si ya me considerara muerto. ¿Para qué intentarlo? Seguir luchando para que la vida valiera la pena me parecía inútil.

Había estado desesperado. Incluso cuando había intentado actuar con optimismo ante mis amigos, todo había sido falso. Cada día me parecía demasiado largo y cada noche demasiado oscura. Pero, de alguna manera, seguí viviendo.

—¿Querías rendirte?

Me acariciaba la piel con suavidad, despacio y de forma relajante. Me hacía temblar, aunque al mismo tiempo me reconfortaba. Me tocaba como lo había hecho cuando Vincent me ató en la cabaña: tomándose su tiempo, moviéndose con admiración.

—A veces —respondí.

Mi respuesta hizo que se estremeciera. Cuando dije que no quería hacer daño a nadie, esto también formaba parte de lo que quería decir. Me guardaba mi dolor porque a los demás les dolía oírlo.

Cuando era más joven, cuando pensaba en acabar con todo…

A veces, lo único que me hacía seguir adelante era saber que Lucas estaría perdido sin mí, o que Vincent nunca se perdonaría no haber encontrado la manera de detenerme, o que Jason quedaría devastado.

Quizá seguir vivo por el bien de otras personas no era saludable, pero era mejor que la alternativa.

Busqué cualquier cosa que me ayudara a seguir adelante, por pequeña que fuera.

Mi familia. Mis perros. Los amaneceres y las mañanas tranquilas.

El sabor del café. La determinación de que algún día vería Europa.

El deseo de hacer un viaje por carretera por el país.

Tenía una creencia desesperada, casi frenética, de que algún día las cosas mejorarían.

Lo que fuera necesario para mantenerme con vida.

—¿Manson? —La voz de Jess era suave, tímida, con el peso de la pregunta sobre ella.

—¿Qué pasa, ángel?

—Te quiero.

Por un momento, la tierra dejó de girar.

Me tomó el rostro entre sus manos y se acercó a mí. La rodeé, deslizando los dedos por su espalda mientras ella me levantaba la barbilla y me miraba a los ojos.

—Te quiero, Manson Reed.

Me besó, tragándose las palabras que yo no podía articular en frases coherentes.

Se abalanzó sobre mí, con pasión. Nuestros labios se separaban por un momento, para tomar aire, antes de volver a juntarse.

Lo susurraba, lo gruñía, lo dejaba en mi piel en forma de beso.

Apretaba su pecho contra el mío, y el corazón le latía con fuerza, con tanta fuerza…

¿O era el mío? No estaba seguro de poder distinguirlos cuando estábamos tan entrelazados.

—Te quiero.

Era lo único que podía decir y aun así no era suficiente. Pero si pudiera seguir diciéndolo, si pudiera decir esas palabras desde ahora hasta el fin de los tiempos, Dios, tal vez entonces podrían adquirir la intensidad con la que las sentía.