21 #2
Era sorprendentemente difícil llevar a cabo esta especie de comunicación «abierta y honesta». Me ponía nervioso, como si necesitara levantarme y salir corriendo en lugar de seguir hablando.
Me volví hacia ella, mostrando los dientes y tirando del labio inferior hacia abajo, esperando que se estremeciera de asco.
Mis dientes no eran bonitos, sobre todo los de la mandíbula inferior. Estaban torcidos y los tenía desalineados, amarillentos por el exceso de café y cigarrillos. Así que los ocultaba. No sonreía mostrando los dientes. Apenas me atrevía a separar los labios.
—Tengo la boca destrozada —dije, encogiéndome de hombros mientras volvía a darme la vuelta—.
Mi familia nunca tuvo dinero para ortodoncias ni para ningún tratamiento dental.
Hace unos años tuve que sacarme seis dientes porque estaban muy mal.
—Carraspeé, incómodo—. Es fea, Jess, no hay otra forma de decirlo.
Esta vez, cuando me tocó la cara, fue para girarla hacia ella. Me agarró la mandíbula con los dedos y me inclinó la cabeza hacia abajo para darme un beso exigente. Yo le agarré la cintura y ella abrió las piernas y me bajó la mano para ponerla sobre su muslo.
—Escúchame —pidió cuando se separó de mi boca y yo me quedé sin aliento, deseando más—.
Me gusta tu sonrisa. Me gustan tus dientes torcidos.
Me gustan las cosas obscenas que dices. —Me mantuvo cerca, agarrándome la camisa.
Dios, ansiaba ese lado ardiente de ella, cuanto más exigente, insistente y segura se mostraba, más la deseaba—.
Me gusta cómo me hace sentir cuando me enseñas los dientes y me muerdes…
—Me incliné hacia su cuello e hice precisamente eso; ella gimió y yo le recorrí la pierna con los dedos, subiéndole la falda—.
Amo cómo me tocas… Cómo me haces sentir…
¿Se había dado cuenta de que había pasado de decir «me gusta» a «amo»? Porque yo sí que me había dado cuenta. La palabra me atravesó la piel como una aguja, pero la droga que fluía por mis venas no era veneno.
Qué palabra más desesperada, más anhelada. Qué palabra tan bonita… Menuda idea más hermosa.
La empujé hacia atrás, prácticamente subiéndome encima de ella mientras le mordía la suave carne de su hombro, agarrándola y apretándola cada vez que ella gemía y se retorcía.
Normalmente, cuando me sentía tan perdido, tenía a Manson para llevarme, para guiarme a través de la ira de vuelta a la realidad. Él sabía cómo centrar mi mente, cómo redirigir mi atención y mantenerla. Pero Manson no estaba allí, y yo seguía necesitando esa válvula de escape para liberarme.
Jess se detuvo y yo levanté la cabeza para mirarla a la cara. Me observaba con una sonrisa, con una pequeña y astuta sonrisa que hacía brillar sus ojos verdes.
—Arrodíllate —ordenó. Su voz era suave, pero sus palabras firmes, y eso hizo que algo dentro de mí se tensara con anticipación—. Ponte de rodillas.
La miré fijamente, sin moverme. Esto era nuevo. Superarla y dominar sus resistencias siempre había sido lo habitual, un deseo que, al parecer, tanto ella como yo compartíamos. Nunca antes había intentado tomar el mando, pero escuchar ese tono autoritario en su voz era tremendamente sexy .
—¿Por qué debería hacerlo, nena? —le pregunté, gruñendo las palabras en su boca mientras volvía a besarla.
Pensaba que besar no era para mí, con la excepción de Manson, porque, joder, lo que podía hacer con la lengua me volvía loco, pero Jess también se había convertido rápidamente en esa excepción.
Todo su cuerpo se movía cuando me besaba; se fundía contra mí como cera caliente, llenando cada hueco dentro de mí.
—Porque estás distraído —dijo—. Estás sufriendo. Estás enfadado. Déjame…
Volvimos a detenernos, sin aliento.
Sus labios rozaron los míos y apenas pude abrir los ojos para mirarla. Era demasiado hermosa, demasiado perfecta. Si la miraba, desaparecería como un espejismo.
Me acarició la cabeza con la palma abierta, deteniéndose en la parte posterior de mi cráneo.
—Te deseo… —dijo.
—No deberías. Soy repugnante. Jodidamente asqueroso.
Ella sonrió con malicia.
—Me gustan los chicos repugnantes.
Nuestras miradas se cruzaron. La suya ardía de deseo, de necesidad, exigiéndome más, pero también ofreciéndome un escape, abriéndome la puerta a un refugio que no sabía que existía.
—¿Quieres que me arrodille? —pregunté.
—Ahora. —Su voz transmitía la misma confianza inquebrantable que había escuchado en ella durante tantos años.
Esa voz llena de desdén que le había permitido caminar por los pasillos del instituto Wickeston con la cabeza alta, sin temer a nadie. Inamovible en su autoridad.
Esto era nuevo, sin duda. No sabía qué pensar, solo que me gustaba y que hacía que mi dispersa mente se centrara de repente en una sola cosa: ella.
Me bajé de la cama del maletero y me arrodillé en la hierba, justo al borde del vehículo.
Estaba ligeramente húmeda, suave al poner las rodillas sobre ella.
Eso situó sus piernas abiertas a la altura de mis ojos, y se me hizo la boca agua.
