25
Manson
El olor a neumático quemado, aceite y gasolina llenaba el aire mientras el humo se extendía entre la bulliciosa multitud.
La energía a nuestro alrededor era palpable, con la gente vitoreando y gritando, las cámaras de los teléfonos móviles disparando sus flashes mientras yo pisaba el acelerador y mis neumáticos chirriaban.
Había un montón de coches y cientos de personas en el espectáculo de esta noche, todos reunidos en el aparcamiento de un K-Mart abandonado.
Estábamos a unos treinta minutos de Wickeston y, por suerte, aún no habíamos tenido problemas con la policía.
Al final, recibirían quejas por el ruido y el tráfico, y entonces aparecerían para dispersar a la multitud y confiscar todo lo que pudieran.
Pero, por ahora, no teníamos miedo y no nos importaba una mierda.
Jess se asomó por la ventanilla abierta del copiloto mientras yo quemaba los neumáticos del Mustang, con el teléfono en la mano grabando a la multitud que vitoreaba.
Toda esa gente reunida allí en plena noche eran aficionados al motor que habían acudido para presumir o para dejarse impresionar.
Había dragsters de todas las marcas y modelos, coches de exposición restaurados a su esplendor original; algunos incluso habían traído sus motocicletas.
Estas reuniones no eran legales; el kilómetro y medio de esta carreterilla de dos carriles estaba colapsada por el tráfico.
Vimos adelantamientos en múltiples intersecciones durante todo el camino hasta aquí, idiotas bloqueando el tráfico para poder quemar rueda y hacer dónuts antes de que llegara la policía y los echara.
A mí no me gustaba esa mierda, no quería molestar a nadie con mis aficiones.
Pero reunirse en un aparcamiento abandonado no hacía daño a nadie, aunque la policía no estuviera de acuerdo.
Tampoco me daba miedo la policía. Cuando aparecían —y solían hacerlo—, yo ya sabía que no podían seguirme el ritmo.
Jess vitoreaba mientras yo daba vueltas alrededor del foso, con la multitud peligrosamente cerca. Lucas la sujetaba con fuerza por el cinturón para que no se cayera. Intentaba mantener la compostura, pero las carcajadas de ella se le estaban contagiando.
Era estupendo verlos disfrutar a los dos.
Sobre todo después de lo que había pasado.
Las muñecas magulladas de Lucas estaban curadas, pero lo que más me preocupaba era su salud mental.
La última vez que Lucas tuvo un encontronazo con la policía, le afectó durante semanas.
Tenía un miedo profundo a que lo encerraran.
La amenaza de que se lo llevaran y lo metieran en una celda le aterrorizaba.
Me había dicho más de una vez que prefería morir antes que ir a la cárcel.
Esta vez fue distinto, y sabía que era porque Jess había estado con él. Se había quedado a su lado todo el tiempo, había luchado con uñas y dientes por él. No se había sentido solo. No lo había abandonado. Y eso lo cambiaba todo.
Alguien gritó a la multitud que retrocediera, y yo dejé de lucirme un rato. Aunque no era solo por aparentar; quemar los neumáticos me daría mejor tracción cuando corriera. Mi oponente me esperaba, aparcado junto al cono de tráfico que nos servía de línea de salida.
El señalizador me guio hasta mi posición, junto a mi oponente.
La multitud estaba ansiosa, reuniéndose lo más cerca posible.
Lucas entrelazó sus manos sobre el regazo de Jess, abrazándola con fuerza y manteniéndola cerca.
Ahora que las ventanas estaban cerradas, los vítores de la multitud se silenciaron.
Jess subió el volumen de la música y movió las caderas en un bailecito que hizo que Lucas gruñera.
—Si sigues restregándote contra mí así, te voy a follar en medio de esta multitud.
—¿Eso es una promesa? —preguntó Jess con dulzura.
Lucas no tuvo oportunidad de responder. Nos dieron la salida y yo pisé el acelerador, lanzando el Mustang hacia delante y empujándonos a todos contra los asientos. Mi visión se redujo, centrándose en la línea de meta mientras volábamos hacia ella.
Una carrera de aceleración solo duraba unos segundos.
Pero en ese momento, sentí como si todo se ralentizara.
Era muy consciente de mi propia respiración mientras mi corazón latía lento y fuerte.
Hizo que el vello de mis brazos se erizara mientras la potencia del motor retumbaba y me atravesaba, provocándome un cosquilleo en las yemas de los dedos.
Mi oponente era rápido, pero no más que yo. Crucé la línea de meta a toda velocidad y frené el coche con un chirrido de neumáticos. Ni siquiera tuve tiempo de recuperar el aliento antes de que Jess se inclinara hacia mí y me robara el poco oxígeno que me quedaba al besarme con voracidad.
—¡Has sido muy rápido! —exclamó, separándose de mí con una amplia sonrisa—. ¡Joder, le has dado una paliza a ese tío! Todavía estoy temblando.
Levantó la mano para que pudiera verla. Los dedos le temblaban de emoción, y los agarré para mantenerlos quietos.
—¿Te ha gustado? —le pregunté, y ella asintió rápidamente.
—Ha sido muy emocionante —respondió—. Deberíamos hacerlo otra vez.
