24 #3
—Me hizo llorar como un bebé —le conté, y ella emitió un suave sonido.
Tan parecido a un gemido, casi un sollozo.
El aire a nuestro alrededor parecía demasiado denso para respirar.
No podía soportar seguir mirándola sin tocarla.
Intenté sonar severo, aunque apenas podía contenerme, y dije—: Pequeña sádica. Estás disfrutando demasiado con esto.
—No pienso disculparme —dijo, sacándome la lengua—. Pensar en verte inclinado y castigado es demasiado excitante. No puedo evitarlo.
—Debería darte unos azotes solo por decir eso.
Casi me atraganto con mis propias palabras. Joder, era imposible resistirse a ella.
—Quizá se lo comente a Vincent —dijo, a pesar de mi amenaza, o quizá precisamente por ella—. Apuesto a que me dejaría mirar la próxima vez que te castigue.
La forma en la que se mordió el labio inferior, arrastrándolo entre los dientes, me dejó completamente hambriento. De repente, eché mi asiento hacia atrás para tener más espacio.
—Puta mocosa. Ven aquí.
Sacó la mano de entre sus piernas y levantó los dedos para que pudiera ver cómo su excitación los cubría. Se los llevó a la boca, sin apartar los ojos de mí, y los lamió hasta dejarlos limpios.
—Joder —maldije, y ella sonrió mientras se sacaba los dedos de la boca.
Se subió en mi regazo, a horcajadas sobre mí.
Me miraba de frente, con la falda alrededor de sus muslos, que enmarcaban mi polla.
Eso la colocó en la posición perfecta para que le agarrara el culo con ambas manos, apretándola antes de darle dos palmadas a la vez.
Jadeó, y el sonido se disolvió en un gemido entusiasta.
—Gracias, señor —dijo, bajando la cabeza y besándome el cuello. El contacto de sus labios me provocó un escalofrío en la espalda y le di otra palmada en el culo. Tembló, rozando mi oreja con su boca de forma tentadora—. Más fuerte, señor.
Dios, ojalá pudiera inclinarla hacia delante. Pero el espacio era limitado.
Le subí la falda por detrás tirando de la cinturilla antes de darle otra palmada.
—¿Quieres que te dé más fuerte? Qué mala eres.
Le di tres palmadas rápidas seguidas y la forma en que gimió de dolor fue tremendamente sexy .
Me agarró de la camiseta, amasando la tela. Tenía las bragas empapadas y los muslos pegajosos. Frotarse contra mí no era suficiente para ella, y volvió a meter la mano debajo de la falda.
Joder, podía oír lo mojada que estaba mientras movía el dedo. Echó la cabeza hacia atrás y gimió mientras yo seguía azotándola, lo que me llevó peligrosamente cerca de correrme inmediatamente.
—Móntame, princesa —le pedí.
Se levantó, se apartó las bragas y se sentó sobre mí. Le di otra palmada, disfrutando de cómo su coño se apretaba con fuerza. Seguí azotándola mientras ella subía y bajaba una y otra vez, con las manos apoyadas en mis hombros.
—¿Vas a correrte por los azotes? —pregunté mientras ella cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás.
Le di otro azote más fuerte que el anterior, tan fuerte que me escoció la palma de la mano. Ella gritó suavemente, de una forma preciosa. El suave movimiento de su cabalgada iba a hacer que me corriera demasiado rápido, y yo quería verla alcanzar el clímax primero.
—Para —le dije con suavidad, y ella se quedó quieta, con mi polla hundida en su interior. La incliné hacia mí para que su cabeza descansara sobre mi hombro y le dije—: Sigue tocándote. No pares hasta que te corras.
—Sí, señor —susurró, y jadeó cuando empecé a azotarla otra vez.
Cada golpe le arrancaba un gemidito de placer, cada vez más profundo. En poco tiempo, sus jadeos se convirtieron en gemidos y le empezaron a temblar las piernas.
—Voy a correrme, Jason —dijo y se corrió con tanta fuerza que hasta me mordió el cuello.
Gruñí por el dolor, empujando las caderas hacia ella y azotándola sin piedad mientras se estremecía sobre mí.
—Eso es, princesa —la animé—. Te encanta, ¿verdad? Correrte sobre mi polla mientras te azoto. Joder…
Me corrí dentro, hundido hasta el fondo. La rodeé con los brazos, manteniéndola apretada contra mí mientras el orgasmo me invadía.
