24 #2
Las películas con violencia, tortura y muerte eran fáciles de encontrar, pero las que retrataban algo parecido a una perversión de forma realista eran prácticamente inexistentes.
No tenía mucho sentido para mí que el sexo consentido se considerara más tabú que el asesinato.
Pero tal vez por eso no me llevaba muy bien en la sociedad «normal».
Cuando llegamos al autocine, ya había una fila de coches esperando para comprar entradas.
Conseguimos un buen sitio para aparcar y, como aún nos quedaba algo de tiempo antes de que empezara la película, fuimos al puesto de palomitas y dulces.
A los dos nos encantaban los aperitivos y acabamos comprando mucho más de lo que habíamos planeado.
Lo dejamos todo en la consola central y pasamos la primera media hora de la película atiborrándonos de dulces.
Cuando dio comienzo la primera escena de azotes, fue como si el aire a nuestro alrededor se cargara de energía al instante.
Miré a Jess de reojo y vi exactamente la reacción que esperaba.
Tenía los ojos clavados en la pantalla, los labios ligeramente entreabiertos y daba bocanadas de aire más grandes.
Apretó las piernas cruzadas durante un momento y yo sonreí ante su evidente intento de estimularse.
—¿Te está gustando la película hasta ahora? —le pregunté.
—Oh, sí —respondió—. Cuando dijiste que era pervertida, no esperaba una escena completa de azotes.
Ya me era imposible mantener la vista en la pantalla, solo quería mirarla a ella.
—Cuando era más pequeño, antes de entender lo que me gustaba en realidad y por qué, me emocionaba mucho cada vez que encontraba una película en la que había azotes.
Incluso cuando se suponía que no era sexy , me seguía gustando.
Me esforzaba mucho por justificarlo como cualquier cosa menos un fetiche.
—Entiendo ese sentimiento —dijo.
Sus muslos se tensaron otra vez, apretando, y yo deseé con todas mis fuerzas que lo que estuvieran apretando fuera mi cabeza.
—¿Tenías más curiosidad por dar los azotes o por ser el que los recibía?
—Las dos cosas —respondí—. Lo que lo hizo todo aún más confuso.
—¿Vincent te azota?
Su pregunta me tomó por sorpresa, pero me pareció sexy lo segura que estaba al hablar de ello. No apartó la mirada de mí, su voz no temblaba. Una media sonrisa juguetona permaneció en su rostro mientras esperaba a que le respondiera.
—Sí. —Admitírselo me producía la humillación justa, la vergüenza suficiente para que mi polla palpitara y se empalmara—.
A veces puedo ser un niñato, por si no te has dado cuenta.
Yo le empujo a hacerlo, tengo muy claro lo que quiero, o al menos eso me ha dicho él.
—Su sonrisa se había ampliado y descruzó las piernas mientras se inclinaba hacia atrás en ángulo, apoyándose contra la puerta—. Te gusta oír esto, ¿verdad?
Asintió con la cabeza. Abrió las piernas y su dedo recorrió distraídamente la parte interna de su muslo. Ninguno de los dos prestaba ya atención a la película, pero los sonidos de los azotes que salían de mis altavoces hacían que el interior del coche pareciera muy reducido y acogedor.
—Me gusta —contestó, con una voz apenas perceptible. Su dedo había llegado al borde de la falda y siguió, arrastrando la tela consigo. Mis ojos se quedaron atrapados allí mientras su mano llegaba al vértice de sus piernas—. Cuéntame la última vez que te dio unos azotes… O la primera.
Mi polla se había empalmado tan rápido que se apretaba de forma incómoda contra la cinturilla de mis pantalones. Me apresuré a recolocármela. Mierda, o bien estaba siguiendo las indicaciones de Vincent, o ambos disfrutaban convenciéndome de que dijera cosas que me hacían sentir incómodo.
—¿Te da vergüenza? —preguntó, con demasiado entusiasmo cuando no respondí inmediatamente.
Me miraba como si tuviera hambre, como si quisiera abalanzarse sobre mí.
¿De verdad se ponía cachonda por fantasear conmigo de esa manera?
Eso era… Joder, sinceramente me sentí halagado.
Normalmente no me consideraba el tipo de persona con el que alguien se molestaría en fantasear.
Pero la forma en que me miraba, como si solo verme le pusiera, era un subidón de ego particularmente adictivo.
—No me da vergüenza —contesté, pero mi afirmación no era del todo cierta.
No era vergüenza exactamente, pero sentía una intensa sensación de bochorno que recorría mi cuerpo.
Me gustaba esa sensación: el calor que se acumulaba en mi estómago, cómo mi lengua se volvía torpe y mi cerebro se ralentizaba—.
Es solo que no suelo hablar de ello en voz alta muy a menudo.
Casi podía oír la risa de Vincent en mi cabeza.
Era fácil imaginar lo que diría si estuviera aquí: «Como te cuesta tanto decirlo en voz alta, deberías practicar.
Cuéntaselo, chico. Cuéntale hasta el último detalle».
Joder. Se había metido tanto en mi cerebro que podía dominarme sin siquiera estar presente.
