19
Jessica
Me senté educadamente con Greg durante la primera mitad de nuestra «cita» por guardar las apariencias.
Pero, una vez terminada la cena, y con un Uber de camino, disfruté de lo lindo diciéndole lo que pensaba.
Había sido muy desagradable, pero no esperaba otra cosa.
A mi madre siempre le había encantado emparejarme con capullos.
—¡Y otra cosa! La próxima vez que tengas una cita, ¡pídele tú mismo que salga contigo en lugar de dar por sentado que su madre es quien le busca citas! ¡No soy una vaca a la que exhibir como si fuera un trofeo! —le grité justo cuando me subía al asiento trasero del coche.
Greg parecía muy cabreado y yo sonreí satisfecha. Se había pasado toda la noche contradiciendo todo lo que decía y hablando solo de sí mismo, ¿y pensaba que yo iba a ser una chica educada y aguantarlo?
Y una mierda.
Era una buena chica para un grupo muy selecto de hombres, y él no era uno de ellos.
Cuando el Uber salió del aparcamiento, vi que el Mustang morado de Manson salía detrás de nosotros.
No había apartado los ojos de mí en toda la noche.
Y las cosas que me había hecho… Dios, hacían que me retorciera en el asiento.
Todavía tenía el cuerpo caliente y saciado, pero estaba en vilo, esperando llegar a casa.
Me había prometido que lo tendría esa noche y, después de ese torbellino de placer en el restaurante, lo único que quería era acurrucarme en la cama, entre sus brazos.
Estuve atenta a su coche mientras nos acercábamos a la casa, pero no lo vi. Aunque no estaba segura de cuál era su plan, le envié un mensaje cuando el Uber me dejó en casa.
Su respuesta llegó cuando entré en el porche delantero.
MANSON
Entra. Nos vemos ahora.
Mamá se dio cuenta en cuanto entré por la puerta, por supuesto.
—¿Y bien? —me preguntó, antes incluso de que se cerrara la puerta detrás de mí—. ¿No es un sueño de hombre?
—Más bien es una pesadilla —murmuré mientras me quitaba los zapatos, luego, en voz más alta, dije—: Se comportó como un idiota toda la noche, mamá, y se lo dije.
—Enseguida empezó a soltar excusas en su defensa mientras yo me dirigía al salón, donde estaba viendo una película con mi hermana—.
No más citas. No más intentos de buscarme pareja, no más jugar a la casamentera. Nada de nada.
Dándome media vuelta, subí directamente las escaleras sin darle ni un segundo para empezar otra discusión. Me dolían los pies por los tacones y me moría de ganas de quitarme el vestido ajustado y ponerme algo más cómodo.
En cuanto entré en mi habitación, me quedé sin aliento y cerré rápidamente la puerta detrás de mí, con la boca abierta ante lo que vi.
Había un ramo de flores encima de mi cama; rosas de color rosa pálido, del mismo color que mi vestido.
Junto a él había una botella de vino, el mismo vino blanco que quise pedir en el restaurante.
Mi armario estaba abierto y cerré la puerta de mi dormitorio con pestillo antes de caminar hasta el final de mi cama.
Manson estaba sentado con las piernas cruzadas en el suelo, iluminado solo por la tenue luz de la lamparita de mi escritorio.
Había despejado un espacio en mi armario para que nos sentáramos, utilizando un viejo tablero de ajedrez como mesa improvisada.
Sobre él había dos copas de vino, junto a una caja de comida para llevar del restaurante.
—¿Cómo has entrado aquí? —susurré.
Se puso de pie, y la sonrisa burlona de su rostro desató un enjambre de mariposas en mi estómago.
Levantó un circulito azul de plástico que llevaba en el llavero.
—Jason hizo un mando extra de la alarma de tu casa. Pero entré por la ventana para que tu familia no me viera.
—Te acordaste del vino —señalé mientras cogía la botella y se sacaba un sacacorchos del bolsillo—. No me puedo creer que me oyeras desde la barra.
—Tengo muy buen oído —respondió—. Sobre todo cuando estoy concentrado.
Sacó el corcho con un satisfactorio «pop» y nos sirvió una copa generosa a los dos.
