15
Jessica
Pasamos nuestra última noche en la cabaña viendo películas en el sofá.
Manson y Jason votaron por una película de terror, Vincent quería una comedia y Lucas solo quería cerveza.
Mi voto decidió el asunto y nos decidimos por un maratón de las películas de terror más cutres de los ochenta que se les ocurrieron.
—Empezaremos con Campamento de verano —dijo Jason—. Luego Los payasos asesinos del espacio exterior .
—Después Elvira: reina de las tinieblas —dijo Manson.
—Presta atención, Jess. Esta va a ser la forma muy indirecta de Manson de convencerte de que te disfraces de Elvira en Halloween —dijo Vincent, apartándose antes de que Manson pudiera darle un golpe.
—Oye, Elvira es una mujer hermosa y un icono —dijo Manson—. También tiene unas tetas increíbles, lo cual es irrelevante en mi aprecio por ella.
—Vale, vale, ya veremos cómo tienes la polla a mitad de la película, a ver lo irrelevante que es —dijo Lucas.
Jason había vuelto de la cocina con cerveza para los dos, y Lucas lo arrastró a su regazo en lugar de dejar que se sentara en el sofá.
—¿Necesitas alguien a quien abrazar para no tener miedo? —preguntó Jason mientras Lucas se ponía cómodo y abría su cerveza, y luego también la de Jason.
—Sí, eso es —dijo Lucas—. Necesito a alguien a quien abrazar muy fuerte en las partes que dan miedo.
Procedió a darle a Jason un abrazo tan fuerte que lo dejó sin aire.
—Joder, da miedo abrazarte —jadeó Jason.
Manson ya me había reclamado como su compañera de abrazos, y los dos nos acurrucamos en la esquina del gran sofá modular. Incluso horas después, las marcas de la cuerda de Vincent seguían visibles en su piel. Mis dedos recorrieron las líneas enrojecidas mientras me acurrucaba contra él.
—Estas marcas te quedan muy sexys —le dije en voz baja.
—Vas a hacer que me sonroje —dijo, temblando cuando le besé el pecho.
Por mucho que hubiera aprendido durante las últimas semanas, ver hoy a Manson con Vincent me había abierto aún más los ojos.
Era intimidante que alguien te confiara el bienestar de otra persona: su salud mental, sus sentimientos, su seguridad física.
Especialmente cuando esa persona tenía tanto que temer, por tantas razones.
Era como si Manson hubiera ido a la guerra contra sí mismo, mientras Vincent y yo le entregábamos las armas para luchar.
Ahora estaba relajado, más de lo que lo había visto desde que su padre apareció en la casa.
La diferencia se podía sentir físicamente mientras me recostaba contra él, escuchando los latidos de su corazón, constantes y lentos.
Se había suavizado, como si la tensión que había estado soportando finalmente se hubiera liberado.
Bebía whisky con hielo mientras veíamos a unos adolescentes desventurados caer víctimas de payasos alienígenas asesinos, los cinco riéndonos de la ridícula sangre falsa y viscosa.
Era una noche para saborear, nuestro último día de paz antes de regresar a Wickeston al día siguiente.
Volver a casa significaba enfrentarse de nuevo a la realidad: mi madre y sus juicios, mis examigos y sus comentarios hirientes, Alex McAllister y su rencor infinito hacia los chicos. Y… Reagan Reed.
Manson esperaba que su padre volviera a marcharse del pueblo mientras no estábamos. El pesimismo no solía formar parte de mi instinto, pero algo me decía que Reagan no iba a marcharse tan fácilmente.
Seguiría allí. Esperando, observando, pero no sabía exactamente qué.
Manson estaba claramente excitado cuando empezamos a ver Elvira, y sus comentarios ebrios a lo largo de la película me hicieron reír hasta que me dolió la barriga.
Aunque se hacía tarde y se me cerraban los ojos, no quería irme a dormir… Todavía no. No quería que la noche terminara.
De alguna manera, en medio de la emoción y la excitación de los juegos obscenos a los que jugábamos, me sentía cómoda. Cuando estaba con ellos, no tenía que pensar en la desaprobación de nadie. No tenía que preocuparme por lo que pasaba fuera de estas paredes.
Se habían convertido en mi refugio.
El lunes por la mañana nos levantamos temprano. Metimos todo en los coches, limpiamos la cabaña y nos aseguramos de que todas las puertas y ventanas estuvieran cerradas antes de ponernos en marcha.
Y así, sin más, las vacaciones llegaron a su fin.
Volver a la realidad me producía una sensación de melancolía. Los pensamientos sobre lo que tendría que hacer en el trabajo esa semana se agolpaban en mi cabeza, y mi lista de tareas pendientes ya reclamaba mi atención. Pero el estrés del trabajo no era mi única distracción.
Estaba a punto de conocer a los padres de Vincent.
La familia Volkov había cuidado de Jojo y Haribo durante el fin de semana. Cuando Vincent mencionó que iríamos a su casa a recoger a los perros, no le di mucha importancia. Lo había mencionado de forma tan casual que apenas lo registré en mi cerebro.
Entonces, a mitad de camino, recibió una llamada de su madre. Habló con ella con una gran sonrisa en la cara, asegurándole que el viaje iba bien y que llegaríamos en «solo un par de horas».
