18
Manson
Mientras dejaba el Mustang en el aparcamiento de Anthony’s, los nervios me invadieron en una oleada lenta y densa. Pero no era la angustia repugnante de la ansiedad, ni el pánico que te paraliza la mente y te acelera el corazón.
Era el tipo de nerviosismo que sentía antes de una carrera, cuando el rugido del motor parecía recorrer todo mi cuerpo y apoderarse de mí.
O antes de una escena de bondage , cuando tenía a mi sujeto de rodillas esperándome, sabiendo que tenía el poder de hacerle daño, darle placer o destruirlo a mi antojo.
Era un torbellino, una avalancha de poder tan jodidamente dulce que era como una droga.
Durante un momento, tuve que quedarme allí sentado en silencio y con los ojos cerrados, tranquilizándome. Jess y su cita llegarían en cualquier momento, pero ella no estaba allí por él.
Estaba aquí por mí.
Después de salir del Mustang, me dirigí a la entrada, abrochándome la chaqueta por el camino.
No había vuelto a ponerme un traje desde que Kathy y James Peters renovaron sus votos, y era, sin duda, la prenda más cara que tenía. Ni siquiera sabía cuánto había costado exactamente, ya que me lo había comprado Kathy.
Había algo siniestramente satisfactorio en experimentar lo diferente que me trataba la gente cuando cambiaba los vaqueros raídos y las botas por un traje hecho a medida.
Cuando entraba en un lugar tan elegante como este, solía ser el centro de atención desde que cruzaba la puerta.
Pero el anfitrión me saludó y me condujo al interior sin ningún problema.
Me senté en la barra y me tomé unos minutos para empaparme del ambiente antes de mirar el menú.
Era un sitio caro, de lujo. La iluminación era tenue y romántica, la barra rodeada de una enorme superficie de azulejos brillantes como un espejo que captaban la luz y los colores de las botellas de licor.
Las mesas estaban cubiertas con manteles blancos y las velas titilaban.
Las cortinas rojas vaporosas y las plantas en macetas proporcionaban un poco más de privacidad a las mesas, pero yo tenía una buena perspectiva desde la barra.
La vi nada más entrar.
Jess estaba deslumbrante, en todos los sentidos.
Llevaba el pelo medio recogido con numerosas horquillas que brillaban a la luz, y el resto caía suelto sobre sus hombros.
Lo que llevaba puesto lo había elegido yo; los zapatos de tacón plateados, el vestido rosa pálido que se ceñía a su figura, incluso la lencería que llevaba debajo.
Saqué el móvil y abrí la foto que me había enviado antes, mientras se preparaba.
Las palabras no bastaban para describirla. Una sola mirada bastó para excitarme, y tuve que inclinarme hacia la barra para ocultar mi bulto. Pero mantuve la cabeza ligeramente girada en su dirección, sin querer apartar la mirada de ella ni un solo instante.
Greg estaba a su lado: alto, de pelo oscuro y con la mandíbula marcada. En realidad, se parecía mucho a Kyle, lo que inmediatamente me repugnó. El camarero los guio y cuando Jess pasó por delante, sus ojos se posaron en mí.
Me volvió loco la forma en que su mirada se elevó hacia mi rostro y dijo mil cosas en el espacio de un suspiro.
Había anhelo. Sumisión. Obediencia. Emoción. Su lenguaje corporal era perfecto. Se mantenía impasible, sin dar ninguna pista de lo que realmente estaba pasando.
Estaba allí para mí. Para mi placer, esperando mis órdenes. Greg, el pobre idiota, no tenía ni la más mínima idea. Estaba demasiado ocupado hablando de sí mismo, parloteando sin parar mientras se sentaban. Jess sonreía y asentía educada. Todavía no la había visto abrir la boca.
¿Por qué cojones había elegido su madre eso para ella?
¿Un tipo egocéntrico que podía sentarse allí presumiendo de sí mismo cuando tenía a una mujer como ella delante?
Dios, cualquier cosa de la que yo pudiera presumir, y no tenía mucho, se me olvidaba por completo al verla.
No había ni una sola cosa material en el mundo que pudiera estar a su altura. Se merecía mucho más que eso.
Llamé la atención del camarero cuando pasó por mi lado, pedí un Sazerac y me dispuse a ver el espectáculo.
Greg sugirió que pidieran una botella de vino. Jess quería blanco; él le explicó por qué era mejor el tinto, y yo bebí un sorbo de mi copa para calmar la ira que me invadía el pecho. Ese cabrón ya era insoportable.
Llegó la botella y ella la probó. Por la forma en que frunció los labios, supe que no le gustaba.
Después de dejar que se acomodaran durante unos minutos, volví a llamar la atención del camarero.
—¿Le importaría indicarme dónde está el baño?
Me indicó una esquina al fondo, donde había un arco enmarcado por plantas con flores. Al levantarme de mi asiento, crucé la mirada con Jess, me di la vuelta y me dirigí directamente hacia allí.
Era, sin duda, el baño público más bonito en el que había estado nunca.