Nos sentamos a ambos lados de nuestra mesa improvisada en el armario. Encendí las luces parpadeantes que colgaban alrededor del marco de la puerta, lo que nos proporcionó más luz. Parecía nuestro pequeño fuerte, un lugar fantástico escondido donde podíamos estar solos.
Chocamos nuestras copas y le di un sorbo, estaba delicioso.
—¿Qué has traído? —le pregunté, mirando la caja de comida para llevar.
—Como estabas ocupada echándole la bronca a Greg, no tuviste oportunidad de pedir postre —respondió—. Y eso es un delito.
Abrió la caja y tuve que taparme la boca con la mano para no gritar demasiado fuerte.
—¿Tarta de chocolate alemán? ¡Dios mío, es mi favorita! —Era una porción grande, perfectamente jugosa y con capas de ganache de chocolate, solo con verla se me hacía la boca agua—. ¿Cómo lo sabías?
—Una suposición fortuita —respondió, pero el brillo de sus ojos me dijo que era mucho más que eso.
No había sido cuestión de suerte. Había sido él prestando atención, escuchando, observando, preocupándose. No fue suerte, fue esfuerzo.
Me conocía. Me veía.
El primer bocado de tarta fue prácticamente orgásmico.
Mi evidente placer hizo que Manson sonriera aún más.
Se recostó sobre una mano, sosteniendo su copa de vino con la otra.
Se había quitado la chaqueta y se había desabrochado un poco más la camisa.
Llevaba el pelo peinado hacia atrás, pero algunos mechones se le habían soltado y le caían sobre la cara.
—Estás muy guapo —le dije, dejando la tarta un momento.
Abrió un poco los ojos, carraspeó y cambió de postura. Su sonrisa se volvió notablemente tímida.
—Gracias, Jess —dijo en voz baja—. Debería arreglarme para ti más a menudo.
—También me gustas sucio —le dije—. Sigues estando guapo cubierto de grasa.
Bajó la mirada y le dio un par de vueltas al vino antes de dar un sorbo. Cuando volvió a mirarme, su expresión hizo que se me acelerara el corazón.
Era como si estuviera desesperado, como si yo fuera algo impresionante, tal vez incluso aterrador.
—Ha sido muy amable por tu parte —dije—. Las flores y el vino… Gracias. Supongo que esto aumenta un poco mi deuda, ¿no?
—¿Deuda? —Pareció genuinamente confundido durante un momento, antes de darse cuenta y negar con la cabeza—. Ah, sí. El motor. Ya.
Seguía con esa mirada. Como si tuviera muchas ganas de decir algo, pero se le atragantaran las palabras y no pudiera pronunciarlas.
—¿Puedes…? —Empezó despacio, negando con la cabeza como si estuviera horrorizado por su propia petición—. ¿Puedes cerrar los ojos por mí?
Dejé mi copa de vino e hice lo que me pedía. En cuanto cerré los ojos, noté la calidez de su mano cubriéndolos, asegurándose de que, aunque los volviera a abrir, no pudiera ver nada. Se acercó más, rodeando nuestra improvisada mesa hasta que su rodilla rozó la mía.
—A veces, mirarte se me hace demasiado —dijo con voz suave y cercana—. Tus ojos ven demasiado de mí.
Extendí la mano y le agarré la que tenía libre. Él me retuvo y se llevó el dorso a los labios para darme un beso.
—Tengo que hablar contigo sobre tu deuda, Jess —dijo, y la seriedad de su voz me puso un poco tensa, pero enseguida me tranquilizó diciendo—: No pasa nada, no es eso en absoluto. Solo estoy… Intento decirte… Necesito decirte…
Hubo un largo silencio, roto solo por la bocanada de aire que inhaló y exhaló lentamente.
—No me importa el dinero, Jess. Nunca se trató de dinero.
Paralizada, apenas podía respirar. Me agarraba la mano con mucha fuerza, como si nunca quisiera soltarla.
—Se trata de ti. Es… Mierda, Jess. Cambiaría ese motor mil veces si eso significara tenerte en mi vida.