—Parece que te gusta hablar de ello —dijo Jess.
Abrió más las piernas y levantó una sobre el asiento, de modo que su falda se levantó de forma lasciva.
Tenía la mano entre las piernas, pero aun así podía ver sus bragas de encaje debajo—.
El sexo contigo es muy guarro. Quiero oírte decir esas guarradas sobre ti mismo también.
Los nervios me hicieron volver a reír y me sonrojé, pero quería animarla en lo que fuera que estuviera haciendo con la mano entre las piernas.
—Te contaré la primera vez —cedí.
Los ojos le brillaban por la emoción, y su sonrisa era dulce y maliciosa a la vez. Había un poco de soberbia en su expresión, lo justo para burlarse y acentuar la degradación de lo que estaba a punto de decir.
—Vincent y yo llevábamos casi un año saliendo.
Estábamos discutiendo sobre… cualquier cosa.
Sinceramente, ni siquiera lo recuerdo. —Había sido algo insignificante.
A Vincent no le gustaba discutir; no le apetecía.
Ahora, mirando atrás, el tema no me molestaba tanto como el hecho de que él se negara a debatirlo conmigo—.
Buscaba pelea. Estaba estresado, molesto…
—Querías desquitarte con alguien, así que perdiste el control y vomitaste las palabras —dijo.
Sí, esa era una buena forma de describirlo: vomitar palabras.
—Está claro que dije algunas cosas que no debería haber dicho. Estábamos sentados en mi coche, yo tenía un hatchback en ese momento. Afuera llovía a cántaros. Y él me miró fijamente a los ojos y me dijo: «Estás actuando como un niñato. ¿Tengo que tratarte como tal?».
—Oh, mierda.
Abrió mucho los ojos. De todas las personas que conocía, estaba seguro de que ella mejor que nadie podía entender los sentimientos que inspiraba una amenaza como esa.
Las palabras de Vincent me habían llenado de una mezcla de temor y deseo. Era una de las muchas veces en las que me había encontrado temiendo precisamente lo que quería. Él había estado tan tranquilo que me había hecho sentir como un niño malcriado. Naturalmente, eso solo empeoró mi actitud.
—Llevaba todo el día intentando provocarle —dije—. Ya me sentía culpable y estaba cansado. —Bajándome los pantalones lo justo para agarrarme la polla, continué—: Así que le dije algo grosero. Le insulté. Salió del coche y pensé que iba a marcharse.
Hubo un instante de terror cuando salió. En esos breves segundos en los que no sabía exactamente qué estaba haciendo, me di cuenta de que mi comportamiento podía costarme a la persona que amaba. Un comportamiento ridículo, imprudente y mezquino.
—Pero no se marchó —añadí. Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando ella se apartó las bragas y se masajeó el clítoris con dos dedos.
Escupí, dejando que la saliva cayera sobre mi polla para poder masturbarme—.
Abrió la puerta y me sacó del asiento del conductor.
Me dijo: «O te sientas en la parte de atrás tú solito o te daré unos azotes en medio del aparcamiento». Así que me senté atrás.
Me había dicho que me iba a dar unos azotes, y yo pensé que estaba de coña. La mitad de las cosas que decía eran simples bromas. Pero una parte de mí, una parte que todavía me costaba aceptar por aquel entonces, sabía que hablaba en serio.
Me sentí tan aliviado de que hablara en serio.
—¿Con qué te azotó? —preguntó, con la voz más entrecortada de lo habitual.
Estaba sonrojada, podía oír lo mojada que estaba mientras se daba placer.
—Al principio, con la mano —respondí. Las palabras eran degradantes, pero sabían tan dulces como la miel. Tenía los testículos tensos mientras me masturbaba, la mano resbaladiza por la saliva, pero sin suficiente lubricación—. Luego, con un cepillo para el pelo.
—Joder. —Su maldición entrecortada fue muy sexy , me volvía loco que se pusiera cachonda con eso.
—Me hizo inclinarme sobre su regazo en el asiento de atrás —expliqué, sacando las palabras de mi memoria sin importar lo difícil que fuera decirlas en voz alta—. Me dijo exactamente lo que iba a hacerme, me recordó mi palabra de seguridad y me preguntó si iba a detenerlo.
—Seguro que dijiste algo descarado, ¿verdad?
—Por supuesto.
Mi respuesta, tal y como la recuerdo, fue un rápido «que te jodan». A Vincent le encantó, porque le dio una excusa para darme una buena lección.
—Empecé a forcejear cuando me bajó los pantalones —dije—. Pero nunca puedo vencer a Vince. Aunque soy más fuerte que él.
Era un cabrón larguirucho, pero no tenía mis músculos, eso era un hecho. Aun así su fuerza física no importaba. No me sometí a él porque me obligara, me sometí porque quería, porque lo necesitaba.
—No puedes dominarlo porque no quieres ser más fuerte —dijo—. Quieres que él te haga débil.
Su respiración se detuvo por un momento y el placer suavizó su expresión.
Lo entendía, tal y como yo sabía que lo haría.