17 #2
Empujé la silla hacia atrás y salí furiosa de la casa.
Mamá me gritó algo, pero la puerta se cerró de golpe detrás de mí antes de que pudiera terminar.
Sentía un vacío en el estómago y el corazón me latía con fuerza por la ira.
Si esperaba que fuera a esa ridícula cena, estaba muy equivocada. Podía llorar todo lo que quisiera.
Excepto que no serían solo lágrimas. Serían quejas, regañinas y comentarios pasivo-agresivos hasta que cediera por puro agotamiento. Me haría sentir culpable por cada aspecto de mi existencia que no se ajustara a sus deseos.
Tragando saliva con dificultad, saqué mi móvil del bolsillo mientras caminaba a paso ligero por la calle. Sin pensarlo realmente, como por instinto, marqué el número de Vincent.
Contestó al segundo tono.
—Hola, cariño. —Sonaba aturdido, como si acabara de despertarse—. ¿Qué pasa?
—¿Puedes venir a recogerme, por favor?
Las lágrimas de frustración amenazaban con brotar, pero ni loca iba a dejar que una discusión ridícula con mi madre me hiciera llorar.
Al instante, su voz sonó más despierta.
—Dame diez minutos, ahora mismo voy.
—¡No escucha! ¡Nunca escucha, joder! Da igual lo que diga, no le importa.
Por un momento, me quedé sin voz y me callé. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan frustrada con mi madre, pero eso hizo que todos los viejos sentimientos volvieran a aflorar. La ansiedad. La duda.
Por un lado, tenía un deseo desgarrador de ser su hija perfecta, pero no podía serlo, nunca podría ser lo suficientemente perfecta para ella.
Por otro, quería patalear, gritar y alejarme de ella a toda costa.
Una parte de mí quería excluirla de mi vida, romper la relación y no mirar atrás nunca más.
Pensar en ello me ponía mala. Mala, frustrada y muy confundida.
Jason se sentó a mi lado y me acarició la espalda en lentos círculos. Después de que Vincent me recogiera, me llevó directamente a casa. Sentada en su garaje, me sentí mejor solo por tenerlos a mi lado.
Las cosas eran diferentes con ellos, diferentes a como las había vivido con cualquier otra persona que hubiera conocido.
Antes me hacían sentir fuera de control, como si no pudiera controlar mi cerebro o mi lengua adecuadamente.
Ahora me daba cuenta de que esa sensación de «estar fuera de control» era solo una muestra de que todas mis falsedades me fallaban. No podía fingir con ellos.
—Algunos padres intentan todo lo posible para mantener el control —dijo Jason, que había dejado a un lado su ordenador portátil cuando llegué, posponiendo su trabajo para escuchar cómo me desahogaba—. Ya sea porque tienen miedo de perderte, o miedo de cagarla, o…
—O porque son gilipollas —añadió Vincent, que estaba a mi lado, ya vestido con una impecable camisa negra con botones y pantalones de trabajo; esa semana había hecho turnos extra porque se había tomado el fin de semana libre—. Que sean tu familia no significa que puedan pisotearte.
Al otro lado del patio, Lucas estaba hablando por teléfono con un repartidor mientras le abría la puerta para que entrara.
Guio la furgoneta blanca mientras daba marcha atrás hacia el garaje y, luego, él y Manson ayudaron al repartidor a sacar el paquete enorme y difícil de manejar que había dentro.
Distraída temporalmente de mis problemas con mi madre, los observé mientras maniobraban para meter el paquete en el garaje.
—¿Es lo que creo que es?
Manson se apartó el pelo de la cara y me sonrió.
—Ven, echa un vistazo.
Dicho eso, rasgó una esquina del cartón bien envuelto para que pudiera mirar dentro. Mucho metal… y el inconfundible logotipo de BMW en el interior.
Casi gritando de emoción, me di la vuelta y rodeé el cuello de Manson. A continuación, abracé a Lucas, lo besé y luego chasqueé los labios al notar su sabor salado. Tanto él como Manson habían estado trabajando todo el día y estaban cubiertos de suciedad.
—Necesito una ducha, ¿verdad? —preguntó Lucas, pasándose la mano por la frente y dejando una marca de grasa, pero se la quité con el pulgar y, en su lugar, le di otro beso.
—No me importa —dije—. Estoy feliz de estar aquí en lugar de en casa. Os he interrumpido en medio del trabajo…
—Para nada —dijo Manson—. Tú nunca eres una interrupción, ángel. Siempre que nos necesites, aquí estaremos.
Mis hombros se relajaron mientras me dejaba caer en los brazos de Lucas. Él se apoyó contra el parachoques del Honda Civic blanco en el que habían estado trabajando ese día y me abrazó con fuerza, apoyando la barbilla en mi cabeza.
—¿Lo vais a instalar hoy? —pregunté, deseosa de centrarme en algo emocionante en lugar de en otras tonterías.
—Joder, nena, tienes un poco de prisa, ¿eh? —dijo Lucas—. No instalamos piezas hasta que no están completamente pagadas. Y no me hagas ese puchero o te morderé.
—Parece que me tenéis cautiva con un motor como garantía —dije en tono burlón.
Deshice el puchero retirando el labio de entre mis dientes, sin embargo, eso no le impidió morderme. Se dirigió directamente a mi garganta, agarrándome con fuerza mientras sus mordiscos afilados se convertían en besos bruscos.