14
Lucas
Instituto
El verano de antes del último año
El pelo de Jason caía a mechones a su alrededor mientras le pasaba la maquinilla por el cuero cabelludo. Su cabello castaño era tan suave que podría haber sido de conejo o de algún otro animalillo tembloroso. Casi hizo que me arrepintiera de afeitarle la cabeza.
Jason había entrado en mi caravana esa mañana, con Manson y Vincent detrás, con aspecto de haber llegado para su propia ejecución.
En cierto modo, así era. El Jason Roth que existía antes de hoy, la versión inventada, el chico educado, heterosexual y temeroso de Dios que había sido para sus padres, había muerto.
Yo había ayudado a matarlo.
Hoy era el día en que íbamos a ocultar el cadáver.
Apagué la maquinilla y la tiré sobre la encimera de la cocina.
Hacía un calor de mil demonios en la caravana, incluso con todas las ventanas abiertas, así que iba en calzoncillos y nada más.
Manson estaba preparando una mezcla de decolorante en polvo y revelador en un bol, mientras Vincent estaba absorto oliendo el tinte azul brillante que Jason había traído.
—Huele a Jolly Ranchers —dijo, frunciendo el ceño ante el frasco antes de volver a olerlo.
Vince iba demasiado colocado como para funcionar bien, como de costumbre, pero yo le quería igual. Ese payaso despistado conseguía hacerme reír de vez en cuando, y eso era mucho decir.
—Intenta no respirarlo tanto —dijo Manson.
Con unos guantes, untó el decolorante sobre la cabeza de Jason, que se quedó sentado, en silencio, aunque al cabo de un par de minutos empezó a mover la pierna con impaciencia.
—¿Se supone que debe quemar? —preguntó.
—Sí. También te picará muchísimo, pero no te toques.
No le quedaba mucho pelo, así que la decoloración no tardó mucho en hacer efecto.
Se sentó allí, sin camiseta, con el pecho recién cubierto por las líneas de un tatuaje a medio hacer.
Le había puesto en contacto con alguien dispuesto a hacérselo, teniendo en cuenta que aún le faltaban unas semanas para cumplir los dieciocho y que la mayoría de los estudios de renombre le rechazarían.
Pero él no quería esperar, y yo no lo culpaba.
Ya había esperado bastante.
—¿Tienes cerveza? —preguntó cuando Manson terminó y dejó el cuenco de decolorante en la pila de platos sucios del fregadero.
No era una persona desordenada, pero odiaba fregar los platos. Con mi padre muerto, la realidad era que me daba igual. Ahora que ya no tenía que preocuparme por pelearme con nadie por eso, dejaba los platos acumularse si me daba la gana.
—No queda —respondí.
Lo que no mencioné fue que «no queda» incluía todo .
Cerveza, comida… Joder, se me había acabado hasta el papel higiénico.
Mi sueldo del taller de neumáticos apenas cubría las facturas, ni siquiera en este asqueroso parque de caravanas.
Pagar el crematorio de mi padre había sido un completo desperdicio del poco dinero que me quedaba, pero mamá había insistido en que quería las cenizas.
Estaba empeorando mucho al vivir sola, sin nadie que la cuidara.
El poco afecto que me quedaba por ella me exigía que al menos le diera la oportunidad de llorar la muerte de ese pedazo de mierda de marido.
Pero no iba a sacar todo eso a la luz y hacer que los chicos sintieran lástima por mí.
Por otra parte, quizá sería mejor hacerlo. Porque Jason estaba pensando en su propio futuro y necesitaba saber al menos la verdad.
Ser fiel a uno mismo estaba muy bien, pero tenía consecuencias. Consecuencias graves. Por eso había aparecido allí, con aspecto de estar a punto de morirse.
Sus padres no lo aceptaban, y nunca lo harían.
Le habían dado un ultimátum: dejar de salir con Vincent o marcharse.
Cumplir sus reglas, arrepentirse de sus «pecados» y rezar para que lo perdonaran.
Le habían dado folletos de terapia de conversión, como si fuera un drogadicto y estuvieran intentando meterlo en rehabilitación.
Le decían que lo querían y, al mismo tiempo, decían que daba asco.
Nunca en mi vida habría pensado que aconsejaría a alguien que mantuviera la cabeza gacha, pero eso fue precisamente lo que le dije a Jason. Era un chico inteligente, tenía futuro, potencial. Podía llegar lejos en la vida. Tenía una oportunidad.
Pero estaba renunciando a ella. Por nosotros.
Por Vincent. Por él mismo. Era la hostia de valiente y estúpido a más no poder.
