El pago (Losers 2) 28 #2
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28 #2

—Los cachorros desobedientes tienen que llevar correa —dijo Manson, volviendo al cajón una vez más.

Lucas esperó obediente hasta que regresó y luego respiró hondo lentamente mientras Manson le colocaba un grueso collar de cuero alrededor del cuello.

Le ató una correa, dejando que esta arrastrara por el suelo, y dijo—: Ve. Arrodíllate junto a Jess.

Lucas obedeció.

Los dos esperamos, uno al lado del otro, mientras Manson caminaba delante de nosotros. No dejaba de golpear la fusta contra la pierna de sus pantalones, y el cuero silbaba al azotar el aire. Cada impacto me provocaba un pequeño escalofrío en la espalda.

Mis ojos permanecieron clavados en las botas de Manson, con la mirada respetuosamente gacha. El mero hecho de mostrarle respeto me ponía. Esperar allí en silencio, mientras él decidía qué hacer con nosotros, me llenaba de deseo.

Manson se detuvo frente a mí y me levantó la cabeza con los dedos bajo la barbilla. Lo miré a los ojos mientras una sensación visceral y ardiente se apoderaba de mi vientre.

—Abre la boca —me dijo.

Me colocó una mordaza negra entre los dientes y me la ató alrededor de la cabeza. No era demasiado grande y tenía agujeros para que pudiera respirar con facilidad. Manson tenía una sonrisa de orgullo en el rostro y me acarició los labios con los dedos, alrededor de la mordaza.

—Te quiero, ángel —susurró, inclinándose y dándome un beso en la frente.

Esas palabras me hicieron retorcerme de placer; habría sonreído si no hubiera tenido la boca ocupada.

Manson se acercó a Lucas, que levantó la cara amordazada cuando Manson se agachó delante de él. Enganchó los dedos en los barrotes del bozal y lo sacudió un poco. Lucas lo miró con admiración, como si quisiera cerrar los ojos pero no pudiera.

—Te quiero, cachorro —dijo con una voz tan tierna que Lucas se estremeció.

—Yo también te quiero, señor. —Su voz era mucho más suave de lo que estaba acostumbrada a oír.

Lucas se recolocó, poniendo la espalda recta y deslizando las rodillas hacia fuera para abrir más las piernas. Una gruesa gota de color blanco perlado resbaló por la punta de su pene, y parte de ella se quedó adherida al brillante metal de su piercing .

—Daos la vuelta —dijo Manson—. Permaneced de rodillas, mirando hacia la cama, con las manos sobre el colchón.

Mientras estiraba los brazos sobre la cama, vibraba de excitación, temblando de deseo. Pasaron unos momentos de silencio, solo interrumpidos por el lento golpeteo de las botas de Manson detrás de nosotros.

—¿Quién quiere ir primero? —preguntó, y no necesitó dar más explicaciones para que yo supiera que se refería a la fusta de cuero.

—Yo, señor —dijo Lucas, antes de que yo pudiera gemir, de acuerdo.

El chasquido del impacto del látigo fue tan rápido que me sobresalté. Lucas soltó un gemido grave, flexionando y apretando las manos.

—Gracias, señor. Otro, por favor.

La fusta volvió a emitir un chasquido, pero el impacto fue diferente. Un grito agudo brotó de él mientras Manson se reía con suavidad.

—Oh, ¿te he dado en los huevos? Parece que te ha dolido.

—Joder… Gracias, señor —jadeó Lucas como si se estuviera ahogando.

El temblor que lo recorrió hizo que todo el colchón se sacudiera.

Manson me recorrió la columna vertebral con un dedo.

—Te toca, ángel. —El cuero rígido golpeó ligeramente mi trasero—. ¿Estás lista?

Asentí con la cabeza e intenté prepararme para el impacto. Pero Manson no golpeó de inmediato; esperó y dio unas vueltas más. Cuando bajé la guardia por un momento y me reajusté, fue entonces cuando bajó el látigo.

Me escoció, un impacto agudo y punzante en la espalda. Luego volvió a golpearme, esta vez en los muslos. Y otra vez, en el culo.

Mis palabras de agradecimiento se vieron entrecortadas por la mordaza.

Manson me besó el hombro, justo donde me dolía la piel por el latigazo.

—Estás preciosa cuando sufres por mí. —Me introdujo dos dedos, y mi excitación los hizo resbaladizos—. Eso es lo que me gusta sentir, ángel. Estás tan húmeda para mí…

Apoyándome con fuerza contra la cama, me perdí en esa sensación perfecta de sus dedos penetrándome.

—Si quieres placer, entonces te va a doler —dijo, con su cuerpo cálido y pesado presionando contra mi espalda.

Cuando retiró los dedos, contuve la respiración. Volvió a azotarme con la fusta, pero el dolor era placer y temblé. Entonces se oyó un sonido metálico familiar y Manson se acercó de nuevo. Pero no fueron sus dedos los que frotaron mi clítoris. Lo que me tocó fue metal duro y ligeramente frío.

—¿Recuerdas esta sensación? —preguntó.

Sí, la recordaba. Nunca podría olvidar la sensación del mango de su navaja tocándome, frotándome, explorándome. Cuando me folló con ese cuchillo en la fiesta de Halloween hace tantos años, me sorprendió mucho a mí misma que me gustara.

Pero ¿ahora? Ninguno de mis deseos me sorprendía ya.

