17
Jessica
Era raro estar de vuelta en casa, durmiendo en mi propia cama.
Esa noche, cuando me metí en ella, me pareció demasiado fría, demasiado vacía.
Después de dar vueltas durante horas, logré colocar suficientes almohadas a mi alrededor para dar la impresión de que estaba acurrucada entre los chicos y, al final, conseguí dormir un poco.
A la mañana siguiente, me desperté con cuatro mensajes de «buenos días» en el chat grupal. Me hizo sonreír, pero, Dios, ya los echaba de menos.
¿Qué me había pasado? ¿Dónde había ido a parar la Jessica independiente, la que no necesitaba a un hombre, mucho menos a cuatro?
Esa versión de mí misma había sido solitaria y ansiosa, altiva y crítica.
Pero también había sido bastante intocable, y vivir la vida tras una barrera hacía que muchas cosas fueran más sencillas.
Ahora nada era sencillo, absolutamente nada.
Sobre todo, ahora que había conocido a la familia de Vincent.
Era evidente que les había hablado de mí, y darme cuenta de ello me intimidaba y, al mismo tiempo, me reconfortaba de una forma extraña.
Stephan y Vera me hicieron sentir bienvenida al instante, como si llevara años cenando con ellos.
La pequeña Kristy se puso a llorar cuando tuvimos que irnos porque ella y yo no habíamos tenido la oportunidad de jugar a las muñecas, y solo se tranquilizó cuando le prometí que volvería a visitarla pronto para jugar.
¿Era justo por mi parte prometerle eso? ¿Era correcto que estuviera construyendo una relación con su familia cuando ni siquiera estaba segura de cuánto duraría la nuestra?
Pero cuando Vincent mencionó Nueva York, juro que el mundo entero se detuvo por un segundo. Un mundo de posibilidades —de esperanzas, miedos y suposiciones— me inundó en un instante. Y la marea aún no había bajado.
Mamá me miró con recelo toda la mañana, aunque yo no tenía ni idea de qué había hecho para merecer aquello. Era como tener a un gato enfadado persiguiéndome; me sorprendía que no bufase cada vez que me veía. Algo la había cabreado y, muy pronto, descubriría qué era.
Al menos, el trabajo me permitía evitarla durante unas horas.
Como me había perdido la reunión del lunes por la mañana, mi jefa programó una llamada individual por Zoom. Después de ponerme al día sobre nuestros clientes actuales y los próximos proyectos de diseño, mencionó a un cliente con el que había estado trabajando durante las últimas semanas.
—El señor Krazinski no tenía más que elogios para ti, Jessica —dijo—. Estaba increíblemente satisfecho con tu trabajo y dijo que eras muy profesional.
El señor Krazinski había sido un cliente muy difícil que estaba convencida de que me odiaba.
Pero también era un cliente habitual, alguien que llevaba años trabajando con la empresa Smith-Davies, por lo que impresionarlo era crucial.
Me había costado toda la paciencia y la profesionalidad que tenía, pero lo había conseguido.
—¿Cómo te sientes respecto a tu próxima evaluación? —me preguntó—. Ya llevas casi seis meses con nosotros.
—Bien —respondí—. He estado ampliando mi portafolio tal y como me sugeriste, y estoy muy emocionada por mostrar en qué he estado trabajando.
—Me alegro mucho de oír eso, Jessica. Estoy deseando verlo. Los demás socios y yo hemos estado pensando en contratarte a jornada completa. —Se bajó las gafas y me miró con una sonrisa—. ¿Sigues interesada?
—¡Oh, sí! —Me costó mucho contener la emoción—. Por supuesto, sigo interesada.
—Estupendo. Entonces nos vemos en la reunión del viernes y programaremos tu evaluación.
Salí flotando de mi dormitorio después del trabajo. Los clientes me elogiaban y mi jefa estaba claramente satisfecha conmigo. El ascenso parecía más cerca que nunca. Estaba tan emocionada que tuve que llamar a Ashley para darle la buena noticia.
Mientras hablaba por teléfono, me preparé un tentempié en la cocina. Los ojos de mi madre me taladraban la nuca todo el tiempo, clavados en mí como misiles listos para disparar. Cada vez que me daba la vuelta y establecía un incómodo contacto visual con ella, sabía que algo iba a pasar.
—¿Has pasado un buen fin de semana con tus amigas? —me preguntó en cuanto colgué y me giré para volver arriba.
Me di la vuelta. Estaba sentada a la mesa, con el teléfono en una mano y un vaso de té delante de ella. Sonreía ampliamente y su voz era alegre y amistosa.
Señales de alarma. Había señales de alarma por todas partes.
—Ha sido genial —le dije—. Me lo he pasado muy bien.
—¿Quiénes estaban? —preguntó con tanta normalidad que casi parecía que no le importaba.
Casi. Yo sabía que no era así.
—Bastantes personas —respondí—. Seguramente no las recuerdes, así que…
—¿Danielle y Candace? —preguntó, arqueando una ceja perfectamente depilada—. Dijiste que iban a ir, ¿no?
—Sí, estaban allí.
Aquello parecía un interrogatorio y yo solo quería salir pitando de allí. Seguía sonriendo y eso empezaba a ponerme nerviosa. A veces fingía estar de buen humor para darme una falsa sensación de seguridad.
