24
Jason
La advertencia de Dante me dio escalofríos.
Tenía muchas ganas de pasar el fin de semana con Vincent; aunque él iba a estar trabajando, disfrutaba de pasar tiempo a solas con él.
Tendría paz y tranquilidad durante el día para poder trabajar en mi ordenador mientras Vince dormía, y como él se iba por la noche, bueno, si no podía dormir, también podría trabajar.
Aunque, ahora que tenía la advertencia de Dante en mi mente, probablemente no lo haría.
—Quizá no debería irme este fin de semana —dije.
Apuntando con la mira telescópica de la pistola de paintball que tenía en las manos, apreté el gatillo.
Fallé.
Lucas se burló.
—No digas eso. Te estás preocupando por nada. Dante solo está siendo cauteloso.
Apuntó, disparó y dio en el blanco. Perfecto. La pintura amarilla salpicó la vieja puerta del coche que estábamos utilizando como blanco.
—Vaya, ¿ahora empiezas a sonar optimista? —refunfuñé.
Sonaba como un idiota, pero estaba muy cansado. Había estado intentando distraerme para olvidarme del cumpleaños de mi hermano pequeño, de todo el dolor y la culpa que eso conllevaba. Pero esta no era la clase de distracción que quería.
Lucas levantó su arma y se la apoyó en el hombro.
Aunque el calor del verano aún nos tenía atrapados, unas nubes grises de tormenta se acumulaban en el horizonte.
Había una punzada de electricidad en el aire, una sensación de inquietud.
Tal vez era solo mi imaginación, pero incluso los perros parecían agitados últimamente.
¿Se avecinaba una tormenta? ¿O era Reagan merodeando, vigilando nuestra casa, intentando causar problemas? Había estado revisando las cámaras todas las mañanas, pero el viejo no había regresado a la propiedad desde que volvimos.
—¿De qué tienes miedo? —preguntó Lucas, con un tono tan tranquilo que me hizo sentir aún más culpable por haberle respondido mal—. ¿Es por el espectáculo? ¿Tienes miedo de que pase algo mientras estamos allí?
Apunté y disparé tres tiros rápidos. Al final, lo conseguí y la pintura azul salpicó la puerta. Pero no me sentí satisfecho.
—Se supone que habrá mucha gente —dije, y es que, a pesar de ser un evento «clandestino», lo más probable era que el evento de ese fin de semana atrajera a entusiastas de los coches de todo el condado.
Cientos de personas, todas reunidas en mitad de la noche, fuera de los límites del pueblo.
No era precisamente el sitio más seguro—.
Podríais perderos unos a otros. Jess podría perderse. Podríais separaros y entonces…
No sabía a dónde me llevaban mis divagaciones. Pasé el brazo por la correa de la pistola y dejé que me colgara del hombro mientras me sentaba en el porche trasero.
Lucas se sentó a mi lado, con los brazos apoyados en las rodillas. No dije nada, pero no pude evitar fijarme en los ligeros moretones que tenía en las muñecas. Habían pasado un par de días desde el incidente en el centro comercial y apenas había hablado de ello. Al menos, no conmigo.
Se dio cuenta de que lo estaba mirando. Levantó la muñeca y la puso a la luz del sol, como para verla mejor.
—Sabes, cuando era más pequeño siempre estaba cubierto de moretones —me contó—.
Me rompí tantos huesos de niño que es increíble que aún pueda funcionar.
—Flexionó sus dedos llenos de cicatrices.
Algunos estaban rígidos y otros torcidos.
Eran manos grandes que mostraban los años de trabajo duro que había vivido—.
Pero luego pensé que ahora, cuando tengo moretones, suelen ser por algo distinto al trabajo.
O por hacer tonterías… —Su rara sonrisa era contagiosa cuando la dirigió hacia mí—.
Ahora estoy mejor que nunca. Más seguro.
Más feliz. Y es porque os tengo a vosotros.
Me sorprendió oírlo hablar con tanta franqueza. A Lucas no le gustaba hablar de sentimientos y yo no le culpaba por ello. Pero cuando por fin se atrevía a meterse en estas conversaciones, siempre parecían sinceras. Demasiado crudas para ser falsas.
No se detuvo en el tema. Se enderezó y agitó la mano, como si intentara borrar las palabras.
—Lo que quiero decir es que siempre nos hemos cuidado entre nosotros. Tenemos que confiar los unos en los otros.
—Yo confío en ti —dije rápidamente.
—Entonces confía en que estaremos a salvo este fin de semana. Nos cuidaremos, tendremos cuidado. Además, necesitas pasar tiempo con Vince, y él también te necesita a ti.
—Joder. —Negué con la cabeza, incrédulo—. ¿Desde cuándo das buenos consejos?
Abrió mucho los ojos, haciéndose el ofendido.
—Doy consejos maravillosos. No es culpa mía que casi nunca me escuchéis.
Me empujó juguetón y yo le devolví el gesto. Nuestras palabras se desvanecieron en risas y luego en silencio. Pero después de los empujoncitos, su brazo se quedó descansando sobre mi muslo. Pasé el dedo índice por el moratón amarillento que tenía en la muñeca.
