El pago (Losers 2) 28
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Jessica

Ese fin de semana, no fui a casa. Lo único que quería era dormir en su cama. Aún no podía asimilar lo que había pasado; me parecía irreal. Era el tipo de cosas que sucedían en las películas y en las series adolescentes excesivamente dramáticas, no en el aburrido y pequeño Wickeston.

Mi madre no dejaba de llamarme, pero yo no tenía ganas de enviarle ningún mensaje. En su lugar, le envié un mensaje a mi padre.

Por favor, dile a mamá que pasaré el fin de semana con unos amigos. Volveré el lunes.

Como de costumbre, papá no le dio importancia.

PAPÁ

Diviértete, cariño.

Solucionado. Aunque eso no consiguió que mi madre dejara de enviarme mensajes, pero al menos hizo que no me sintiera mal por no leerlos.

El domingo, cuando me desperté, Manson seguía profundamente dormido, pero el sitio en el que había estado Lucas en la cama ya estaba frío.

Me levanté en silencio y me puse unos calcetines de Jason y los zapatos antes de bajar las escaleras.

Había una cafetera preparada y me serví una taza, después salí al garaje.

La mañana era agradable, más fresca de lo habitual, con una tormenta de finales de verano que acumulaba nubes oscuras sobre nuestras cabezas y destellos de relámpagos. Lucas estaba inclinado sobre el compartimento del motor de un BMW, unos años más viejo que el mío, trasteando.

Dejé el café y me acerqué por detrás, rodeándole la cintura con los brazos y apoyando la cabeza en su espalda.

—Buenos días —saludó, girándose para poder abrazarme él también.

Llevaba puestos los guantes y tenía cuidado de no tocarme con ellos, aunque a mí no me habría importado que lo hiciera.

—¿De verdad trabajas los domingos? —le pregunté, y él se encogió de hombros.

—Es un trabajo rápido, solo un cambio de aceite —respondió—. Pero sé que debería tomarme el día libre. A veces me cuesta desconectar la parte de mi cerebro dedicada al trabajo.

—Seguro que ayuda que te guste lo que haces —le dije, acercando un taburete para sentarme más cerca de él mientras trabajaba.

—Sí, eso ayuda. Me gusta el trabajo, me mantiene concentrado. —Me hizo señas para que me acercara—. No te sientes todavía. Ponte unos guantes. Te enseñaré a cambiar el aceite para que no se te vuelva a estropear el motor.

Lucas era un profesor paciente. Primero me enseñó todo lo que necesitaríamos: el filtro nuevo, las piezas y las herramientas. Luego me puso en la mano una cinta ratcher con una llave para filtros de aceite y me indicó cómo quitar y reemplazar el filtro.

Como era de esperar, se ensució todo. A pesar de llevar guantes, me manché los brazos de aceite y, en un momento dado, Lucas me hizo parar para limpiarme una mancha de la barbilla.

Insistió en que no podíamos usar el elevador.

—No tendrás uno cuando cambies el aceite en tu casa.

Así que, por primera vez en mi vida, tuve que usar un gato.

—Vamos, haz fuerza —me dijo Lucas, riéndose entre dientes mientras me veía agarrar torpemente la palanca con mis uñas demasiado largas—. No te va a morder, demuéstrale quién manda.

Mientras colocaba los gatos para mantener el coche en alto, Manson entró en el garaje con una taza de café humeante.

—Es un poco pronto para trabajar un domingo, ¿no? —preguntó.

Dio un largo sorbo al café y cerró los ojos un momento para saborearlo.

—No es trabajo, son lecciones de vida —respondió Lucas—. Muy bien, ahora vas a coger la llave hexagonal de diez milímetros…

Continuó dándome instrucciones mientras yo me tumbaba en la tabla con ruedas que me permitiría deslizarme debajo del coche, a la que él llamaba «camilla de mecánico». Después de haber drenado el aceite, estaba a punto de salir cuando, de repente, me agarraron por las piernas y tiraron.

Lucas estaba allí agachado, con los dedos agarrados a mis tobillos y una sonrisa pícara en el rostro.

—¿Te he asustado? —preguntó.

Intenté darle un golpe con el trapo que había estado usando para limpiarme las manos, pero él lo esquivó y me agarró de la muñeca, inmovilizándome contra la camilla de mecánico.

Forcejeé un poco, sin intentar escapar de verdad, pero armando suficiente alboroto como para que él tuviera que esforzarse para mantenerme inmovilizada.

—Vas a ponerme nervioso si no tienes cuidado, Jess —me advirtió.

—¡Oh, no! —exclamé, haciéndome la dramática—.

Eso sería un horror. —Yo seguía tumbada en la plataforma con ruedas y él me dejó espacio suficiente para apoyarme sobre los codos.

La mirada que había en sus ojos era hambrienta, y eso era exactamente lo que yo quería ver.

Lo provoqué—: Puede que no seas capaz de controlarte, ¿eh?

Entrecerró los ojos mientras se ponía de pie y me ofrecía una mano para ayudarme a levantarme.

—Tienes trabajo que terminar, ¿recuerdas? No te distraigas.

Pero estaba claro que él ya estaba muy distraído. Y yo fantaseaba con él inclinándome sobre el coche mientras echaba el aceite nuevo.