Los dos nos quedamos sin fuerzas, respirando con dificultad. Después de permanecer sentados en silencio durante varios minutos, aún dentro de ella mientras se aferraba con fuerza a mi camiseta, le di un beso en la frente.
—Eres perfecta, ángel. Eres absolutamente perfecta.
La llevé a casa más tarde esa noche, odiando tener que separarme de ella.
—Te echaré de menos este fin de semana —me dijo.
Estaba aparcado en la calle de su casa y llevábamos casi cuarenta minutos sentados allí, hablando, con las manos entrelazadas.
El motor estaba apagado y solo teníamos la luz de las farolas—.
Me alegro de que pases tiempo con Vincent. Creo que se siente muy solo sin ti.
—Odia estar solo —dije—. Creo que, si no nos tuviera, probablemente estaría viviendo por ahí en alguna comuna hippy , meditando con cristales y bebiendo ayahuasca.
Se rio. Me encantaba lo fácil que le resultaba reír, cómo parecía apoderarse de todo su cuerpo.
—Bueno, te echaré de menos en el espectáculo —dijo—. Aún no me has enseñado a derrapar.
Había presumido un poco cuando la llevé a dar una vuelta. Pero aún no la había llevado en el coche mientras hacía derrapes, y estaba emocionado por darle esa experiencia. No había nada igual.
—Escucha, Jess… —comencé, despacio, sin saber muy bien qué decir.
No le habíamos mencionado la advertencia de Dante, ni tampoco la de Stephan.
Ninguno de nosotros quería asustarla. Pero necesitaba saber la verdad sobre lo que estaba pasando—.
Quiero hablar contigo sobre el espectáculo de este fin de semana.
Es solo que… Va a haber mucha gente allí, y existe la posibilidad de que…
—Que alguien cause problemas —dijo, terminando la frase por mí. Me apretó la mano—. Jason, sé que pasa algo. No queréis asustarme, lo entiendo. Pero no me asusto fácilmente. La gente os sigue jodiendo, jodiéndonos, y estoy preparada para afrontarlo.
Fue un alivio oírla decir eso, pero ella no solo necesitaba saberlo, necesitaba prepararse de verdad.
—Esto es para ti —le dije, abriendo la guantera y sacando una bolsa de dentro.
Jess sacó el cilindro del tamaño de la palma de la mano que había dentro, manejándolo con cuidado.
—¿ Spray de pimienta? —preguntó.
Rápidamente le cambié la posición de las manos, asegurándome de que no me apuntara accidentalmente con eso.
—Llévalo siempre contigo —le pedí y, cuando frunció el ceño con expresión severa, añadí—: Por favor. Es solo por precaución.
Sacó las llaves y enganchó el bote al llavero. Pero siguió frunciendo el ceño.
—¿Ha pasado algo? ¿Hay algo que no me estás contando?
—Reagan sigue causando problemas —le respondí—. Cuando volvimos de la montaña, descubrimos que había entrado en la propiedad. Tenemos que tener cuidado, todos nosotros. Si estás sola, me sentiría mejor si llevaras algo para protegerte.
Se guardó las llaves en el bolso.
—Me aseguraré de llevarlo conmigo. Y tendré cuidado.
Me incliné sobre los asientos y le acaricié la cara con la mano. Me encantó la tímida sonrisita que me dedicó cuando me acerqué.
—Buena chica —le dije—. Es todo lo que necesitaba oír.
Se inclinó hacia mi beso y suspiró suavemente. Sus labios sabían a los caramelos ácidos que había estado comiendo en el cine, y esa dulzura inesperada me hizo sonreír contra su boca.
—Buenas noches, Jess —me despedí, separándome un poco de ella para susurrarle—: Te echaré de menos.
—Yo también te echaré de menos. —Volvió a besarme y luego me dio un beso rápido en la punta de la nariz—. Pero estoy deseando que me cuentes con detalle cómo ha ido tu fin de semana con Vincent en el lujoso apartamento de Dante.
—Joder, chica. Eres insaciable, ¿verdad? —Asintió inmediatamente y yo me eché a reír—. Te enviaré un mensaje más tarde. No te metas en líos.
—No te lo puedo prometer —respondió con dulzura, agitando los dedos mientras salía del coche.
No aparté la mirada hasta que entró. Luego, por si acaso, di unas vueltas por las calles cercanas, buscando el viejo Chevy rojo de Reagan.
Por suerte, no encontré ni rastro de él.