Me gustaba el placer extremo, me gustaba el dolor, me gustaban todas las sensaciones nuevas e inusuales que había entre medias.

Manson me penetró con el mango. Me incliné hacia delante y apoyé la cabeza contra el colchón mientras me abstraía, perdida en un estupor de sensaciones. Lucas me observaba con una expresión absorta y hambrienta. Tenía los puños apretados y yo gemí su nombre, pero la mordaza no me dejaba hablar.

De todos modos, lo entendió, porque maldijo entre dientes y giró la cara con determinación para mirar fijamente al frente.

—A Lucas no le gusta mirar tanto como a mí —dijo Manson, muy conversador mientras yo me desmoronaba—. Le vuelve loco no poder tocar. No poder morder. —Le lanzó una sonrisa complaciente a Lucas—. El autocontrol es difícil, ¿verdad?

Manson retiró el cuchillo y, mientras yo temblaba, lo sostuvo frente al rostro amordazado de Lucas.

—¿Ves lo mojada que está? Su coño es increíble.

Manson se inclinó y volvió a meterme los dedos. Luego, utilizando mi excitación como lubricante, presionó lentamente un dedo dentro de Lucas.

—Está muy húmeda, ¿verdad? —preguntó con una expresión casi maníaca y satisfecha mientras Lucas se inclinaba sobre el colchón. Tenía los dientes apretados con fuerza dentro del bozal, como si luchara por contener los ruidos.

¿Mi presencia le hacía más difícil someterse? ¿Lo dividía entre querer mantener su personalidad cruel y querer ser un buen chico para Manson?

—¿Quieres follártela? —preguntó Manson.

Lucas asintió rápidamente, luego hizo una mueca de dolor.

—Sí, señor. Sí, quiero.

—Vas a tener que ganártelo.

Manson apoyó la mano en la nuca de Lucas, inmovilizándolo, inclinado sobre la cama.

Le metió los dedos hasta que la polla de Lucas se retorció, presionada contra el lateral del colchón, goteando por el deseo.

Me costaba mucho esperar mi turno; era una auténtica tortura escuchar los gemidos desesperados de Lucas y no tocarme.

Cuando Manson se subió a la cama, arrastró a Lucas con él.

Manson se sentó a horcajadas sobre él en el colchón, con la navaja en una mano y la polla de Lucas en la otra.

No lo acarició, ni siquiera lo apretó con fuerza.

Pero todo el cuerpo de Lucas se estremeció, cerró los ojos y gimió.

El sonido estaba cargado de deseo y sus caderas se arquearon, mientras pequeños y desesperados ruegos salían de sus labios.

—Manson, por favor, joder, por favor, solo…

Se tensó cuando Manson le tocó el pene con la punta fría y afilada de la hoja.

—Jess. —La voz de Manson captó mi atención al instante—.

Puedes quitarte la mordaza. —Volvió a golpearle con la hoja mientras yo obedecía, apretando y acariciando despacio el miembro de Lucas.

Desentumeciéndome la mandíbula, dejé la mordaza respetuosamente en la mesita de noche antes de volver a mi posición.

Manson asintió con la cabeza en señal de aprobación mientras su pulgar dibujaba un círculo lento y provocador sobre la cabeza del pene de Lucas—. ¿De quién es esta polla?

—Tuya, amo —respondí con rapidez.

Manson sonrió.

—Así es. Buena chica. —Sentí una oleada de endorfinas con esa simple declaración—. ¿Ves, cachorro? Ella lo entiende. Entiende cómo funciona, aunque hay que reconocer que ha costado un poco metérselo en su dura cabecita. Tú… Me perteneces.

Lo golpeó con la hoja para enfatizar sus palabras, y Lucas se estremeció con cada toque. Respiraba rápido y hondo.

—Soy tuyo, señor —dijo, susurrándolo como una plegaria—. No me dejes olvidar… No…

Manson le dio un beso en el pecho, presionando los labios justo sobre su corazón. Alargó la mano hacia la mesita de noche, abrió el cajón y sacó una toallita desinfectante. Rasgó el envoltorio de papel con los dientes y la utilizó para limpiar la hoja, sin dejar de hablarle a Lucas.

—Por supuesto que no puedes olvidarlo —dijo—.

No importa cuántos años pasen, no importa la edad que tengas, no importa a dónde vayamos, siempre serás mío.

Siempre . Nadie ni nada te alejará de mí.

—Se inclinó hacia delante y apoyó la frente contra la de Lucas, que jadeaba, con el pecho agitado y los dedos apretados contra las sábanas—.

No lo olvides nunca. Yo cuido lo que es mío.

Manson levantó la navaja y presionó la punta contra la piel de Lucas, con cuidado.

Se tomó su tiempo, grabando algo en su costado, debajo de las costillas.

Vi cada emoción que se reflejaba en los ojos de Lucas.

Vi el momento de dolor cuando frunció los labios, temblando mientras mostraba los dientes.

Luego, el éxtasis lo invadió y puso los ojos en blanco, tirando de las sábanas como si quisiera romperlas.

Manson murmuraba de placer mientras trabajaba.

—Sangras por mí, te corres por mí, vives y mueres por mí. ¿Entendido?

Lucas asintió rápidamente, cerrando los ojos mientras Manson lo acariciaba con una mano y lo cortaba con la otra.