21
Lucas
Solo con mirarlo, supe que el imbécil del policía iba a usar esto como excusa para alimentar su patético ego.
Cuando me agarró las manos y me las esposó, lo hizo con tanta fuerza que me retorció el hombro. Pero no le dejé ver que me había hecho daño. La verdad es que apenas lo sentí. Tenía tanta adrenalina que, aunque me hubiera disparado, lo más probable es que ni lo hubiera notado.
El pánico me invadió de tal manera que no podía respirar, apenas podía pensar. Lo único a lo que podía aferrarme para mantener la cordura era a Jess: ella estaba allí, estaba conmigo y, joder, esa chica estaba armando un escándalo.
—¡Esto es absolutamente indignante! —exclamó, señalando con el dedo al torpe del guardia.
Nos habían llevado a la oficina de seguridad y nos habían hecho esperar allí mientras el oficial iba a comprobar las cámaras de seguridad de la tienda. El guardia seguía murmurando algo sobre formularios y procedimientos, pero Jess no estaba dispuesta a aceptarlo.
—¿Ya no se aplica en este país la presunción de inocencia hasta que se demuestre lo contrario? ¡Nos están reteniendo contra nuestra voluntad! ¡Esto es intimidación y acoso!
A pesar de lo horrible que era la situación, no pude evitar sonreír. Estaba poniendo al guardia muy nervioso. El hombre no dejaba de girar el bolígrafo entre los dedos con aire despreocupado, pero se le caía, carraspeaba y daba excusas cada vez más débiles.
—No está detenida, señorita, puede marcharse…
—¡Sin mi novio yo no me voy a ningún lado! —espetó.
Nunca me había llamado así. Probablemente fuera algo extraño en lo que fijarse, pero en ese momento aceptaba cualquier distracción que pudiera encontrar. Ya estaba tan alterado que lo único que consiguió fue añadir aún más adrenalina a la mezcla.
Novio. Vaya. Podría acostumbrarme a eso.
Me gustaba.
—Señorita, necesito que se calme —dijo el guardia.
Su bigote fino como un lápiz parecía un gusano sobre su labio superior. Jess apoyó las manos sobre su escritorio e inclinó el cuerpo hacia él. Era como si estuviera canalizando toda la energía de reina malvada que podía reunir.
—No se atreva a decirme que me calme —siseó—. Si no llama a ese policía y averigua lo que está viendo en esas cintas de seguridad ahora mismo, llamaré a mi abogado.
No tenía abogado, que yo supiera.
El guardia tartamudeó, revolvió entre los papeles y dijo algo sobre un formulario. Pero cuando ella sacó su móvil del bolsillo trasero, él pulsó su walkie-talkie de inmediato.
—Agente Madden, ¿tenemos alguna novedad para el señor Bent y la señorita Martin?
Segundos después, el walkie-talkie crepitó.
—Tenemos una grabación de dos jóvenes metiendo el perfume en el bolso. El sospechoso no parece haberlas visto hacerlo —dijo alguien al otro lado.
El guardia tragó saliva con dificultad y me miró de reojo. Probablemente parecía que iba a matarlo. Tendría mucha suerte si no lo hacía.
Era como si estuviera caminando en piloto automático hasta que llegamos a mi coche.
Recuperé la conciencia una vez que me puse al volante, pero solo un poco.
La cabeza me daba vueltas, mi torrente sanguíneo era un cóctel de sustancias químicas inducidas por el estrés que no desaparecía con facilidad.
Persistía, haciendo que me temblaran las manos y se me revolviera el estómago.
Apretaba el volante con tanta fuerza que me dolían las manos mientras aceleraba por la autopista. Cada latido de mi corazón era insoportablemente fuerte.
Hacía calor, tanto que el sudor me goteaba por la espalda. Por mucho que subiera el aire acondicionado, no era suficiente.
Jess dijo algo, pero mis oídos no podían entender las palabras. Estaban ahogadas por la ira, por una rabia sofocante y asfixiante.
Mi único alivio era ver cómo el cuentakilómetros subía cada vez más mientras conducía a toda velocidad por la autopista.
Siempre pasaba lo mismo. Por mucho que me esforzara, por mucho que cambiara o prometiera mejorar, el mundo siempre me daba una razón para volver a hundirme. Le habría dado una paliza a ese policía si Jess no me hubiera detenido; probablemente me habrían llevado a la cárcel o me habrían matado.
Pero esa era la cuestión. Esa gente no estaría satisfecha hasta que encontraran la manera de hacernos desaparecer.
Se sentaban en sus iglesias y gritaban «¡amén!
» al amor y al perdón, antes de dar media vuelta y utilizar todos los medios a su alcance para hacer pagar a aquellos que no aprobaban por el simple hecho de existir.
No bastaba con mantener la cabeza gacha e intentar desaparecer entre la multitud.
No, ellos te olfateaban y te convertían en el villano.
Un Civic nuevo y reluciente intentaba seguirme el ritmo mientras conducía, acelerando a mi lado y dejando claro que quería correr. Le hice un gesto con la cabeza y ambos redujimos ligeramente la velocidad hasta que circulamos uno al lado del otro a la misma velocidad.
