20
Jessica
Me despertaron los besos de Manson. Me dio un beso en el cuello, luego otro en la mejilla, y cuando gemí suavemente y me di la vuelta, me besó en la boca hasta que me derretí por completo.
—No te vayas —le pedí, somnolienta.
Ni siquiera tenía los ojos completamente abiertos, pero mi cama estaría muy vacía sin él.
—Lo siento, ángel —se disculpó, acariciándome el cuello con la nariz—, pero tengo que irme antes de que tus padres se den cuenta de que estoy aquí. Creo que, si tu madre me encontrara aquí, me cortaría los huevos.
Siguió besándome hasta que mis gemidos de protesta se convirtieron en risitas. Se marchó por la ventana y yo me senté para verlo marchar, besándolo otra vez mientras se agachaba en el saliente del tejado junto a mi ventana.
Mis padres estaban despiertos; podía oírlos abajo. Esperaba que ninguno de los dos saliera en los próximos minutos y viera al hombre en su tejado, besando a su hija a través de la ventana abierta.
—Deberías venir hoy —sugirió, poniéndome una mano en la mejilla.
A pesar de estar recién levantado, sus ojos brillaban con energía y tenía una sonrisa juguetona en la cara.
—Iré más tarde —dije—. Le prometí a Julia que hoy iría de compras con ella.
Una expresión rara cruzó su rostro tan rápidamente que casi no la vi: frunció el rabillo de los ojos y la boca, un destello de preocupación.
—¿A dónde vas? ¿Al outlet de Wickeston?
Asentí con la cabeza.
—No te preocupes. Julia vendrá a recogerme. Estará conmigo todo el tiempo. —Pero aún podía ver la preocupación en sus ojos—. ¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo?
Al instante, la expresión desapareció, oculta tras su sonrisa ladeada.
—No, no es nada de lo que debas preocuparte. Envíanos un mensaje si nos necesitas, ¿vale?
—Vale.
Se dio la vuelta como para marcharse, pero enseguida se giró, tomó mi cara entre sus manos y volvió a besarme.
Un beso intenso, profundo y posesivo.
—Te quiero, ángel. Pórtate bien hoy —dijo al separarse de mí.
Joder, esas palabras me dejaron sin aliento.
Me hicieron sentir como si estuviera cayendo desde una gran altura y, de repente, empezara a flotar.
Me dio un golpecito en los labios con el dedo, como para recordarme lo que me había dicho la noche anterior: que lo pensara, que me tomara mi tiempo.
Pero Dios, qué fácil me habría resultado corresponderle.
Me asustó lo rápido que esas palabras podían salir de mis labios.
—Me portaré bien —acepté—. Te lo prometo.
Se marchó, bajó al patio trasero y saltó la valla. Se giró para despedirse de mí con la mano mientras caminaba por la acera, y yo le devolví el saludo. Solo cuando dobló la esquina y desapareció de mi vista, me dejé caer sobre la cama y solté un profundo suspiro mientras miraba al techo.
Esto ya no era un juego. Era mucho más.
Él me quería. Por muchas vueltas que le diera a ese momento en el armario, seguía dejándome sin aliento. Era aterrador y extraordinario y…
Apretando una de mis almohadas con todas mis fuerzas, intenté reprimir la sensación de plenitud en mi pecho. Me sentía como una colegiala enamorada, con la mente acelerada, el corazón latiéndome con fuerza y las palmas sudorosas. Y, sin embargo, al mismo tiempo…
Me sentí segura.
Estaba convencida.
Manson quería que esperara, que lo pensara bien, y yo entendía por qué. Cada momento de mi reencuentro con ellos había sido abrumador y nuevo, pero ¿esto? Aún más.
Ya les había dicho a mis parejas que los quería, pero nunca me había sentido así.
¿Qué me había pasado? ¿Cómo me había perdido tan completamente en esto, en ellos? Pero no me sentía perdida, sino que sentía que había encontrado algo, como si estuviera recogiendo pedacitos de mí misma por el camino, ensamblando la versión de mí misma que estaba destinada a ser.
Julia vino a recogerme alrededor del mediodía. Vino en un viejo Cadillac descapotable rojo.
—Perdón por el desorden, tía. Puedes tirarlo al suelo si quieres.
Se rio mientras quitaba botellas de agua, libros y recibos arrugados del asiento del copiloto.
Fuimos al outlet , que estaba al otro lado del pueblo, pero cerca en coche.
Después de contarle a Julia todo lo que pude sobre nuestras vacaciones en las montañas —ella se quejó de que había omitido «todos los detalles jugosos»—, le conté los intentos de mi madre por interferir en mi vida sentimental.
—Tienes que mudarte —dijo sin más—. Sinceramente, eso es muy tóxico. ¿Qué está intentando hacer? ¿Buscarte un matrimonio concertado?
—Créeme, si pudiera, lo haría —me quejé—.
Pero tienes razón. La verdad es que no sé cuánto tiempo más podré aguantar viviendo con ella.
Obviamente, agradezco que me dejen volver a casa, aunque prefiero arruinarme intentando pagar el alquiler en otro sitio.
Pero pronto tendré la evaluación del trabajo y tengo un buen presentimiento al respecto.
Julia me miró emocionada cuando entramos en el aparcamiento del centro comercial.
—¿Sí? ¿Crees que te contratarán a jornada completa? ¡Qué emoción! —Pero, mientras aparcaba, dijo—: Eso significaría que te mudarías a Nueva York, ¿verdad?