No sabía si animarlo o decirle que se recompusiera, pero no tenía argumentos para hacerlo.
Las cosas a las que yo había renunciado por Vincent y Manson incluían mi vida entera, así que ¿quién era yo para decirle que debía seguir intentando apaciguar a sus padres?
—Parece que necesitamos ir a por unas cervezas, entonces —dijo Manson, dándole una palmada en el hombro a Vincent—. Venga, vamos a la gasolinera. Llevo mi carné falso. Lávale el decolorante en un par de minutos.
Vincent se levantó, tambaleante, dejando el tinte azul sobre la encimera y agachándose para darle un beso a Jason antes de que Manson y él se marcharan.
Jason tenía las manos entrelazadas sobre el regazo y seguía moviendo la pierna rápidamente. Miraba un punto de la pared sin pestañear, moviendo la mandíbula como si estuviera masticando su propia ansiedad.
—¿Dónde creen tus padres que estás hoy? —le pregunté.
—No lo saben —respondió—. Me fui sin decirles nada.
Preparé una maleta. —Tragó saliva y levantó una mano para rascarse la cabeza, pero de repente recordó que no debía tocar nada—.
Supongo que cuando vuelva así… Se acabó.
Así que ya tengo lo que necesitaba. He empaquetado todas mis cosas.
Tengo la mayoría de los recibos, así que no pueden decir que he robado una mierda.
Explicó su plan como si fuera algo perfectamente normal.
Era un chico inteligente, mucho más de lo que yo jamás podría ser.
Pensaba las cosas detenidamente, pero eso no significaba que su proceso mental fuera infalible.
Estaba asustado, pero también enfadado. La furia le daba valor, pero también lo hacía imprudente.
El deseo de protegerlo también me hacía imprudente a mí. Era demasiado bueno, demasiado puro. No se merecía esta mierda, no se merecía el odio intolerante y virulento que el mundo iba a lanzarle.
—¿Tienes miedo? —le pregunté.
La forma en que se frotaba las palmas de las manos lo dejaba claro. Era en momentos como ese cuando deseaba ser capaz de consolarlo. Quería decirle algo amable, algo que le ayudara. Pero no se me ocurría nada.
Asintió con rapidez.
—Sí, estoy… —Se estremeció y respiró hondo—. Estoy bien. Hablé con los padres de Vincent. Me dejarán quedarme con ellos. Fueron muy majos… —Apretó los dedos sobre su regazo—. Les voy a pagar. No tienen mucho espacio.
Si hubiera podido, le habría ofrecido quedarse aquí conmigo. Pero no iba a poder mantener este sitio mucho más tiempo. Apenas podía pagar las facturas tal y como estaban las cosas. En unos meses, yo tampoco tendría a dónde ir.
Jason se estremeció y se sacó el móvil del bolsillo. La llamada era de su madre. Se quedó mirándolo fijamente durante varios segundos antes de enviarla al buzón de voz.
—Que les den —le dije—. Tú sabes lo que quieres, y no es asunto suyo. Que se preocupen si quieren. No pueden controlar tu vida entera.
Palabras vacías. La comida y el alojamiento, cuando se aprovechan, pueden darle a los padres control absoluto. Pero por la expresión de su rostro, no creí que le importara ya. Había miedo en sus ojos, pero no en su voz.
—Que les den —murmuró, rascándose la mejilla porque no podía rascarse el cuero cabelludo. Luego inclinó la cabeza y miró su reloj mientras decía—: Creo que tengo que quitarme el decolorante este.
—Te ayudo.
El fregadero estaba demasiado lleno y el baño solo tenía una ducha, así que lo llevé afuera.
El terreno estaba lleno de tierra y había algunas malas hierbas que brotaban aquí y allá.
El olor a cigarrillos y a grasa flotaba desde la casa del vecino mientras abría el grifo, luego cogí la manguera y le pedí a Jason que se acercara.
—Inclínate y cierra los ojos.
Se puso en cuclillas, apretando los ojos e inclinando la cabeza hacia adelante. Le eché agua y le froté el cuero cabelludo con la mano mientras le quitaba la mezcla. El agua corrió hacia la tierra, formando un charco fangoso alrededor de sus zapatos.
—No les tengas miedo —le dije—. Esta es tu vida. Tus decisiones. Este eres tú.
Le quité un poco de decolorante seco del cuello y me detuve, con los dedos extendidos sobre su piel. Él no se movió; permaneció exactamente como estaba, con la cabeza inclinada.
Cuando murió mi padre —ya habían pasado tres meses, joder—, no sentí pena por él.
No sentí tristeza cuando me desperté una mañana y lo encontré muerto en la ducha, víctima de un infarto casi instantáneo.
