El pago (Losers 2) 20 #2
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20 #2

Suspiró con fuerza y lanzó una mirada de ira a otra pareja que pasaba junto a nosotros. Era como si viera una amenaza en todo y en todas partes. Debía de ser agotador estar tan tenso, estar siempre atento al peligro.

—El padre de Vincent avisó a Manson —dijo por fin—.

Reagan ha estado intentando causar problemas por el pueblo.

Difundiendo mentiras, rumores. No sé qué más.

Ninguno de nosotros lo sabe. Pero no vamos a arriesgarnos a que te encuentres con la persona equivocada y todo se vaya al garete.

Como dije, no te preocupes. Estás a salvo.

Me tocó el brazo con suavidad mientras lo decía, sus dedos callosos recorriendo mi piel.

Por muy aterradoras que fueran esas palabras, sabía que con él estaba a salvo.

No tenía ninguna duda. Pero me dolía verlo tan nervioso.

Todos habían estado trabajando muchas horas desde que regresamos de las montañas, pero el agotamiento en su rostro era evidente.

—Vamos —me animó—. No te obsesiones con esas tonterías. Vamos a comprarte ropa interior bonita que yo pueda romper.

En un intento por distraerlo de su nerviosismo, insistí en que él eligiera qué braguitas comprar.

Verlo rebuscar entre los cajones de lencería con volantes, con los ojos entrecerrados y muy concentrado, no tenía precio.

Para mi sorpresa, las que eligió encajaban perfectamente con mi estilo, como si las hubiera elegido yo misma.

Colores vivos, bordes de encaje, estampados bonitos.

Lo pagó todo, sacando su tarjeta antes de que yo pudiera siquiera meter la mano en el bolso.

—¿Cómo se llamaba ese pintalabios tan elegante que estropeé? —preguntó mientras nos íbamos cogidos de la mano.

Insistió en llevarme las bolsas y ahora iba cargado no solo con mi bolso, sino también con varias bolsas rosas que contenían la lencería que había comprado.

—La marca se llama MAC —le dije, riéndome ante su descripción—. ¿Seguro que quieres entrar en una tienda de maquillaje conmigo? Es un territorio peligroso. Podría pasarme horas ahí metida.

Se encogió de hombros.

—Entonces pasaré horas contigo.

Lo dijo con mucha naturalidad, como si de verdad no le importara seguirme con todas mis bolsas en el brazo. Kyle solía enfadarse bastante por lo mucho que tardaba cuando iba de compras, pero elegir maquillaje era un asunto serio.

Nos reunimos otra vez con Julia en la tienda de maquillaje. Echamos un vistazo juntas, con Lucas siguiéndonos de cerca. No se pegaba tanto a Julia, pero tampoco nos perdía de vista ni un momento.

Por desgracia, tenía motivos para estar tan tenso.

Al girar por otro pasillo, me encontré cara a cara con Danielle y Candace.

No nos dijimos nada, pero la tensión en ese pasillo aumentó hasta el punto de que prácticamente me hacía vibrar los huesos. Haciendo todo lo posible por ignorarlas, seguí buscando el producto que quería, aunque eso significara quedarme justo a su lado.

Pero Danielle no pudo mantener la boca cerrada.

—Da miedo lo poco estricta que se ha vuelto la seguridad aquí —comentó, hablando con Candace y soltando un profundo suspiro.

Me enfadé de inmediato, a pesar de que Julia me hizo un gesto con la cabeza para que me callara, no creí que pudiera contenerme—.

Ahora dejan entrar a tantos raritos que ya ni siquiera me siento segura.

Cuando me reí, ambas me miraron como si no se hubieran dado cuenta de que estaba allí. Pero yo conocía los trucos de su mezquino jueguecito. Los insultos casuales, la falsa inocencia… Lo odiaba.

—Oh, lo siento, ¿te he asustado? —solté—. Sabía que eras una cobarde, Danielle, pero ahora pareces una paranoica.

Me miró con la boca abierta. Quizá esperaban que me quedara callada, pero si querían intercambiar insultos, yo no iba a echarme atrás.

—Uf, vámonos —dijo Danielle, dejando la paleta que estaba mirando.

Se apretujaron a nuestro alrededor y Candace chocó con torpeza con Lucas al pasar. Él apenas le dirigió una mirada.

—Ah, no hay nada como el hedor de la inseguridad —dijo Julia.

Eso consiguió arrancarle algo parecido a una risa a Lucas, solo exhaló un poco más fuerte de lo habitual, pero para mí fue lo suficientemente parecido a una risita.

Nos paseamos por allí un poco más antes de dirigirnos a la caja para pagar. Cuando nos dirigimos a la puerta y sonó la alarma al cruzarla, no le di importancia. Probablemente se habían olvidado de quitar la etiqueta de uno de los artículos al cobrarnos.

