El pago (Losers 2) 15 #3
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—Cuando éramos pequeños, nuestros padres siempre estaban haciendo cosas.

Ya fuera construyendo sus propios muebles o cultivando sus propios alimentos.

Hacían todo lo posible para que tuviéramos una infancia feliz.

No teníamos mucho, el dinero escaseaba, sobre todo con tantos hijos, pero se las arreglaban para que funcionara.

Tampoco dudaron en acoger a Jason cuando sus padres lo echaron de casa.

Ni siquiera se lo plantearon. Les debo mucho.

—Su expresión se volvió sombría por un momento—.

Por eso vendía pastillas en el instituto.

Pensé que era la única forma que tenía de ayudar, era dinero rápido.

Intenté mantenerlo en secreto, pero a mi madre se le rompió el corazón cuando me metí en problemas.

—¿Te metiste en problemas? —pregunté—. Oí el rumor de que te habían arrestado, pero volviste al instituto tan rápido que no creí que fuera cierto.

—Era cierto —dijo, haciendo una mueca—. Era un chico terriblemente problemático y tuvieron que arrestarme por el bien de la sociedad.

El instituto decidió no presentar cargos siempre y cuando hiciera su programita de terapia.

Por desgracia para ellos, soy un buen actor y muy terco.

También soy bueno aprendiendo de mis errores. Nunca más volvieron a pillarme.

Observamos a Jason y a las niñas jugar con los perros durante un rato, acurrucados en el asiento de la ventana.

La casa no tardó en llenarse de deliciosos olores y mi estómago rugió de hambre.

Me fijé en un corazoncito tallado en el alféizar de la ventana y, cuando me acerqué, vi las iniciales V+J en su interior.

—Jason y yo solíamos mirar las estrellas desde esta ventana —dijo Vincent mientras yo trazaba con el dedo el contorno del corazón—.

De alguna manera, siempre hacía que nuestros problemas parecieran más pequeños, como si, en toda esa inmensidad del espacio, fuéramos solo diminutas motas de polvo con diminutos problemas.

Mirando fijamente el cielo azul pálido, comprendí ese sentimiento.

Unas pocas nubes tenues flotaban en el aire y la brisa susurraba entre los árboles.

El otoño estaba a la vuelta de la esquina.

A pesar del drama, el dolor y la confusión que sufríamos los humanos, el mundo no dejaba nunca de girar.

En cierto modo, era reconfortante. Por muy estresante o incierta que se sintiera una situación, la vida seguiría adelante.

—Siempre he querido comprarle un buen telescopio —continuó Vincent—. Le encantan los planetas y todo eso. Pero aún no he podido permitírmelo. —Me dio un beso en la mejilla y apoyó la barbilla en mi hombro—. Deberíamos llevarte a ver las estrellas alguna vez. Si te apetece.

—Me encantaría. —Me reí mientras veía a Jojo perder la pelota y a las chicas correr a recuperarla—. ¿Conoces algún sitio?

—Conozco algunos. Hay uno nuevo del que he oído hablar hace poco que parece divertido; está en un parque estatal, al norte. Tienen un faro encantado en el que puedes quedarte a pasar la noche.

—¡Vale, me has convencido! —dije—. ¿Dónde está ese sitio y cuándo podemos ir?

—Está en Nueva York. —Su voz se quebró un poco al decirlo; estaba acariciándome el brazo y, cuando lo miré, la sonrisa en su rostro era casi tímida—. Podemos ir cuando tú quieras. De verdad.

—¿A Nueva York? —pregunté en voz baja, y él asintió.

—A donde tú quieras, cariño.

Oh.

Fue como si todo el aire se me escapara de los pulmones.

Me acarició la cara, inclinándose tan cerca como para besarme.

—Dondequiera que vayas, yo también quiero estar allí —dijo en un susurro apenas audible.

—¡Yuju! ¡La cena está lista! —nos llamó Vera desde abajo, rompiendo la tensión que nos dejaba sin aliento.

Ambos nos reímos y él me dio un beso antes de levantarnos.

Abajo, la mesa estaba puesta como para un banquete. Había pollo asado con patatas y zanahorias, bollitos, judías verdes y salsa. Se me hizo la boca agua al verlo y mi estómago volvió a rugir con entusiasmo cuando me senté entre Vincent y Manson.

No nos dimos las manos ni rezamos, pero Stephan se puso de pie a la cabecera de la mesa.

—Estamos agradecidos ahora, como siempre lo estaremos, por la bendición de nuestros hijos, por la bendición de su amor y, por supuesto, por la bendición del nuevo amor.

—Me sonrió y Vera me tomó la mano desde el otro lado de la mesa, luego Stephan se sentó y se inclinó para darle un beso en la mejilla a su esposa—.

Gracias por todo tu trabajo para prepararnos esta hermosa comida, cielo.

Todos dimos las gracias antes de que diera una palmada, animándonos a empezar a comer. Me llené el plato hasta arriba, sin querer perderme ni un solo bocado. Vera descorchó una botella de vino y la pasamos por la mesa para llenar nuestras copas.

El crepitar del fuego era cálido y la rica comida me hizo repetir. La conversación fluía con facilidad, ya que los padres de Vincent eran muy risueños y estaban deseosos de escuchar.

Durante toda la cena, las palabras de Stephan se me quedaron grabadas en la mente.

«La bendición del nuevo amor». Mientras veía a Vincent hacer trucos de magia para Kristina, a Lucas y Manson bromear con Stephan y a Jason prometer jugar a las muñecas con las gemelas después de la cena, esa palabra seguía volviendo a mi mente.

Amor.