Lucas se colocó detrás de mí, con las manos en mis brazos para guiarme. Estaba tan cerca que me tocaba la espalda y, cuando tuvo que recolocarse, me di cuenta.

Mirando por encima del hombro, le dirigí una mirada inocente y con los ojos muy abiertos mientras volvía a colocar la tapa del depósito de aceite en su sitio.

—¿Lo estoy haciendo bien? —pregunté. Mi culo estaba pegado a él y sonreí con dulzura—. Solo quiero estar segura de que te estoy complaciendo.

Al otro lado del garaje, Manson se rio entre dientes ante mis palabras.

—Está intentando liarte, Lucas.

Pero Lucas me miraba como si ya lo hubiera conseguido.

—Se me ocurren algunas formas más en las que puedes complacerme —dijo, rodeándome el cuello con la mano para atraerme hacia él.

Nos apretamos contra la parte delantera del BMW, con mis manos apoyadas en él. Lucas prácticamente se restregaba contra mí. Me mordió el hombro; primero suave, después con tanta fuerza que me hizo gemir.

—Ah, Lucas…

Aparté el brazo y, al hacerlo, crucé una mirada con Manson. Estaba sentado en un taburete, apoyado contra un banco de trabajo, con su café cerca. Nos miraba fijamente, sonriendo de una forma que no era del todo agradable. Era una sonrisa compasiva, como si supiera algo que Lucas y yo ignorábamos.

Dios, me encantaba cuando nos miraba, era muy excitante. Los dedos de Lucas me apretaron la garganta y yo gemí, restregando mi culo contra él.

—Mm, estás muy duro —comenté. Observé el rostro de Manson, ansiosa por ver su reacción mientras hablaba con voz entrecortada—. Deberías follarme aquí mismo, Lucas. Inclíname y ábreme.

Lucas gruñó en mi oído. Al instante, su mano empezó a buscar a tientas mis pantalones, como para bajármelos. Pero la sonrisa compasiva de Manson se convirtió en algo mucho más sádico.

—No recuerdo haber dado permiso a mis juguetes para follar —dijo.

Habló con total naturalidad, pero Lucas se quedó paralizado al oír sus palabras.

El silencio se prolongó durante unos segundos.

—¿Vas a detenerme? —siseó Lucas.

Manson se rio y dio otro sorbo a su café antes de levantarse de la silla.

—Te dejaré jugar, no te preocupes. Pero lo harás según mis condiciones.

Lucas volvió a gruñir. No podía dejar de tocarme; sus manos eran pesadas mientras me agarraba y acariciaba.

Manson ladeó la cabeza y entrecerró los ojos.

—Voy a tener que inmovilizarte, ¿verdad? —dijo y sus palabras se aceleraron con la emoción, como si la idea le deleitara.

Lucas volvió a morder mi piel sensible y yo gemí.

Se restregaba contra mí con desesperación, como si supiera que se le acababa el tiempo.

Manson se acercó sigilosamente. Su expresión se volvía un poco más maliciosa con cada paso.

Lucas se quedó quieto y un escalofrío lo recorrió cuando Manson llegó a su lado.

Manson pasó la mano por la espalda de Lucas: por la columna vertebral, por los hombros, como si lo estuviera calmando. Luego le colocó la mano en la nuca, clavando los dedos.

—Se acabó el juego —dijo con frialdad.

Manson nos llevó a su dormitorio y nos obligó a desnudarnos el uno al otro mientras él observaba.

Apenas tuvo que tocarnos para ejercer control.

Después de que Lucas me desnudara, Manson me ordenó que lo desnudara a él.

Me obligó a quitarle las botas, los calcetines y el mono.

Tuve que quitarle la ropa interior con los dientes, manteniendo las manos entrelazadas a la espalda, obediente.

Manson tenía en la mano una fusta corta y rígida de cuero, y cada vez que me daba una orden me daba un golpecito con ella.

—Ahora abre el cajón inferior de mi cómoda y tráeme el bozal.

Apresurándome a obedecer, me arrastré hasta la cómoda y abrí el cajón. En su interior había varios arneses de cuero y metal. Me llevó un momento, pero cogí lo más parecido a un bozal que encontré y lo traje de vuelta, llevándolo en la boca.

Lucas estaba de rodillas, a los pies de Manson, y miraba el bozal con el ceño fruncido, como si lo hubiera insultado.

Manson se colocó detrás de Lucas, casi a horcajadas sobre él, y le echó la cabeza hacia atrás, obligándolo a hacer contacto visual.

—Te cuesta mucho controlarte —dijo, asintiendo con la cabeza, como si Lucas fuera un tonto que no lo entendiera. Pero Lucas asintió rápidamente, casi desesperado por estar de acuerdo—. Así que tu amo tiene que ayudarte, ¿no es así?

Lucas volvió a asentir, su respiración agitada mientras Manson le ajustaba las correas de cuero alrededor de la cabeza. El bozal de metal se fijó sobre su boca y nariz, impidiéndole morder. Pero Manson no había terminado.

—Arrodíllate ahí —me dijo, señalando al lado de la cama.

Me apresuré a colocarme en posición y esperé allí, de rodillas.

Manson se dirigió al cajón inferior y sacó otro objeto, aunque no supe qué era hasta que se lo colocó a Lucas. Entonces me di cuenta de que era un anillo para el pene. La visión de los dos anillos negros alrededor de la base de su pene y sus testículos me hizo la boca agua.