Un guardia de seguridad acompañó a la empleada que se acercó a nosotros para comprobar nuestro recibo. El guardia se quedó cerca, mirando a Lucas con recelo. El empleado quería ver el interior de nuestras bolsas de la compra y la gente empezaba a mirarnos.

—¿Todo esto es realmente necesario? —pregunté, exasperada por lo mucho que estaba tardando.

Dejaron que Julia saliera, y yo sabía que tenía prisa por llegar a casa para prepararse para el trabajo. Estaban tardando tanto que al final le hice señas para que se fuera. Yo volvería a casa con Lucas. No parecía muy contenta de dejarnos allí.

Pues vaya con la «poca» seguridad de este lugar.

—Es el procedimiento habitual, señorita —dijo el guardia de seguridad.

Tenía una mano apoyada en su pistola eléctrica y a mí me empezaban a sudar las palmas de las manos. La gente nos miraba como si ya fuéramos culpables. Sentía las miradas, oía los susurros.

Lucas había bajado la cabeza, tenía los pulgares enganchados en los bolsillos y apretaba tanto la mandíbula que le palpitaba un músculo de la mejilla. El empleado revisó todas nuestras bolsas de la compra, pero luego quiso ver el interior de mi bolso, que llevaba Lucas.

—¿Quiere su bolso? —preguntó Lucas, alzando la voz con frustración.

El guardia de seguridad se acercó y murmuró algo en su walkie-talkie .

—No pasa nada. No me importa, Lucas, está bien.

No teníamos nada que ocultar. Era raro e incómodo, y yo quería terminar con aquello lo antes posible.

Lucas respiraba profundamente, cada vez más tenso. Me entregó el bolso con una mirada de furiosa resignación.

Mis ojos se abrieron como platos cuando la empleada metió la mano y sacó un frasco grande de perfume en una elaborada botella de cristal. No lo habíamos pagado. Ni siquiera habíamos mirado los perfumes.

—Tiene que haber algún tipo de error —dije.

Pero el guardia agarró a Lucas por el brazo y él se echó hacia atrás de golpe, haciéndole perder el equilibrio. El hombre tropezó, la gente se quedó sin aliento y, en cuestión de segundos, sacó su pistola eléctrica.

—¡Alto! Alto, por favor, esto es un error —exclamé, colocándome desesperadamente entre Lucas y el guardia, incluso con la pistola eléctrica apuntándome directamente.

Lucas respiraba tan fuerte que podía sentir cómo temblaba contra mi espalda. El guardia volvió a decir algo por su walkie-talkie , algún tipo de código, antes de llamar a un «oficial».

—¿Es este su bolso, señorita? —preguntó la empleada.

—Sí —respondí—. Pero nosotros no…

—He llevado su bolso desde que llegamos —dijo Lucas—. Ella no tiene nada que ver con esto, ni siquiera ha tocado el bolso desde que entramos en la tienda.

—¡Tú no lo has robado, Lucas! —espeté.

¿Cómo demonios había sucedido esto? ¡Un frasco de perfume no se cae solo de la estantería!

Pero entonces recordé que Candace se había chocado con él al salir. Eso era. Tenía que ser eso. Ella debió meter el frasco en el bolso.

—Nos han tendido una trampa —dije y al escuchar mis propias palabras, me parecieron muy débiles, como una terrible mentira—. Revisen las cámaras, por favor. Él no cogió ese perfume.

—Vamos a necesitar que se aparte, señorita.

Sentí un vuelco en el estómago. El agente al que había llamado el guardia había llegado, un policía armado que observaba a Lucas como si fuera una bomba a punto de explotar.

Cuando me giré y miré hacia atrás, comprendí por qué. Lucas estaba acorralado en una esquina cerca de la puerta, con los ojos muy abiertos y los puños apretados. No pensaba con claridad; lo veía en sus ojos: la ira desenfrenada y el miedo se habían apoderado de él.

—Señor, por nuestra seguridad, voy a necesitar que se dé la vuelta y ponga las manos detrás de la cabeza.

Todo el cuerpo de Lucas se estremeció.

—Que te jodan.

—Lucas, está bien, está bien, por favor. —Lo agarré por los brazos, a pesar de que el guardia me había dicho que me apartara—. Mírame. Escucha. Vas a estar bien. No has hecho nada malo.

—Retroceda, señorita.

—Señor, si sigue resistiéndose, estoy autorizado a usar la fuerza.

Puse la mano sobre la mejilla de Lucas y le giré la cabeza para que me mirara. Dios, temblaba mucho.

—Escúchame. Todo va a salir bien. No te voy a abandonar. No has hecho nada malo. Solo… —Odiaba lo que estaba a punto de decir, sabía que él también lo odiaría, pero no teníamos otra opción—. Haz lo que te dice, Lucas. Por favor.

Su rostro se crispó, y esa mirada de dolor me partió el corazón. Pero asintió lentamente. Cuando di un paso atrás, cerró los ojos antes de darse la vuelta y poner las manos detrás de la cabeza.