16
Manson
Después de cenar, Stephan nos sirvió a Vincent y a mí un par de dedos del aguardiente que guardaba en su cobertizo. Vince y él se encendieron un porro, aunque yo lo rechacé, y los tres nos sentamos cerca del invernadero mientras charlábamos.
Lucas y Jess estaban ayudando a Vera a limpiar mientras Jason jugaba con las niñas.
La última vez que lo vi, le estaban haciendo un «cambio de imagen»: le habían adornado el pelo azul con numerosas horquillas brillantes.
Todos mis recuerdos de esta casa eran buenos, y estaba muy agradecido por ello.
Volver aquí era como volver a casa, aunque no hubiera crecido en ella.
Vera y Stephan habían convertido su hogar en un refugio no solo para sus propios hijos, sino para cualquier niño que lo necesitara.
Lucas y yo habíamos dormido en el sofá muchas veces cuando no teníamos otro sitio a donde ir. Nos habrían acogido a todos de forma permanente si hubieran tenido espacio.
—Jessica parece una buena chica —comentó Stephan, devolviéndole el porro a su hijo.
Siempre hablaba despacio, eligiendo cuidadosamente sus palabras.
—Es el angelito más salvaje que jamás hayas conocido —dijo Vincent—. Es increíble.
—Me hace sentir como si estuviera perdiendo la cabeza la mitad del tiempo —añadí, y Stephan se rio mientras asentía—. Por suerte, me gusta perderla.
—La persona adecuada te cambiará para mejor —dijo—.
A veces, es un cambio temporal: alguien entra en tu vida un tiempo y modifica un poco las cosas antes de seguir adelante.
Pero otras veces es permanente. Las cosas en tu vida cambian justo lo necesario y encajan como si ese lugar las hubiera estado esperando.
Una parte de mí sabía que Jess encajaría perfectamente con nosotros. Aunque, por experiencia, sabía que las cosas buenas no eran para mí. Ser cauteloso y esperar lo peor era más seguro que tener esperanza.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, me sentía esperanzado. Quizá no estaba destinado a que me pasaran cosas buenas, pero lucharía contra Dios y el destino para tenerlas de todos modos.
Al final, hubo una pausa en nuestra conversación y, en el silencio que hubo después, la expresión de Stephan cambió. Se enderezó y carraspeó.
—Supongo que ya lo sabréis, pero, aun así, quería mencionarlo. Tu padre ha vuelto al pueblo.
Di otro pequeño sorbo al licor, concentrándome en el calor que me producía al bajar por la garganta. Mi estómago se retorció, amenazando con rechazarlo.
—Sí, lo sé. Vino a casa. ¿Cómo te has enterado?
—Los rumores vuelan —respondió—. El viejo Reagan ha estado yendo al bar de Billy, y un amigo mío dice que ha escuchado algunas conversaciones.
—Nos miró a Vincent y a mí, y la seriedad de su expresión me dio escalofríos—.
Está armando jaleo, chicos. Parece que está haciendo todo lo posible para que la gente se ponga en vuestra contra.
—¿En nuestra contra? —Fruncí el ceño, inclinándome hacia delante en mi asiento—. ¿Qué quieres decir?
—Digamos que está intentando hacerse amigo de algunas personas que no tienen muy buena opinión de vosotros. Me han dicho que Reagan ha estado hablando con un grupo de jóvenes de allí, intentando convencerlos de que os saboteen.
—¿Qué tipo de sabotaje? —preguntó Vincent.
—No tengo ni idea, pero estaré atento a cualquier noticia. Sé que os gusta arreglároslas solos, chicos, pero no penséis que no tenéis gente que os respalda. Si Reagan va a vuestra casa y os causa problemas…
—Lo tenemos bajo control —me apresuré a decir.
Lo último que quería era meter a los Volkov en este lío. Ya habían hecho más que suficiente por nosotros.
—Me imaginaba que dirías eso. —Stephan miró a Vincent—. Sé que os cuidaréis los unos a los otros, y no tengo ninguna duda de que la señorita Martin puede valerse por sí misma…
—Está a salvo. La mantendremos a salvo —dije y me terminé el último trago de licor ilegal, agradeciendo el calor que me invadió las venas.
Vincent asintió con la cabeza.
—Estaremos a salvo, papá —dijo—. De todos modos, estamos acostumbrados a esta mierda.
—Estoy seguro de que, por fin, dar el gran paso os hará sentir que os quitáis un peso de encima —dijo Stephan, que se levantó de su asiento y apagó con cuidado lo que quedaba del porro—.
Estuve echando un vistazo a la vieja casa cuando pasé por allí.
La habéis dejado muy bien; seguro que sacáis un buen beneficio.
¿Ya habéis decidido a dónde queréis mudaros?
—Todavía no —respondí.
El tema había surgido más a menudo ahora que estábamos a punto de poder vender. Todos habíamos intentado mantener la mente abierta en cuanto a dónde ir. Pero últimamente, aunque había ciertas zonas que me atraían, había un sitio en particular.
—Es una decisión importante —comentó Stephan—. Pero tiene que haber algún sitio que os atraiga a todos.
—Nueva York.
Miré a Vincent sorprendido, justo cuando él me miraba a mí. Habíamos respondido al unísono, y Stephan se rio entre dientes.
