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Manson

Hoy era el día. La ansiedad me invadió incluso antes de abrir los ojos, y me quedé muy quieto mientras intentaba recuperarme.

Desde que nos mudamos a esta casa, habíamos reparado las tuberías y la electricidad, reconstruido las paredes y sustituido el suelo.

Habíamos vaciado todas las puñeteras habitaciones excepto una.

Tenía que afrontarlo. Allí no había nada más que cuatro paredes y demasiados recuerdos. Ayer intenté expresar todos esos pensamientos en terapia, pero, joder, la doctora Wagner va a tener mucho más que escuchar la semana que viene.

Me di la vuelta y me acurruqué junto a Lucas, rodeándolo con un brazo.

Él soltó un suspiro suave y se movió hacia atrás para que yo lo abrazara por la espalda.

Me ayudaba tenerlo cerca; necesitaba el calor, el consuelo.

Me dolía que Jess no hubiera podido quedarse a dormir, pero estaba en una situación muy delicada con su madre.

Había vuelto a discutir con ella tras quedarse a dormir el fin de semana, y la estresaba seguir discutiendo. La pobre parecía agotada cuando fuimos a tomar un café ayer, pero tenía muchas cosas en la cabeza.

Tenía la evaluación a primera hora del lunes de la semana que viene. Había trabajado muy duro para conseguirlo, pero los nervios seguían atormentándola. Sin embargo, estábamos seguros de que conseguiría ese ascenso.

Quizá por eso de repente sentí la necesidad de limpiar la antigua habitación. La vida pasaba rápido y no quería quedarme atrás.

Parecía que se había convertido en un acuerdo tácito entre nosotros que, cuando Jess se mudara a Nueva York, nosotros también lo haríamos. Pero necesitábamos tener todo listo.

Aunque me daba pena dejar la calidez de la cama, no iba a poder dormir más. Estaba completamente despierto.

Le di un beso a Lucas en el hombro, me levanté y me dirigí al baño.

Las manos ya me temblaban y me corté con la cuchilla al afeitarme.

Me tomé las pastillas antes de salir del baño y fui directamente a encender el difusor de aceites esenciales.

Pensé en darme un baño con aceite de lavanda, pero me pareció que el aroma floral no ayudaría mucho.

Jason estaba en la cocina cuando bajé las escaleras. Me sorprendió verlo despierto y vestido, pero luego recordé que ahora solía levantarse pronto para ir al gimnasio con Jess.

—Vaya, ¿te has levantado antes que Lucas? —preguntó, agitando una botella de agua con proteína en polvo; no sonaba tan cansado como esperaba, tampoco lo parecía.

—Por desgracia —dije, sentándome en la mesa. Jojo salió del salón con pesadez y aspecto somnoliento y confundido por lo temprano que era, antes de tumbarse a mi lado con un gemido—. Pareces muy animado esta mañana.

Jason se encogió de hombros y se bebió su batido de proteínas.

—No puedo decir que me guste levantarme antes del amanecer, pero está bien empezar la mañana en el gimnasio.

Sonrió pensativo antes de dar otro sorbo, y yo me reí.

—Sí, seguro que está muy bien cuando es con Jess —comenté.

—Joder, ya ves. Tú también podrías empezar a hacer ejercicio, ¿sabes? Imagínate poder contemplar el culo de Jess en mallas a primera hora de la mañana. Te pone de buen humor para todo el día.

—Tráela después —le sugerí—. Sé que tiene que trabajar, pero dile que se traiga su portátil. Puede trabajar aquí.

—Le encantará. Sé que quiere seguir trabajando en ese proyecto para su evaluación. Apenas ha podido tener un momento de paz en esa casa.

Puso los ojos en blanco, molesto, y yo compartí su sentimiento.

La mayoría de personas que me rodeaban estaban en situaciones similares a las mías y ya no veían a sus padres, así que nunca había tenido que preocuparme mucho por complacer a los padres de mi pareja.

Aunque la familia de Vincent era diferente, prácticamente me habían adoptado.

Pero con Jess, sabía que mi mera presencia en su vida era una fuente de conflicto.

Era un problema que no sabía cómo solucionar; ninguno de los dos sabía cómo hacerlo.

Noté un desagradable nudo en el estómago. La verdad era que hoy no me apetecía afrontar más problemas.

Demasiado nervioso como para relajarme, pasé la mayor parte de la mañana reorganizando el garaje y jugando con los perros, intentando liberar toda mi energía inquieta.

Cuando Lucas se levantó, me sentí un poco mejor.

Apenas hablamos, pero verlo en el porche mientras se tomaba su café y se fumaba su cigarrillo matutino me dio algo reconfortante y normal a lo que aferrarme.

En su costado, mis iniciales ya tenían costra. A veces lo descubría trazando las letras, pasando los dedos por ellas con una expresión que casi era una sonrisa, distraído. No era exactamente un collar, pero era algo parecido.

Encontrábamos nuestras propias formas de reclamarnos el uno al otro.

Collares, anillos, moratones, cicatrices…

Como para recordarnos mutuamente que, incluso cuando estábamos separados, había partes de nosotros que permanecían unidas.

Me ayudaba a mantenerme centrado en el presente, en lugar de sumergirme en los recuerdos.

