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Lucas

Instituto Wickeston, primer año

Mi padre llevaba muerto dos semanas y seguía sin parecerme real.

Ya debería haberme olvidado del viejo. Debería haber sido la última persona en quien pensara.

Pero seguía ahí. Me despertaba por la mañana pensando que le oía gritarme, pensando que oía el portazo.

Pero lo único que quedaba de él eran cenizas.

Estaban dentro de una bolsa de plástico, en una caja de cartón sobre la mesilla de mi caravana.

Una parte de mí quería tirarlas a la basura.

La otra parte pensaba que debía hacer las cosas como es debido, cumplir los deseos de mamá y volver a casa para darle sepultura.

Pero que le den por culo. Nunca me dejó descansar cuando estaba vivo, ¿por qué iba a descansar él en algún sitio ahora que estaba muerto?

No me entristeció la muerte del viejo, pero sin duda complicó las cosas. No tenía seguro de vida, y no me había dejado ahorros para cubrir esos últimos gastos. Había estado trabajando tantas horas como podía en la tienda de neumáticos, pero el salario mínimo no cubría las facturas.

Ya se habían ido acumulando, incluso antes de su ataque al corazón. Ahora, ni siquiera me molestaba en abrir los sobres. Estaban sobre la sucia mesa de la cocina, algunos con « último aviso » plasmado en la parte de delante.

No necesitaba electricidad. Podía arreglármelas con el agua de la manguera del parque de caravanas.

Pero no podía apañármelas sin comida, y los fondos que tenía para eso se estaban agotando de una forma muy peligrosa.

Vincent seguía apareciendo con guisos y «sobras» de su madre, cosas que él insistía en que ella enviaba porque eran «extra», pero yo sabía que no era así.

Se estaban esforzando por cuidar de mí cuando ya tenían a demasiada gente bajo su techo.

Cuatro hijos propios, más otro en camino.

Y, últimamente, Jason se había estado quedando con ellos más a menudo, a medida que las peleas con sus padres empeoraban.

Los Volkov nos habrían acogido a todos sin dudarlo, habrían encontrado la manera. Pero yo no iba a aprovecharme de la generosidad de esa familia; tenía que encontrar la manera de salir de esta mierda yo solo.

Cada vez era más difícil seguir intentándolo.

¿Por qué todo tenía que ser tan jodidamente complicado?

Era un estrés constante e interminable. Desde el momento en que me despertaba hasta el segundo en que conseguía caer en un sueño intranquilo.

Pasaba la mayor parte del tiempo despierto tratando de distraerme, pero las distracciones no servían de mucho cuando tenías hambre, frío o estabas desesperado.

Por eso estaba en ese puto instituto después de que las clases hubieran terminado.

No estaba muy seguro de cuál era el motivo.

Parecía una especie de jornada de puertas abiertas, con los padres deambulando por el gimnasio picando sándwiches y charlando con los profesores.

Los únicos estudiantes que se habían molestado en venir eran precisamente los que yo evitaba a toda costa: pijos, demasiado implicados, estirados de mierda con una cuchara de plata en la boca.

No tenían nada mejor que hacer que venir aquí y charlar con los profesores, pensando que de alguna manera eso les ayudaría a progresar en la vida.

Dudaba que alguna de estas personas supiera siquiera que mi padre había fallecido.

No le había dado mucha importancia; ya antes de su muerte había estado tratando de averiguar cómo emanciparme.

Lo más involucrado que mi padre había estado en mi educación fue llamar para quejarse de que solo se me permitía trabajar una determinada cantidad de horas fuera del instituto.

Ya estaba llamando la atención por estar allí, así que intenté mantener la cabeza gacha y pasar desapercibido.

A diferencia de mí, había mucha gente muy ansiosa por ser el centro de atención.

Como Jessica Martin y su madre. Podrían haber sido hermanas gemelas, aunque se llevaran unos veinte años.