—Se inclinó hacia mí; aunque no podía verlo, podía sentirlo…
La cercanía, el calor de su piel, el suave roce de sus labios—.
Cada momento que tengo contigo parece robado, como si Dios, o Satanás, o lo que sea que haya ahí fuera, me estuviera gastando otra broma.
No sé si estás preparada para oír esto todavía.
Probablemente no lo estés, pero me arrepentiré el resto de mi vida si no te lo digo.
Si vuelves a desaparecer de mi vida… Cuando el coche esté arreglado y la deuda ya no importe…
Si decides marcharte, quiero que lo sepas.
Por un momento, allí sentada en la oscuridad con él tan cerca de mí, era como si fuéramos las únicas personas en el mundo. La cabeza me iba a mil por hora, pero no podía formar un solo pensamiento.
Ya lo sabía.
Lo sabía porque me lo había demostrado.
Pero cuando me susurró esas palabras al oído, mi mundo se detuvo por completo.
—Te quiero.
Abrí los ojos de par en par, pero su mano me impedía verlo. Mantuvo la palma allí y el brazo le temblaba.
Mi corazón latía con tanta fuerza que me dolía… Dios, me dolía, pero era el mejor dolor que podía imaginar.
—Por favor, no digas nada —pidió enseguida, antes de que pudiera articular palabra; de todos modos, me habría atascado, mi lengua parecía haber perdido por completo el dominio del habla—.
Esto no depende de que tú respondas. Te quiero.
Te he querido durante mucho tiempo. Y te querré, aunque tú no me quieras.
Te amaré incluso si este es el último día que te veo.
Pero no sería el último día. No podía serlo. No quería que hubiera un «último día» con ninguno de ellos.
Continuó hablando, y cada palabra hacía que ese dolor fuera un poco más profundo, un poco más dulce.
—Si te vas y pasas tu vida con otra persona, seguiré queriéndote. Quiero que seas feliz, Jess, sin importar con quién sea. Y te querré durante todo ese tiempo. Siempre. Para siempre.
Me parecía blasfemo hablar, pero tenía que hacerlo.
—¿Por qué? —Mi pregunta sonó mucho más vulnerable de lo que pretendía; temblaba, tanto como su brazo.
—Porque tú fuiste mi trozo de cielo en el infierno —dijo—.
Fuiste el sol entre mis nubes, y ahora eres como un cometa que han enviado a la Tierra, un incendio forestal que puedo tocar…
besar… abrazar… —Me dio besos en la mejilla hasta que me eché a reír, acariciándome la cara con la suya—.
Eres fuerte. Eres valiente. Eres tan jodidamente preciosa…
Nos has cambiado la vida, Jess. A todos.
—Podía oír la sonrisa en sus palabras—. Es que no puedo mantener la boca cerrada, así que… ahí lo tienes.
Me destapó los ojos, pero bajó la mano hasta mi boca.
Me miró con ternura.
—No me respondas. Lo digo en serio. Quiero que lo pienses. Quiero que te tomes tu tiempo. ¿De acuerdo?
Sonriendo contra su mano, asentí.
Me vibraba el cuerpo. Sentía el pecho ligero. En ese momento, habría sido capaz de correr una maratón o escalar una montaña. Y mi mente seguía acelerada. No podía discernir ni un solo pensamiento lógico en mi cerebro, pero no lo necesitaba.
Amor.
Me quería.
Manson Reed me quería.
—Ahora, cuando te quite la mano de la boca, quiero que me digas lo buenísima que está esa tarta —dijo y se echó a reír cuando mi risa quedó amortiguada contra su mano—.
Y luego quiero que me cuentes tus mejores anécdotas de la universidad.
Quiero saber lo que me perdí durante los años que estuviste fuera. ¿Puedes hacerlo?
Volví a asentir y, cuando me soltó, eso fue exactamente lo que hice.
Después de un rato, nos fuimos a la cama, nos terminamos la tarta y estuvimos bebiendo directamente de la botella.
Hablamos durante horas entre susurros suaves y perdí la noción del tiempo. El sueño llegó poco a poco y, de repente, me quedé dormida entre sus brazos, ebria de vino, llena de tarta y feliz.
Nunca había sido tan feliz.