El pago (Losers 2) 21 #3
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Puso los ojos en blanco cuando se corrió, soltando gemidos impotentes que acompañaban cada embestida. Yo no aguanté mucho más que ella.

La penetré tan hondo como pude mientras me corría, sujetándola para que no pudiera escapar de su interior ni una sola gota. Era una mierda primitiva, pero nunca era suficiente: llenarla, impregnarla de mi esencia y dejarla marcada con mi semen.

Mis fuerzas se agotaron, me dejé caer sobre la hierba y la llevé conmigo.

Me rodeó con las piernas y apoyó su pecho contra el mío, con mi polla aún en su interior.

Nuestras respiraciones profundas se acompasaron durante unos minutos mientras nos quedábamos allí tumbados, en silencio, con los ojos cerrados, rodeados por el suave sonido de la brisa y el cantar de los pájaros.

Después de varios minutos de silencio, se movió para apartarse de mí y tumbarse en la hierba a mi lado. Se acurrucó contra mí, apoyando la cabeza en mi hombro mientras yo la rodeaba con el brazo por la espalda.

—¿Lucas? —Su voz era suave y sorprendentemente vulnerable.

Coloqué mi brazo libre detrás de la cabeza para poder mirarla mejor.

—Lo que ha pasado hoy… No es la primera vez que la gente te hace cosas así —dijo, sus ojos no se quedaban quietos, como si quisiera bajar la mirada pero se obligara a no hacerlo—.

Lo sé… Yo te he hecho cosas, he dicho cosas sobre ti que eran tan injustas como lo que ha pasado hoy.

Y lo siento mucho. Ojalá pudiera borrarlo.

Respiró hondo y, por un momento, contuvo el aliento.

No podía creer lo que estaba oyendo. ¿Una disculpa? ¿Para mí? ¿De ella?

La gente no se disculpaba conmigo por nada, pero yo tampoco aceptaba disculpas. No perdonaba a la gente. No tenía sentido.

Con Jess, había decidido que el pasado era el pasado. No iba a hacerme la víctima inocente; yo también había tenido mi parte de culpa en los problemas. Ella había sido una zorra en aquel entonces y no había cambiado mucho cuando nos reencontramos, al menos no al principio.

De alguna manera, en contra de mi mejor juicio, creo que la había perdonado sin darme cuenta. Pero ahora que se estaba disculpando, podía ver la preocupación en su rostro, el miedo a haberse abierto, a haberse obligado a ser vulnerable, aunque el resultado pudiera ser doloroso.

No esperaba que la perdonara. Ni siquiera podía mirarme.

Me incorporé y ella también.

—Vale, espera, tengo que guardarme la polla para esto.

Me quité un peso de encima cuando mi comentario le arrancó una sonrisita. Me sentía muy incómodo con conversaciones como esa. Sinceramente, no recordaba la última vez que alguien me había pedido perdón, y no sabía cómo reaccionar ahora que ella lo había hecho.

Se había puesto a arrancar la hierba; pellizcaba las briznas entre sus dedos, nerviosa.

Necesitaba decir algo, pero primero tenía que averiguar qué demonios estaba sintiendo.

No estaba enfadado. Estaba nervioso, porque estaba confundido y me había pillado desprevenido.

Pero me sentía… ¿Aliviado? ¿Validado? ¿Seguro?

No sabía cómo demonios llamarlo, pero no era una sensación desagradable.

—No tienes que perdonarme —dijo a toda prisa, interrumpiéndome cuando abrí la boca para responder—. Sé que el que te pidan perdón te pone en la situación de tener que dar algún tipo de respuesta, pero no tienes por qué hacerlo. Solo quería que lo supieras. Lo siento de verdad.

—Joder, Jess. —Me froté la nuca, intentando encontrar las palabras adecuadas, pero no sabía cómo aceptar una disculpa, así que intenté pensar en cómo había reaccionado Manson cuando le pedí perdón—.

Lo entiendo. Yo también puedo ser un capullo.

Creo que cuando… cuando has pasado mucho tiempo sintiéndote fuera de control, sintiendo que otras personas dirigen tu vida, acabas haciendo casi cualquier cosa para recuperar parte de ese control.

Incluso si eso significa dar media vuelta y hacer daño a otras personas.

Eso no lo hace aceptable… —La miré y vi que me estaba observando, esperando, con una mirada de vulnerable esperanza en su rostro que me hizo querer abrazarla—.

La gente no se disculpa conmigo, Jess, así que esto es territorio desconocido para mí, ¿vale?

Pero acepto tus disculpas. Gracias por… por decir eso.

—Las acciones significan más que las palabras —dijo, dedicándome una pequeña sonrisa—. Te demostraré que lo digo en serio.

Ya lo estaba haciendo muy bien.

—Ven aquí.

La cogí en brazos y la senté entre mis piernas para poder abrazarla con su espalda contra mi pecho. Apoyé mi cabeza contra la suya, saboreando ese dulce aroma a fresa de su cabello.

—Bueno, ya que estamos con las confesiones… Supongo que te diré algo que probablemente deberías saber. En el instituto, cuando le rompí la botella en la cabeza a Alex… fue porque estaba hablando mal de ti, Jess.

Se puso tensa y giró la cabeza para mirarme con sorpresa.

—Espera… ¿Qué? Lucas, tú me odiabas entonces. No me soportabas. No te culpo, pero… —Sacudió la cabeza lentamente—. ¿Por qué lo hiciste?

Yo mismo apenas lo entendía, pero tenía que intentar explicárselo.

—Supongo que te odiaba, tanto como tú a mí. Pero creo que era un poco protector con ese odio. Cuando le oí hablar de ti, estaba presumiendo de que Kyle le había enseñado unas fotos tuyas…

—Lo sabía —siseó—. Sabía que Kyle se las había enseñado. Siempre lo negó. —Cerró los ojos un momento, tratando de asimilar en silencio lo que sentía—. ¿Por qué lo hiciste? O sea… Te expulsaron por eso, Lucas.

Me encogí de hombros.

—Odiaba ese instituto de todos modos, solo me quedaba por los chicos. Así que, ya sabes, vi la oportunidad y la aproveché.

Pero no parecía que me creyera, al menos no tal y como yo se lo contaba. Tampoco estaba siendo del todo sincero. No le dije lo mucho que me había cabreado escuchar a Alex hablar de ella, hasta el punto de que habría hecho lo mismo incluso si en vez de él hubiera sido mi mejor amigo.

—Supongo que me has estado protegiendo durante más tiempo del que pensaba, ¿eh? —comentó, con un rubor encantador en las mejillas.

—Supongo que sí. Los perros guardianes nunca dejan de estar de servicio —respondí.

Miré nuestras manos, entrelazadas sobre su regazo. Sus dedos eran mágicos, pero no solo porque podían darme placer. Ella sabía cómo tocarme cuando estaba enfadado, cuando tenía miedo. Ni siquiera estaba seguro de cuándo había aprendido a hacerlo, o si simplemente era algo natural en ella.

—¿Nunca? —preguntó.

Tardé un momento en darme cuenta de lo que me estaba preguntando, pero cuando respondí, lo dije de verdad.

—Nunca.