—No sé qué habría hecho si Jess no hubiera estado allí.
Ahora estaría en la cárcel, J. No habría podido manejarlo.
No supe defenderme, no pude calmarme lo suficiente como para hablar.
Pero ella habló por mí. —Asintió lentamente—.
Se quedó conmigo. No tenía por qué hacerlo, pero lo hizo.
Igual que habría hecho cualquiera de vosotros.
—Todavía había incredulidad en su voz—. La protegeré.
Pase lo que pase. —Me estrechó la mano, con una determinación inquebrantable en los ojos—.
No te sientas culpable por no venir con nosotros.
Además, sabes que no me gusta que Vincent se quede allí solo.
Después de plantearlo así, no hubo nada más que discutir.
Asentí y me levanté con él cuando se puso de pie.
Se estaba haciendo tarde y, normalmente, habría vuelto al interior para seguir trabajando.
Pero como era nuestro día de descanso del gimnasio, no había podido ver a Jess esa mañana y tenía muchas ganas de estar con ella.
Después de haberla tenido para nosotros solos durante esos tres días en las montañas, pasar más de veinticuatro horas sin verla era difícil.
—¿Qué planes tienes para esta noche? —preguntó Lucas, preparando su pistola de paintball para otro disparo.
Como si me hubiera leído el pensamiento, añadió—: Deberías salir de casa un rato.
Ve a recoger a Jess y haced algo divertido.
— Ping, ping, ping . Todos sus disparos dieron en el blanco y me dedicó una sonrisa de satisfacción—. ¿Ves? Lo tengo controlado.
—Salvo por el hecho de que no te vas a llevar la pistola de paintball al espectáculo —le dije con los brazos cruzados.
—Eh, da igual, sigo teniendo buena puntería con los puños —dijo.
Podía ver cómo me observaba por el rabillo del ojo, esperando a que estableciera contacto visual.
Pero no quería que viera la preocupación que aún se reflejaba en mi rostro—.
Mira, si sigues nervioso por eso, deberías apuntar a Jess a una clase de defensa personal o algo así.
De todos modos, vais al gimnasio todas las mañanas.
La verdad era que no había tiempo suficiente para enseñarle a Jess ninguna técnica seria de defensa personal antes del fin de semana, pero aun así eso me dio una idea.
Normalmente habría avisado a Jess con más antelación, pero me sentía espontáneo. La llamé mientras conducía hacia su casa y ella contestó al segundo tono.
—¡Hola! Acabo de salir de la ducha —saludó—. ¿Qué pasa?
Intenté no distraerme demasiado imaginándomela desnuda y mojada.
—¿Tienes planes para esta noche?
—No —respondió, antes de añadir con picardía—: ¿A menos que tú tengas planes para mí?
Me eché a reír.
—Por supuesto. Estaré allí en diez minutos.
—¡¿Qué?! ¡Espera! ¡No puedo arreglarme el pelo en diez minutos!
Veinte minutos más tarde, Jess se reunió conmigo en mi coche, a la vuelta de la esquina de su casa. Llevaba el pelo peinado con unas perfectas ondas rubias, y la falda negra y la blusa roja le daban un aspecto más oscuro del que estaba acostumbrado a ver en ella.
—¿Qué llevas debajo de esa falda, princesa? —le pregunté después de que se inclinara sobre la consola central para besarme.
La falda era diminuta, casi microscópica. Una provocación muy intencionada.
—Supongo que tendrás que averiguarlo más tarde —dijo con dulzura, cruzando las piernas mientras se acomodaba en su asiento—. ¿Cuál es la ocasión? Espero ir bien vestida.
—Vas perfecta —le dije. Tenía que mantener la vista en la carretera, pero con ella tan guapa a mi lado me costaba concentrarme—. Absolutamente perfecta. No hay ninguna ocasión especial, solo me apetecía ver una película.
No necesitaba ninguna ocasión para querer pasar tiempo con ella.
Pensaba en ella casi todo el tiempo, la echaba de menos cuando no estaba cerca.
Cuando estaba con ella, sentía que había elegido hacer algo arriesgado, como subir a lo alto del trampolín más alto a pesar de que apenas sabía nadar.
Solo hablar con ella era emocionante; tocarla era embriagador.
—¿Has estado alguna vez en un autocine? —le pregunté, y ella negó con la cabeza—. Los jueves hacen una sesión retro y ponen películas antiguas durante todo el día. Hoy proyectan Secretary . ¿La has visto? —Volvió a negar con la cabeza y yo sonreí—. Creo que te va a gustar. Es bastante pervertida.
—¿Pervertida? —se rio, sorprendida—. ¿Me vas a llevar a ver una película romántica?
—No te sorprendas tanto —le dije—. A mí también me gustan las tonterías románticas, ¿sabes?
La última vez que había visto esa película, lo que menos me había importado fue la parte romántica; lo que me había atraído fue el BDSM. Era la primera película que había visto que retrataba una relación de dominante y sumisa. Solo eso ya me había dejado alucinado.