—Sí, así es.
Nos miramos, ella con una expresión comprensiva mientras yo suspiraba. Antes, lo único que quería era mudarme lejos de mi pueblo. Ahora, la idea me hacía sentir indecisa.
Las palabras de Vincent aún resonaban en mi cabeza. «A donde tú quieras, cariño».
Atravesábamos el aparcamiento hacia la entrada cuando escuché un sonido agudo de disgusto. Al mirar hacia un lado, vi a Danielle y Candace caminando en la misma dirección, ambas mirándonos con desdén.
—Oh, genial —murmuré entre dientes, apartando la mirada de ellas.
—Ignóralas —dijo Julia con firmeza, me cogió del brazo y echó hacia atrás su melena pelirroja como si fuera una crin de fuego—. Las personas como ellas se alimentan de atención. Cuanta más les des, más querrán.
Tenía razón, pero siempre había odiado huir de las confrontaciones. Si Danielle y Candace tenían algo que decirme, que me lo dijeran. Por suerte para todas, las perdí de vista al entrar.
Las dos teníamos hambre, así que nuestra primera parada fue en la zona de restauración. Estábamos terminando de almorzar cuando Julia se inclinó hacia mí.
—No te des la vuelta, pero tienes un admirador que nos ha estado siguiendo —me dijo en voz baja.
Abrí mucho los ojos.
—Julia, no puedes decirme eso y pedirme que no me dé la vuelta. Suena aterrador.
Se rio.
—Lo siento, lo siento, vale, admito que ha sonado muy espeluznante. Pero, bueno, Lucas es un poco espeluznante.
—¿Lucas está aquí?
Olvidándome al instante de que me había dicho que no mirara, me giré en mi asiento y recorrí con la mirada el patio en el que la gente se sentaba a comer.
Solo tardé un segundo en verlo. Estaba sentado en un banco al otro lado del patio, parcialmente oculto detrás de uno de los altos árboles que daban sombra al pasillo entre las tiendas.
No nos miraba, distraído por algo. Pero cuando volvió la vista y me miró a los ojos, hizo una mueca y se puso de pie.
—Acosadooor —bromeó Julia cuando él llegó a nuestra mesa y apartó la silla que estaba a mi lado.
—No os estoy acosando —dijo, rodeándome con el brazo y sentándome en su regazo. Estábamos en medio de un concurrido patio de comidas, pero parecía incapaz de resistirse a sentarme encima de él—. Estaba aquí por casualidad.
—¿Ah, sí? —pregunté, cruzándome de brazos con escepticismo—. ¿No has venido a hacer de perro guardián?
El gruñido que soltó era muy parecido al de un perro. Me cogió de la barbilla entre el pulgar y el índice y me sacudió un poco la cara.
—No te pongas insolente conmigo, nena. Habría sido un perro guardián perfecto si esta no te hubiera avisado. —Hizo un gesto desdeñoso hacia Julia, que se hizo la ofendida—. Te lo ha dicho ella, ¿verdad?
—No has sido precisamente sutil, Lucas —dijo Julia, suspirando como si su actuación fuera dolorosamente amateur —. Estabas tan ocupado asegurándote de que Jess no te viera que no te molestaste en esconderte de mí.
—¿Alguna vez me has visto ser sutil? —preguntó, y ella se encogió de hombros como si tuviera razón—. No te preocupes, no voy a meterme en vuestro día.
—No te estás metiendo —dije—. Deberías quedarte con nosotras, ya que estás aquí.
Miré a Julia para confirmarlo, pero estaba claro que a ella no le importaba.
—Sí, créeme, será mucho más fácil proteger a tu pequeña si estás a su lado —dijo.
Estaba bromeando, pero por la expresión del rostro de Lucas, a él no le parecía una broma.
Parecía tan serio como siempre, pero era difícil pasar por alto lo nervioso que estaba mientras miraba a nuestro alrededor cuando empezamos a caminar de nuevo.
Estaba constantemente escaneando la multitud, con un brazo sobre mis hombros para mantenerme cerca.
Cuando pasamos por una tienda de lencería, se detuvo.
—Espera un momento —dijo, señalando con la cabeza la tienda—. Creo que los chicos y yo te debemos unos cuantos pares de braguitas nuevas. Y un sujetador o dos.
—Oooh, suena divertido —dijo Julia—. Me reuniré con vosotros cuando terminéis. De todos modos, tengo que ir a la librería. ¡Chao! —Se despidió con la mano mientras se alejaba, casi saltando mientras se dirigía hacia la librería.
Lucas me seguía de cerca mientras yo deambulaba por la tienda, tan cerca que me tropezaba con él cada dos por tres. Después de varios minutos en los que actuó como si fuera del Servicio Secreto, me volví hacia él.
—Lucas, ¿qué pasa? —le pregunté en voz baja—. Manson se comportó de una forma rara cuando le dije que salía hoy y ahora apareces tú. ¿Ha pasado algo?
Dudó antes de responder.
—Nada de lo que debas preocuparte. Te dijimos que te cuidaríamos.
—Sí, si iba sola a algún sitio. —Le cogí de la mano y me acerqué a él, acariciándole la mandíbula con los dedos, parecía que llevaba un par de días sin afeitarse—.
Me alegro de que estés aquí y quiero que estés aquí.
Pero si algo ha cambiado, si el padre de Manson ha hecho algo más y eso os está asustando, por favor, decídmelo.