Ambas llevaban vestidos azules ajustados, aunque el de mamá Martin tenía un escote muy pronunciado que dejaba ver un par de tetas muy caras.

Por muy molesta que fuera Jessica, tenía que reconocerlo: siempre conseguía parecer que iba a asistir a una fiesta elegante.

No entendía de dónde sacaba la energía para arreglarse tanto.

Aunque supongo que, cuando no te preocupa la supervivencia, puedes gastar energía en tonterías ridículas como bolsos brillantes y zapatos a juego con los de tu madre.

Estaban coqueteando con el señor Kotham, nuestro profesor de inglés, y, por supuesto, el viejo pervertido estaba encantado con tanta atención.

No me gustaban la mayoría de los profesores de ese instituto, pero no era nada personal.

Sin embargo, con Kotham, sí que lo era. Siempre estaba rondando a las chicas de clase, tocándoles los hombros, ofreciéndoles clases particulares. Un comportamiento realmente pervertido.

Jessica era una de sus favoritas. Curiosamente, Jason nos contó que aun así la chica seguía suspendiendo su clase. Quizás por eso la señora Martin le lanzaba miradas seductoras, ignorando por completo el hecho de que él no dejaba de tocar la cintura de su hija. De cogerle de la mano. De abrazarla.

Me estaba dando mucho asco.

Aparté la mirada y me concentré en llenar mi plato con tantos sándwiches y embutido como pudiera. La risa de mamá Martin seguía cortando el murmullo de las conversaciones, fuerte y aguda, como si quisiera presumir de lo bien que se lo estaba pasando.

Solo me hizo falta una mirada a la cara de Jessica para saber que no compartía el entusiasmo de su madre.

Salí por la puerta y solté un suspiro de alivio en cuanto se cerró detrás de mí. Por fin, un poco de paz y tranquilidad. Mi plan era comer lo que ya había cogido y luego llevarme a casa todas las sobras que pudiera.

La hierba estaba húmeda cuando me senté, pero no me importó.

Comer bajo un cielo nocturno despejado, rodeado del sonido de los grillos, no estaba nada mal.

Pero, por mucha hambre que tuviera, algo me provocaba un nudo en el estómago.

Una sensación de inquietud, de ira , aún persistía en mi interior.

¿Qué clase de madre no protegería a su hija de un tipo repugnante como Kotham? ¿Cómo podía quedarse allí tan feliz mientras su hija esbozaba una sonrisa falsa e intentaba soportar una atención que estaba claro que no deseaba?

No importaba. Jessica y su extraña dinámica familiar no eran asunto mío.

Metí la mano en la chaqueta y saqué el cigarrillo a medio fumar que había estado consumiendo con cuidado durante las últimas horas. Se me estaban acabando los cigarrillos y no tenía dinero para comprar más. Jason me prestaría el dinero, pero odiaba tener que pedírselo.

Sin embargo, ese embutido era fantástico. Dios mío. Tendrían suerte si no volvía corriendo y me llevaba toda la bandeja.

Mientras me atiborraba, la puerta se abrió de golpe a mi lado y estuve a punto de atragantarme con una fina loncha de salami.

Al principio, Jessica no me vio, sentado entre las sombras junto al edificio. Salió al césped, respirando con dificultad, con el labio inferior apretado entre los dientes.

Me quedé en silencio, esperando y observando.

Caminaba de un lado a otro, tambaleándose ligeramente con los tacones en la hierba. Cruzó los brazos con fuerza, respiró hondo y contuvo el aire…

Las lágrimas le rodaron por las mejillas. Solo unas pocas, y el resto de su expresión no cambió. Las dejó caer y luego se limpió la cara a toda prisa, aclarándose la garganta. Parecía estar recomponiéndose para volver a entrar cuando se giró y por fin me vio.

—¡Joder! ¿Qué haces aquí fuera?

Abrió mucho los ojos y retrocedió varios pasos, como si fuera un animal salvaje que pudiera abalanzarse sobre ella.