Me reí y bajé la ventanilla cuando mi oponente se acercó para felicitarme. Era un buen conductor, lo había visto antes en otras exhibiciones.
—¿Qué cojones tienes debajo del capó, tío? —soltó, estrechándome la mano a través de la ventanilla abierta.
Tiré de la palanca para abrir el capó antes de que todos saliéramos del Mustang, pero esperé unos minutos a que se enfriara antes de levantar el capó con un trapo. Presumir de nuestro trabajo era precisamente lo que Lucas y yo habíamos venido a hacer aquí.
Lucas me dejó hablar, quedándose a un lado con los brazos alrededor de Jess. Le costaba mucho mantener las manos alejadas de ella, y no podía culparlo. Incluso mientras conversaba con otros conductores y curiosos, no podía apartar la mirada de ellos dos.
La expresión de Lucas era seria, como de costumbre; miraba a su alrededor como si estuviera listo para pelear, con los ojos entrecerrados, los hombros tensos y ligeramente encorvados.
Pero cada vez que Jess le susurraba algo al oído, cada vez que ella se reía, sonreía o se burlaba de él, su expresión seria se suavizaba.
Mi teléfono sonó con un mensaje de texto.
Era Dante, que estaba a punto de comenzar su primera carrera de la noche.
Llamé la atención de Lucas y volvimos al Mustang, que conduje lentamente por el aparcamiento.
Encontré El Camino de Lucas y aparqué a su lado, antes de llamar a Dante para averiguar dónde estaba.
Aun así, tardamos varios minutos en encontrarlo entre la multitud. Reconocí el sonido del motor de su T-bird antes de verlo, su profundo rugido me llamó la atención. Conocía ese coche por dentro y por fuera, y conocía su sonido tan bien como el de mi propio coche.
—Señor Reed, chaval. —Dante chocó su puño con el mío, y luego con Lucas y Jess—. ¿Estáis listos para ver de lo que es capaz este cacharro?
Su oponente conducía un Pontiac de aspecto feroz, pero no tenía la menor duda de que Dante ganaría. Retrocedimos a una distancia segura mientras el juez se colocaba entre los vehículos para comprobar que ambos pilotos estuvieran listos. Para prevenir, le tapé los oídos a Jess con las manos.
—¿Qué haces? —preguntó, pero obtuvo su respuesta en cuanto el señalizador dio la salida; había oído coches ruidosos antes, pero nunca había oído el Inferno de Dante.
El Thunderbird salió disparado con tanta fuerza que sus neumáticos delanteros se despegaron momentáneamente del suelo.
El rugido del motor era ensordecedor. Retumbó por todo mi cuerpo y me dejó la piel hormigueando.
Lucas cronometró la velocidad de Dante y, cuando el T-bird cruzó la línea de meta, levantó el puño en señal de victoria.
—¡Seis segundos! —exclamó, mostrándome el tiempo en su teléfono—. Seis putos segundos, por Dios. Dante tiene que llevar ese coche a la pista. Aquí no tiene competencia.
Dante se asomó por la ventanilla mientras conducía hacia nosotros, gritando y levantando el puño en el aire. Su oponente derrotado tenía cara de enfado, pero al público le encantaba. La gente aplaudía y vitoreaba mientras él aceleraba el motor y hacía girar las ruedas mientras el humo nos envolvía.
Jess me miró con los ojos muy abiertos cuando le descubrí las orejas.
—¡No me puedo creer el ruido que hacía! —exclamó, gritando para que pudiera oírla por encima del ruido de la multitud.
—Cuando te llevemos a una competición de aceleración de verdad, te daremos tapones para los oídos —dijo Lucas—. Si te pasas todo el día escuchando coches como el de Dante sin protección, te reventarás los tímpanos.
Dante se reunió con nosotros al cabo de unos minutos, abriéndose paso entre la multitud. Estaba de muy buen humor y su amplia sonrisa era contagiosa.
—¡Qué noche! ¿Os lo estáis pasando bien? —Le dio un codazo a Jess y sonrió cuando ella respondió afirmativamente—. Di que sí. Nadie os está dando problemas, ¿verdad?
—Ninguno —respondí.
Habíamos estado muy atentos desde que llegamos, permaneciendo juntos y sin perder de vista a Jess. Pero hasta el momento, nuestra precaución parecía innecesaria. El ambiente era muy bueno, la gente era amable y ya nos habíamos encontrado con varios conductores que conocíamos.
En general, parecía que iba a ser una buena noche.
—Oye, ¿eres Manson? ¿Manson Reed?
Un hombre al que no reconocí se me acercó entre la multitud. Asentí con cautela mientras Lucas lo miraba, pero el tío sonrió.
—Mi amigo quiere correr contra ti. Está en el Mercedes AMG.
Hizo un gesto con la cabeza hacia un elegante sedán Mercedes color gris mate. Las ventanillas estaban subidas y tintadas, así que no podía ver al conductor. El coche era bonito, de eso no había duda. Pero a mí me parecía de serie, sin modificaciones visibles.
En otras palabras, un bonito coche de lujo con un buen motor. No un coche de carreras.
—Ha visto tu tienda en Internet —dijo el desconocido—. Cree que puede ganarte.