Solo era una puta habitación; odiaba estar tan obsesionado con ella. Pero había pasado dieciocho años de mi vida ahí. Había pasado hambre, había intentado dormir en ella a pesar del dolor y me había atrincherado en esa habitación. Solía pensar que moriría allí.

Aproximadamente una hora más tarde, cuando Jason entró en el patio con Jess en el asiento del copiloto, me invadió una sensación de alivio. Salió del coche y vino a abrazarme, como un rayo de sol que disipaba mi nublado estado de ánimo.

—¿Estás bien? —preguntó.

Jason le habría contado qué pasaba. Asentí, aunque decir que estaba «bien» era una descripción generosa de lo que sentía.

Las pastillas estaban haciendo su función y me relajaban, pero la ansiedad no desaparecía, se escondía entre las sombras, al acecho, esperando la oportunidad de volver a meterse en mis pulmones.

—Hemos comprado burritos para desayunar —comentó Jason, lanzándome una bolsa de papel blanca.

La atrapé, disfrutando del olor a huevos con queso y beicon que salía de su interior. Comimos los cuatro en el porche y Vincent se unió a nosotros justo cuando ya estábamos terminando. Se comió su burrito despacio, con los ojos entrecerrados y la cabeza apoyada en el hombro de Jason.

Yo tenía el estómago cerrado, pero me lo comí de todos modos.

Mientras Jess preparaba su zona de trabajo en el salón, Lucas repitió nuestro plan para el día.

—Vamos a sacar todas las cosas viejas para tirarlas —informó—.

Limpiaremos y pintaremos. Una vez que la pintura se haya secado, arrancaremos el suelo.

Creo que podremos tenerlo todo listo para este fin de semana.

—Me miró, sentado a su lado en el porche—.

Quieres que lo tiremos todo, ¿verdad? ¿Todo?

Asentí. No quería revisar mis trastos viejos uno por uno, rebuscando entre recuerdos y tratando de decidir qué no me dolía demasiado como para conservarlo. Podíamos quemarlo todo.

Lucas se puso en pie de un salto.

—Muy bien. Pues manos a la obra.

Cuando entramos, Jess nos llamó desde el sofá.

—¡Eh, quiero ayudar! Decidme qué puedo hacer.

—No tienes que hacer nada, ángel —le dije, apoyándome en el marco de la puerta mientras ella apartaba a toda prisa su portátil—. ¿No tienes que trabajar?

Se encogió de hombros.

—La verdad es que hoy es un día tranquilo y ayer ya respondí a la mayoría de los correos.

Contar con otra persona que me ayudara haría que las cosas fueran más rápido. Sin embargo, una parte de mí se avergonzaba de que viera aquella vieja habitación. Estaba congelada en el tiempo, un pedazo podrido y mal conservado de mi antigua vida.

Pero tal vez era hora de superar la vergüenza.

—Puedes ayudar a sacar cosas si de verdad quieres hacerlo —le dije—. Solo tenemos que meterlo todo en bolsas o tirarlo al contenedor.

Todos se reunieron detrás de mí mientras yo buscaba a tientas la llave, delante de la puerta, hasta que al final introduje la correcta en la cerradura. No quería quedarme ahí parado pensando en ello, pero seguía dándome ánimos a mí mismo mientras lo hacía.

—Me siento como si estuviera a punto de seguir al señor Tumnus a Narnia —dijo Vincent, y yo solté una risa desesperada.

La puerta crujió cuando la empujé para abrirla, y las viejas bisagras chirriaron. Un olor distintivo a polvo nos recibió y entré en la habitación de mi infancia por primera vez en casi cinco años.

Ni siquiera había entrado a echar un vistazo cuando nos mudamos, después de la muerte de mamá. La puerta había permanecido cerrada desde el día en que me fui y nunca volví a entrar; ninguno de mis padres se había molestado en abrirla.

La cama estaba en un rincón, sin hacer. No había sábanas sobre el colchón manchado, solo una fina manta azul con textura de fieltro.

El armario estaba abierto, la ropa sucia amontonada en el suelo junto a zapatos con agujeros y cordones rotos.

El cajón de mi mesilla estaba abierto y, de repente, recordé vívidamente la última mañana que había pasado allí.

No había dormido, los nervios me mantenían en vela pensando en lo que estaba a punto de hacer. Me quedé despierto, mirando al techo, mientras la palabra «asesino» daba vueltas en mi boca.

No quería hacer daño a nadie. No quería.

Pero una parte de mí quería hacerlo. Una parte de mí estaba dispuesta. Una parte de mí sabía que, si Kyle no paraba, haría lo que fuera necesario .

Me levanté de la cama, abrí el cajón de un tirón y me metí la navaja en el bolsillo trasero…

Una mano me agarró del hombro y me dio un apretón.

Vincent.

—¿Estás bien, tío?

Asentí con la cabeza.

—Sí. Estoy perfectamente. Vamos a limpiar esta mierda.

—Es sorprendente —dijo Jason, con las manos en los bolsillos mientras miraba a su alrededor—. Esta habitación ha conservado perfectamente el hedor de un adolescente.

—Igual que tu habitación, colega —dijo Lucas, dándole una palmada en la espalda con tanta fuerza que le hizo resoplar.