Eso , sin duda, me provocó un nerviosismo tan intenso como un tsunami.
Mierda.
Iba a conocer a sus padres. Ay, Dios, ¿y si me odiaban? ¿Y si no me aprobaban? No me había maquillado en todo el fin de semana y hoy tampoco lo había hecho, pero de repente me encontré rebuscando en mi bolso rímel, corrector… Cualquier cosa que me ayudara a causar una mejor impresión.
Como era de esperar, Vincent se dio cuenta exactamente de lo que estaba haciendo.
—Oye, oye, no te estreses —me tranquilizó. Me cogió la mano y entrelazó sus dedos con los míos—. Mi madre está muy emocionada por conocerte. Intenté decirle que no lo hiciera, pero está preparando una cena para nosotros.
—Te va a encantar la comida de Vera —dijo Jason—. Vincent es buen cocinero, pero su madre le supera con creces.
Vincent asintió con la cabeza.
Hacía varios años que no me molestaba en conocer a la familia de nadie con quien salía. Involucrar a las familias, incluida la mía, complicaba las cosas y las volvía demasiado serias. Salir con alguien era más cómodo cuando se mantenía como algo informal. Era más fácil alejarse.
Excepto en este caso, que, por muy nerviosa que estuviera, también estaba emocionada.
Si la madre de Vincent estaba ansiosa por conocerme, eso significaba que había oído hablar de mí.
¿Qué le habría contado? ¿Qué pensaría de mí?
Vincent era una persona muy tranquila, así que solo podía esperar que su familia fuera igual.
Sabiendo lo difícil que era complacer a mi propia madre, se me hizo un nudo en el estómago al imaginar el juicio que Vera Volkov podría emitir sobre mí.
A medida que nos acercábamos a la casa, apretaba la mano de Vincent con más fuerza.
Los Volkov vivían a las afueras de Wickeston, al final de una sinuosa carretera rural bordeada de árboles.
Entramos en un estrecho camino de tierra, junto al cual había un poste con un letrero de madera tallada que decía: «Hogar, dulce hogar».
La casa estaba al final de un camino lleno de curvas, rodeada de árboles.
Parecía que, originalmente, había sido un granero, pero se le habían añadido elementos para convertirlo en una casa.
Numerosas campanas de viento colgaban del gran porche delantero, tintineando con la brisa.
Macetas y ramos de flores secas colgaban de la barandilla del porche.
Las gallinas picoteaban en busca de insectos junto a la casa, levantando la cabeza con curiosidad cuando llegaron los coches.
Aparcamos y todos gemimos de cansancio al salir y poder estirar las piernas.
De repente, la puerta principal se abrió de golpe y dos niñas salieron corriendo, chillando con Jojo y Haribo pisándoles los talones.
Una niña más pequeña, de solo cuatro o cinco años, corría tras ellas descalza, con su cabello castaño volando alborotado alrededor de su cara mientras intentaba seguirles el ritmo.
—¡Oh, no, son los gremlins ! —exclamó Vincent.
Las dos niñas mayores, que sospechaba que eran gemelas, se abalanzaron sobre él, riendo, mientras lo abrazaban. La niña más pequeña corrió directamente hacia Jason, que la levantó y la hizo girar.
—¡Hoy he cogido un bicho, Vince! —exclamó, saltando emocionada en los brazos de Jason.
Las otras dos treparon por Vincent como si fuera un árbol, acomodándose una en cada brazo. Una de ellas se puso inmediatamente a hacerle una trenza en el pelo, mientras que la otra me sonreía tímidamente.
—¿Ah, sí? —se interesó Vincent—. ¿Ha dado mucha guerra?
—¡No! —negó la más pequeña—. No luchamos contra los bichos, tonto. Son nuestros amigos. —Saludó a Manson y Lucas con entusiasmo—. ¡Hola, tío Manson! ¡Hola, tío Luc! —Extendió los brazos y Lucas la cogió, pero ella insistió rápidamente—: ¡Encima de los hombros, porfi!
Lucas accedió y Manson ayudó a la niña a mantener el equilibrio sobre sus hombros.
—¿Cuidaste bien de Jojo este fin de semana, señorita Kristy? —preguntó Manson, y ella asintió.
—¡Sí! Cavamos en el jardín y ella me ayudó a atrapar bichos —contestó, balanceando las piernas para que golpearan el pecho de Lucas—. También se comió algunos de mis caramelos, aunque no debía hacerlo.
—Chicas, esta es Jessica —me presentó Vincent, señalándome mientras bajaba a las gemelas.
Llevaban vestidos amarillos a juego, con las faldas manchadas y los zapatos embarrados. Me miraron con sus grandes ojos verdes, del mismo color que los de su hermano.
—Hola —saludé, agachándome a su altura para tenderles la mano y cada una me dio un rápido apretón entre risitas—. ¿Cómo os llamáis?
—Anna —dijo una.
—Franchesca —dijo la otra.
—¡Y yo soy Kristina! —La más pequeña me saludó con la mano desde los hombros de Lucas—. Te pareces a mi Barbie. ¿Eres… Eres…? —Tuvo que hacer una pausa en su rápida frase para respirar, y yo contuve la risa—. ¿Eres amante de mi hermano?
—Dios mío. —Miré a Vincent—. ¿Cómo sabe esa palabra?