Pero luego, cuando bajaba la guardia, me destrozaba.
—¡No vas a creerte el fin de semana que he tenido! —exclamó y apartó una silla indicando que me sentara.
Con una sonrisa tensa, dejé el plato y me senté mientras ella se ponía a contarme con todo detalle lo que había hecho mientras yo estaba fuera: salidas de compras con amigas, brunch , cenas, cócteles… La escuché sin decir ni una palabra, pero mi madre no buscaba conversación.
Era extraño sentir que intentaba ser mi mejor amiga y, al mismo tiempo, mi mánager. Pero ella siempre había sido así. Quería la camaradería de alguien que estuviera obligado a complacerla, ¿y quién mejor que su hija?
Desconecté, distrayéndome con los recuerdos del fin de semana.
La sensación del agua fresca del río bañando mi piel desnuda mientras Manson y Lucas me tocaban estaba muy presente en mi mente.
Me hacía sentir más ligera, y cuando pensaba en los dulces besos de Vincent y en mi conversación con Jason bajo las estrellas, no podía evitar sonreír.
Mamá pensó que la sonrisa tenía que ver con su historia.
—¡Me alegro mucho de que te acuerdes de él! —dijo, y me quedé paralizada al darme cuenta de que no tenía ni idea de a quién se refería—. Marguerite dijo que estaría muy emocionado de verte…
—Espera, espera, ¿de quién estás hablando? —pregunté.
Su rostro se frunció en señal de desaprobación.
—Oh, por Dios, Jessica. ¿Marguerite Fall y su hijo, Greg? —Mi rostro debió de reflejar mi confusión, porque ella suspiró y dijo—: ¿Greg Fall, de primaria?
Me pasé una mano por la cara.
—Creo que lo recuerdo.
—Bueno, el sábado lo conocerás mucho mejor —dijo, agarrándome del brazo con entusiasmo—. Le dije que te llevara a ese restaurante italiano que siempre te ha gustado. ¡Anthony’s!
Seguramente la había oído mal o estaba malinterpretando lo que decía. Hice todo lo posible por mantener la calma.
—Mamá, ¿me has organizado una cita con un desconocido?
—Oh, cariño, no es un desconocido —dijo, riéndose como si hubiera dicho una tontería—. ¡Ya lo conoces! Solo es una cena. Además, ese hombre tiene tanto dinero que no sabe qué hacer con él…
—¡No me importa su dinero! —espeté—. Mamá, esto es muy invasivo.
No puedes programar cosas para mí sin preguntarme, ¡y mucho menos una cita!
—Seguía mirándome como si estuviera siendo una estúpida y una exagerada, eso hizo que mi temperamento llegara al límite—.
¿Y si ya tengo planes para el sábado por la noche?
—¿Y bien? —preguntó, cruzándose de brazos—. ¿Tienes planes? ¿Quizá con los mismos amigos con los que pasaste el fin de semana?
Yo también me crucé de brazos, dándome cuenta demasiado tarde de que estaba imitando exactamente su postura.
—Sí, de hecho, tengo planes con ellos.
Sus ojos se entrecerraron peligrosamente.
—Vi a Danielle y Candace en el pueblo el domingo. No estuvieron contigo este fin de semana, mentirosilla.
Joder. Me había pillado con las manos en la masa. Debería haber sabido que no debía decirle los nombres de personas que ella reconocería.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y su voz temblaba mientras aumentaba el volumen.
—Después de todo lo que he hecho por ti…
—sollozó—. Todo lo que he sacrificado. ¡Llevarte a los entrenamientos de animadoras, a los recitales de baile, a las clases de piano, a las clases particulares!
¡Todo el dinero que hemos invertido en tus concursos para que fueras feliz!
—Volvió a sollozar de forma exagerada—. ¿Tienes idea de lo mal que quedaré si no vas a esa cena?
—Se llevó la mano al pecho, jadeando entre grandes sollozos fingidos—.
Me sentiré tan humillada. Y yo que pensaba que estaba haciendo algo bueno por ti…
¡No tienes ni idea de lo que es ser madre!
¡Ver a tu propia hija romperte el corazón! ¡Pasando su tiempo con degenerados !
—Mamá…
—Son ellos, ¿verdad? —preguntó, y sus lágrimas desaparecieron tan rápido como habían aparecido—.
Esos chicos, esos «mecánicos». Dios mío, te dejamos vivir aquí sin pagar alquiler, te mantenemos, ¿y así es como me lo pagas?
¿Mintiéndome? —Me interrumpió de nuevo antes de que pudiera decir una sola palabra—.
¿Tan difícil es salir con un hombre? ¿Un hombre bueno, decente, normal y con un buen trabajo?
El corazón me latía con fuerza contra las costillas. La furia me invadía con cada latido.
—¿Qué quieres decir exactamente con «normal»?
Puso los ojos en blanco.
—Por favor, cariño, el papel de rubia tonta no te queda bien. No te pienses que no sé lo que hacen esos chicos. Las noticias vuelan.
—Querrás decir que los rumores vuelan.
—Las mujeres de la iglesia me han estado preguntando por qué dejo que te acerques a ellos —dijo, sacudiendo la cabeza como si ni siquiera me hubiera oído, pero yo ya estaba harta de que no me escucharan, más que harta.