18 #2
—Todo el tiempo que estés ahí con él, sentada, esto es lo que sentirás.
—Me puse el lubricante en los dedos, se lo unté y la penetré—.
Este culo me pertenece. Tu coño, tu clítoris, todo este precioso cuerpo, cada maldito centímetro de ti…
es mío. Es de Lucas. Es de Jason. Es de Vincent.
—Apretó los puños en un esfuerzo por permanecer en silencio, temblando de placer mientras mis dedos la penetraban—.
Eres nuestra, y quiero que lo recuerdes cada vez que te retuerzas y sientas lo apretado que está este tapón dentro de ti.
Me observaba a través del espejo mientras yo la preparaba, antes de lubricar el juguete y presionarlo hacia su interior. Gimió con suavidad y cerró los ojos cuando lo introduje en ella por completo. Le subí las bragas y le ajusté el vestido, levantándola del lavabo para poder verla bien.
—Es como si ni siquiera estuviera ahí —le dije, antes de darle una rápida palmada en el culo que hizo que sus ojos se iluminaran—. Será mejor que vuelvas antes de que tu cita empiece a preocuparse.
Respiraba hondo, intentando recomponerse.
—Joder, Manson. —Le temblaba la voz—. A veces creo que eres el mismísimo diablo por cómo me haces sentir.
No podía haberme hecho mayor cumplido.
Volvió a su mesa y yo regresé a la barra un minuto después.
El camarero había tenido la amabilidad de vigilar mi copa, así que le di una buena propina antes de pedir otra.
En realidad, no era muy aficionado a la bebida; mi relación con el alcohol era, como mucho, cautelosa, teniendo en cuenta lo que le había hecho a mis padres.
Pero me estaba divirtiendo más de lo que esperaba y quería darme el gusto.
Pidieron la comida y Greg siguió hablando, aunque por fin le había preguntado en qué trabajaba.
Pedí una copa de vino blanco y la mandé a su mesa porque ella iba a necesitarla; que le dieran por culo al vino tinto de mierda que él le había pedido.
Cuando le dije al camarero que no dijera de quién era, se echó a reír y, por suerte, accedió.
Greg estaba mosca por la copa de vino y miraba a su alrededor como si fuera a partirle la cara a alguien. Como si tuviera derecho a hacerlo. Como si tuviera algún derecho sobre ella.
Jess parecía contenta, sonreía mientras bebía a sorbos.
Y eso era lo único que me importaba. Pero también estaba distraída, retorciéndose en su asiento.
Quizá pensaba que era cruel por mantenerla en vilo, pero yo hacía lo mismo conmigo mismo.
Me mantendría al límite todo el tiempo que fuera físicamente posible, disfrutando con avidez hasta la última gota de placer que pudiera.
No podía esperar mucho más.
En cuanto dejó el tenedor, capté su mirada y le hice un gesto con el dedo. Volví al baño, intentando recomponerme de manera discreta por el camino.
Caminé de un lado a otro frente al espejo, con la paciencia a punto de agotarse. La necesitaba ahora. Ya mismo. Antes de volver allí y follármela sobre la mesa delante de él.
Me encantaba compartir, pero solo con las personas adecuadas.
Quería ver cómo se follaban duro a mi chica, cómo la usaban de la forma más salvaje posible, pero quería saber que quien lo hiciera lo apreciaba de verdad.
Quería que lo hicieran bien, que la satisficieran como ella necesitaba ser satisfecha.
Cualquier cosa menos que eso era inaceptable.
Menuda puta suerte tuve de que el baño estuviera vacío porque, en cuanto entró, la agarré por el cuello y la empujé contra uno de los cubículos.
—De rodillas, joder —le gruñí, y ella se arrodilló delante de mí, levantando la barbilla para sostenerme la mirada.
Me desabroché el cinturón y gemí suavemente al verla. Quería arrancarle esa bonita ropa, hacerla gritar mi nombre, follármela hasta que pusiera los ojos en blanco.
En cuanto mi polla estuvo delante de ella, envolvió los labios a su alrededor y me la chupó.
Mantuvo sus ojos clavados en los míos todo el tiempo, con esos iris verdes tan seductores como los de una súcubo.