—Por Dios, tía —murmuré—. Contrólate. Estoy haciendo lo mismo que tú aquí fuera.

Su postura cambió inmediatamente a la ofensiva. Apretó los puños y frunció los labios en una mueca familiar.

—¿A qué te refieres exactamente?

Levanté mi comida, le di un gran mordisco.

—¡Solo quiero un poco de paz y tranquilidad!

Se quedó allí parada un momento, mirándome. Luego, despacio, se acercó a la pared y se deslizó hasta sentarse a un par de metros de mí. Abrió el bolso, sacó una botellita y le dio un trago rápido.

La distancia entre nosotras era bastante grande, lo cual era un poco cómico, pero era lo más cerca que había estado de ella en mucho tiempo. Normalmente nos manteníamos lejos el uno del otro; nuestras personalidades chocaban demasiado como para hacer otra cosa.

Quizá fuera solo el ambiente, pero aquí Jess estaba diferente. Más tranquila. No levantaba la cabeza como si estuviera mirando al mundo desde arriba.

Me tendió la petaca, inclinándose hacia mí.

—Es vodka con gaseosa.

Hice una mueca, pero el alcohol gratis era alcohol gratis. Sabía a alcohol carbonatado con un chorrito de lima, y me quemó nada más tragarlo. Al menos era fuerte.

No me quedaba mucho del cigarrillo, pero como ella me había ofrecido su bebida…

—¿Fumas?

Negó con la cabeza.

—No. Es asqueroso.

—Tienes razón. Es asqueroso.

Cogió la petaca cuando se la devolví y dio otro sorbo. Levantó las piernas, suspirando por lo ajustado que le quedaba el vestido y moviéndose incómoda.

—¿Por qué te vistes así si es tan incómodo? —le pregunté.

—¿Por qué sigues fumando si sabes que es asqueroso? —espetó.

—Porque soy una persona asquerosa —respondí, dando otro bocado a mi comida. Francamente, estaba disfrutando con esto, ella era más ingeniosa de lo que esperaba—. Hago cosas asquerosas.

Se burló, poniendo los ojos en blanco, y yo me reí.

—¿Qué? ¿Vas a negarlo? —Me miró, entrecerrando los ojos, pero no dijo nada y volvió a apartar la mirada. Yo negué con la cabeza, incrédulo—. Joder, ¿te acoges a la Quinta Enmienda? Increíble.

Mantuvo la mirada en el frente, pero juraría que pude detectar una leve sonrisa en sus labios. No estaba seguro de haberla visto sonreírme antes, y aunque no era del todo evidente, para mí era suficiente.

Ni siquiera me gustaba esta chica y aun así me hizo sentir un poco mejor.

—¿Qué haces aquí exactamente? —preguntó, y cuando levanté mi plato en respuesta, ella se rio con suavidad y dijo—: ¿Tus padres no te dan de comer?

—Teniendo en cuenta que mi padre está muerto y mi madre apenas puede alimentarse a sí misma, no, no lo hacen.

Su rostro palideció.

—Oh, joder. Yo, eh…

—No empieces a compadecerte de mí. Llevaba años esperando a que mi viejo muriera, ya era hora. Solo es un pequeño inconveniente. No sé si lo sabes, pero ese papel verde con el que se compra la comida no crece precisamente en los árboles.

Se quedó en silencio. Una punzada de remordimiento me hizo suspirar, pero no tenía nada de qué arrepentirme.

Jessica vivía en su propio mundo y yo no iba a endulzar la realidad por sus sentimientos.

Pero su mirada se había vuelto distante y, por alguna maldita razón, eso me dio ganas de seguir hablando.

—¿Estás aquí con tu madre? ¿Os habéis puesto de acuerdo para la ropa?

Hizo una mueca.

—No, no nos pusimos de acuerdo. —Estuvo en silencio durante tanto tiempo que pensé que lo dejaría así, pero entonces dijo—: Quería hablar con el señor Kotham sobre un proyecto de créditos extra para mí. Tengo tantas cosas en la agenda que no siempre puedo estar al día con sus deberes.

