El pago (Losers 2) 27
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Jason

—No debería de haberos dejado ir sin mí. No debería… Joder… ¡Tendría que haber estado allí!

Me dolía el cuero cabelludo de lo fuerte que me tiraba del pelo.

Era poco después de la medianoche y estaba solo en el apartamento de Dante.

Normalmente no fumaba por estrés, y lo único que Dante tenía a mano eran unos porros liados, pero me encendí uno de todos modos.

La marihuana ayudó, pero solo un poco. Apenas podía calmar la preocupación que sentía después de lo que Lucas acababa de contarme.

—No habría cambiado nada, J.

Lucas parecía muy cansado. Me parecía cruel mantenerlo al teléfono, pero estaba demasiado frustrado conmigo mismo como para dejar de hablar.

—Sabía que debería haber ido con vosotros —dije—. Tenía la sensación de que iba a pasar algo, ¡y, joder, pasó!

—Te estás volviendo loco —dijo Manson, hablando por detrás de él, como si estuviera más lejos del teléfono—. Estás exactamente donde tienes que estar, tío. Cuida de Vincent, ¿vale? ¿Quizá podrías contárselo todo después de que haya dormido un poco?

—Sí, lo haré… Eh… —Tuve que hacer una pausa y respirar hondo. Dios mío, estaba atacado. Necesitaba a Vincent aquí. Necesitaba no estar solo—. Eso haré. Deberíais intentar dormir un poco.

—Vale. —La voz de Lucas estaba tan aturdida que pude oír cómo empezaba a bostezar—. Tú también deberías irte a la cama. Te queremos.

—Yo también os quiero.

Estuve a punto de suplicarle que no colgara, pero parecía muy cansado y, después del día que había tenido, necesitaba descansar.

Cuando terminó la llamada, me dejé caer en el sofá, agarrando el teléfono con las manos.

Mis piernas se movían con nerviosismo mientras tenía la mirada clavada en la alfombra.

¿Qué podría haber hecho si hubiera estado allí?

No habría podido evitarlo, pero al menos habría podido asegurarme de que Lucas no estuviera solo.

¿Cómo demonios habíamos llegado a esa situación? Una cosa era que esos tipos fueran unos matones. Podíamos tolerar unos cuantos moratones, habíamos aprendido a vivir con el acoso. ¿Pero intentar sacar a Lucas y a Manson de la carretera? Eso era intento de asesinato.

Joder, esa gente nos quería muertos de verdad.

El tiempo pasaba y yo apenas me daba cuenta. Era incapaz de dormir, pero tampoco me veía capaz de levantarme y buscar una distracción, así que me quedé allí sentado, perdido en mis pensamientos, hasta que de repente se abrió la puerta principal.

—Hola, cariño. Es muy tarde y estás despierto. —Vincent dejó las llaves en la encimera y tiró la bolsa al suelo, y su sonrisa se desvaneció al acercarse—. ¿Qué pasa? ¿Qué haces ahí sentado?

Manson me había pedido que no se lo contara hasta la mañana siguiente, pero eso me resultaba imposible.

En voz baja y lo más tranquilo que pude, le conté lo que había pasado: que Nate había aparecido en el espectáculo para desafiar a Manson, que habían perseguido a Lucas cuando Manson y él se separaron.

Se sentó a mi lado y permaneció en silencio mientras yo hablaba, absorbiendo cada palabra con expresión sombría.

Me puso la mano en la espalda y me masajeó los hombros.

—Debería haber estado allí —dije, después de contarle toda la historia y quedarme solo con mi culpa.

Vincent negó con la cabeza.

—No te hagas eso, cariño. Están bien. No les ha pasado nada.

—Pero podría haber pasado. Lucas podría haber…

Me detuve antes de que se me quebrara la voz. Me rodeó con sus brazos y me atrajo hacia él. Me acurruqué contra su pecho, aferrándome a su cuerpo. Una parte de mí se avergonzaba de necesitar eso, avergonzado de que lo único que pudiera calmar mi miedo y mi furia fuera su tierno abrazo.

—Lucas está bien —dijo, y solo oír esas palabras me hizo sentir un nudo en la garganta.

Joder, odiaba llorar. Estaba decidido a no hacerlo, por muy abrumado que me sintiera.

—Me necesitaban —dije—. Me necesitaban y yo no estaba allí.

—¿Qué necesitabas tú , Jason? —dijo con dulzura—. Quiero que pienses en eso un momento.

Estaba confundido, pero intenté pensar. Después de contar hasta veinte, las cosas empezaron a calmarse.

—Necesitaba esto. Necesitaba estar aquí, contigo —dije tras contar hasta cuarenta.

Siguió acariciándome la espalda y abrazándome. Su camisa olía dulce, tenía un ligero aroma a alcohol. Ni siquiera había podido cambiarse la ropa del trabajo antes de prestarme atención.