Me acogió con ganas, hasta que llegué al fondo de su garganta.
Sus músculos se tensaron, luego volvió a sacarla por completo, con la lengua girando alrededor de mi glande.
—Joder, cómo me gusta. Qué buena chica…
Apoyó las manos en mis piernas para mantener el equilibrio. Queriendo más, le levanté las muñecas para que sus manos pudieran subirme la camiseta y arañar mi abdomen, dejando largas marcas rojas en mi piel con sus uñas.
Era tan buena… Esos labios perfectos subiendo y bajando por mi miembro, sus largas pestañas parpadeando lentamente sobre sus ojos llorosos mientras me hundía en su garganta una y otra vez. Ya estaba luchando por controlarme, era demasiado pronto, jodidamente pronto.
Me aparté, agarrándola del brazo y tirando de ella para que se pusiera de pie.
Me miró sorprendida, pero entonces la empujé contra la puerta del cubículo y la besé, metiéndole la lengua en la boca.
Le apreté el cuello hasta que le faltó el aire, luego la giré y la inmovilicé contra la puerta, con la cabeza pegada a ella.
—Súbete el vestido —le ordené, y ella obedeció.
Le bajé las bragas y me hundí en su coño hasta que sentí el tapón que llevaba en el culo rozándome el abdomen.
La agarré por las caderas, arqueándole la espalda mientras me la follaba.
Se mordió el labio, pero eso no impidió que los gemidos salieran de su boca; su autocontrol disminuía por segundos.
—Dios, me encanta —jadeó—. Joder, por favor, tócame, por favor…
Le froté el clítoris hasta que no pudo más y se desplomó contra la puerta con los ojos entrecerrados. Teníamos que ser rápidos, no podíamos alargar esto demasiado, pero iba a enviarla de vuelta a esa mesa con mi semen chorreándole por las piernas.
—¿Te gusta? —le pregunté, y ella asintió rápidamente, con desesperación.
Estaba tan apretada con el tapón anal puesto que podía sentirlo mientras la penetraba. Palpitaba a mi alrededor, el éxtasis le hacía contener la respiración mientras se acercaba al borde del orgasmo.
—Córrete para mí, ángel. Córrete sobre mi polla.
Dios, me apretó con tanta fuerza. Era como si lo único que la estuviera reteniendo fueran mis órdenes, y una vez que le dije que podía correrse, se estrelló contra ella sin control.
Solo pensar en ello me hizo jadear, mis testículos se tensaron, prácticamente desgarrándose por las costuras mientras me corría dentro de ella.
—Eres mía el resto de la noche —le dije. El resto de la noche… El resto de la puta eternidad. En ese momento, las dos cosas parecían casi sinónimos en mi mente—. Quiero que cojas un Uber directamente a casa después de cenar, ¿entendido?
—¿A tu casa? —preguntó, y un escalofrío de calor me recorrió la espalda.
Cuando había dicho «casa», lo primero en lo que había pensado no era en la casa en la que vivía. Era en nuestra casa. Nuestro hogar.
—A tu casa, ángel —aclaré, abrazándola con un poco más de fuerza—. Mándame un mensaje cuando llegues.
—Sí, señor. —Las palabras me sacudieron, pero con fuerza.
Apenas podía mantenerme en pie, pero la sostuve conmigo, sujetándola mientras recuperaba el aliento. Le di un beso en el hombro, en el cuello, en la mejilla…, pero ya habíamos tardado demasiado y no podía dejar que nos pillaran ahora.
—Recupérate —le pedí y me separé de ella, echando inmediatamente de menos la suave y agradable calidez de su interior—. Tienes una cita que terminar, ¿recuerdas?
—No quiero —contestó y se volvió hacia mí, dándole la espalda a la puerta; tenía las mejillas muy rojas y los labios hinchados por lo fuerte que la había besado—. Solo te quiero a ti.
Oh…
Joder.
Le sonreí, a sus labios fruncidos y a la mirada suplicante de sus ojos.
—Me tendrás toda la noche, ángel, te lo prometo.
Su sonrisa era como las nubes que se abren en medio de una tormenta. Luz y destrucción, todo en uno.
Una tormenta que pensaba perseguir hasta los confines de la Tierra.