Imágenes de enterrar mi cabeza bajo su falda e inhalar el aroma perfecto de su coño llenaron mi cerebro.
La miré: esos ojos verdes con las pupilas dilatadas, esa sonrisa maravillosamente sádica… Joder, ¿cuándo había aparecido ese lado de ella? Quizás siempre había estado ahí, quizás todos lo habíamos intuido y había necesitado un poco de tiempo para hacer su primera aparición.
Deslizó el dedo por su muslo, las uñas acrílicas de color azul brillante enganchándose bajo el dobladillo de la falda mientras se la subía. Fue una puta provocación cuando abrió un poco más las piernas, con las bragas que apenas la cubrían.
—No te acostumbres a mandar —le dije—. Esta vez te lo voy a dejar pasar.
Arqueó una ceja perfecta y me dedicó una sonrisa burlona que hizo que quisiera devorarla. Sus muslos temblaban, su respiración se aceleraba. Estaba tan cachondo que podría haberla partido en dos.
—Sigue diciéndote eso —dijo ella—. Haz algo útil mientras estás ahí abajo. Vamos. Cómemelo.
—Será un placer, joder.
Le aparté las bragas a un lado y cerré la boca sobre ella. Ya estaba mojada, resbaladiza bajo mi lengua cuando la exploré.
—Para.
Me incorporé de un tirón. Su orden fue enérgica, pero la forma en que me miraba… Tenía las mejillas sonrosadas, los labios entreabiertos y respiraba entrecortadamente.
Le había encantado, pero aun así me hizo parar. Estaba ejerciendo su poder para hacerme obedecer.
La agarré por los muslos y la atraje hacia mí con un gruñido. Extendió la mano, me agarró la cara y me obligó a mirarla a los ojos.
Joder, qué afiladas tenía las uñas.
—No me gruñas —ordenó con ese mismo tono increíblemente enérgico. Joder, qué sexy era—. Pórtate bien.
Desesperado, liberé un brazo para abrirme los vaqueros y darle espacio a mi polla para que se estirara. Más valía que nadie pasara por allí, porque si lo hacían iban a ver un auténtico espectáculo.
—Adelante —me dijo—. Empieza otra vez.
Gemí mientras se lo comía. Era tan celestial que no quería parar nunca; quería que se quedara allí, bajo mi lengua, hasta que se retorciera. Me agarró la cabeza, animándome mientras me mantenía allí.
Me masturbé, estremeciéndome de placer cuando ella se rio.
—¿Te he dicho que pudieras tocarte? —dijo.
Puta mocosa.
Seguí acariciándome para ver si se atrevía a decirme que parara, pasando mi lengua por su clítoris hasta que sus piernas temblaron en mis brazos.
—Mm, entonces sabes que estás siendo desobediente —comentó, enderezándose un poco para poder inclinar mi cabeza hacia atrás, apartando mi boca de ella.
Me pasé la lengua por los labios, saboreando su exquisito sabor.
La vi temblar. Era obvio que deseaba que continuara, a pesar de su bravuconería para hacerme obedecer.
—Eres una puta de mierda. Sabes que quieres más —le solté.
—Y a ti te gustan las putas, ¿verdad, guarro?
Quizá fuera una respuesta traumática, de estar fatal de la cabeza, pero la humillación, la vergüenza, el dolor…
Todo eso me ponía cachondo. El resto de mi cuerpo podía estar nadando en vergüenza, empapado en ira, y mi polla seguiría respondiendo a la ocasión.
Por eso Manson podía manejarme tan bien; se alimentaba de la degradación.
Podía decirme cosas por las que habría golpeado a cualquier otra persona, pero de sus labios eran eróticas, irresistibles.
Ahora sentía lo mismo con sus palabras obscenas.
—Joder, nena, sigue hablando así —le dije, mirándola desde entre sus piernas—. Si sigues así vas a hacer que me corra.
Quería hundirme en ese coño celestial y follármela hasta que gritara.
Abrió un poco más las piernas, pero mantuvo mi cabeza inclinada hacia atrás.
—¿Ah, sí? ¿Te gusta que te hable así? —Se rio, y el sonido me provocó un cosquilleo en la columna vertebral—. Eres un puto cerdo, cachondo porque una chica te humille. Patético.
Me zafé de su agarre, cerré la boca sobre ella y le comí el coño como si fuera mi última cena. Jadeó y sus protestas murieron en su garganta cuando el placer la invadió.
—Joder, Lucas. —Le temblaban las palabras, pero aun así se las arregló para burlarse de mí—. ¿Te gusta cómo sabe? —Asentí con la cabeza, sin soltarla ni un segundo; cuanto más excitada estaba, mejor sabía—. ¿Quieres más? ¿Quieres follarme?
Asentí de nuevo, con la polla temblando de ganas por estar dentro de ella. Ella se empujó contra mi boca, frotando su coño contra mi lengua.
—Por supuesto que eso es lo que quieres, pervertido.
Contuvo el aliento, mirándome con un brillo malicioso en los ojos antes de escupirme en la cara.
Eso desató a la bestia y, una vez libre, ya no había forma de volver a encerrarla en su jaula. Me puse de pie tan rápido que ella gritó, la levanté y la penetré. Se agarró a mis hombros, envolviéndome con las piernas mientras yo la agarraba por las caderas y la follaba con fuerza.
—Te advertí que no te acostumbraras —le gruñí, ignorando sus gritos suplicantes mientras su coño se encogía a mi alrededor.