—Relájate. —Sus brazos se tensaron un poco cuando intenté incorporarme y volví a desplomarme contra él—. Quédate aquí. No me molestas, ¿vale? Abrazarte es justo lo que estaba deseando hacer cuando llegué a casa, cariño. Quiero que te quedes así hasta que te sientas mejor, ¿vale?

Solté un suspiro tembloroso y cerré los ojos. El lento movimiento de su mano sobre mi espalda me estaba sumiendo en un estado de trance, casi demasiado agotado como para dormir.

—No has decepcionado a nadie —dijo al final, cuando volví a suspirar y prácticamente me derretí en sus brazos.

Juraría que podía leer mis pensamientos; mis miedos eran demasiado obvios para él—.

No habrías podido hacer nada si hubieras estado allí.

Solo habrías estado tú también en peligro, y no puedo permitir eso.

Se levantó de golpe, manteniendo sus brazos a mi alrededor mientras nos arrastrábamos hacia la habitación de invitados. Me empujó un poco hacia la cama.

—Desvístete —me pidió—. Luego ponte cómodo en la cama.

Me dio un beso en la frente antes de retirarse al baño, aflojándose la pajarita. Me quité la ropa y me metí bajo las sábanas, temblando por el agradable frescor de la tela.

Mi preocupación se había desvanecido, pero seguía sintiendo una culpa incómoda. No estaba del todo seguro a qué atribuirla, salvo al hecho de que necesitaba esto.

Joder, ¿por qué no podía aguantar?

Vincent regresó y me encontró tumbado bajo las sábanas, con la cara hundida en la almohada. El colchón se hundió bajo su peso cuando se arrastró hacia mí y se deslizó bajo las sábanas. Se había desnudado y olía a su jabón de la cara y a pasta de dientes.

—Oye, mírame —pidió. Descubrí un ojo de la almohada para mirarlo y él se rio—. No te escondas de mí. ¿Quieres fumar antes de relajarnos?

—Ya lo he hecho —murmuré con la boca contra la almohada.

Me dio un empujoncito y me di la vuelta para que él pudiera abrazarme por detrás. Su cuerpo desnudo se acurrucó contra el mío, envolviéndome. Al instante sentí más calor y mis músculos se relajaron. Juro que me hundí otro centímetro en el colchón cuando la tensión desapareció de mi cuerpo.

—¿Qué tal el trabajo? —le pregunté, reprimiendo un bostezo mientras él me acariciaba la nuca con la nariz.

Tenía el pene duro y me rozaba el culo mientras se acurrucaba más cerca de mí.

—Bien, cariño. Ha sido una noche ajetreada, pero ha pasado rápido. Estaba deseando volver contigo.

Sonriendo, somnoliento, arqueé un poco la espalda, presionando mi culo contra él. Emitió un sonido suave, un pequeño murmullo de agradecimiento.

—Deja que cuide de ti —susurró con voz ronca en mi oído.

El calor inundó mis venas y me quedé quieto, esperando en silencio mientras se acercaba a la mesita de noche. Cogió el lubricante que habíamos traído y se echó un poco en la mano. Volvió a rodearme con el brazo, acurrucándose contra mí, y envolvió mi polla con los dedos.

Me acarició despacio, apretando con la mano mientras se deslizaba por mi glande. Contuve el aliento y lo solté bruscamente cuando lo volvió a hacer. Se movía a un ritmo pausado y me besaba la nuca. Tenía la polla pegada a mí, caliente y empalmada entre mis piernas.

—Me encanta sentir cómo te endureces en mi mano —dijo. Notaba su aliento cálido en mi cuello, su pelo me hacía cosquillas en la oreja. Movió las caderas, restregando la polla contra mí con un suspiro suave—. Quiero follarte hasta que te duermas, cielo. No tienes que mover ni un músculo.

Cerré los ojos y me relajé para disfrutar de las sensaciones. La forma en que me acariciaba era deliciosamente perezosa, provocándome gemidos suaves. Me apreté contra él de nuevo, moviendo las caderas con exigencia. Él se rio, con un sonido grave y maliciosamente condescendiente.

—Por favor… —Mis palabras fueron poco más que un susurro—. Quiero tu polla… dentro de mí, por favor…

Volvió a mover las caderas, deslizando su miembro entre mis piernas y rozándome los testículos. Su mano me abandonó un momento y oí un clic cuando volvió a abrir el bote de lubricante.

—¿Me quieres dentro de ti? —me susurró al oído—. Vas a tener que ser paciente.

Tenía la mano caliente, pero el lubricante estaba frío cuando deslizó los dedos por mi ano, masajeándolo despacio para relajarme los músculos.

Echaba de menos el tirón y el apretón de su mano, pero me había dicho que no me moviera.