Si acaso, fue un alivio que se hubiera ido.
Aunque eso me dejó en una situación imposible para pagar las facturas, no me importó.
Pero hacer esto, ayudar a Jason a romper el caparazón en el que había vivido durante tanto tiempo, era como un proceso de duelo. Estaba lleno de tristeza por quien había sido mientras se aferraba a la esperanza de lo que podría ser. Era una muerte, pero también un renacimiento.
Sus experiencias eran muy distintas a las mías.
Había tenido una infancia tranquila. Eso hacía que lo que estaban haciendo sus padres fuera aún peor.
Al menos mi padre siempre había sido un capullo.
Sabía lo que podía esperar de él. Mi padre pensaba que podía controlar a la gente con miedo e intimidación, así que cuando dejé de tenerle miedo, no pudo hacer gran cosa.
Cuando me hice lo suficientemente fuerte como para defenderme, para hacerle daño a él también, las cosas aquí se calmaron.
Nada de eso importaba ya. Con mi padre muerto, mis lazos familiares estaban prácticamente rotos. El único que quedaba, el único que importaba, era Benji. Pero no saldría de la cárcel hasta dentro de muchos años.
Cuando cerré la manguera, noté movimiento debajo de la caravana. Una gatita, de no más de seis meses, me observaba desde las sombras. Maulló y se acercó lentamente cuando me reconoció.
—No, no, vete de aquí.
Chasqueé los dedos y le hice un gesto con la mano para ahuyentarla. Pero confiaba en mí; la había alimentado a ella y a sus hermanos más veces de las necesarias para que supiera que yo era una persona segura.
Pero ahí no estaba a salvo.
—¡Fuera! —le grité, dando una patada en el suelo y golpeando con la mano el lateral de la caravana; fue suficiente para que saliera corriendo, con el rabo escondido.
—Creía que te gustaban esos gatos —dijo Jason.
—Sí. Pero hay un viejo un par de remolques más abajo que intenta disparar a los animales callejeros que pasan por allí. Le parece divertido.
Hace un par de semanas atrapé a un gato y lo llevé al veterinario porque tenía varias balas de aire comprimido incrustadas en el cuerpo.
Verlo me dio mucho asco. Con mucho gusto le daría una paliza a ese vejestorio si eso no me enviara a la cárcel.
Pero ya estaba en mi última oportunidad con la policía de por aquí.
Un pequeño desliz por mi parte y me encerrarían encantados.
—Tengo que asustarlos. Odio hacerlo, pero aquí no están seguros.
Nunca entendí por qué algunas personas sentían tanto odio hacia los gatos.
Había docenas de gatos callejeros que vivían en el parque de caravanas, alimentándose de sobras y refugiándose en la basura.
Los gatos eran criaturas caprichosas, traviesas e independientes, y a los humanos les solían gustar los animales que los adoraban.
También solían gustarles las personas que hacían lo mismo.
En cuanto una criatura no era sumisa, obediente y complaciente al instante, los humanos la consideraban un «problema».
—Solo intentas protegerlos —dijo Jason—. Lo entiendo. Si pudieran entenderlo… estarían contentos.
Se puso de pie y se quedó mirando su reflejo deformado en la ventana de la caravana. Ahora tenía el pelo corto y de un rubio amarillo pálido. Se pasó los dedos, tocándolo con delicadeza, inseguro.
Esperaba que entendiera que también intentaba protegerlo. Porque yo había visto la crueldad, había sentido el dolor. Cada día me levantaba y me decía a mí mismo que merecía la pena luchar. Por sobrevivir. Por levantar el dedo corazón al mundo y decir: «Aún no me habéis matado, joder».
Necesitaría ser lo suficientemente fuerte para hacerlo. Al mirarlo ahora, al ver la dureza de esos ojos azules, lo supe. Era fuerte. Sobreviviría.
Pero, joder, ojalá no tuviera que pasar por todo eso.
¿Dónde demonios estaba el espacio para los chicos delicados que había en el mundo? ¿Dónde estaba la seguridad para la delicadeza? ¿Por qué todos teníamos que convertirnos en guerreros, en soldados, cuando aún éramos poco más que niños?
Solo nos teníamos a nosotros mismos. Y tal vez podríamos crear nuestro propio espacio, tal vez tendríamos que luchar todos los días y nunca sabríamos lo que significaba «seguridad». Pero nos teníamos los unos a los otros.
Le rodeé los hombros con el brazo, alejándolo de su reflejo y llevándolo de vuelta al interior.
—Vamos a ponerte ese tinte, chaval. Venga.