Había una tormenta en mi pecho sin ningún sitio a dónde ir. La presión iba en aumento y necesitaba una válvula de escape; necesitaba hacer algo, cualquier cosa, para deshacerme de ese sentimiento.
El Civic tocó el claxon al ritmo, una vez, dos veces… A la tercera, pisé el acelerador a fondo.
Jess soltó un grito ahogado cuando El Camino rugió impulsándose hacia adelante, adelantando al Civic sin esfuerzo. Apenas era competencia para mí.
No era suficiente, no era suficiente, joder.
—Lucas, tienes que parar —pidió Jess.
Su voz era tranquila y serena, sus ojos clavados en mi perfil. Reajusté mi mano, apretándola sobre la palanca de cambios. No necesitaba que me dijeran qué hacer.
Se inclinó y puso su mano sobre mi brazo.
—Lucas, estás dando bandazos. Estás enfadado. Frena para que puedas calmarte.
La resistencia instintiva que surgió en mí no fue lo suficientemente fuerte como para desafiarla. Salí de la autopista y conduje por una tranquila calle residencial. La estrecha carretera me obligó a reducir la velocidad, que, hay que reconocerlo, había llegado a niveles peligrosos.
Manson me mataría si se enterara de que había conducido así, sobre todo con Jess en el coche.
En el momento en que ese pensamiento me asaltó, me invadió la vergüenza.
¿Qué me pasaba? Había dejado que la ira se apoderara de mí, había perdido el control cuando debería haber sido lo suficientemente maduro para manejarlo.
Después de conducir sin rumbo fijo durante unos minutos, me desvié por un camino de tierra.
Conducía hacia el interior de los campos, pero aparqué a un lado, bajo las ramas bajas de un enorme y viejo roble.
Apagué el motor, apreté las manos con fuerza sobre las rodillas y cerré los ojos mientras me concentraba en respirar.
Los dedos de Jess me apretaron el brazo, un gesto tranquilizador que ni siquiera sabía que necesitaba. Su contacto me devolvió a la realidad y finalmente abrí los ojos.
—Salgamos —dijo, empujándome hacia la puerta—. Vamos.
Me desorientaba salir a un lugar desconocido cuando ya estaba tan nervioso, pero Jess me tomó de la mano y me acompañó hasta la parte trasera del coche.
El sol estaba bajo en el cielo, proyectando rayos rosados y anaranjados a través de las nubes.
Los campos a nuestro alrededor estaban en silencio, solo se oía el susurro de la hierba y el sutil zumbido de los insectos.
Abrimos la puerta trasera del coche y nos sentamos en el maletero. Jess se acercó a mí y apoyó la cabeza en mi hombro sin decir nada. Era un gesto muy sencillo, pero significaba más de lo que ella podía imaginar.
No me había abandonado. No había huido cuando todo se fue a la mierda, aunque podría haberlo hecho.
No había nada que la retuviera allí excepto el deseo de protegerme, lo cual me parecía demasiado extraño como para creerlo.
Pero lo había visto con mis propios ojos.
Había oído sus palabras. Había sentido cómo me agarraba la mano y me sacaba de allí porque yo estaba demasiado aturdido por la ira como para encontrar la salida.
Por eso lo intenté, y por eso tenía que seguir intentándolo incluso cuando era horrible. Por ella. Por todos nosotros.
La ira cegadora se había desvanecido, pero en su lugar quedaba la aprensión.
No había dicho ni una palabra en la oficina de los de seguridad porque no me había atrevido.
Si me hubiera movido, si hubiera abierto la boca, habría empeorado mucho las cosas.
Pero eso había dejado a Jess sola para manejarlo todo, y me habría dado una bofetada por haberle hecho eso.
Me las arreglé para disculparme. Las palabras me resultaron pegajosas y espesas en la boca.
—No debería haber conducido así. —La rodeé con los brazos, abrazándola con fuerza, y luego aún más fuerte a medida que pasaban los segundos. Dios, no quería arruinarlo todo y cometer un error que la alejara de mí—. Gracias por decírmelo.
—Lo entiendo —dijo, con voz suave y apagada contra mi pecho, antes de que yo aflojara el abrazo—.
No te culpo por estar enfadado, Lucas. Yo también lo estoy.
La próxima vez que vea a Danielle o a Candace…
—Se crujió los nudillos contra la palma de la mano, con una mirada tan feroz en el rostro que no pude evitar reírme.
No es que no la encontrara intimidante; era todo lo contrario. Jessica enfadada era despiadada y me encantaba.
—No te metas en peleas —le pedí—. Al menos no sin mí, ¿vale?
—Vale. Esperaré a que estés conmigo para que puedas disfrutar del espectáculo. —Esa idea me hizo sonreír, y ella me acarició la mejilla con los dedos antes de decir en voz baja—: Me gusta cuando sonríes.
La expresión desapareció rápidamente en cuanto lo señaló. Lo dijo con tanta ternura que mi cara empezó a arder, como si no estuviera ya sudando lo suficiente.
—No me gusta mucho mi sonrisa —dije.
Era una frase que en realidad no debería haberme molestado en pronunciar. ¿Qué cojones quería conseguir con eso? ¿Compasión? Pero chasqueó la lengua, no como si me compadeciera, más bien como si pensara que estaba equivocado.
—¿Por qué no?