Una melodía de orquesta sonaba por los altavoces y me detuve frente al gran espejo, lavándome las manos antes de ajustarme el cuello de la camisa.
Vincent me había dicho que me pusiera corbata, pero yo no era muy de esas cosas, traje o no.
En su lugar, había dejado el cuello desabrochado.
Los minutos que tuve que esperar a Jess se me hicieron los más largos de mi vida, pero le había dicho que no lo hiciera demasiado obvio, que no se levantara demasiado pronto después de que yo lo hiciera.
Alguien entró, usó el urinario y se fue.
Entonces la puerta se abrió de nuevo y unos tacones resonaron en el suelo…
Dobló la esquina y, por un momento, me dejó sin aliento. Parecía ansiosa, pero insegura. Emocionada, pero ligeramente asustada.
Perfecta.
Se colocó delante de mí mientras yo me recostaba contra el lavabo. Sus ojos brillaban con el maquillaje, sus labios tenían un suave tono malva. Me fascinaba cómo era capaz de hacer eso, de transformar su rostro como una artista.
Aunque lo que más me gustaba era su piel desnuda.
Me encantaba. Esa palabra me venía a la mente cada vez que pensaba en ella. Me resultaba extraño, incluso peligroso, como si estuviera apostando por las probabilidades más altas.
Siempre había sido una persona a la que le gustan los riesgos. No podía detenerme ahora.
—¿Cómo va tu cita? —le pregunté mientras se acercaba y le acariciaba el brazo desnudo con la mano; se le puso la piel de gallina al tocarla y eso me hizo sonreír.
Puso los ojos en blanco.
—Ha estado intentando explicarme los impuestos sobre la propiedad como si tuviera cinco años. Al parecer, le gusta mucho el sector inmobiliario. Y pensaba que me llamaba Jenny.
Cambiamos de posición y me acerqué por detrás mientras observaba su rostro en el espejo.
Se le cortó la respiración cuando mis manos rodearon su cintura, acariciando la parte baja de su vestido.
Alguien podría haber entrado en cualquier momento, pero el riesgo de que nos descubrieran hacía que mi corazón latiera más rápido.
—Estás preciosa.
Le susurré esas palabras en forma de besos en el cuello; las grabé en su piel mientras la abrazaba con fuerza. Había intentado cubrir los chupetones del cuello y lo había hecho muy bien. Pero, de cerca, aún podía ver las marcas a través del maquillaje.
Nuestras marcas. Nuestra chica. Nuestra.
Que le dieran al juego. Ella podía seguir jugando si quería, pero para mí eso no era un juego. Nunca lo había sido.
—Ese hijo de puta no tiene ni idea de lo afortunado que es —dije en un susurro que la hizo estremecerse—. Sentado con una maldita diosa y lo único que sabe hacer es hablar de sí mismo. Qué vergüenza.
Se apoyó en el borde del lavabo de mármol con un grito ahogado cuando la empujé hacia delante.
Le subí el vestido, deslizando la tela sobre su culo como si fuera el melocotón más jugoso.
Unas delgadas braguitas blancas se ceñían a la curva de sus caderas, y me tomé un momento para disfrutar de la vista: inclinada, con el vestido subido y sus hermosas piernas abiertas para mí.
—Qué buena chica. Sabes exactamente cómo ponerte en posición para mí —tarareé con aprecio mientras recorría con el dedo la parte interior de sus muslos.
—He practicado un poco —dijo, guiñándome un ojo en el espejo. Su tono se había vuelto ronco y sonaba jodidamente sexy . Le bajé las bragas y ella se mordió el labio—. Podría entrar alguien.
—Tienes razón. —Las bragas le cayeron hasta los tobillos—. Alguien podría entrar, verte inclinada sobre el lavabo mientras te comen el coño y, tal vez, hasta se quede a mirar.
Con la imagen de su rostro sonrojado en mi mente, me arrodillé detrás de ella y hundí la cara en su centro. La devoré, saboreando cada dulce pedazo de carne que podía consumir. Su sabor era embriagador, al igual que la forma en que su cuerpo se movía conmigo, reaccionando cuando lo hacía bien.
Ella gimió con suavidad y yo la agarré por los muslos, manteniéndola en su sitio.
—Shh, no hagas tanto ruido, ángel —pedí, luego continué hasta que sus gemiditos entrecortados se volvieron demasiado intensos como para que pudiera controlarlos.
Le temblaban las piernas y su rostro estaba sonrojado mientras yo me levantaba y me limpiaba la boca con el dorso de la mano.
—Por favor, no pares ahora —susurró—. Por favor.
Pero ella sabía lo que me gustaba, y a mí me gustaba tenerla al límite: temblando por mí, esperándome, disfrutando del placer hasta que yo decidiera que ya había tenido suficiente.
—Tengo un regalo más para ti —le dije, rebuscando en el bolsillo interior de mi chaqueta—. No quiero que olvides ni por un segundo quién es tu dueño, quién puede estar dentro de ti.
Saqué su tapón anal enjoyado y un bote de lubricante, y ella abrió mucho los ojos.
—Dios mío —jadeó—. Oh, joder…