—Nueva York, ¿eh? Tengo un primo que vive en Buffalo. Siempre le ha gustado la zona…
Luego se fue por las ramas y se puso a contarnos por qué su primo se había mudado allí. Apenas escuché una palabra.
Cuando terminamos de beber y volvimos al interior, Vincent se quedó atrás conmigo.
—¿Estás bien? ¿Necesitas un minuto? —me preguntó.
—No, estoy bien —respondí, soltando un profundo suspiro.
Cuando Stephan abrió la puerta principal, vi a Jessica sentada en el suelo mientras las gemelas le trenzaban el pelo, con Lucas a su lado, jugando con Kristy. Jason estaba en el sofá, riéndose con Vera mientras se terminaban la copa de vino.
—Ese cabrón no va a robarme ni un minuto más.
—Me parece bien, tío —dijo Vincent dándome una palmada en el hombro y esbozando una sonrisita—. Así que… Nueva York, ¿eh?
—Todos pensamos en lo mismo, ¿no? —respondí.
Las risas y las conversaciones que provenían de la casa me ayudaron a relajarme, me hicieron sentir más tranquilo.
Y la realidad era que, si no tomábamos una decisión pronto, podríamos volver a perder a Jess.
Se nos podría escapar, porque tenía una vida que vivir, al igual que nosotros, pero yo quería que se quedara en la nuestra.
—Tendremos que hablar del tema, Vince. Tendremos que elegir.
—El destino nos ha dado otra oportunidad —dijo Vincent, alzando la vista al cielo como si fuera un plan divino—, que me parta un rayo si esta vez la dejo escapar.
Cuando salimos de la casa de la familia Volkov, ya había anochecido.
Lucas y yo nos llevamos a los perros en el Bronco mientras que Jason y Vincent llevaron a Jess a casa en el WRX.
Despedirme de ella después de darle un beso de buenas noches, fue aún más difícil de lo que esperaba.
Odiaba la idea de no tenerla en mi cama todas las noches.
Después de la advertencia de Stephan, mis sentimientos no se basaban solo en el anhelo. ¿Cómo iba a saber que estaba a salvo si ninguno de nosotros estaba con ella?
Lucas se dio cuenta de que mi estado de ánimo había empeorado.
—Es una pena tener que llevarla a su casa, ¿verdad? —comentó, y yo asentí—. ¿Por qué no pasa la noche aquí? Podría traerse el portátil. Podría trabajar desde aquí por la mañana, hay muchos sitios en la casa donde podría tener algo de intimidad.
Yo me había estado haciendo la misma pregunta.
—Su madre ya la controla bastante —dije—. ¿Cómo va a explicarle dónde pasa tanto tiempo?
Jess ya había tenido que mentir sobre con quién había pasado el fin de semana. Por mucho que quisiera tenerla conmigo, tampoco quería causarle más problemas.
—Bueno, eso es una gilipollez —murmuró Lucas, cruzándose de brazos—. Voy a tener que hablar con su madre antes de que esta mierda se nos vaya de las manos.
Nos detuvimos ante la verja y le lancé una mirada de advertencia antes de salir a abrirla.
—No te enfrentes a su madre. En serio. —Se encogió de hombros, pero eso no significaba que estuviera de acuerdo, fruncí el ceño—. Lo digo en serio, Lucas.
—Vale, vale —dijo, pero como yo seguía sin moverme, señaló hacia la verja cuando Jojo empezó a lloriquear—. Venga, los perros van a mearse aquí dentro si no los dejamos salir pronto.
Aún no estaba de acuerdo, pero se mostraba terco.
Puse los ojos en blanco y fui a abrir la puerta para que entrara en el patio.
Aparcó y yo abrí el maletero para que los perros pudieran salir.
Corrieron por el patio, olisqueándolo todo.
Jojo no tardó en encontrar una pelota y traérmela a los pies, exigiéndome que jugara con ella.
—Jugaremos mañana —le dije.
Rodeé su cuerpo regordete, abrazándola con fuerza y me lamió la cara en señal de comprensión, moviendo la cola de un lado a otro.
El garaje seguía cerrado, tal y como lo habíamos dejado.
Una parte cínica de mi cerebro esperaba encontrarlo con la puerta forzada otra vez, pero, afortunadamente, no habíamos tenido tan mala suerte.
Entramos en la casa con pesadez, encendimos las luces y dejamos nuestras mochilas en el salón.
Probablemente pasarían unos días antes de que nos molestáramos en deshacerlas.
—¿Me pasas un cigarrillo? —le pedí a Lucas antes de que subiera las escaleras.
—¿No ibas a dejarlo? —preguntó, reteniendo el paquete como si quisiera asegurarse de que lo decía en serio.
—Lo estoy intentando.
No había comprado otro paquete desde que se me acabó el último; había estado reduciendo el consumo.
Pero cada vez que pensaba que estaba listo para dejarlo definitivamente, el estrés asomaba su fea cabeza y me obligaba a volver a fumar.
Mi respuesta fue suficiente para Lucas, que me lanzó el paquete con una sonrisa burlona.
—Te va a costar caro —dijo.
—¿Sí? —Saqué uno del paquete y me guardé el resto en el bolsillo—. ¿Cuánto me va a costar?
Se detuvo en lo alto de la escalera.
—Date prisa y fúmatelo, cabrón. Luego sube y lo descubrirás.