Intentó aparentar indiferencia. No funcionó. Cuando se levantó, era obvio que estaba congelando su expresión alegre. No podía permitirse un desliz ni siquiera por un segundo.

De repente, me invadió una ira tan cegadora que perdí por completo el apetito.

—Supongo que te veré por ahí —dijo, despidiéndose con un gesto despreocupado de la mano mientras volvía al interior.

Pero yo no fui capaz de articular palabra alguna en respuesta.

Guardé la comida que me quedaba en las bolsas de plástico que había traído y volví a mi coche.

Mientras salía del aparcamiento, tomé nota mentalmente de dónde estaba aparcado el vehículo de Kotham.

Era perfecto, la verdad: había aparcado en la parte trasera del aparcamiento, donde casi nadie más lo hacía, porque estaba muy paranoico con su preciado Cadillac antiguo.

Había cuidado muy bien ese coche. Estaba impecable.

Por ahora.

Aparqué a la vuelta de la manzana y volví andando, atravesando una zanja de drenaje y un campo para no tener que ir por la acera. Algunos de los otros coches del aparcamiento ya se habían marchado. Se estaba haciendo tarde y estaba lo suficientemente oscuro como para que se encendieran las farolas.

Agachándome detrás de los arbustos, me puse el pasamontañas que había cogido del coche.

¿Era la hostia de sospechoso que guardara un pasamontañas en el coche? Sí. Pero, obviamente, también útil.

Después de mirar con cautela a mi alrededor, me saqué la navaja del bolsillo y me acerqué al Cadillac. Era un DeVille azul claro del 59, y no pude resistirme a acariciar sus curvas con la mano.

Entonces clavé la hoja en la rueda delantera y sentí una gran satisfacción al oír el silbido del aire que se escapaba. Hice lo mismo con las otras ruedas antes de arrastrar la hoja por los laterales, arañando esa pintura perfecta. Luego me senté en el bordillo junto al lado del copiloto y esperé.

Al cabo de unos veinte minutos, se oyeron pasos que se acercaban.

Al principio, el señor Kotham no se percató del daño y tampoco de mi presencia cuando me acerqué sigilosamente por detrás. Estaba demasiado ocupado buscando las llaves, toqueteando la cerradura de la puerta con torpeza. Seguramente, esa noche se había olvidado las gafas.

Mejor para mí.

Lo agarré por detrás, le rodeé el cuello con mi cinturón y apreté hasta que se le clavó en la piel. Inmediatamente empezó a ahogarse y a forcejear. Pero era torpe y débil. No tenía ninguna posibilidad.

—No voy a matarte esta noche, Kotham —dije, manteniendo mi voz lo más baja y ronca posible para disimularla—. Pero si vuelvo a verte tocar a Jessica Martin, lo haré. Te mataré y enterraré tu cuerpo en el bosque.

Tosió y se atragantó, le aflojé el cinturón lo suficiente para que pudiera respirar un poco.

—¿Kyle? —jadeó.

Aún mejor que pensara que era el novio de Jessica, sería mucho menos probable que denunciara eso si pensaba que el chico más querido de la escuela estaba detrás.

—Ahora, te sugiero que te busques otro trabajo —espeté—, porque, dentro de unos días, en este instituto todo el mundo tendrá pruebas de que eres un salido.

—Era una amenaza vacía, pero él no lo sabía y se puso tenso, lo que me indicó que tenía mucho que ocultar—. Espero que duermas de pena, pervertido.

Volví a apretar el cinturón, lo suficiente como para estrangularlo. Su cuerpo se quedó flácido y se desplomó sobre el pavimento, inconsciente. Eso me dio el tiempo que necesitaba para volver a escabullirme y regresar a mi coche.

Nunca le conté a nadie lo que pasó esa noche.

Pero Kotham dimitió al día siguiente.