Me quedé allí tumbado, sin fuerzas; carne y huesos que él podía manipular a su antojo.

Un dedo se introdujo en mi interior, moviéndose al mismo ritmo lento y lánguido que había utilizado mientras me acariciaba.

—Sé paciente —me dijo otra vez, cuando moví las caderas para frotarme contra él—. Voy a tomarme mi tiempo contigo, así que relájate o tendré que atarte.

No es que me disgustara que me atara, pero no quería que dejara de tocarme, así que me obligué a quedarme quieto otra vez. Pero era imposible no retorcerme y temblar mientras me acariciaba con los dedos.

Añadió más lubricante y un segundo dedo, muy cálido y resbaladizo dentro de mí.

—Por favor, Vince…

Estaba desesperado. Estaba jugando conmigo, y cada caricia era tan relajante que prácticamente me derretía. Pero mi necesidad iba en aumento. Mi polla estaba tan dura que me la agarré con la mano, pero él emitió un suave sonido de reproche.

—Paciencia —siseó. Retiré las manos, gimiendo y retorciéndome.

Siguió jugando conmigo, murmurándome las cosas más obscenas al oído mientras lo hacía—.

Te estás relajando muy bien para mí. ¿Notas lo fácil que se deslizan mis dedos?

—Como para demostrarlo, presionó con los dedos dentro de mí, curvándolos un poco—.

¿Crees que estás listo para recibir mi polla?

—Joder, sí. —Apenas pude contenerme para no frotarme contra él de nuevo.

Sonrió, con los labios contra mi cuello.

—Mm, quizá debería hacerte esperar. Me encanta cómo te retuerces cuando te toco.

Metió el otro brazo debajo de mí, curvando los dedos alrededor de mi polla otra vez. Todo mi cuerpo se estremeció, curvándose hacia dentro, abrumado por su tacto al instante.

—No, no te escaparás —dijo. Me levantó una vez más, utilizando el brazo que había colocado debajo de mí. Cuando volví a estar pegado a su pecho, volvió a acariciarme—. Quédate aquí conmigo. Quiero sentirte.

Gemí desesperadamente, presionándome contra él, arqueando mi cuerpo contra el suyo. Apretó mi miembro con más fuerza mientras me acariciaba.

—Eres muy dramático. Ni siquiera he empezado a follarte todavía.

Sus dos dedos y su mano cerrada eran más que suficientes para destrozarme.

Pero entonces retiró los dedos y su polla se acercó a mí.

Empujó, presionando con firmeza contra mi agujero.

Estaba tan lubricado, tan relajado por sus dedos, que le resultó fácil deslizarse dentro.

Pero aun así sentí la presión repentina, la plenitud.

—Dios, qué bien… Vincent, te noto tan… tan bien…

—Shh, relájate —me recordó—. Tú solo relájate, cariño, eso es. Déjame cuidar de ti.

Las embestidas de su polla eran tan metódicamente perezosas como la forma en que me acariciaba. Era un placer lento y tortuoso. Después de un rato, se quedó quieto de nuevo, completamente dentro de mí. Estaba tan profundo que apreté los dedos de los pies.

—Tendremos que hacer algo especial para ti pronto —dijo—. Con toda la casa. Quiero que te follen hasta hacerte olvidar.

Jadeaba, retorciéndome contra él. Mantenía el mismo ritmo firme y constante mientras me acariciaba, sin piedad, sin vacilar. Era muy hábil con la mano. Desesperado, moví las caderas para follarme con él.

Oh, joder, eso…

Gemí su nombre mientras me corría. Cada caricia de su mano me hacía estremecer, me provocaba oleadas de placer que me recorrían todo el cuerpo. Gimió, acariciándome mientras lo hacía, con sus caderas empujando contra mí.

—No creas que voy a parar pronto —dijo mientras yo yacía allí, jadeando, temblando por la sobreestimulación mientras él seguía acariciándome—. Te lo advertí: quiero follarte hasta que te desmayes.

Se puso encima de mí, aplastándome contra el colchón mientras me penetraba. Sacaba su polla casi por completo antes de volver a introducirse en mi interior y, cada vez que se retiraba, sentía como si me arrancara el alma.

Hablaba en serio. Me folló hasta que me quedé sin una pizca de energía, hasta que ni siquiera podía levantar la cabeza y se me cerraban los ojos. Mis gemidos se habían reducido a unos jadeos sin aliento. Se estremeció, gruñendo mi nombre mientras se corría dentro de mí.

No se retiró. Nos puso de lado, alejándonos de la mancha húmeda que había dejado en la cama. Me rodeó con los brazos de nuevo, somnoliento, dándome besos en los hombros y en el cuello hasta que me quedé dormido, completamente ajeno al mundo y a todas sus preocupaciones.